viernes 16 de diciembre de 2011

En esto, Melibea

Yo no lo haré, pero sí se hará. Dos veces lo intenté. La primera dio lugar a un aborto de texto, que apenas pasó de ser una traducción bastante abreviada y algo ingenua del texto original al inglés, y digo ingenua porque nunca resolví satisfactoriamente las cuestiones de registro lingüístico, sino que me limité a traducir a un inglés más o menos actual pero descafeinado, sin por ello intentar ninguna actualización de contenido. Ésta fue la versión con la que me envalentoné a contactarme con Nuria Espert, y que fue rechazada tanto por ella (telefónicamente, sin haberla visto, valga aclarar) como por algún que otro agente literario que le echó una ojeada por la misma época. La segunda versión quedó en unas cuantas escenas, en las que me tomé muy a pecho los consejos de aquellos serviciales agentes: "deje de lado el diálogo, por impresionante que sea: una película tiene que contarlo todo con imágenes". Lo intenté, pero la vida me interrumpió y me llenó la cabeza de otras cosas, de otras preocupaciones y obsesiones. Ahora, aparte de que todo eso se perdió tiempo ha, ya es tarde para volver. Ni que me dieran, alguna vez antes de morir, algunos días de vacaciones.

De La Celestina han brotado, claro, infinidad de adaptaciones (por no hablar de secuelas y derivados literarios diversos, sobre todo allá por los 1750-1800: recomendable la Segunda Celestina, bastante divertida, sin olvidar aquella impresionante novela de Arce). En Inglaterra ha sido radio play en la BBC, y creo que aún se puede conseguir copia de la maravillosa traducción isabelina de James Mabbe (1631) que me acompaña actualmente en mi escritorio. En España se le ha hecho casi de todo. Serie televisada de bajo presupuesto en los 80, película supongo que dos ó tres veces, aunque sólo recuerdo haber visto una, en que salía la siempre deliciosa Maribel Verdú y una saboría Penélope Cruz; de esa película me bastaron las primeras escenas para darme cuenta de que el guionista (un tal Rafael Azcona) no tenía ni idea de lo que traía entre manos, y el director todavía menos. Entre otros fallos, el autor evidentemente no tenía siquiera claro a quién quería colocar como protagonista principal, con quién se tenía que identificar el espectador en cada momento, por lo que la cosa queda en un confuso y desdibujado costumbrismo de superficial ironía posfranquista, "amenizado" por canciones de Luys Milán arrastradas por los pelos. Por lo que digo: está todo, todo por hacer. Esa película tiene que hacerse, pero bien. Cuando se haga, la conoceréis por esta seña: será inolvidable.

Yo me devoré La Celestina en mi segundo año de universidad. Era una opción entre varias: me gustó lo que pude colegir sobre ese libro en el vademécum del Prof. P.E. Russell que usábamos todos los hispanistas en aquella época. De esa breve descripción o sinopsis, recuerdo sólo alguna referencia a ese "profundo conocimiento de sicología femenina" de que supuestamente hacía alarde la protagonista en sus intentos de avasallar voluntades. Como yo tenía entonces unos 20 años y no comía ni una rosca, la posibilidad de sacar algún dato suculento y provechoso sobre cómo (demonios) pensaban las mujeres era como para interesarme. Cuando leí la obra la primera vez, me quedé anonadado. No era posible que algo así se hubiera escrito hace casi quinientos años. Era demasiado bueno. La volví a leer una y otra vez, y cada vez era una experiencia más emocionante que la anterior. Si me hubieran preguntado en ese entonces qué era lo que tenía de especial para entusiasmarme, habría contestado: esta maldita obra aniquila el tiempo, la historia. Le pone a sus protagonistas nombres rebuscados, nos entretiene con una historia atiborrada de elementos costumbristas, "de época", hasta de brujerías, la presentación exclusicamente dialogada (pero no teatral) no se compadece con ningún género literario conocido... y pese a todo esto, cuando la lees tienes la sensación alarmante de que el autor está vivo, de que esto fue escrito ayer o la semana pasada.

Por varias razones. Primero, por aquello mismo de que la obra rechaza burlonamente todo intento de encasillarla por género literario. La crítica al respecto se ha vuelto tan desesperada que hasta ha rescatado al teatro humanista italiano, género light de la época que más o menos se puede comparar con esas efímeras producciones por y para universitarios clasicistas, llenas de elegantes ironías y machacona erudición, con que se suele intentar amenizar a temprana edad un currículum vitae ocioso y cervecero. Como si con eso nos iban a engañar. Peor todavía, La Celestina ni siquiera cumple comedidamente con aquella exigencia básica de toda obra literaria que se precie, la de tener un autor (conocido o desconocido). En eso como en todo lo demás se burla del académico, teniendo dos. Ni siquiera ostenta una sola versión, con un número estable de actos. Según tu humor, puedes leerte la versión corta, fulminante y tremendista, o la posterior, más alargada, con más sexo y más comicidad.

