domingo 10 de agosto de 2008

Mis razones por estar aquí (cuento de perro peludo)

A veces me preguntan por qué estoy en Ecuador. Sucedió así.

En la primavera del 2002 era vendedor de boletos de lotería (sí, he hecho casi de todo y de nada en esta vida). La lotería en cuestión era el Sorteo del Oro (del Loro, entre entendidos) de la Cruz Roja Española. Yo estaba posicionado en uno de los portales de un gran supermercado en las afueras de Granada. Era mal vendedor: llevaba los boletos en la mano como un vulgar principiante. Fumaba mucho y vendía poco.

En el otro portal estaba San Jacinta. Ella era otra cosa. En cada superficie de su cuerpo había por lo menos un boleto. Los llevaba en la cabeza, en ese anárquico cabello sambo que tenía, los llevaba en los codos, los llevaba en los hombros: si los boletos fueran pájaros ella sería San Francisco. Un ficus artificial que había en esa entrada también florecía lotería. El contraste no podía ser más picante: el austrohúngaro alto, delgado y enjuto, con aires quijotescos, destartalado, tristón, por un lado, y si entrabas por el otro lado, esa tortillera colombiana bajita y alegre, veterana del M-19 y fuente inagotable de surrealistas conversaciones con depresivos vendedores de máquinas de oficina. Gran catadora de vino mesonero era, según recuerdo, deudora de cigarrillos Fortuna, gazpachera, madre soltera, solitaria y asolada; por detrás llevaba sus años de militancia y de soldadora de conductos petroleros; por delante, le esperaba su época de arrancalechugas en Murcia, donde sería inventora de aquella técnica de meter papel periódico entre las capas de ropa para protegerse del frío matutino, técnica ahora de uso común en la zona. Años más tarde me vaciaría la cuenta bancaria y la tarjeta; en otro momento desaparecería, cual hermano Restrepo, a mi gata entre las nieves lacónicas del bajo Pirineo; pero la recuerdo todavía como la mejor amiga que he tenido. (Al fin y al cabo, me enseñó a hacer arepas insuperables.)

Pues bien, en aquella época se suponía que yo tenía una novia, o por lo menos una compañera de catre. Aquélla era uruguaya, de apellido italiano y de facciones eslavas. Esa felación (hmm. Me salió f por r: lo dejó como homenaje no sé si a Freud o a mis nulas habilidades mecanográficas) duró poco: al final ella se despidió con un “estoy saliendo con un enamorado de otra mujer: ¡intolerable!” (con motivo de la Carmen). De hecho, la tolerancia no era lo suyo, y eso que tenía inquietudes “sociales”, tanto que en su tarjeta de presentación ponía Licenciada en Mediación Cultural (¿puede imaginarse una carrera más inútil y ridícula?). Siempre recordaré como, al poco tiempo de conocerme, me relató con orgullo que había “salvado” a una inmigrante ecuatoriana de la prostitución mediante una hábil inserción laboral que permitió a esa mujer ejercer no sé si de agente de turismo o algo así, lo cual, junto con un arreglo de “papeles”, sirvió para que las autoridades anularan un trámite de deportación que habían abierto en su contra. Ese acto de caridad o de responsabilidad social (q.v.), se hizo agua al cabo de un par de meses, cuando mi novia se enteró de que la ecuatoriana en cuestión había vuelto a la prostitución (ahora sí, con papeles) con el argumento de que el oficio pagaba mucho mejor. Según lo relatado, hasta se le puso brava la muy: “¿Cómo quieres que esté ganando unos míseros 900 euros mensuales con ese trabajo aburrido, si antes ganaba cinco veces eso y por menos horas?”

Fue entonces cuando me di cuenta del talante intolerante y dictatorial de mi uruguaya, pues en lugar de alegrarse por esa mejoría en la situación financiera de su protegida, se puso de un humor de mil demonios, simplemente porque la pelada no se conformó con lo recetado por su Mediadora. Con eso llegué a la conclusión de que mi novia pertenecía a la especie de las controladoras, cosa que volvió más morbosa la relación (bien, continuamos), al tiempo que le imprimió fecha de caducidad inalterable.

