viernes, 2 de diciembre de 2011

Linfa

- Ozú. (crossed out)
- Ondia. (crossed out)
- ¡Fuck me sideways with a Christmas tree! (crossed out, twice)

Al final, decidí prescindir de cualquier expresión de sorpresa, con o sin sabor regional (la primera sigue siendo mi cita preferida de la película Bienvenido Míster Marshall). También, de mencionar el efecto momentáneo que había tenido la respuesta de Silvia sobre el diámetro de mi laringe. Pensaría que soy raro. Incluso más de lo que ya había supuesto.

Starstruck. Un poquito, lo admito. Mi hermana mayor, cuando tenía ¿14? años, se fue a Londres para regalarle un pastel de cumpleaños a Noel Edmonds, en aquel entonces un DJ de la BBC joven y con ínfulas de simpático. “Gracias,” le dijo, no sé con qué cara. ¿Qué más le iba a decir?

En fin, uno no espera visitas de personajes televisivos en estos pueblos perdidos y estiercolados, ozú. Y cambiando de tema:

El sistema nervioso central, el sistema parasimpático, el sistema linfático, todas esas tuberías y ductos y todos esos kilómetros de cableado que tiene tu cuerpo, pero bien escondidos, pueden parecerte, según el día, un poquito asquerosos (por lo carnal, por lo húmedo, por lo gelatinoso, por lo amarillento), o bien algo fascinantes (por lo servomotor, por lo model railway), o bien decepcionantes (por lo estándares que son, y aquí está en parte la cuestión). Pero admítelo: no pierdes sueño pensando en tu sistema linfático. Ni en tus glándulas lacrimales. Y sin embargo, hay una cuestión importante relacionada con éstas últimas, y es la siguiente: si una película te hace llorar, y otra también te hace llorar, en la misma cantidad y mediante el mismo mecanismo, o sea, apelando a las mismas emociones, ¿quiere decir que las dos películas son idénticas o por lo menos intercambiables?

¿Siquiera desde tu punto de vista subjetivo?

De joven, pero de muy joven, era fácil arrancarme alguna lágrima. De adulto, sólo se me ocurren dos películas que me hicieron llorar, y las dos fueron con la misma actriz (la más bella en la historia del cine, since you asked): The Ghost And Mrs Muir y también The Razor's Edge. He buscado en YouTube y nadie ha subido el beso de esta segunda película, que basta por sí sólo. Yo no la tengo: mis VHS quedaron en España. La primera, tienes que ver toda la película y el Kleenex sólo te servirá en los últimos quince minutos. (Y tienes que dejar tu cinismo fuera, atado al poste.)

De Gene, una crítica repelente (alemana, no recuerdo el nombre) dice que tiene una cara blanca como una pantalla, en que cada hombre proyecta lo que quiere proyectar, sin tener que negociar con ningún rasgo de personalidad definido (algo así). Lo repelente es que tiene razón. Gene tiene una cara Vicky 4 (en versión adulta). Puede ser más o menos lo que quieres que sea. En sus treinta y tantas películas fue neoyorquina, rusa, polinesia, inglesa, italiana, monstruo, ángel, sofisticada, pueblerina bruta (en serio: Tobacco Road), kleptómana, ama de casa, rica heredera, borracha, fría asesina. No muy destacables sus dotes como actriz, pero esa perturbadora plurivalencia sí. Me estoy saliendo del tema.

Cuando te enfrentas a la muerte, y no es de noche (esos terrores, ese walk on the wild side) lo que seguramente pensarás es algo así como: que se pudra lo que tiene que pudrirse y que se rescate lo rescatable. A menos que seas Gene, tu cuerpo entra en la lista de lo definitivamente prescindible. La humanidad no pierde nada perdiéndolo de vista. Ni tú tampoco. Nunca valió para nada. Ni siquiera a ti te sirvió de mucho. ¿Y tu mente? Cuesta un poco reconocerlo, pero siempre fue un SEAT 600, por mucho tuning que le diste. Donde se fabricó ésa, se fabricaron montones, con las mismas características. Y el gusto con que la decoraste, reconócelo, apesta un poco. No hay nada peor que un kitsch pretencioso. Quedan tus emociones. Lo que siempre, en el fondo, valoraste. Ahí sí, quisieras, en tu lecho de muerte, tener la seguridad de que todo eso que sentiste no se va a perder, sino que se irá reproduciendo en otras personas. Pero ay. La gente es tan hijueputa que se resiste a sentir lo que tú sientes: o si lo siente, no te lo dice. Y te despiertas con un susto y un grito sofocado, exclamando:

- Pero ¿es posible que nadie más en lo que queda de nuestra dinastía humana vuelva a sentir esta excitación, este endiosamiento (entusiasmo, si prefieres el griego y el bathos) delante del cuerpo  y de la cara de una mujer? ¿Tiene que morir esto conmigo?

Y vienen los sonrientes a contestarte: qué te crees, idiota, si por lo menos un 30% de los seres humanos sienten eso, y el resto algo parecido, si es lo más normal, chucha, por lo menos haber escogido un sentimiento algo más sutil y refinado y no una vulgar lujuria.

¿Cómo que vulgar?

Pues porque las emociones son simples químicas amarillas, creaciones de linfa y de dopamina y de testosterona (protesterona en versión hembra), y su variabilidad, muy limitada. Así como en toda la historia de la literatura y del cine sólo ha habido ocho (8) argumentos básicos, escondidos debajo de disfraz de ilimitada diversidad; así como sólo hay tres (3) estrategias para arrancar lágrimas al final de una película, y otros tantos para arrancar semen; así como hay sólo un (1) tipo de policía, pues de la misma manera únicamente hay cincuenta y siete (69) maneras de babear copiosamente en un improvisado arranque de cachondez delante de alguna diosa. Los seres humanos somos muy simples. Imposible que hayas descubierto una nueva manera de sentir.

Pero ¿si lo hubiera hecho?

Ahí no sé.

Y entonces te haces escritor (a tu manera). Simplemente para que este virus que tienes se propague, aunque tenga que esperar años, lustros, en un laboratorio de alta seguridad en medio de un páramo antes de infectar a otra persona. Porque no confías en que el sustrato linfático le reste por completo importancia a los detalles que hicieron únicas tus sensaciones, a pesar de lo predecible y guionizado de las secreciones que se toman por expresiones de las mismas. Porque escribir es esto: salvar enfermedades de la destrucción definitiva. Es un querer contagiar.

Y adueñarte de glándulas lacrimales ajenas.

1 comentarios:

Rommel dijo...

Auch! Mi SEAT 600 tuneado resintió (pero aceptó) su británica forma de reconocernos del montón.

Pero a la larga, ¿Nuestras emociones no dependen también de ese tuneo?

PD: En obvia validación de su corolario, casi todas sus entradas se adueñan y tunean mi flema más que mis glándulas lagrimales. Un saludo!