Fascinante, lo retro que a veces se pone la moda, me refiero en esto caso a la moda en buzzwords, en palabras y expresiones de problemático contenido pero que sirven eficazmente para descarrilar cualquier debate, o para silenciar un oponente novato, debido a su fuerte carga connotacional. Ahora, en las más prestigiosas pasarelas de Caracas y de Quito, lo más "in" es hablar de "inclusión", y jactarse de propugnar lo "incluyente". (Evidentemente, decir que "los ricos no son humanos" es una forma algo sui generis de ser incluyente, pero sin duda el Gran Payaso argumentará que está "incluyendo" a los ricos en el género animal, lo que no deja de ser un favor personal ya que podría haberlos relegado a la categoría de protista o de virus. En cuanto a esa nueva cátedra en taxonomía arrogada por el estadista en cuestión, cosas del poder.) Claro que no tengo nada en contra de que los políticos traten de ser incluyentes, con tal de que respeten a los que no queremos ser incluidos. Como dijo lapidariamente el gran Sam Goldwyn*, "include me out". ("La Patria es de casi todos", digamos. Yo no la quiero ni regalada.)
Pero todavía esto de la inclusión suena bastante original al lado de los argumentos de los controladores, de esa gente que cree que de alguna manera nos posee. Hablo de aquéllos que, en cuanto escuchan por alguna parte la palabra "libertad", acuden prestos para explicar que libertad no es lo mismo que libertinaje (yawn), o que "no hay libertad sin responsabilidad". A continuación, suelen arremeter en contra de los que abusan "irresponsablemente" de alguna libertad, así demostrando que sí puede haber libertad sin responsabilidad (otra cosa es que no les guste). Finalmente, explican lo que a su modo de ver son los "límites" que tendrían que establecerse en torno a tal o cual libertad, es decir, procuran trocar la libertad ajena por aquellos actos que a ellos, personalmente, no les importan ni les molestan. Si he escuchado este argumento una vez, lo he escuchado cien.
Primero hablemos de responsabilidad. Según el contexto, la palabra puede referirse a dos cosas distintas: al cumplimiento de alguna obligación puntual ("mis responsabilidades en el trabajo incluyen la coordinación con los vendedores"), la cual se supone libremente asumida por la persona en cuestión, o al imperativo teórico de "responder por" las acciones y los errores, es decir, de asumir las consecuencias de lo que uno hace, sin entrar en el campo de los compromisos personales específicos. En este último sentido, la manera más fácil de apreciar lo que significa en la práctica este tipo de "responsabilidad" es considerar las alternativas. ¿Cómo puedo dejar de "responder" por mis actos? ¿En qué consiste la irresponsabilidad? He aquí una lista, creo que poco controversial y ampliamente documentada (ver Juicios de Nuremberg), de las estrategias más conocidas de los irresponsables:
1. "Yo no fui."
2. "Sólo obedecía órdenes."
3. "¡Pero él dijo...!"
4. "'¡Pero si yo no sabía...!"
5. (a) "No soy el único." (b) "Todos hacen lo mismo".
Nótese que no he incluido en la lista aquella respuesta corriente ante cualquier forma de crítica, especialmente popular entre el sector de los conductores guayaquileños (vean entrada anterior): "Y a mí qué" / "Cachudo. Jódete." Quien dice eso no está negando ni minimizando su autoría del hecho en cuestión, sino que está eludiendo cualquier supuesta obligación posterior derivada de tal hecho, incluida la obligácion de ser cortés. La respuesta, por tanto, es antipática pero no necesariamente irresponsable, a menos que se pueda demostrar que la persona sí ha asumido con anterioridad la obligación de rectificación que se le quiere exigir. Y es que ahí radica, creo, la gran popularidad entre los controladores de la palabra "responsabilidad", ya que aparte de ser ambigua en el sentido expuesto, induce a una conveniente confusión sobre la naturaleza de las "obligaciones" a las que indirectamente hace referencia. Por eso prefiero hablar directamente de obligaciones: "no debe haber libertad sin obligaciones" sería una versión más clara y contundente de la filosofía expuesta.
Pero todavía faltan más precisiones. Por ejemplo, una obligación puede ser de tipo moral o ética: por ejemplo, se podría argumentar que la libertad de expresión conlleva la obligación moral de decir siempre la verdad. Pero es evidente que ante una obligación puramente teórica, existen pocos motivos por asumirla como propia (de nuevo, estamos con el síndrome del conductor guayaquileño, que se siente protegido por su carapacio metálico de cualquier consecuencia de sus sinvergüencerías). Por tanto, los controladores dicen que hay que poner leyes para que las obligaciones sean "reales", es decir, coercitivas: que existan penalidades para quienes no cumplan. En ese supuesto, se podría reestructurar así la filosofía autoritaria (llamémosla así): "No debe haber libertad sin coerción".