El término controlador/a, cabe explicar aquí, no es invención mía. Lo debo a una amiga quebequense, la que también me regaló la siguiente historia de las pegatinas “J’AIME MA FEMME”. Resulta que allá por los años 90 hubo una especie de conspiración entre las mujeres de Quebec, que todas regalaban a sus maridos una pegatina para el carro que aseguraba que el conductor del vehículo amaba a su mujer. Dicha moda duró hasta que se empezaron a ver carros (normalmente deportivos) con pegatinas que rezaban: “MOI AUSSI, J’AIME TA FEMME” (yo también amo a tu mujer), con lo que la tendencia pegatina-amorosa en pocos días desapareció de las carreteras del país. Notable en este caso fue la conclusión de mi amiga, quien me comentó que esos maridos sufridos portadores de pegatinas le inspiraban una gran lástima. Según ella, era inconcebible que a un hombre, por mucho que amara a su esposa, se le ocurriese el disparate de irlo pregonando a los cuatro vientos por medio del parachoques posterior del vehículo, con lo cual era obvio que la idea siempre era de la esposa, con lo que el mensaje envuelto o sous-texte de la pegatina venía a ser: “MOI, CH’UIS CHÂTRÉ, ET TOI?” (yo soy castrado, ¿y tú?).

Observación en mi opinión completamente acertada, a más de reveladora de una comprensión inusual; esta historia también ilustra adecuadamente ese afán de control que constituye uno de los males de nuestra contemporaneidad.

(Controlador/a: persona que se erige en juez/a de los demás; que cree que sus propias normas de conducta son de aplicación universal obligada; que cree que todo el mundo es propiedad de todo el mundo (esclavitud recíproca universal); persona que cree que una opinión compartida entre muchos “vale más” que la opinión de una sola persona, y que en la masificación y la uniformidad está el progreso; persona, en fin, tan desprovista de inteligencia, de curiosidad, de ganas de vivir, que acepta de antemano limitaciones sobre una hipotética libertad individual que nunca se ha atrevido a usar, y que no ve más mundos posibles que esa celda de su propia cárcel auto-edificada.)

Estaba frente a las cajas del supermercado, entonces, vendiendo lotería. En el otro portal estaba mi amiga colombiana San Jacinta, vendiendo más lotería que yo. - La misma San Jacinta que, una vez, consiguió desplazar a un pueblo colombiano entero a su nuevo país de adopción, hazaña que dio lugar a que, más adelante, en una fiesta de la alta sociedad andaluza, desapareció en pocos minutos el contenido entero de una sala donde los ilustres invitados habían dejado abrigos, chaquetas, carteras, y otras pertenencias de mayor o menor bulto. (Lo más destacable del caso fue aquello de los muebles.) Pero eso ya es otra historia.

(Continuará)

3 comentarios:

quark schiz dijo...

Pues yo sí creo que en la masificación, la estandarización y la uniformidad está el progreso, en una de sus expresiones. Basta revisar un poco de historia para darse cuenta que no se puede subestimar esas cosas. Me parece que hay ciertas críticas hacia esas tendencias que rayan en la paranoia clasista.

Lo que es yo, es más una cuestión de... coherencia. No puede uno llenarse la boca hablando de tolerancia y diversidad, defendiéndolas, y a la vez sostener posiciones que hacen apología a las revoluciones y a que las cosas se curen por lo sano desde arriba (yo por eso no me como el cuento de la rebolu-ción, creo que la idea de revolución es un buen buzzword pero que en la práctica no es una buena idea). No se sigue que alguien señale una Constitución como una solución "para todos", y se haga una en la que solo quienes comulguen con la misma visión puedan tomarla para sí, a la vez se celebra la plurinacionalidad y hasta el culto al relativismo cultural. Son cosas que no cuadran, no se siguen...

Endivio Roquefort I dijo...

Por fin: ¡un debate! Gracias, ahora puedo decir que tengo un blog de verdad, pues he conseguido decir algo que motive discusión en lugar de ser una aburrida obviedad.

Gracias por el comentario. Ahora tan sólo dispongo de 50 segundos antes de salir a trabajar, así que no contestaré por el momento, pero a más tardar, 16 horas.

Endivio Roquefort I dijo...

Después de darle un tiempo de reflexión decente, no encuentro modo de contestarte aparte de reconocer lo evidente, que la frase a la que objetas pertenece a la categoría de altisonantes bobadas. Gracias por el aviso.

En realidad, no era mi intención emitir un criterio válido en el campo de la economía, donde evidentemente tienes toda la razón en decir que el progreso pasa necesariamente por la masificación (dónde estaría Ecuador ahora si la industria camaronera fuera sólo artesanal); mi intención aquí era resumir una forma de pensar con la que no me identifico, que aboga por la imposición de la uniformidad "desde arriba": ese modo de pensar que nos dio, por ejemplo, la colectivización forzada en la Rusia de Stalin, y que en aquello que nos concierne nos regala la tiranía de lo Políticamente Correcto constitucionalizada. Como sabemos, toda masificación implica sacrificios inmensos: es muy cómodo "sacrificar" lo ajeno, o lo que no se ha logrado nunca comprender. Tal vez volveré con este tema en un post futuro, cuando tenga más tiempo para componer algo mínimamente coherente.

De nuevo, gracias por tu estimada colaboración.