martes, 15 de noviembre de 2011

Ora pro nobis

A Pablo Lucio Paredes le salió la vena humorística, o tal vez no tanto:

Nos enteramos de que al acogernos al llamado de evangelización seremos más felices, porque una vida satisfactoria es estar en paz con Dios, luego con el SRI y finalmente con la familia. ¡Hemos perdido las proporciones! Sin duda alcanzaremos el cielo cuando se cambie el orden y el SRI ocupe el primer lugar. Pronto será.

Es difícil evitar de pensar que el correísmo cumple todos los requisitos para ser considerado religión. Y no solamente porque nos propone un Mesías, ni tampoco porque ha establecido un rito semanal de obligado cumplimiento por los fieles,  ni tampoco porque además del consabido séquito de oportunistas arribistas, estafadores, mercaderes de reliquias y predicadores barriobajeros, ejerce, en palabras de Orwell, una atracción magnética sobre "that dreary tribe of high-minded women and sandal-wearers and bearded fruit-juice drinkers who come flocking towards the smell of 'progress' like bluebottles to a dead cat." Lo más religioso del correísmo es, sin embargo y siempre desde esta personalísima perspectiva, esa combinación de mezquindad, irracionalidad y maniqueismo que caracteriza a todos los fanatismos. Veamos: hay dos clases de personas, las que están con nosotros y las que están contra nos. Para las primeras, todas las consideraciones; para las segundas, condenas y anatemas. Para estar con nosotros, hay que aceptar un universo de discurso reducido, claustrofóbico, lleno de jerga, argumentos circulares y petitio principii. A quienes cuestionan este discurso, en lugar de dialogar con ellos, les colmamos de epitetos oprobiosos: son inmorales, egoistas, vendidos, emisarios de Satanás (o del Banco Mundial, da lo mismo), apátridas, corruptos. Tales denuncias son, obviamente, para el consumo interno: sirven para reforzar la credulidad y sumisión de los fieles. Para el no creyente se reserva otro tipo de discurso: el de la fuerza bruta, de la violencia, preferentemente a través de la maquinaria del "estado". La experiencia de la humanidad nos ha enseñado que si se permite que una religión se apodere de esa maquinaria, el resultado suele traducirse en Santos Oficios, hogueras, potros, cadalsos, cazas de brujas, sharia: el Estado Confesional, por tanto, ha caido en desgracia en gran parte del mundo. Pero todavía no nos enseña cómo evitar que de esta maquinaria se apoderen otro tipo de iluminados con similar sicopatología. Ayudaría bastante tener una constitución que establezca meridianamente que el fin no justifica los medios; pero ¿para qué soñar?

A mí lo que más me llama la atención en todo esto es el trucado discurso moralista que manejan estos nuevos Torquemadillos de a cuarto. Hace unos días la Calderón puso el dedo en la llaga al señalar que se trata de un reflujo de jugos gástricos colectivistas. Citó, para el propósito, unos anuncios en la tele que estoy contento de no haber visto: al parecer, se predica ahora que hay que dejar de lado los "intereses egoistas" y esforzarse por contribuir al "bien común". Bueno: yo tuve un profesor de Historia en el colegio (gran lector del Guardian si mal no recuerdo) quien nos enseñó a despreciar estos argumentos; para él, socialdemócrata confeso, el Bien Común era un recurso dialéctico tan trillado, tan anacrónico y tan impresentable como el de la Sagrada Madre Patria de infeliz recuerdo. Pero como veo que acá hasta se puede pronunciar esa misma maloliente palabra, "Patria", sin la mueca disculpatoria que sería de rigor en otras latitudes, pues bien, no es tan de extrañar que del tacho de basura de las ideas se haya rescatado también, con nocturnidad y alevosía, al Bien Común. Veamos pues.

