martes 20 de enero de 2009

¡Esos chistosos colombianos!

Supongo que ya mencioné que mi mejor amiga de toda la vida, San Jacinta, fue colombiana, y que tengo una maestría en Olvidar Nombres de Artistas de Cumbia. A veces incluso pienso que me equivoqué de país de destino y que tenía que haber ido a vivir en Santa Marta. Santa Marta, donde las mujeres todas son modelos y las cumbias se bailan con velas. Santa Marta, donde los peces hablan y el mar se enrolla como persiana. Estoy en Ecuador sólo porque soy zurdo. No hay más explicación.

Lo que me gusta de los colombianos es esa extensa y rica gramática parda que manejan: me refiero a que, a diferencia del resto del mundo, en vez de quejarse de su mala suerte, responsabilizar a otros y ante las dificultades inventarse “derechos”, ellos buscan solucionar sus problemas, de manera proactiva, y las soluciones que encuentran son siempre originales, frescas y astutas. Casi todos los colombianos que conozco son excelentes oradores que, faute de mieux, fácilmente podrían ganarse la vida como vendedores de frigoríficos a esquimales; mi amiga San Jacinta en especial era maestra en convencerte de que ella era el canal escogido por la Necesidad Mundial para manifestarse en tu vida, y que más que ser una persona ella era un simple nodo en una inmensa red de personalidades y posibilidades a la vez únicas, importantes, bohemias y merecedoras de discretas inyecciones de fondos. Al regalarle veinte euros tenías la sensación de estar lubricando los engranajes de un grande y oculto motor mundial de benevolencia, excentricidad, serendipidad y sexo. Ella era como esas Vírgenes que se les aparecen a los pastores vestidas de Amaryllis, y a las niñas, de Barbie estilo rockabilly. Y como ella, otros muchos que conocí posteriormente. Tenían un don de venderse que no he visto nunca en otras nacionalidades: supongo que en parte como reacción defensiva ante esa mala fama mundial que injustamente arrastran (en España, cuando quise abrir una cuenta de telefonía móvil, al enterarse de que era extranjero me dijeron que la activación de mi celular tardaría un día, mientras me investigaban los antecedentes financieros. Se disculparon: “lo siento, señor, en realidad sólo lo hacemos porque ahora hay muchos colombianos”).

Ayer, una señora me dijo que ella, en su tiempo libre, leía “libros de auto-superación”. No entendí muy bien al principio aquello de la auto-superación: ¿no sería cuestión de comprar cada año un nuevo auto, cada vez más grande y lujoso que el anterior, o que el del vecino? Pues resulta que la cosa no iba por ahí, sino que se trataba de esos libros que pretenden descubrirte tus Zonas Erróneas, explicarte los Siete Hábitos que te falta desarrollar, señalarte aquellos Amigos que te falta ganar o influenciar, etcétera. El último libro que había leído, según ella, era “de un autor colombiano” que no supo identificar con más exactitud, y el libro en cuestión era de ésos que pretenden proporcionarle al lector las claves secretas para entender la personalidad del prójimo, más allá de lo que te pueden revelar otras insípidas ciencias terrenales. Evidentemente, para alcanzar esa comprensión privilegiada del mundo interior del otro hacía falta un sistema de clasificación. Esperé con bastante interés: la verdad, cuando me dijo a modo de preámbulo que había “tres tipos de persona”, hice una apuesta silenciosa interior de que me iba a salir con lo de los agresivos, los pasivos, y tachán tachán, los asertivos que son siempre uno mismo disfrazado de ejemplo. Claro que el número tres simplificaba la cosa bastante: los astrólogos manejan 12 tipos, los devotos de Myers-Briggs 16, mientras que una amiga de mi hermana mayor hace años perjuraba que sólo había dos tipos de persona, los tipo-cerdos y los tipo-pájaros. (Es curioso, pero cuando pides a tus amigos clasificarse mutuamente como cerdos o pájaros, sin más detalles de orientación, el grado de concordancia entre las respuestas suele ser bastante alto. Pruébenlo.) En fin. Me esperaba cualquier cosa menos lo que me dijo, que fue lo siguiente: los tres tipos de personalidad corresponden a tres clases de mente: las mentes líquidas, las mentes fuertes, y las mentes moldeables.

Cuando me dijo eso, quise, más que nunca en la vida, ser colombiano.

