lunes, 28 de noviembre de 2011

Barcelona

...no es Madrid. No te equivoques, pues los pasajes cuestan caro. Madrid es ese lugar donde puedes salir a caminar sobre las 3 de la madrugada, y encontrar las calles atestadas de gente, hasta de niños, e incluso tiendas y bares abiertos: como si fuera las tres de la tarde, sólo que por algún inexplicable motivo el cielo luce color berenjena. Barcelona no hace eso. Primero, porque el clima no les da el pretexto necesario (demasiado calor durante el día como para hacer algo más que un amago de trabajo, y luego el jueño de los sustos: así es Madrid durante el infierno) y segundo porque en Barcelona lo que más hay es gente catalana, y los catalanes no son así. Para ellos, "pasear" es un verbo sin sentido. No pasean. Si por algún extraño motivo se encuentran, de un momento para otro, sin trabajo que hacer, se van a la playa. Hay playas para todos los gustos: Castelldefels para treintañeros heteros y treintañeras presuntamente ídem, enemigas de los tan lines pectorales, Sitges para travestíes, turistas progres y compositores de limericks*, Calella para quienes siempre han ambicionado contemplar una bahía llena de jóvenes con salpicadura de viejos progres agitando pañuelos blancos (o Kleenex, en su defecto) al tiempo que cantan algo sobre una vieja llamada Lola (nada que ver con la canción de los Kinks). Incluso, si tienes ganas de disfrutar de un paisaje lleno de vómito, orina, botellas y latas de cerveza vacía, cristal roto, desechos orgánicos, pañales y condones usados, restos de sangre, etcétera, tienes de opción de ir a Lloret de Mar, donde van los ingleses. Pero quedémonos con la Ciudad Condal.

Lo peor que tiene Barcelona es su arquitectura, o por lo menos aquélla que responde a la Escuela Modernista. Edificios que parecen hechos de mazapán y azúcar, de un gusto dolorosamente infantil; un horrible "parque" que parece Disneylandia sin orejas; una catedral en permanente construcción, habitualmente rodeada de grúas, eso sí, impresionante por la exorbitante ambición inmanente en su diseño (es un edificio concebido para salir en portadas de revistas Duty Free de compañías aéreas), pero incapaz de inspirar ningún sentimiento religioso. (Los catalanes tienen una extraña relación con la religión: en la Guerra Civil, Barcelona se convirtió en capital de ese deporte entrañablemente español que consiste en quemar iglesias. Según cierto catecismo castizo, "maldecir al clero" corresponde a la etapa número 5 de la borrachera progresiva, de un total de 7. Yo nunca llegué más allá de la 4.) Afortunadamente, a medida que te alejas de la Rambla (estatuas vivas, el sempiterno perrito que no hace nada, aves en jaulas, quioscos con mucho Isabel Pantoja y pocas nueces, proliferación de Backenpäckeren despistadischen) escasean las casas-mazapán y reina el elegante utilitarismo, a lo largo y ancho de esas manzanas cuidadosamente cuadradas que hacen que el plano de Barcelona parezca un crucigrama o parrilla de Sudoku. Convengamos en que algunas de esas calles son ridículamente anchas: ¿qué quieres? si Barcelona siempre fue una ciudad imitativa, con suficiente seny como para darse cuenta de que la imitación no debe pecar de flagrante, pero imitativa al fin y al cabo. Esas calles de vasta anchura y aparatosa convergencia quieren ser Paris, pero sin tanques; La Placa Catalunya (c cedilla, AWOL en este teclado) quiere ser la Puerta del Sol, pero sin cáscaras de semillas de girasol. Los Mossos d'Esquadra (down the Rambla, left at the end) quieren ser policías, pero "mi pujol se fue a Madrid y sólo me trajo este puto uniforme", y ninguna competencia más allá de rescatar gatos en árboles. Pérez-Reverte quiere revertirse a Pérez Galdós; Carod-Rovira quiere ser el Che; Pilar Rahola quiere ser Germaine Greer; y los jóvenes universitarios todos, toditos, quieren ser Stan Lee.



Lo que le pierde a Barcelona es que siempre que imitan algo, lo hacen con demasiada elegancia. Al final te sofocas de tanta elegancia mal derrochada. Las sedes de los principales bancos, y las tiendas de muebles, neomodernismo teutónico, con gravitas imperial. Barcelona és bona si la bossa sona. Los sonrientes guardias metropolitanos del Paseo de Gracia están allí para asegurar la primacia de la estética afluente-burguesa conservadora.

