Anécdota:
En la última campaña electoral del Reino hUnDido, el entonces Primer Ministro laborista, Gordon Brown, cuando aceptó hablar ante las cámaras con una señora mayor, que se presentó como "votante laborista de toda la vida", se llevó la sorpresa de que la tal señora, pese a ser votante laborista de toda la vida, no estaba muy contenta con las políticas de su gobierno, sino que tenía una serie de quejas y de reclamos. El Sr Brown intentó como pudo justificar su quehacer delante de las mismas inquisitoriales cámaras, e hizo dos ó tres vagas promesas. Terminada la entrevista, se metió en el carro oficial, y a su acompañante le dijo algo así como "qué señora más plasta y más bruta". Lamentablemente, se había olvidado de apagar el micrófono que llevaba enganchado a su corbata. El día siguiente, el comentario del aspirante a la reelección, recogido por las emisoras, estaba en las portadas de todos los diarios.
¿Qué hizo?
Bueno, antes de seguir con esta historia, hay que señalar que la gran diferencia entre lo que le dijo Brown a la señora ese día, con exquisita cortesía y varios conatos de sonrisa (al Sr Brown, por ser escocés, sonreir le resulta tarea difícil y complicada) y lo que dijo "en privado" cuando se creía a solas, se debe a un fenómeno, arte o costumbre, desconocido en esta parte del mundo, que se llama "hipocresía", y es considerado por algunos como uno de los cimientos de la civilización moderna en paises más avanzados, siendo los ingleses sus más acérrimos practicantes. Básicamente consiste en establecer, primero, una separación entre tu personalidad pública y otra privada (algunos van más allá, y se crean media docena de personalidades, a escoger según las circunstancias). Después, se ajusta la personalidad pública en función de algunos objetivos a conseguir - en este caso, la reelección, para la cual hace falta ser "agradable" y "cortés", dejando para la esfera privada la expresíón de sentimientos que se consideran incompatibles con la consecución de tales objetivos. Así, con estos datos en la mano, se entiende mejor que el Sr Brown, cuando estuvo delante de la Sra Votante Laborista de Toda la Vida, no hizo lo que hubiera hecho cualquier candidato electoral ecuatoriano, es decir, ponerse a gritar enfurecido y a llamarla "gordita horrorosa", agregando alguna frase terminada en "...idiotas como tú". Valga esta aclaración, y prosigamos.
Lo que después hizo el Sr Brown fue algo muy curioso. En lugar de aprovechar su situación de Primer Ministro para aparecer en la tele en cadena nacional fustigando a todos esos medios corruptos que habían reproducido, tergiversándolos, algunos comentarios hechos en privado y que obviamente nada tenían que ver con aquella señora sino con la Baronesa Thatcher, y que habían suprimido intencionadamente todas las buenas noticias, como que la Deuda Nacional se podría pagar antes de que el sol se convirtiera en supernova, en lugar de hacer nada de eso... se disculpó. Sí, en serio. Y no solamente eso, sino que unos días después, de nuevo rodeado de cámaras, hizo una visita a la casa de la Sra Votante Laborista de Toda la Vida, y cuando se le abrió la puerta, con una magnífica sonrisa forzada, de las que en Escocia hacen historia, le dijo personalmente, cara a cara, que lo sentía mucho y esperaba no haberla ofendido.
Esto último sí que requiere explicación, y bastante.
¿Dónde empezar? Bueno, hubo una vez, hace unos cuantos centenares de años, una isla. Ahí vivían unos seres pintorescos y primitivos, que se pintaban la cara con barro teñido de azul y se dedicaban básicamente a violar o a ser violadas (hay que entenderlo, eran de origen escandinavo y alemán). A esa isla, un día, llegaron unos romanos para civilizarlos, pero no pudieron con el frío y la lluvia, y se fueron rapiditos, dejando atrás un muro, que era para contener a los escoceses. Unos siglos más adelante, llegaron otros civilizadores, esta vez franceses. Como vieron contenidos a los escoceses, decidieron quedarse, y pusieron un Rey, Guillermo "el Conquistador". Ese Rey, como era la costumbre en esa época, gobernaba mediante alianzas con gente "poderosa", es decir, gente que tenía castillos, armadura y armas grandes y afiladas, y lo más importante de todo, sabía hablar francés (tal vez por haber venido en el mismo barco). (Todavía se enseña el francés en los colegios ingleses, en la vana esperanza de que algún francés desocupado vuelva a conquistar la isla y que entonces sirva para algo.) El sistema funcionaba bastante bien, hasta que heredó el trono un tal Juan "El Cojudo". Ese hombre, algo corto de luces, no entendía eso de las alianzas, y creyó que si era el Rey entonces era Jefe de Todo, así que se dedicó a saquear las arcas de la población. Se compró un avión privado (bueno, no era avión exactamente, los cronistas lo llaman "cometa"), hizo importar a un chef belga (y luego otro, y otro... hay que entenderlo, encontrar veneno en las comidas de un Rey era algo corriente en la época, y los belgas entonces venían baratitos, pues todavía no tenían país propio). A quienquiera le criticaba, le metía en la cárcel, o le exiliaba a la ciudad normanda de Miammes. Y de nuevo, bajo este sistema, que hoy en día se llama "monarquía absoluta", las cosas parece que funcionaban más o menos bien. Según el cronista oficial de la época, conocido como Venomous Bead, se triplicó el Presupuesto Nacional, se construyeron carreteras, y se salvó todo el condado de Hampshire de las depredaciones de los cultivadores de espagueti, convirtiéndolo en un santuario nacional, hoy conocido como New Forest. Pero luego sucedió algo inesperado.
