sábado 7 de noviembre de 2009

De juguete y de verdad




Uno anda por la calle, y de repente se le aparece delante un niño con una pistola de juguete. “Manos arriba,” grita el niño, “esto es un asalto”. Como la pistola ostenta tanto realismo como una muñeca Barbie, uno sonríe, finge recibir una bala en el pecho, o hace ademán de desenfundar al estilo John Wayne, en fin, le sigue la corriente al niño, y andando. Esto, a menos que uno se llame Orlando Pérez, o Hugo Chávez. En el primer caso, hay que volver corriendo a casa, para acto seguido escribir un artículo denunciando al niño como “patriarcal y elitista”, y especulando sobre la terrible posibilidad futura de que estos niños, o los “elites” que representan, “también decidan cómo vestir, qué comer, dónde divertirse, con quién salir, etc”. En el segundo caso, hay que emitir un decreto que prohíba que los niños en todo el país jueguen a ser pistoleros: o sea, prohibiéndoles que jueguen. En ambos casos, lo importante es conservar como precioso bien comunitario la confusión originaria entre lo que es de verdad y lo que es de juguete o de mentirijilla. La demagogia, entonces, está servida.

Pregunta Orlando, furioso: “¿Por qué se toma el nombre de toda la ciudad un grupo de ciudadanos?” Pues aun sin conocerlos, creo que sé la respuesta. Porque son jóvenes de clase media, rebosantes de ideales y de ardientes convicciones, que como muchas veces suele suceder, al encontrarse rodeados de compañeros de similar ideología, empiezan a delirar, a creerse seres elegidos, de vanguardia, capaces de hablar en nombre de todo un pueblo o de una comunidad a partir de su educación privilegiada y su compromiso personal. En eso, desde luego, se equivocan: hasta se les puede considerar “ridículos”: ¡presumir de hablar en nombre de toda una ciudad, cuánta desfachatez! Pero si lo de “Guayaquil declara…” es ridículo, ¿qué decir de alguien que supuestamente en representación del “pueblo”, comete hasta secuestros de personas inocentes? O ¿qué decir de aquellos honorables asambleístas que fueron elegidos para redactar una constitución, pero luego se olvidaron de lo circunscrito de su acometido y se pusieron, ufanos, a dictar caprichosos “mandatos” en supuesta representación de un “pueblo” que nunca los eligió para ese fin?

Pero la pregunta de fondo, muy aparte de todo esto, es: ¿qué importa? Uno sólo tiene que pasear por Quito para ver docenas de grafitis de la mano de ardorosos jóvenes “revolucionarios”, todos más o menos explícitamente convencidos de que representan al subyugado pueblo, aunque ese pueblo tal vez no se haya todavía dado cuenta de ello. Es un error frecuente en la juventud, eso de creerse portavoz de otras personas desconocidas: los psicólogos hasta se pondrían a hablar de la nostalgia adolescente de peer groups que puedan sustituir a la superada y despedida familia. Cuando se vuelve ridículo es cuando esa fase propia de los años mozos se perpetúa en la edad adulta, cuando un simple periodista o columnista se cree formador de opinión pública (“hacemos opinión”: textual), o cuando un supuesto estadista revela, veinte veces al día y de las más variopintas maneras, su convicción de que los que lo votaron son “los buenos”, “los patrióticos”, “el pueblo”, vaya, y los que no, muy lejos de ser simples equivocados, son la escoria de la humanidad, que no merecen siquiera un simulacro de inclusión o de diálogo.

Por ello, uno termina por dudar sinceramente si Orlando Pérez sabe distinguir entre un revólver de juguete de fabricación china, y uno de verdad.

Quisiera ayudarle en esta tarea. En primer lugar, los revólveres de mentira no hacen daño. Por ejemplo, si un joven cuelga una pancarta, hallar a las “víctimas” de semejante acto no resulta nada fácil. (A menos que sea el propio Correa la víctima, en cuyo caso habría que preguntar qué es lo que le hizo pensar que para todo el mundo su presencia era “grata”, antes de empezar con la terapia de superación de la trauma.) En cambio, cuando un gobierno hace lo mismo, cuelga una ridícula pancarta con no sé qué inmadura y revanchista consigna, suele hacerlo de otra manera, emitiendo un decreto, una ley o hasta una constitución: entonces sí, estamos fregados, pues si no acatamos esas consignas, nos arrestan. Y cuando uno es arrestado y se va a la cárcel, aunque sea por sólo un mes, entonces sí se puede hablar de daño, pues es sabido que la cárcel a las personas las convierte rapidito en criminales y les arruina el futuro laboral y la vida en sociedad a partir de ese momento.