Si estás sofocado, y estás en la zona de las Ramblas, busca aquella plazuela donde el edificio de la Generalitat se enfrenta, furibundo gigante, al de Ayuntamiento, y colócate en medio, de modo que tus pies estén equidistantes entre los dos edificios: alguien vendrá presto a ofrecerte marihuana libanesa de la buena. Si no, prueba clicando los talones, cual Dorothy en el Mago de Oz. Apenas nunca falla. O si no, acude al bar Zurich (P. Catalunya) para tomar una cerveza con sobreprecio y para que un "poeta" idiota con un fajo de delgados tomos te acose a fin de que le subvenciones el piso a cambio de unas cuantas meditaciones mediterráneas llenas de recuerdos sicotrópicos de Nietzsche, Saint-Exupéry y Josep Pla.

En fin, termina rápido tu visita turística. Sube a ese restaurante de la planta superior del English Embarrassment, en la P. Catalunya, para ver el spreadlikeamapbelow de la ciudad (también lo puedes ver desde las cercanías del Museo de la Ciencia, donde tienen el submarino prototipo y otras maravillas: ahí llévate tu cámara digital, pues vale más una toma que dos Tibidabo).  Pasea, con los turistas, por el Barrio de Gracia (no recomendado para mujeres: allí hay tanta joya, tanto sombrerito mono, tanto abanico decorativo, tanto cuadro ideal para el conservatorio, tanto adornito absolutely to die for como para dejar en bancarrota a Bill Gates; además, ni en la iglesia del Pi ni la cercana catedral estarás a salvo de esos enanitos oficiosos que viven debajo de las piedras y salen para objetar las incompatibilidad de las faldas cortas con los lugares sagrados). Con algo de suerte, allá toparás con un busker que toca mejor que Steve Vai. Algunas calles más abajo, cada vez más estrechas y abarrotadas de pintorescos balcones, muy germanopratinos todos, empieza a haber tiendas magrebíes, donde podrás abastecerte de cuscús para todo el año a precios módicos. En fin, yo no estoy para esto, búscate tu propio cicerone, pero que sea catalanoparlante nativo, pues si no, sólo te contará mentiras, cuentos y exageraciones, como yo también hago, y eso que una vez me leí de cabo a rabo Tirando lo Blanco, la única novela escrita sobre el tema de la separación de la ropa de distintos colores previo al lavado automático. Y si no estoy para esto, es que también hay que decir la verdad: nunca viví en Barcelona. En la provincia sí, más años de los que quisiera acordarme, pero no en la capital. Adonde yo vivía se accede cogiendo uno de esos trenes "de los Ferrocarriles de la Generalitat", que te llevan al mismo sitio que la RENFE por distinta ruta: coge la RENFE si tienes ganas de escuchar música clásica por altoparlantes, y las FFCC si quieres contemplar a una profesora lesbiana cincuentona vestida con una boina de cuadros escoceses y una capa ídem cortejando a una de sus alumnas al lado de la puerta, desde la comodidad de tu hiperlujoso asiento y por encima de esas páginas de El Periódico de Catalunya donde se anuncian las chicas "sí a todo".

Y es que hay que decirlo todo: yo apenas solito iba a Barcelona a buscar putas. Eso, si exceptuamos aquellos años en que tenía alguna que otra novia. Con Carmen sólo recuerdo haber ido una vez... a lo mejor dos veces. En una, pasamos por ese puente al final de las Ramblas que te lleva a no sé qué parque de atracciones y de fast food encima del agua mediterránea. Ella ya estaba dudando si quería seguir conmigo, como después pude comprobar, y algo de ese color triste y nostálgico se queda impregando en ese recuerdo, aunque como suele ser el caso, yo no entendía en aquel entonces nada de nada. Recuerdo una extraña conversación en que se habló de modo fugaz del tema del matrimonio (ni me acuerdo siquiera si fui yo o si fue ella el "designated cynic" respecto al tema; creo que su meta en todo caso fue asustarme) para pasar enseguida al tema de sus pechos, que según ella no eran del tamaño adecuado para mis manos. Hasta amenazó con operárselos. Así era ella: práctica. ¿Que no funcionaban al cien por cien, o al 20 por 20, sus ojos? Simple: un cirujano colombiano con un láser, que para presumir vino a la Ciudad Condal en submarino, y asunto arreglado (con ayuda monetaria de los papás: eso de ser hija única es una gran ventaja). ¿Presunta insuficiencia pectoral (no era verdad, sino simple pretexto: "no soy lo que buscas")? Operarse y solucionado. ¿Un novio que ni era calvo, ni vestía uniforme, ni se parecía en nada a Van Damme, ni tenía cómo evitar que sus gatos practicaran agujeros experimentales en sus zapatos? Botarlo y buscarse otro. Sorted. Y cuando me di cuenta, y sacrifiqué a los gatos, y dejé de fumar (un tiempito, hasta comprobar que ni con eso), y compré zapatos nuevos, y fui al gimnasio para convertirme en Van Damme II, y estaba a punto de afeitarme la cabeza y enrolarme en la Legión, fue cuando me enteré que ya se había casado, eso sí, con un calvo, pero sin uniforme. (Ustedes recordarán la escena, de Peter's Friends, del "fucking wood-chopping guy": esa apoplejía de decepción, esa voz atiplada por la incredulidad, fueron mías: sólo que influido por el entorno traté de llevar el tema con más elegancia, tanta puta elegancia que hasta le provoqué un comentario a la Carmen, que decía que esperaba de mí algo más dramático que "¿ah, no quieres seguir conmigo? De acuerdo pues." Así de elegante puedo ser cuando se trata de defender las últimas patéticas migajas de un fulminado amor propio: para mí en todo caso eso no tiene importancia. Si ya no quieres seguir con alguien, se supone que poco te va a importar cómo se lo toma.) En realidad, todo yo, lo que fui y lo que era y lo que había conseguido dejar de ser, todo se vino abajo en ese instante. Tal y como ella predijo, la primera vez que vino a mi piso y llevaba esos jeans de color rosado chicle y decía: no insistas, vas a sufrir. Lo hice.