Hay diversos tipos de bienes. Están los bienes de consumo, como camarones, condones y celulares. Están los servicios, como diseño de webs, peluquería, prostitución, sicariato y recaudación de impuestos. Están aquellos bienes que el Elegido nos enseñó, en su discurso de la U. de Carolina, a calificar de "públicos", por su supuesto carácter de no exclusividad y no rivalidad. Respecto a estos últimos, me acuerdo de esa historia que nos contó ese mismo profesor de Historia, que trataba sobre una fuente pública de un pueblo, situada en medio de la plaza principal y frente al Municipio, donde todo el mundo se detenía de vez en cuando camino al mercado para humedecer los labios o refrescarse el gaznate. Pues según la historia, a alguien del municipio se le ocurrió colgar ahí un día un letrero que decía: SE RESERVA EL USO DE ESTA AGUA A LOS MÁS NECESITADOS. Ahora bien (y según apreciaciones mías), en este punto de la historia, es difícil prever el final si no se sabe en qué país o región estaba ubicada dicha fuente. Si fuera en España, por ejemplo, el efecto del letrero sería que cada día, al atardecer, aparecerían unos carros 4x4 de lujo, cuyos conductores se bajarían con ademán furtivo para llenarse unos bidones enormes de este líquido al parecer tan valioso como (tomando las necesarias precauciones) gratuito. Si fuera en Ecuador, la misma fuente aparecería el día siguiente conectada, de manera caóticamente pintoresca, con una serie de tubos de caucho, con bombas eléctricas, que atravesarían la plaza para adentrarse en algunas casas circundantes. En EEUU, el mismo día ya se habría organizado una protesta, con piquete y pancartas, por parte de unas organizaciones feministas contra el uso del género masculino en "necesitados". En Inglaterra, fácilmente se intuye que tres noches después, durante la celebración de algún festejo de despedida de soltero, a alguien se le ocurriría que el recipiente de dicha fuente luciría mejor encima de la cabeza del ebrio prometido. En fin, depende mucho del país, pero el profesor de Historia ya se adelantó a tales especulaciones, precisando que el pueblo donde estaba situada esta fuente pública pertenecía a una nación civilizada, digamos, Alemania o Suiza o Noruega. Pues bien: el efecto del letrero fue simplemente que nadie tomaba agua. Lo que antes era público ahora ya no era de nadie: pues ¿quién se atreve a calificar su propia necesidad por encima de la del resto de la humanidad?

Ahora, no sé si el Bien Común para el S. del s.IX tendrá algo que ver con fuentes públicas en pequeños pueblos; pero sí me parece que funciona aquí la misma psicología, basada, como la de toda religión que se precie, en el sentimiento de culpabilidad. (Me estoy acordando, no he leído en décadas Los Hermanos Karamazov. Tengo cita, creo, de nuevo con el Gran Inquisidor.) Aquella gentuza impresentable, los Banqueros Corruptos, los Empresaurios (sic), los Dueños de los Medios que esconden sus riquezas en las Islas Caimán en lugar de contribuir con ellas al Fondo Especial para la Compra de Aviones Presidenciales, el rasgo que todos demuestran por partes iguales es el Egoísmo, el Pecado Capital, el único que no recibe perdón de Corr... digo, de Dios, y que evidentemente está reñido, pero mortalmente, con el Bien Común. Y lo curioso del asunto es que, como en el caso de esa fuente de pueblo, parece que la mejor manera de contribuir a ese Bien Común es abstenerse de participar en él de cualquier manera... a menos que pertenezcas a esa misteriosa tribu de los Más Necesitados, cuya rasgo distintivo llegaría a ser no tanto su grande y apremiante Necesidad, sino el saberse Más Necesitado, lo que como ya he dicho descarta a cualquier alemán, a cualquier noruego o a cualquier persona decente de aquí, de aquellos que ven la tele y se quedan rumiando los espots evangelizadores del gobierno. De tal manera que también parecería evidente que el Bien Común nada o poco tiene que ver con el Orgasmo Común, pues como esta última abstracción la acabo de inventar yo, pues no tiene todavía credenciales suficientes como para erigirse en fetiche o en tótem al servicio de la codicia inescrupulosa de los gobernantes. Muy al contrario: al Orgasmo Común sólo se puede contribuir, que yo sepa, teniendo un orgasmo o facilitándoselo a tu pareja. Cuantos más orgasmos tengáis tú y él/ella, y cuanto mejores sean en términos de calidad, pues tanto más se acrecenta el caudal orgásmico común de la humanidad. Es realmente sencillo. Y lo que también se me ocurre es que resulta mucho más fácil arreglártelas para contribuir al Orgasmo Común según aquellos métodos tan egoistas como viejos y probados, que no renunciando voluntariamente a tu orgasmo por sentimiento de culpabilidad y en solidaridad con los orgásmicamente necesitados (gran parte de quienes últimamente se dan el capricho de llamarse "asambleístas"), en la vaga esperanza de que de tal renuncia surgirá un nuevo Plan Gubernamental de Redistribución de Orgasmos a aquellos Sectores Marginados vulgarmente conocidos como "las malfollás" cuya santa patrona contesta por Aminta Nosécuántos, la que no le gusta que nadie sea demasiado gorda ni demasiado feliz. Porque, y esto creo que sirve tanto para orgasmos como para otro tipo de bienes, no hay nada más sano ni más resultón que el saber uno mismo lo que quiere y cómo conseguirlo, y dedicarse a ello sin remilgos ni disculpas: o séase: no hay nada más productor y repartidor de Bienes que esa atención a los intereses propios y personales que la Vanguardia de la Revolución conoce por "egoismo". El gobierno puede, si gasta suficientes millones, conseguirme un orgasmo... o tal vez no; no quiero ni pensar en cómo lo haría. Yo sí puedo, y eso que no tengo esos millones. Mi ventaja estriba en que yo sé, mucho mejor que el gobierno, lo que quiero y lo que me sirve, y soy hasta capaz de conseguirlo a un precio bastante más económico. Y así con todo. La gente sabe lo que quiere; el gobierno lo tiene que adivinar, cosa que generalmente hace muy mal, en tanto que suele mezclar los deseos de la gente con los suyos propios. Cuando no acierta, pues saca de la manga ese Bien Común, el cual nadie sabe en qué mismo consiste, pero se supone que justifica toda esa miseria de los desafortunados individuos que confiaban en que, con tantos nuevos Ministerios, no había ni que embestir ni sacudirse el níspero.