Imagínenlo. Hace no sé cuántas décadas, un colombiano, que mis fuentes describen como “pastor” (quiero pensar que era pastor de ovejas, no de una iglesia), se despertó una mañana en un frío costado de cerro y dijo: “esto no va bien. Estoy envejeciendo y no soy millonario, ni tengo mansión, ni me van a pagar pensión. ¿Qué puedo hacer para tener más plata? Ah, ya lo tengo: voy a descubrir un planeta.” Y ni corto ni perezoso, y sin preocuparse en absoluto por la falta de un buen telescopio, el tipo en cuestión, que si recuerdo bien se hizo llamar posteriormente Samael Aun Weor, o algo así, fue y descubrió que, si bien nadie más que él lo podía ver, de hecho había un planeta enorme, quiero decir Hugh Bloody Mongous, de nombre Hercólubus, que amenazaba con chocar contra la Tierra cualquier día de estos, pues lo tenemos tan cerca que sólo besarlo con el palo del billar y ya. Evidentemente, saber algo de tanta importancia, que el resto de la humanidad o bien no lo sabe o bien lo está ocultando, le convierte a uno al instante en líder de una secta, con las consiguientes regalías y ofrendas a nivel mundial, y si bien no dispongo de muchos datos al respecto, se supone que el tal Aun Peor está viviendo cada día Aun Mejor a costa de aquellos no sé cuántos miles exactamente de babeantes imbéciles capaces de creer en la existencia de un planeta que nadie ha visto y que sólo es detectable a través de las Conexiones Sico-Astrales de un rústico colombiano. Ah, pero ahí está: aunque el planeta no exista realmente, el cuento es tan maravilloso que a uno le dan ganas de creérselo, aunque sólo sea durante unos minutos, sobre todo después de ver el póster que allá en España usaban para atraer gente a sus Conferencias Gnósticas, realmente impresionante, desde el nombre tan deliciosamente alejandrino del planeta hasta ese capacidad generadora de guiones tremendistas de disaster movies que tiene. Con todo esto, entenderán que el tal Aun Peor ha sido hasta el mismo día de ayer mi héroe: pero ahora ya no, ya tengo uno nuevo.

Hay tres tipos de personas: las líquidas, las fuertes y las moldeables.

Bien.

Hay tres tipos de personas: las escamosas, las gelatinosas y las que echan humo.

Hay tres tipos de personas: las esponjosas, las triangulares y las cafeteras.

Hay tres tipos de personas: las ganchudas, las podridas y las que resuelven crucigramas.

No, no me sale.

No es que no sepa clasificar las personas en tres tipos. Eso sí sé hacer. Además, creo que lo hago bastante bien, echándole un aire coquetamente metafórico al asunto igual que el anónimo colombiano de la historia. Pero ustedes ya se habrán percatado de la importante diferencia. Mientras que mis clasificaciones, por curiosas que sean, no son cosa que nadie quisiera tener en su casa ni regaladas, la del colombiano es algo que la gente paga por tener, se supone en sus miles o decenas de miles. Lo suyo vende. Y aquí viene a cuenta lo de la auto-superación: si a alguien se le ocurrió que decir que había tres tipos de personas ya era de por sí una burrada, el aire de estupidez que encierra tal afirmación se ve totalmente superado por la maravillosa imbecilidad de la clasificación en sí, sobre todo lo de las mentes “líquidas”, que, según mi amiga, al leer el libro uno se da cuenta de que significa nada más ni nada menos que mentes tontas, frívolas e insustanciales. Es decir, que escribir libros de auto-superación significa ser capaz de superar en estupidez hasta lo peor de lo que tú mismo acabas de soltar, y seguir haciendo lo mismo continuamente, sin tregua. Eso no es algo que todo el mundo pueda hacer, así como así. Requiere dones especiales.

Tanto como para, en este caso, retratar a los lectores como “moldeables”, de tal guisa que ellos mismos se aferren al adjetivo como si de un cumplido se tratara. Tanto como convencer a los americanos que el dinero que les acabas de sacar mediante genial estafa se ha de llamar “Plan Colombia”: ni el Zorro de Fairbanks tuvo tanta audacia poniendo firma a sus estirones de barba. Por todo eso, quisiera yo ser colombiano de mayor. Ya va siendo hora de que aprenda a explotar a esos grandes pozos de ignorancia y estupidez que hay en todo país. ¿De qué voy a vivir de viejo si no?

3 comentarios:

quark schiz dijo...

Los colombianos me caen muy bien hasta el momento en que se revelan como unos zalameros aprovechados. De ahí a decir que el colombiano promedio es más listo que el común de mis paisanos, de eso no tengo la menor duda (probablemente están entre los más listos de Latinoamérica, junto con los argentinos, los uruguayos y acaso los chilenos). Si hasta para estafar son más creativos.

Cuando yo cursé Maquiavelismo 101 en la maloca de Pablo Belisario Ochoa me enseñaron que había tres tipos de personas: quienes se figuran las cosas por su cuentan; los que entienden las cosas a partir de lo que otros elaboran; y quienes no cazan un huevo de ninguna forma.

Endivio Roquefort I dijo...

"Maloca": interesante palabra, nueva para mí. Gracias.

"Una nación tiene derecho a considerarse como tal cuando haya inventado una nueva forma de ingerir alcohol" (Fu Kin Man Hyur, Enseñanzas Abreviadas, edición del 1955, p.203). Todavía desconozco la contribución colombiana a este respecto. Me imagino algo estelar.

nadie dijo...

el libro debe ser de walter riso.. me suena eso q mencionas de los 3 tipos d personas.