Claro que, a estas alturas, sólo queda felicitarle por su sensatez. Esa extraña y asimétrica relación, imposible que hubiera funcionado a largo plazo. Acostumbrado a las ternuras, me desconcertaba su parsimoniosa frialdad (sólo una vez me dijo "te quiero": fue cuando en un juego de naipes lancé la carta que ella necesitaba para volver a ganar. Hasta en damas me ganó, ahora que pienso, la muy zorra). Acostumbrada a la pasión sencilla y desenfrenada, a ella le desconcertaba mi delicado sistema de frenos múltiples, con sus complicados engranajes e hidraúlicos manillares, herencia de una educación a la vez inglesa y católica (tóxica mezcla de componentes presuntamente anodinos). A todo esto se puede objetar: ya, pero con el tiempo, con la intimidad, la mayor comprensión... No sé. Creo que no. Éramos prácticamente el cuadro vivo de la incompatibilidad. Todos los que nos vieron juntos, hasta los camareros de los restaurantes, se alejaban sacudiendo la cabeza y murmurando "eso no va a durar". (Pauline fue más lejos: "déjate de idioteces, es demasiado bonita para ti", me espetó con su amable y codiciable sequedad Yorkshireana.) En el supuesto no consentido de que ella hubiera podido llegar a sentir algo por mí, ¿nos habríamos peleado a cada rato? Posiblemente. Es aterrador pensar hasta qué punto podría haber llegado a depender emocionalmente de ella. Aterrador, porque la dependencia emocional para con otra persona es la peor droga que hay, la más mortífera, al lado de la cual alcohol, nicotina, heroina no son apenas nada. Es la causa de todas esas extrañas estadísticas que quieren hacernos creer que el "machismo" es un problema, es una cosa misteriosa que quiebra caras y huesos y clava cuchillos y propugna cavernícolas amenazas. Bollocks. Culpable de todo eso es la dependencia emocional, es ese dejar de ser lo que podrías haber sido para convertirte en algún papelito pegado al extremo colgante de una cuerda de tampax. Es lo que hace que un respetable Príncipe de Gales se convierta en The Man From C.A.R.B.U.N.C.L.E., o que los hombres adultos presuntamente cuerdos y sanos entren en las floristerías. Esa cosa.

Y ello es así, el peligro siempre fue así, porque ella tenía esa ciencia secreta que por lo que veo pocas mujeres tienen, pues la mayoría siguen pensando que para enloquecer a un tipo hace falta algo así como "ropa sexy", o maquillaje, o alguna chorrada por el estilo. Nada: yo podría explicar en un párrafo lo que hace falta, pero no lo voy a hacer aquí, pues esto es demasiado público y esa peligrosa información podría caer en manos irresponsables. Al fin y al cabo, la buena torturadora tiene que tener la madurez para saber escoger primero al víctima idóneo. Otra cosa fuera crueldad.

Lo que queda... lo que queda. Creo como artículo de olvidada catequesis que todo ser humano tiene un instinto de querer abrazar a lo que no pudo y no podrá ser suyo, volver a mirar ("por última vez", pero que esa última vez se prolongue hacia la eternidad) esos ojos, repasar esos recuerdos. A todos nos pasa. O sea que lo mío es corriente, anecdótico y sobrellevable: si los demás pueden, yo también.

Por eso conviene (ya que alguno me ha preguntado) que yo esté aquí y no allá: para dejarme de idioteces.

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* A certain young fellow from Sitges
lay naked, face down, on the bitges;
When told he was underclad,
he said, "Darling, are you mad?
One has to show off one's best fitges!"