domingo 8 de enero de 2012

Egoismo

They are not long, the days of wine and crickets. Ya se me está acabando el último Cabernet de Navidad. Mientras, me sigue inspirando cierta nostalgia al recordar la sorpresa de llegar a este país y empezar a ver insectos (está bien, está bien, "bichos") del tamaño de un ave y aves del tamaño de un insecto. Fue algún enero, hace... perdí la cuenta... tal vez siete años. Ocho. No tardé mucho en descubrir, también, en aquel año de descubrimientos, la danza de los siete grillos, que se me presentó de modo espectacular allá en Sauces: era salir de casa y ver una callejuela en la que cada puerta, todavía reluciente de las lluvias de anoche, cada entrada brindaba el mismo entrañable espectáculo: un ser humano adulto, que con el pie izquierdo intentaba sin éxito aplastar un grillo, con el derecho otro grillo, con las uñas de la mano derecha espantarle al grillo que estaba sentado en el hombro izquierdo, y viceversa, mientras los restantes tres grillos revoloteaban alrededor, con movimientos mal editados, buñuelianos más que hitchcockianos: demoré todavía algunos años en darme cuenta de que tal espectáculo resumía en cierto modo la historia intelectual del país. Y el mío también, por supuesto. Seamos sinceros.

Once I had a secret polyp. (Con fisura incluida, y sun roof, y lunas eléctricas). En una heroica intervención., en medio de un absorto público que le haría honra al Greco del Conde de Orgaz, un famoso cirujano guayaquileño me lo quitó, también hace "algunos años" (ya te irás acostumbrando al lírico discurso del Alzheimers). Ahora recuerdo con asombro esas epopeyas de lucidez de antaño, en las que a pesar del infernal pruritis, o acaso gracias a él, iba persiguiendo en solitario pensamientos completos, cadenas de razonamiento, cartas experimentales a diosas de ultramar, poemas, rimas, visiones coherentes. Ahora hay es otra cosa. En mi mente posan, como grillos, pensamientos nómadas. Algunos serán míos, tal vez, pero no actúan como si lo fueran. Vienen, joden, se van. Cuando quieres aplastarlos, siquiera domarlos, reaparecen por otro lugar (los grillos, ya se sabe, solucionaron la ciencia de la telekinesis eones ha.) Y lo más horripilante es que algunos parecen ser los mismos del año pasado.

Los grillos no son como las langostas migratorias. No hay concierto en ellos. Son (algunos dirían, heighho, objectivists) ferozmente individualistas y a la vez todos iguales. Les voy a sacar un ejemplo, al azar. Se trata del conceptote ése del egoismo.

Contextualicemos primero. Me educaron católicamente. Eso quiere decir que desde muy niño se me podía ver cargando en mi espalda, encorvado y tropezando, un pesado y rústico Thomas á Kempis. A cuyo respecto, siempre lo he dicho: por mi que dejen libres a todas esas "mulas", a todos los que venden droga así sea a personas de tierna edad, pues creo que estamos en un mundo en que drogarse es lo más indicado y lo más prudente, pero a aquellos siniestros rufianes que esperan en las puertas de los colegios a la hora de la salida, para pasarles subrepticiamente una copia de la Imitación de Cristo, de mí no tendrán perdón, nunca, nunca. Y no es sólo porque siempre preferí los originales a las imitaciones. Es también porque el mencionado libro es, dentro de toda la gama devocional que llegué a explorar a esa edad, el que más desalmadamente expone e impone el altruismo oscurantista en su vertiente religioso: una doctrina que se resume en lo siguiente: todo lo que eres, todo lo que piensas, todo lo que ambicionas, todo lo que sientes es pecado. Si sigues obstinadamente siendo tú mismo, irás al infierno. La única manera de evitar el infierno es amar a Dios. Pero si amas a Dios para evitar el infierno, allí irás de todas maneras, pues eso es egoismo. La única solución es amar a Dios de otra manera, que consiste en la escrupulosa y permanente y quisquillosa negación del propio yo, en todas sus manifestaciones: voluntad, pensamiento, sentimientos. Sólo sacrificándote en lo más intimo, y a cada momento, alcanzarás ese vacío interior, ese cretinismo absoluto, que luego será llenado por Cristo. Como dije, yo cargaba con ese libro a la edad de 14 años, poco más o menos: me gustaba porque era extremo, radical, brutal como una patada y requetedeprimente (la literatura tiene que ser deprimente, la religión también, ¿no lo sabías?). Hasta que me di cuenta (como creo haber contado en otras ocasiones) que entre el catolicismo heavy y el ejercicio de manualidades había un conflicto insuperable. Se puede ambicionar la santidad, o hacerse una paja, pero no ambas cosas, ni a la vez ni por separado. Después de pensármelo un tiempo, opté por el infierno y por el cuerpo femenino (en su versión soft-focus y bidimensional, naturalmente). Pero como era un adolescente de mediocres luces, demoré todavía bastante, bastantes años, en darme cuenta de que si no eres de Dios, no tienes por qué cargar tampoco con esa moralidad tétrica, antivital y antihumana, la del permanente autosacrificio. De hecho, creo que nunca me abandonó por completo.