Si alguna vez hubo antiliteratura, entonces, fue esto. Ni siquiera intenta Rojas hacerse con el copyright. Al decirnos que la primera parte no la escribió él, nos reta a contribuir, como él hizo, con nuestras escenas, nuestras interpretaciones, nuestras alternativas. Muchos, posteriormente, lo hicieron. Sólo que nadie lo hizo tan condenadamente bien. Su Celestina planea sobre las demás. Él sí entendió de qué iba la historia.

Inteligencia, entonces. En la literatura española, hay tres inteligencias acaparadoras: Cervantes, Quevedo y Rojas. Yo me quedo con Rojas. Y es que hay que ser un genio para hacer lo que él hace, tan inmisericordemente, con las creencias cristianas, y todavía escaparse, durante siglos, del Índice de Libros Prohibidos. Para burlar censuras, en el cine, Berlanga y en la literatura, pues, Rojas. Para quien sepa leer, la primera página ya te está diciendo que no hay Dios, que lo que hay son sutilezas calientabragas y lo demás es teología; pero él sabe que el censor no sabe (nunca ha sabido) leer, y por eso, se permite lo que se permite, que llega hasta citar al Salve Regina (en el discurso final de Pleberio) al servicio de un nihilismo tan sombrío que deja sombreado hasta a Kafka. Escuchen:

Oh mundo, mundo! ... yo pensaba en mi más tierna edad que eras y eran tus hechos regidos por alguna orden: agora visto el pro y la contra de tus bienandanzas, me paresces un laberinto de errores, un desierto espantable, una morada de fieras, juego de hombres que andan en corro, laguna llena de cieno, región llena de espinas, monte alto, campo pedregoso, prado lleno de serpientes, huerto florido y sin fruto, fuente de cuidados, río de lágrimas, mar de miserias, trabajo sin provecho, dulce panzona, vana esperanza, falsa alegría, verdadero dolor.

Y sólo por si alguno se pregunta cómo es que un joven estudiante en Leyes en la España de los 1490 podía no creer ni en Dios, ni en "el mundo", ni en el amor (por lo menos como fuerza benévola y estructuradora), la cosa está en que este tal Rojas, según lo poco que sabemos de él, era converso, es decir, judío de nacimiento obligado a profesar la fe cristiana; y en que perdió a su propio padre a manos del Santo Oficio. Y de hecho, el hombre era tan poco creyente que hasta no creyó más en sí mismo, después de escribir esta obra única e inmortal: no se le conoce producción literaria alguna posterior. (Según Arce, tal instinto que haga rechazar la gloria literaria en aras de la autenticidad apunta a una autora primitiva, o inspiradora, femenina: estoy con él, la cosa parece probable). Pero hay más.

Esto es tan aleatorio como puedo hacerlo:

CELESTINA
Hijos, por mi vida, que cesen esas razones de enojo; y tú, Elicia, que te tornes a la mesa y dejes esos enojos.
ELICIA
¡Con tal que mala pro me hiciese, con tal que reventase en comiéndolo! ¿Había yo de comer con ese malvado, que en mi cara me ha porfiado que es más gentil su andrajo de Melibea que yo?
SEMPRONIO
Calla, mi vida, que tú la comparaste: toda comparación es odiosa; tú te tienes la culpa, y no yo.
AREUSA
Ven, hermana, a comer, no hagas agora ese placer a estos locos porfiados; si no, levantarme he yo de la mesa.
ELICIA
Necesidad de complacerte me hace contentar a ese enemigo mío, y usar de virtudes con todos.
SEMPRONIO
¡He, he, he!
ELICIA
¿De qué te ríes? ¡De mal cáncer sea comida esa boca desgraciada y enojosa!

Ya ven. El diálogo es tan real, tan convincente, que cualquier novelista actual lo codiciaría para sí: apenas cuatro arcaísmos nos hacen pensar que esto no es de ahora, de ayer mismo. Pero fue escrito hace 500 años. Y es más: no hay apenas nada, salvo esta obra, que nos convenza de que así se discutía en esa época al igual que ahora. Lo que extrae Rojas aquí, en una sola pincelada, es la esencia universal y atemporal de la encantadora inocencia de los celos femeninos. Y si él sabe regalarnos esto y otros no, es porque a aquéllos se lo impedía el clasismo, el creerse que las historias que valían contarse eran de noblezas, mientras que la plebe sólo daba para estereotipos cómicos a lo Mi Recinto. (The snobs will be with you always: el otro día en Twitter leí que "entre la gente culta y los demás hay más distancia que entre vivos y muertos". Fuck off.). Si con algo es más inmisericorde Rojas que con la Iglesia, es con esos aires. Arriesgándose terriblemente, insiste en yuxtaponer los nobles amoríos de su Calixto con los barriobajeros de su Pármeno: son, salvo en el lenguaje, igualitos, y hasta con el estilo altisonante tropieza Calixto, olvidándose de bruces, para comparar a La Amada con una gallina a la que toca desplumar. Hombres son hombres. Se nota bastante en esto que Rojas era bebedor a más de estudiante en Leyes: sólo así se puede, a esa manera isabelina, moverse fluidamente entre clases sociales, escuchar cómo habla un rufián peleón y cobarde a más de una doncella retraída, de "buenos padres", recatada e indulgente con "los pobres".