Resulta que la gente, o mejor dicho alguna gente (la de los castillos) no estaba muy contenta con eso de la monarquía absoluta. Se armó una rebelión, se lanzaron gases lacrimógenos (la tecnología primitiva de la época obligaba a que tales gases se fermentaran primero en los intestinos de los barones, previa consumición de carne de venado en mal estado), y en menos que nada Juan "El Cojudo" se vio obligado a firmar, en medio de un hermoso prado al lado del Támesis, un documento en el que reconocía que no era Jefe de Todo, sino que había algo superior a él llamado "la Ley", que en lo sucesivo serviría para frenar sus impulsos y regular la percepción de tributos e impuestos y otras necesidades reales.
Y lo más humillante de todo: que esa "Ley" no sería redactada por él, sino por otra gente. Ni siquiera por sus amigos (que pocos tenía, dicho sea de paso).
La verdad, el documento en sí de poco sirvió: en pocos meses, el Rey estaba muerto, los barones también cayeron víctimas de la plaga, y el populacho, con nuevo Rey impuesto (que hablaba francés, así que evidentemente era el correcto), se olvidó del asunto y volvió a su ocupación habitual de evitar de mirar a las mujeres que cabalgaban desnudas por las calles. (Los ingleses son un poco rarillos.)
Pero la noticia de que un grupo de gente bien armada y con impresionantes barbas podía más que un solo hombre flacucho viajó por Europa, y con el tiempo, y poco a poco, se puso de moda eso de obligar, por la fuerza, a los Reyes cojudos a firmar cosas que no querían firmar.
Hasta que algún francés tuvo la siguiente brillante idea: ¿qué tal si prescindimos de los Reyes por completo?
Dicho y hecho: se liberaron a los presos en la Bastilla, y a cualquier rey o posible aspirante a tal se le cortó la cabeza con un ingenioso instrumento inventado por un tal Sr Gillette (Guillotine en francés), y se comió, encima, mucho pastel.
En Inglaterra, en cambio, esta noticia, reportada por los diarios propiedad de un tal Sr Murdocke, se tergiversó, y los ingleses equivocadamente pensaron que la solución a sus males consistía en matar, no al Rey, sino a toda persona que llevara un sombrero de copa alta y delgada (la confusión era comprensible, pues las palabras eran similares y todavía no se había inventado el diccionario). Así que el día siguiente, se llenaron los barcos de gente que, por su religión, eran obligados a llevar sombrero de copa alta, a no bailar, y a pronunciar todas las erres. Se dirigieron no sabían bien hacia dónde, hasta que por fortuna toparon con un continente recién descubierto, que se llamaba América. En agradecimiento por tal hecho, inventaron un nuevo género de música, llamado "Plymouth Rock", y se dedicaron de corazón a ser devorados por bestias salvajes, o a ser masacrados por los indios, o a demostrar su absoluta incompetencia en cuestión de cultivo de comestibles. No obstante, y por milagro, algunos sobrevivieron. Sorprendidos por tal hecho, decidieron crear una nueva forma de gobierno, que ellos llamaron "democracia", y que consistía en ir por todas partes con dos pistolas colgadas de la cintura (por si las bestias salvajes), a deslizar vasos de cerveza a lo largo de la barra, y lo más importante, a llevar sombrero de copa media-alta (salvo las mujeres, que habitualmente eran quemadas como brujas, o regentaban insulsas chat shows de sobremesa).
De nuevo, gracias a las tergiversaciones de la Prensa Corrupta, esta noticia fue reportada en Europa como que en América, en vez de que no había Reyes, que lo que no había eran Leyes, y que ahí reinaba la más absoluta Libertad.
El día siguiente, la isla de Irlanda lucía vacía.
El día siguiente, en Italia apenas quedaban cuatro personas.
El día siguiente, la mitad de España partió en búsqueda de este "Nuevo Mundo". Sólo que se equivocó de subcontinente. Llegaron a un lugar donde, si bien todos llevan sombrero de copa media-alta, nadie llevaba pistolas, ni tomaba cerveza, ni siquiera tenía erres para pronunciar. Decepcionados, se dedicaron a jugar al fútbol, a llevar gafas oscuras, a practicar el mestizaje, y a intentar descubrir, mediante desastrosos experimentos, la receta para crear cerveza medianamente potable. Siguen en lo mismo hasta hoy día.