Ahora, en el supuesto de que convengamos en que "libertad" signifique precisamente "ausencia de coerción", parece que ya entramos en contradicción flagrante. Pero habrá quien no acepte tal definición: al fin y al cabo, la RAE tiene una definición a su gusto, que habla de estados y de buenas costumbres. Es decir, aquella libertad circunscrita por las "buenas costumbres" les sirve para acompañarla de esa obligatoria dosis de responsabilidades (obligaciones) que, dicho sea de paso, no se asumen libremente: es decir, no se conoce todavía el Estado en que tú escoges las libertades que te interesa disfrutar a cambio de firmar un contrato en que te comprometes a observar ciertas costumbres. Pero lo evidente es que, en uno u otro caso, la libertad viene a ser algo que el Estado te da, que te concede, y que en cualquier momento puede negarte con el pretexto de no cumplimiento de tus "responsabilidades". Y como sea que falta poco esfuerzo de desmitificación para darse cuenta que Estado = poderes fácticos, o sea, al fin y al cabo seres humanos (gobernantes, jueces, burócratas dorados de toda índole), resulta que estamos ante un conato de esclavitud, pues quien puede dar o negar la libertad a otro posee a esa persona. Claro que los controladores se imaginan siempre en el papel de los propietarios, nunca de los esclavos. Son ellos quienes deciden cuáles tendrían que ser las "obligaciones" de los demás: luego se mueven para imponerlas "democráticamente" (es decir, irresponsablemente, acepción 2: "yo no fui. Fue el pueblo").
En esta línea, Xavier Flores nos propone que la libertad de expresión debe limitarse, entre otras cosas, para "proteger la seguridad nacional, el orden público y la salud y moral públicas". Es evidente que hasta la dictadura más férrea del mundo podría justificar cualquier acto de censura bajo alguno de estos rubros (el del "orden público" resulta especialmente socorrido): si aceptamos de antemano tales limitaciones, no hablemos de libertad: la palabra ya se quedó sin significado.
En su lugar, afirmo como evidencia que la libertad no es algo que te conceden, sino que te pertenece por derecho propio - pues la ausencia de coerción es un valor por defecto que nos resulta imprescindible para llevar una vida individual mínimamente productiva - y que te corresponde defenderla en contra del único ente capaz de arrebatártela, que es el Estado. Y no, su ejercicio no conlleva necesariamente ninguna obligación (eso es especialmente obvio en el caso de la libertad de expresión: mientras te limitas a expresarte, no puedes hacerle daño, lo que se dice daño, a nadie, y entonces cualquier intento de asociarla a una obligación se revela arbitraria). Otra cosa es que la uses bien o mal, o que seas irresponsable o no en el sentido general expuesto arriba. Eso ya es otra cuestión. Y si me preguntan si puede haber sexo sin amor, pues claro que sí: es más, creo que el sexo sin amor generalmente es mucho más satisfactorio. Es decir, soy un monstruo libertino. Por tanto, no me hagan mínimamente caso.
* Se trata del Goldwyn ése que prestó su inicial a la productora MGM, y que tiene un walk-on part en el siguiente cacho:
Va un español a una entrevista de trabajo. Su papá es amigo del director: tiene todas las de ganar. De modo casi disculpatorio, los entrevistadores le hacen las preguntas de rigor: que si tiene experiencia, que si es emprendedor... Al final un viejo barbudo le dice:
- Bueno, eso ya es todo, sólo hay una pregunta final que tenemos que hacer, disculpe usted, pero son las formas... A ver, este puesto requiere de un candidato que tenga buenas nociones de inglés. ¿Podría usted decirme cuatro palabras en inglés?
El español se queda con cara de susto y la boca abierta. El entrevistador repite la pregunta. Al final el hombre se compone y dice:
- Cuatro palabras. Claro, claro... Bueno, Pues éstas: Metro. Golgüin. Mayer.
El entrevistador, conteniéndose, se queda esperando. - Ya, muy bien. Pero fueron tres palabras. ¿Y la última? Con una más, el puesto es suyo.
El español empieza a sudar copiosamente. Abre y cierra la boca dos veces. Finalmente, echa la cabeza para atrás, cierra los ojos, y: - ¡rrrjRRAAAUUUrrr!
domingo 7 de junio de 2009
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7 comentarios:
El Estado no es el único ente capaz de arrebatarte la libertad, también existen los Hells Angels y la mafia bielorusa. Recuérdalo
Que el estado deje de controlar la posesión de armas de fuego, y me río de tus Hells Angels. Pero en el caso que nos ocupa (o sea, el mundo real), concedido.