Con lo que se puede concluir: en la película, ésa que tiene que hacerse, vale cualquier cosa en cuestión de registro, vale ser fiel al original como vale pasar el diálogo por el Guasmo guayaquileño, lo único que no vale es preciosismo, es resaltar esos cuatro arcaismos para contentar al profesor, que es con lo que la película que yo vi jugaba. Porque si haces eso, contribuyes a ese terrible malentendido que encontré en España, ése que hace que los jóvenes piensen que la Celestina es "literatura", y por tanto, "aburrida". Y que para que se salve de esa suerte, hagan falta las piernas de una Maribel Verdú.

En fin. Podría seguir hablando del lado sicología de la obra, pero si lo hago este post no aparece en tres semanas, y me he dado una hora. Prosigamos.

Esa película. En un momento, como soy bastante reactivo y la palabra "wordy" duele terriblemente, decidí hacer una película muda. Todavía pienso que puede hacerse. Sólo música e imagen. Me compré un teclado y un dispositivo MIDI y escribí la música. Entraban Rosa das Rosas, L'Aceu en Gabiola, alguna cosa de Alfonso X, en fin, melodías medievales pero con arreglos modernos. Ahora no soy tan purista, pero lo evidente es que tienes que saber contar la historia con imágenes antes de permitirte el lujo de dejar entrar, a cuatro patas, algo de diálogo. Entre ellas, las que recuerdo:

Amanecer. Ciudad enmurallada (¿Ávila?) a lo lejos. Camino serpenteante, de tramposa perspectiva, que conecta la puerta de la ciudad con este cadalso, donde los reos son abandonados a los cuervos. Algo en la composición recuerda a Dalí, pero más a lo Goya. Celestina y Claudina subiendo al cadalso, con enormes pinzas, para sacarle dientes al cadáver actual (sí, la referencia está en el original). Aparecen los hombres de la Ley, a caballo.

Claudina, manteada. POV shot, la torre sube y baja. El hombre barbudo, en su trono, hace un gesto con la cabeza. El manto es retirado, Claudina cae al suelo, queda rota. (Por bruja.) La (relativamente) joven Celestina, en el disturbio y en el intento de salvar a su amante lesbiana (sí, efectivamente, está en el original) recibe el navajazo que le deja esa cicatriz permanente. El niño Pármeno es impedido de llegar hasta su mamá (esto no está en el texto, sino que es una hipótesis mía) que parece ya muerta.

Todo esto a modo de flashback.

El cielo estrellado. Se dibujan nuevas constelaciones con animales y figuras bastante más siniestros que los conocidos.

Los niños Pármeno y Areúsa, persiguiéndose a través de las murallas de la ciudad, a ritmo de arpsicordio. INTERCUT: los mismos, de adultos, follando.

Hay tanto. El cura en el armario; la escena de la comida en casa de Celestina, que parodia la Última Cena, hasta que la mesa se cae cuando Sempronio y Elicia se lo montan encima. Celestina, sola, en la plazoleta, después de triunfar, dando vueltas como derviche (OVERHEAD SHOT). Los perros, que son quienes realmente descubren a Sempronio: tuve el detalle de vestir a uno de ellos con esa cadena de oro, regalo de Calixto a Celestina por la que él ha matado, sin llegar a encontrarla hasta ese momento. Ah, y el barbudo que condenó a Claudina era Pleberio (soy así de hp). Nada de esto, claro está, es importante: lo importante es que aquí, por fin, hay una historia que tiene por heroina a una vieja asquerosa, a una lesbiana (bisexual, en realidad), a una persona grotesca pero no psicópata: a un ser humano capaz de cautivarnos desde lo extremo, desde las últimas fronteras del rechazo. Una historia cuyos personajes todos, a su diferente manera, tienen que apartarse de "la sociedad" para vivir, para poder actuar, para ser ellos mismos. Una historia, por tanto, hecha de soledades, de sombras y relámpagos, que pide composición de escenas y chiaroscuro, que necesita camarógrafo que conozca a Goya, y que tiene que recordarnos cómo era realmente aquella sociedad, de totalitaria, de excluyente según la jerga actual. Y luego se me ocurre: brujerías, sociedad estamentada, oscurantismo religioso, mujeres que realmente son mujeres... ¿una Celestina actual, latinoamericana, incluso ecuatoriana? No, imposible. Absolutamente imposible. Ni pensarlo siquiera.