Son las 2:38pm del día 2 de enero del 2012. Estoy por la página 737, de un total de 1053, de la novela Atlas Shrugged de Ayn Rand. Cuando posteo esto, la habré terminado de leer. Empecé anteayer. Tenía la intención de escribir algo sobre esta novela, pero veo (wikiveo) que casi todo lo que se puede decir, ya se ha dicho. Que es una novela grandiosa, en extensión como en ambición. Que es aburridísima (hay partes que no, y mucho depende de tu humor y predisposición, y evidentemente, de tus adhesiones políticas y filosóficas, y de lo que leiste ante-anteayer). Que demuestra cierto virtuosismo, no tanto en el estilo (algo plomizo) ni en los recursos narrativos (rústicos), sino en el talento descriptivo, el uso a veces brillante del símil y de la metáfora, que son lo que hacen que no puedas acelerarte en la lectura, saltándote las descripciones para comerte el argumento, pues si lo haces, sacarás una idea muy empobrecida de la escritora y de sus capacidades. Antes, me creía, porque muchos lo han sugerido, que Rand era dilettante en la ficción. Ahora veo que no, que ella era en realidad de esos seres profundamente desgraciados que no tienen manera de dedicarse a un talento impostergable sin menospreciar a otro. Ella tuvo que escribir esto, no (como yo antes pensaba) "para ganerse adeptos", para hacer marketing de sus ideas, sino porque tenía talento para la ficción; y sin embargo, tuvo que escribir obras filosóficas porque también tenía inquietudes en esa área. Es una lástima que entre estos dos talentos parece existir, en su caso (y no es el único), una enemistad implacable. Todo lo malo de Atlas Shrugged proviene del elemento filosófico, no porque sus ideas sean malas, sino precisamente porque no lo son (o no tanto); de la misma manera, lo peor de la filosofía randiana es que parece pedir esa suspensión voluntaria, parcial y entusiasmada de la credulidad que solemos asociar con el consumo de la ficción.
¿"Lo malo"? También se ha dicho: sus personajes no se pueden tomar, ni por un instante, como personas reales. Entre las consecuencias secundarias de esto se puede situar esa otra queja, de que cuando alguno de ellos abre la boca, todo el arte novelístico se pone en pausa y el lector se encuentra de repente ante un discurso, una conferencia, una op-ed naufragada. Tal vez el ejemplo más hilarante de esto es aquel momento en que la protagonista, Dagny Taggart, encuentra a un vagabundo en un tren y le invita a comer. Se nos informa que el vagabundo no ha comido en al menos dos días, y que difícilmente logra cumplir, por su famélica impaciencia, con las exigencias de los buenos modales en cuestión de mantelería y cubertería. Pero cuando Dagny le hace una pregunta, y con el bocado a escasos centímetros de su boca, ese vagabundo arranca con el historial de su vida, contada con exquisita atención al detalle moralizante, y a continuación nos regala, atropelladamente y sin pausas ni eructos, varias páginas de observaciones filosóficas y sociológicas, todo ello usando un estilo y un léxico idéntico a los de cualquiera de los demás personajes: digo, de los buenos. Porque de eso se trata también: en esta novela, todo personaje, por muy secundario que sea, es héroe o demonio, así de claro; y la enorme y pesada maquinaria de adjetivación y adverbización empleada por la autora para impedir que nos equivoquemos, siquiera por un segundo, sobre estas bondades y estas maldades, es lo que principalmente contribuye a la excesiva corpulencia de esta historia, que podría fácilmente haberse contado en menos de la mitad de esas 1053 páginas, si no fuera porque la autora no se fía de que los lectores, nosotros, saquemos las conclusiones correctas sin su ayuda. Es decir que Rand no confía demasiado ni en su propia historia ni en sus personajes, sino que se siente obligada a intervenir en todo momento para explicarnos, ora mediante esos extensos monólogos, ora a través de la pesada retórica adjetivizadora, qué es lo que tenemos que pensar sobre todo lo contado.
"Philip," he said, "get out of here." His voice was like a ray of sunlight in a morgue, it was the plain, dry, daily voice of a businessman, the sound of health, addressed to an enemy one could not honor by anger, nor even by horror.