Y ahí entramos en otra de mis desavenencias con Rand. Lo que ella dice al respecto de la moralidad del sacrificio no es original: se apoya bastante en Nietzsche, sobre todo el del Anticristo, y se le aprecia también una íntima familiaridad con el Gran Inquisidor de Dostoevsky, entre otros autores, siendo Comte su enemigo originario y predilecto. En resumen, dice que existe una moralidad, que por razones políticas tiene mucho arraigo, que no es utilitaria (considera como equivalentes las necesidades de todos los seres humanos, incluido el mismo sujeto moral), tampoco egoista (favorece las necesidades del sujeto moral), sino ferozmente altruista, Kempisiana o Comteana, pues predica que la esencia de la bondad es sacrificarse por el supuesto beneficio de otras personas, sin pararse a medir la probabilidad y la naturaleza de tal beneficio, y la esencia de la maldad estriba en no hacerlo. Según esta moralidad, digamos "popular", es más virtuoso (ojo, nadie dice más sensato o menos cojudo, simplemente más "virtuoso") darle un dólar a un borracho que usarlo para comprar tu insulina y así evitar una peligrosa hipoglucemia: y esto, simplemente porque estás "haciendo algo por los demás" y no "pensando en ti mismo". Ésa es, según Rand, la moralidad preferida de políticos y demagogos de todo color, pues su objetivo es volver a todo el mundo dependiente de otros, y por ende, del político que "administra" esa mutua dependencia. Si ese dólar que necesitabas para tu insulina lo has donado (voluntariamente o no) a un mendigo, necesitarás que otra persona, también rebosante de la misma "bondad" que tú has demostrado, te supla esa falta lanzándote una moneda del mismo valor. Y así, se crean sociedades en que todo el mundo, para vivir, se vuelve deudor de la generosidad ajena, expresada (como no podía ser menos) "por las urnas", esos misteriosos recipientes que atesoran los arranques e impulsos más puros, más exaltados y más altruistas de los votantes.

Para mí se equivoca parcialmente sobre la naturaleza de la moralidad popular, pues en la práctica, el demagogo siempre tendrá más éxito electoral si predica una especie de moralidad utilitaria, según la cual las necesidades de la mayoría, simplemente por serlo, requieren sacrificios de la minoría; siendo estas mayorías y minorías configurables a voluntad del demagogo (populismo). El sacrificio, entonces, queda para las clases "privilegiadas", minoritarias, a las que se les espera sean comprensivas (se les educa para serlo), pero si no lo son, lo mismo da; a los demás se les propone atender sus propios intereses, sin tener que "sacrificarse" de ninguna manera (o eso piensan). Tan es así, que si hay que atentar contra los intereses de la mayoría electoral, se busca una mayoría más amplia para justificarlo: la "comunidad internacional", o "tus hijos y descendientes". Lo cual implica que, siempre a mi modo de ver, Rand crea una falsa disyuntiva, consistente en un altruismo rabiosamente radical, supuestamente dominante en el discurso político, a cuyos sinsabores se enfrenta un egoismo también radical, a cuyos discutibles atractivos dedica gran parte de su retórica persuasiva. Es decir, un duelo a muerte entre dos straw men. Se nos informa que el tal egoismo es honesto, digno, orgulloso, creativo, fértil, vital, gozoso; y que por contraste el altruismo es cobarde, miserable, hipócrita, destructor, contrario a la naturaleza humana. Y si le enfrentas con las consecuencias más flagrantes de ese egoismo radical - por ejemplo, que justifica que una persona, digamos un piloto de avión, salve su propio pellejo, digamos saltándose en paracaidas, a costa de la vida de trescientas personas, a las que abandona a su suerte al primer indicio de fallo mecánico - entonces ella se excusa con el siguiente argumento: el piloto que se pone en peligro intentando salvar a sus pasajeros aun puede conservar su medalla de egoista si aduce que el heroismo estaba entre sus "valores", pues quien actua de acuerdo con sus propios valores siempre estará actuando de modo egoista. Lo cual es un evidente arenque rojo, pues ¿de qué estamos hablando si no de valores? Si basta con que cada persona siga sus propios valores, entonces lógicamente aquel piloto cuyo valor más importante era "salvar su propio pellejo a costa de lo que sea" aún merecería medalla por haber triunfado sobre sus impulsos altruistas al condenar a la muerte a sus pasajeros. En resumen: si el egoismo supuestamente "racional" de Rand ha tenido mala prensa, es, en mi opinión, porque se lo merece. (Es hasta divertido que la misma Rand, al llegar al climax de su argumento en Atlas, después de tanta retórica no puede menos que dejar que sus protagonistas actúen heroicamente para salvar a un compañero de la tortura: se diría que sean cuáles sean las virtudes del egoismo a ultranza, no sirve para hacer un buen potboiler.)