Mientras tanto, en Europa, se convocaron urgentes gabinetes de crisis entre todos los reyes y gobernantes. El tema de discusión: ¿cómo se puede gobernar si no hay súbditos? pues todo el que no era rey o reyezuelo ya se había marchado para las Américas.
De estas reuniones surgió un nuevo concepto, la "democracia parlamentaria". Básicamente, consistía en que las pocas personas que todavía quedaban, harían turnos para ser rey. Si yo soy el rey durante cuatro años, ustedes pueden hacer de súbditos. Luego a alguno de ustedes les tocará el turno, y seré yo el súbdito. Así todos podemos ser rey un tiempito, y tener súbditos, y todo funcionará como antes, sólo que con límites temporales impuestos por las circunstancias. Además, debido a un error tipográfico en uno de los diarios de Morlocke, se acogió con algo de sorpresa el nuevo concepto de que al Rey había que "votarlo" (el original se supone que tenía que haber rezado "botarlo"). Apresuradamente, se organizaron elecciones, no sin antes averiguar las maneras de que tales elecciones salieran siempre en favor del candidato que uno prefería. Por común consenso, se decidió que la mejor manera de evitar que fueran elegidos candidatos indeseables, insultantemente jóvenes y de buen parecer, era impedir que "votaran" las mujeres. Y así se hizo, y en verdad, el sistema funcionaba que era una maravilla.
El año siguiente, sin embargo, se produjo el desastre. El nuevo elegido para ser Rey, un tal Sr Napoleón, llevado por el entusiasmo, se dedicó a invadir otros países, que no eran el suyo propio, a declararse Emperador (le entiendo, el nombre es atractivo) y a cometer todo tipo de barbaridades.
De nuevo se reunieron, y limando conceptos, decidieron que lo mejor era cambiar las cosas de nombre. En lugar de Rey, habría Presidente o Primer Ministro o Canciller; en lugar de súbditos, ciudadanos. Y que en caso de extrema necesidad, si la gente se ponía terca, se declararía una guerra a escala continental, para mantener ocupada a los descontentos y, con suerte, deshacerse de algunos de ellos.
Tampoco funcionó. Y sigue, hasta nuestros días, sin funcionar. Aquí la historia se vuelve un poco complicadita, pero resumiendo, digamos que si algo había quedado claro durante toda esta epopeya, era que existía una inexorable tendencia a que la gente desconfiara de los reyes y reyezuelos, y que si éstos se propasaban, tenían tendencia a ser depuestos, ejecutados, o peor todavía, investigados por periodistas en colusión con traicioneros parientes o hermanos.
Y que eso de la "Libertad", si bien era algo imposible en la práctica y fruto de un malentendido o de un error tipográfico, entusiasmaba a la gente que era una barbaridad.
Ahora, con esos datos en la mano, se entiende mejor el gesto del Sr Brown. El, si bien era Rey, y con aspiraciones a seguir siéndolo, evidentemente pensó que era mejor disculparse, pues si no lo hacía, podía terminar bajo la Guillotina o la Prensa. Y ello era así porque en el Reino hUnDido actual, a diferencia de, digamos, Ecuador, existe algo que se llama "oposición", es decir, había otras personas, que no lucían ni locas ni subnormales (o no en exceso) ni siquiera notorios militares golpistas, dispuestas a ocupar su lugar en caso de que él no diera la talla. De acuerdo que la tal oposición tenía exactamente el mismo programa, las mismas intenciones, el mismo todo todito, que el Sr Brown. La cuestión es que la simple existencia de esa tal Oposición obligaba al Sr Brown a practicar otra virtud también desconocida en estas latitudes, que se llama "humildad". Algo que se aprende junto con la hipocresía: de hecho, entran en el mismo currículum.
De tal modo se evita que la gente se acuerde de eso de la "Libertad", construya barcos, y se marche en masa para ir a buscarla Dios sabe dónde. O peor todavía, que empiece a practicarla en su propia tierra, dejando a los gobernantes sin nada que hacer. El sistema es bastante sencillo: se halaga al electorado sometiendo al "candidato" a todo tipo de humillaciones a cuál más pintoresca, a fin de convencer a los más despistados que ellos son el realidad el Poder. Incluso se le obliga (ya sé que suena extraño) al candidato a tener en cuenta, de alguna manera somera y formal, los deseos y las preferencias mayoritarios de los votantes, y a dirigirse a ellos con algo de cortesía y consideración. Todo sea para mantener las apariencias: el exitoso Rey se puede consolar en cualquier momento echando un vistazo a su cuenta bancaria.
Y eso, eso de mantener las apariencias, allá parece que para algo sirve. Si no al Sr Brown, por lo menos a la Estabilidad del Sistema, algo que los ingleses tienen en gran aprecio.
Y servirá, hasta que alguien se acuerde de la Bastille, y de Juan el Cojudo. Yo calculo que unos cincuenta años. Tal vez ciento cincuenta. Ya veremos, o no, según el caso.
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