Estoy, creo, en las proximidades de un pueblo llamado Naranjito. O tal vez más cerca de Milagros. En fin, tengo algo agnosticadas mis coordenadas. Mi esposa es quien, como siempre, me dirige a este sitio (los caminos no se me quedan, si no hago ese esfuerzo). Sales de la carretera, y es otra carretera de calzada única, con bastantes huecos. Sales de ésta, y es un largo camino de piedras, por donde transitan algunas motos pero carros apenitas. Antaño, salías de ésta, para emprender otro camino, esta vez de monte y lodo. Pero ya no. Mi suegro tiene construida nueva casa al lado de la carretera de piedra. Se la hicieron algunos cuñados y algunos vecinos. Paredes de bloque y cemento, techo de cañas y de zinc. El suelo es tan plano como el del compartimiento congelador de esa nevera que quieres vender. Niinguna de las tres ó cuatro paredes interiores llega al techo, ni de cerca. Nadie ha pensado en pintar nada.
Fuera, está la bomba de agua, los contenedores, los bloques que sobraron, vigas, un sofá medio podrido, y un gallinero, ése sí, de construcción impecable. Mi hijo contó ocho pollitos. Hay también guineafowl (¿gallinas de Guinea? en fin, ésas de las que una sola pluma es un tesoro para un niño, como para guardar en una cajita de madera noble regalada por el abuelito). Y está la hamaca, en la que ahora me estoy balanceando.
Dentro de la casa queda mi mujer, con las otras mujeres (solamente unas cuantas, esta vez, ya que hay tensión familiar, temas de herencia), haciendo esas cosas que las mujeres hacen el día de Navidad, que nunca supe bien qué cosas son, pero que requieren estar en la cocina, en cualquier cocina, y platicar mucho. (Por favor, no digan "cocinando", no sean malpensados: al final comimos bocadillos de pavo frío traidos de casa.) Mi hijo y la diminutísima de mi ... (¿tatarasobrinastra? en fin, la hija de la hija de la hermana (ausente) de mi esposa: no me culpen, los parentescos no son mi fuerte, pues mis padres me vedaron The Forsyte Saga de pequeño) corretean aquí y allá. Mi suegro, el de los 81 años y del ojo de vidrio y de la espalda encorvada, todavía no aparece: ha tenido que ir a no sé qué lugar por compromiso. Estoy, por tanto, libre de compromiso como de pecado.
Y llovizna. Esto es lo maravilloso: llovizna.
Encima de mí hay tendido un trozo de ese material con que se hacen los sacos de fruta. Abriga, pero de manera parcial. Y como ustedes ya saben, con la lluvia es importante que todo abrigo sea parcial. Si no, ¿para qué mierda se molestará en llover?
A mi izquierda, la carretera, que apenas me llama la atención, a menos que muy de vez en cuando pase algún vehículo: el último, una furgoneta cuyo trasero rezaba, en una cursiva deficitaria de atención, "Sufres cuando me vez", y que transportaba, como siempre en este país, a destino ignoto un cargamento de diosas, de reciente cosecha. A mi derecha, el campo surcado de manera experimental, con el otro campo, el del arroz, más al norte, detrás de la casa.
Estoy pensando en quién pintaría un paisaje así. Sea quien sea, un simple aficionado, ya que se trata de un paisaje aficionado, un paisaje sin grandeur, sin pretensiones, un paisaje al fin y al cabo de gouache o, como mucho, acrílico. Esos surcos, por ejemplo: en la tela, simples cagadas de pavo sobrealimentado, no necesitan trabajarse, aunque los árboles, a lo lejos, son algo ambiguos en cuanto al grado de refinamiento que exigen, pues tienen ramitas de obstinada precisión. Más allá, unas colinas medio perdidas en la niebla, en tonos grisáceos apenas azulados. Sir Gawayne las despachó hace seiscientos y pico: Each hill had a hatte, a mist-hakel huge... y las he visto un poco por doquier. No tienen nada de especial. Sólo para mí, y eso por todas esas cosas que no puedo aquí explicar, por estarlas viviendo.
Cambian de rumbo los pensamientos. De acuerdo, esto de alguna manera es naturaleza, aunque peleo conmigo por definir este concepto. ¿Tranquilidad? ¿Dominio de la gama verde-amarillo-pardo de los colores? (¿Es concebible una naturaleza roja, prescindiendo de dientes y garras?) Y dejando esto sin solución, ¿lo mío con esta naturaleza? ¿Es simple gandulería? Quisiera estar aquí siempre, en esta hamaca, balanceándome, sin responsabilidades (las correcciones que queden para el lunes), cara a cara con la llovizna, con los gallinazos y los gavilanes y los caracoleros y el monte y el arroz. Lo cual me revela como simple intruso, por supuesto. Los que realmente viven aquí no son como yo: tienen la espalda rota, también, pero de trabajar, de agacharse, de arrancar de la tierra, no de estar sentado; tienen la cara afeada, también, pero del sol, no de dudas y complejos. Sin embargo, me encuentro sin ánimo para ridiculizarme. Tanto que he pagado, por doquier, por ser intruso siempre. Ya basta.
Qué descansada vida, pues. Aquí, se desconstruye el miedo occidental, el eterno y corrosivo ¿y si algún día pasa esto de moda? Pues el arroz es de las pocas cosas que nunca pasan de moda. Siembras, cultivas, recoges, vendes. Por aquí nunca pasaría ni el pata caliente de Correa, para ensombrecerlo todo con sus prometeanos odios. La existencia de la política apenas acá se rumorea por el vaivén de los precios. Y la resolución de tu propia existencia sólo se predica sobre el derecho a la propiedad privada, ganada y trabajada y justificada ante Dios (God is big around these parts, for some reason). Los detalles de la vida son estas paredes de cemento mal construidas pero perfectamente adecuadas y diariamente mejorables, estos pollos, este cielo gris, esta maravillosa soledad que va y viene desde la cocina y refresca como brisa.
No puedo, sin embargo, hundirme demasiado en esto. Como siempre, el cigarrillo, fumbled, se ofrece como salvavidas, como alternativa al cara a mueca con los demonios que rodean la jaula de mis pensamientos. Pero saco de todo esto un voto: cuando tenga vacaciones, aquí estaré, posiblemente una semana, o más, y solo con el suegro y los pollitos, desintoxicándome. Como aquella vez que fui, de adolescente, a casa de la abuela en Hereford unos diez días y aprendí, brevemente, a querer a la remolacha, entre leerme los Cuentos Morales de Clarín. Eso, me lo debo.
Mientras tanto, se me hace que, desde que dio a luz, el culo de mi sobrina política necesita ser reclasificado.
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