El egoismo, digámoslo así, es el gran sobreentendido en cualquier universo moral. No podemos menos que seguir nuestros impulsos, satisfacer nuestros deseos (sea de manera inmediata o diferida), intentar cumplir nuestros sueños, perseguir nuestra propia felicidad. Así estamos hechos, eso sí, con nuestros matices evolucionarios, nuestra empatía, nuestros tribalismos y nuestros maternalismos. Incluso las personas que lucen más benévolas resultarán en muchos casos actuar al servicio de alguna hermosa visión (del mundo o de ellas mismas) cuya persecución, en términos de satisfacción íntima, será por lo menos equiparable a la fulgorosa luz del "quiero tener mi propia empresa, mi Terracan, mi empleada doméstica, mi Blackberry". El egoismo, como motivación, es tan natural que no necesita apologistas ni predicadores. Pero sucede que la acusación de "egoismo" en el discurso político en la práctica sólo suele utilizarse, casi siempre con cinismo, para descalificar a quienes se opongan a una determinada medida injusta y liberticida. En tal caso, lo más indicado creo que no es defender el egoismo como virtud, sino señalar que la libertad para tomar decisiones morales antecede a cualquier código moral específico capaz de dirimir egoismos y pecados: entonces, si tú te arrogas el derecho de decidir por mí, por muy "egoista" que yo resulte ser en el tema bajo discusión, más "egoista" eres tú, y en un sentido mucho más grave, rayano en solipsismo, al permitirte una libertad que a mí me niegas, al negarme a mí el estatus de sujeto moral autónomo, o sea, el estatus de ser humano. Resumiendo: no existe peor egoismo que el creer saber lo que otros deben hacer. No existe peor egoismo que el querer imponer el "bien" a la fuerza. Ni peor, ni más destructivo, como nos muestra la historia de los siniestros colectivismos del siglo pasado.!

Hasta allí el discurso del grillo, que, lo admito, a veces aburre por su obviedad y simplismo. Ahora, las grandes cuestiones pendientes: ¿cómo hacer que un adicto al conformismo, un homúnculo moral colgado en la teta de los Derechos, un reduccionista que cree que todos los casinos, por ser casinos, han de ser "buenos" o "malos", una devota retuiteadora de la idée recue de moda, descubra, sin ningún tipo de patada en el trasero, el maravilloso mundo de la responsabilidad personal, y de la moralidad adulta, sensible al contexto y a la dignidad de la persona y nutrida por la empatía? Confieso que en ese punto, más que acariciarle al grillo y alentarle para que se reproduzca, prefiero participar en el baile nacional. Pensar es demasiado difícil, demasiado esfuerzo. Dejémoslo a los profesionales: ellos nos irán informando de sus conclusiones.

2 comentarios:

Rommel dijo...

Entretenida e interesante simbología del simplismo, mala memoria e inmediatismo que nos tiene bailando y aplastando nuestros grillos en lugar de analizar, recordar y relacionar. Usted lo ha dicho: Pensar cuesta mucho...

Y su visión del peor egoísmo como siempre, es totalmente compartido.

Aunque tarde, un feliz año Envidio!

Endivio Roquefort I dijo...

Gracias. Un honor.