Me encanta que me glosen: me da la oscura sensación de haber dicho algo sensato. Debo tomar más jugo de tomate de árbol.
Yo también estoy en desacuerdo con esa declaración de que el Estado es el único capaz de arrebatarle a uno la libertad. Y si lo quieres ver así de todos modos, se te puede responder que pueden darse Estados dentro de un Estado que incluso ejerzan una mayor influencia en nuestras vidas.
Con lo de las acepciones torcidas de la palabra "responsabilidad" estoy bien de acuerdo. Ya hemos hablado de eso. Es un eufemismo al que se invoca para imponerle a otro un "deberías". Para mí ser responsable es solamente reconocer y aceptar tu causatividad en influencia, pero como respondas a eso depende también depende de tus propios valores e inteligencia. Un sociópata, por ejemplo, sería un irresponsable desde el punto de vista de la moral aceptada.
Coincido también en que es notable esa gazmoñería en los discursos divulgados en las cansinas columnas del Xavier Flores. Su vaca sagrada en materia de buzzwords son los DDHH, es obvio. Yo no me convenzo mucho, más allá de las aparentes buenas intenciones, porque nunca me he tragado a la DUDH como un documento sacrosanto que no pueda estar sujeto a revisión o a crítica.
Cabe matizar. Yo no soy completamente libre, pues he asumido obligaciones respecto a mi familia y en mi trabajo, que me cortan bastante las alas en prácticamente todos los sentidos. Sin embargo, esas obligaciones las asumí libremente. Nadie me puso una pistola en la sien para obligarme a casarme. El Estado es, para la inmensa mayoría, el único ente que les impone obligaciones, con amenaza de coerción detrás, incluso de privación de libertad total, /sin consultar/, es decir, sin que exista una libertad de elección personal previa. El jefe en el trabajo te puede decir: "te obligo a derribar esa pared", pero no te puede impedir que dejes el trabajo, ni te puede meter en la cárcel por no obedecerle. En ese sentido, y repito, "para la mayoría", el Estado es el único ente coercitivo en un sentido absoluto.
No me considero “taurino”, pero reconozco que tengo querencia a refugiarme en tablas, por aquello de reducir flancos de ataque y protegerme el trasero, cuando supuestos defensores de “la libertad” me hablan de la distinción con el libertinaje o, mucho peor, cuando en defensa de la libertad, los paladines de la “progrética” (que cómo todo el mundo conoce, es la ética superior, la del pensamiento único nunca discordante y siempre reptiloide), deciden que debo esclavizarme y someterla al criterio del burócrata de turno.
En lo que toca al fallido dilema Libertad vs. Libertinaje, coincido con la opinión de Albert Esplugas al respecto. En lo referido al rol del Estado en toda esta vaina, hay preguntas que martillean mi conciencia:
¿Cuándo el mantenimiento del Estado supone, cómo ha sido el caso del Ecuador de la Revolución Ciudadana, el 40% del PIB, quien trabaja para quién (los burócratas para los ciudadanos o viceversa)?
¿Si tenemos que ceder el 80% de nuestra libertad para que el Estado garantice la protección del 20% restante… en palabras de Rolindo: “¿Cómo es esa Güevá?”?
Mi comentario era en Modo Sátira ON. Lamento no haber puesto el código adecuado.
Dejando a un lado eso, debo decir que quienes defendemos la libertad estamos más que contra el Estado, contra todo ente criminal que pretenda coartaranosla. Es decir, cualquiera que pretenda imponerse sobre mi, será mi enemigo. Ahí se incluyen también a la mafia organizada o cualquiera que pretenda secuestrarme. Lamentablemente el grupo criminal más grande, establecido y organizado en nuestra sociedad, se llama Estado, así le duela a la progresía.
"Coincido también en que es notable esa gazmoñería en los discursos divulgados en las cansinas columnas del Xavier Flores. Su vaca sagrada en materia de buzzwords son los DDHH, es obvio."
No tan obvio para quienes hayamos aterrizado allà hace poco: lo que más veo son truculentos mareos de perdiz en torno al tema de las libertades de expresión y de la prensa, que no difieren en el fondo a los embistes más frontales del resto de la tribu correata, sólo que éste tiene más tema con Emilio Palacio, por razones sin duda comprensibles y respetables. Cansino, eso sí (y sin perjuicio de Rita Hayworth): neta, si algún día tuviera que presentar un estudio legal de 37 folios con extensa bibliografía, sobre la factibilidad de nombrar a Cantona embajador de la niñez para las Naciones Unidas, en un certamen de jurisprudencia, lo tomaría como modelo de estilo y fuente de inspiración retórica. ¿Qué más se puede decir?
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