Dicho de otra manera: cualquier Bien, sea Común o no, que esté reñido con el egoismo poco tendrá de Bien y mucho de cuento. Entendiendo egoismo como lo entienden ellos, los gobernantes, es decir esa insufrible y osada pretensión que algunos individuos tienen de querer disponer de sus propios bienes y de su propia vida, sin interferencias, y de practicar ellos mismos las virtudes solidarias y caritativas que sean menester según sus luces sin tener en cuenta los criterios de esos seres superiores que pueblan los pasillos palaciegos. La filosofía de esos Seres Superiores la dejó bien sentada un inoxidable bloguero correísta hace tiempo, cuando alguien en su caja de comentarios se atrevió a sugerir que en lugar de por la vía impositiva la caridad o la solidaridad se podría practicar mucho mejor de manera voluntaria. Su desprecio e incredulidad ante tal sugerencia fueron elocuentes, aunque no recuerdo las palabras exactas. Algo así como: ¿en serio cree usted que la gente destinaría voluntariamente parte de su salario a los Más Necesitados? No creo que ni tú seas tan ingenuo. Cosa que deja a uno pensando: entonces resulta que sólo se puede ser solidario por la fuerza, con la pistola en la boca. Resulta que todo esa historia de que la gente elige democráticamente al gobierno que más encarne su deseo, y que por tanto los impuestos, su cuantía y su destino final, representan de alguna manera indirecta una elección colectiva del pueblo, no es más que cuento, pues según este sabio pensador, si se le dejara escoger realmente a la gente, lo único que sería capaz de elegir es su propia comodidad. De modo que hace falta que a la plebe, a los seres vulgares como tú o yo, nos "gobierne" esa casta especial de seres (entre los cuales el bloguero evidentemente se incluye) que, a diferencia de la gran mayoría, sí son capaces de sentir y practicar la compasión, la consideración y la responsabilidad social. Siendo tal responsabilidad superlativamente encarnada en este nuevo paquetazo de impuestos, que sin haber nacido de ninguna Consulta Popular (me gustaría ver, en algún lugar del mundo, el alza de impuestos que así obedezca a la "voluntad popular") sirve para subrayar la gran diferencia entre esa casta superior y la ignorante plebe, que si no nos cuidamos es hasta capaz de donar parte de sus ingresos a la gente sin techo, a los enfermos o a las víctimas de terremotos y de inundaciones, en lugar de dirigir esos ingresos adonde realmente hacen falta, que es a la reelección de esos mismos Seres Superiores, a sus Campañas y a sus Cadenas.

Y es que los filósofos, los novelistas y los dramaturgos (Moliere entre ellos) lo dejaron bien sentado hace siglos: el altruismo es un rasgo humano admirable, pero cuando sea altruismo de verdad, y por estas señas lo conoceréis: no va por ahí predicando el sacrificio para otros desde sus carros blindados, sino que lo practica, cuando sea menester, solito, sin bombos ni platillos; a los demás no les exige sino que les empodera; no decide por otros, sino que capacita para decidir. El falso altruismo encarnado en la jerga del Bien Común, que realmente no existe más allá de ser una inútil suma aritmética de bienes particulares, en realidad es un simple pretexto para acrecentar el patrimonio de los muy poco comunes avispados inescrupulosos que desde tiempos inmemoriales han encontrado ese filón dorado en la jerga de las religiones, sea las tradicionales, o las que ahora visten de camiseta roja o verde.

1 comentarios:

"buen" hombre dijo...

Jamás lo entenderán los adolescentes de mente que componen la tropa de choque de la Revolución (el gran orgasmo del siglo XXI?)

Lo más escándaloso es que el Gran Orgasmo queda en las grandes váginas que hoy nos gobiernan. En forma de un gran estímulo en sus egos que les permite depredarnos sin mayor vergüenza, o en forma de millones de dólares en el país del gorila admirador de chacales y en la hacienda habanera.