Pero para el secuestrador Orlando Pérez eso no importa: siendo él de pasado delictivo, es comprensible que no le importe que otros, aun sin haber hecho nada, corran por la misma suerte. Lo curioso, sin embargo, es que a pesar de su nueva vocación de perro faldero del Presidente, bien retratada en este artículo, encuentre tiempo para lamentar el encarcelamiento de los dos jóvenes en cuestión, no porque eso les vaya a arruinar la vida, ni porque sean inocentes de esa ridícula acusación de “separatismo” que se le ocurrió a un subalterno leguleyo desprovisto, como el propio Pérez, de elementales facultades analíticas, sino porque tal apresamiento los convierte en “víctimas”, y para él, eso de ser “víctimas” es patente y marca registrada de la izquierda. En serio.

Así que puede que nos espere mucho, mucho más de lo mismo: mientras el gobierno nos sigue esclavizando a decretazo limpio, siempre habrá un rincón para los simpáticos y soñadores “formadores de opinión”, para que nos expliquen que más que todas esas armas de verdad de que dispone el Estado, lo que deberíamos temer son las ocultas intenciones de esos niños que andan por la calle blandiendo sus espadas de poliuretano y sus revólveres de Wild Bill Hickok.



P.D. "Lo que revelan los carteles y la actitud de la llamada Nueva Junta Cívica de Guayaquil es su condición de intolerancia e irrespeto al que piensa diferente."

¿Qué será lo que nos revela la calificación de Carlos Vera, en el mismo artículo, como "ex periodista"? ¿Será que las columnas que sigue escribiendo para El Comercio no son periodismo, en tanto demuestran que el autor "piensa diferente" respecto a quien firma el artículo? Lo dejo como adivinanza.

2 comentarios:

Kojudo Mayor dijo...

Elegante forma de presentar, lo que yo de manera escueta dije en mi entrada intitulada "Extractos de Estupidez"

La intolerancia no se ataca con intolerancia.

Ese es, precisamente, el condumio del que está hecha la conducta de los políticamente correctos y otros cachivaches como los defensores de derechos humanos y su novelería progre, porque según ellos mismos, son los únicos de mente abierta.

Un buen amigo mío, visitante de estas tierras, ya lo dijo, y yo me suscribo a dichas palabras.

"They are so open-minded, that they end up being close-minded in their own open-mindness"

Condenan y fustigan a quien no piense igual que ellos, (igual que su manera "tan abierta, libre y tolerante".) Caen en el mismo error.

Si los monos de la junta cívica quieren hacer de Guayaquil una republiqueta independiente, eso no se combate con intolerancia. Yo no apoyo sus acciones, pero defiendo su derecho a expresarse como les plazca.

Víctor dijo...

Mira, Kojudo... si, de acuerdo contigo, no es un asunto de intolerancias, todo salió mal.

Digamos que si el Ecuador nos hubiese tratado de mejor forma nada de esto hubiese sucedido, haciendo retrospectiva hacia nuestro pasado, el mejor ataque de Correa fue su peor error, aun nos duele a muchos de nosotros haber perdido la Península, la junta cívica y sus integrantes repiten siempre que el primer separatista fue Correa al dividirnos.

Quizá para mi, dueño de una cultura Guayaquileña llena de historias nativas al ser criado por mis abuelos, me duele en el alma que Correa nos haya quitado lo que ni Tupac Yupanqui, Huayna Capac ni Atahualpa pudieron quitarnos: La cuna de nuestra cultura, el nacimiento de nuestra historia, el lugar donde nació la cultura Valdivia.

Nos quitaron lo que los mas grandes guerreros en la historia no pudieron hacer ni con los mejores y mas entrenados guerreros del planeta, uestros caciques defendieron con sus vidas y con su astucia según cuentan las leyendas, la tierra que los vió nacer, para que luego nosotros la perdamos cobardemente, por que los cobardes somos nosostros y no ellos, la basura no sabe de cobardías.

No es lo mismo que te quiten un celular o un carro a que te quiten el símbolo de tu cultura, de tu raza, de tu pueblo.

Ya lo dice el refrán: Pade Alfarero, hijo caballero, nieto limosnero.

Nos heredaron una historia para que luego nosotros los cómodos y aniñados caballeros la dejemos ir infamemente, ¿que historia le contaré a mis hijos?, si... perdimos la cuna de nuestra civilización a manos de un idiota que no sabía lo que significaba y que lo hizo solo para jodernos la vida.

No se si me entiendas, puede ser un simple símbolo, una absurda metáfora cualquiera, pero era "nuestra".

Era el mar, era el agua, las mareas, nuestro océano, nuestra identidad como navegantes, nuestra libertad para navegar, lo era todo practicamente.