Lo siento, pero no creo que humanamente se pueda decir "get out of here" con una voz que se parezca mínimamente a un rayo de sol, sea en una morgue o en cualquier otro lugar. otra cosa es que la autora quiera que pensemos en ese rayo de sol y que asociemos esa claridad con el personaje de Rearden, el industrial fabricante de metales, y ese entorno tétrico con el inútil de su hermano, o en general con todos los adversarios del exitoso empresario. Quiere que hagamos la asociación, que asentamos ante el birlibirloque, pero en el ejemplo citado difícilmente se lo gana; en otros ejemplos que podría citar, más logrados, tal vez sí. Pero quedemos en que pocas historias te dejan con una sensación tan insistente de que la autora está inclinada detrás de ti mientras hojeas, mirando por encima de tu hombro, respirando con fuerza por tu nuca, jadeando de manera algo indecorosa cada vez que te topas con otro de sus despegues retóricos. Por ello, a pesar de la ocasional genialidad con la que describe gestos, miradas, paisajes, se trata de una lectura que a mí me dio esa sensación de leve incomodidad con la que uno examina el álbum de fotos de una amiga, con la molesta certeza de que se espera de ti algún juicio favorable sobre aquel vestido, aquel paisaje, simplemente por ser ella tu amiga y por esa ansia inquisitorial que le notas en la cara. Claro que Rand está del lado de los ángeles: mucho de sus arranques filosóficos son pedazos de sentido común estirados como máscaras de goma para que asuman un aspecto provocadoramente grotesco: las adhesiones y las enemistades que nos propone son, en ciertos círculos por lo menos, bastante convencionales, únicamente capaces de escandalizar al alma virginal, digamos, de un Krugman. El argumento (que después de un comienzo prometedor, más o menos por la mitad del libro inicia su acelerante declive hacia la ridiculez, aunque en sus peores momentos soporta comparaciones con Fahrenheit 451 o cualquier otra novela distópica, if you like that kind of thing) nos propone que quienes nos "gobiernan" en nombre del Progreso, del Pueblo y de la Igualdad son capaces, in extremis, de torturar para conservar la desigualdad del poder: ¿alguien, a estas alturas, aún lo duda?
Por eso digo: no es que las ideas sean malas. Lo malo aquí es que con la ansia evangélica de exponerlas, lo que podría haber sido una gran novela (el talento está allí) se convierte paulatinamente en algo más parecido a un Chick Tract. Demasiado simplismo y maniqueismo. Demasiado poca humanidad. Demasiado tebeo.
Lo que le salva de ese destino, para mí, y sin habérmelo pensado mucho, diría que es el elemento pornográfico de la novela.
Valga la necesaria aclaración: soy de los que creo (otra vez, no por haberlo investigado ni pensado mucho, así que desásnenme si quieren) que hay pornografía para hombres, que consiste en rubias crucificadas a lo largo de una hoja doblada de papel couché con olor a laboratorio de polimeres, y pornografía para mujeres, que cumple una funcionalidad vecina si no idéntica a la primera, y que suele venir en pequeñas entregas de venta en tu quiosco favorito, de editoriales como Arlequin o Mills & Boon, con títulos como Her Battle-Scarred Knight (Google dixit), y que suelen tratar de apareamientos largamente postergados de enfermeras con médicos, o cosas por el estilo, narrados en una prosa más o menos así:
"Sebastian," she murmured softly, her eyes dropping to the floor, then bouncing a couple of times, before rolling under the sofa. "I know you didn't mean... you didn't have to..." In silent response, his strong, muscular, brawny, tanned, tawny, rugged, rippling, weatherbeaten nostrils flared for a moment. With a quizzical, brutal, weatherbeaten smile belied by a rugged howl of pain, he advanced forwards. She closed her eyes... felt his masterful fingers reach behind her... heard them uncork a bottle of the finest Chardonnay, which he raised to his masculine lips with a debonair delicacy and savoir-faire belied by his weatherbeaten accountant, who stood at the end of the room unnoticed, encircled by the finest lace. She felt his huge, rugged, masterful elbow enfold her delicate ankle, on which she still wore, like a forgotten antelope, the lapis lazuli ring which had been his first gift to her, at that party - how long ago it now seemed! - in the exclusive chateau of Rumpipumpa Nottognornelli, high in the Brazilian Alps...
Bueno. El estilo de Rand no es así. Es más bien, y tratando de temas parecidos, asá:
. . . To bring you down to things you can't conceive—and to know that it's I who have done it. To reduce you to a body, to teach you an animal's pleasure, to see you need it, to see you asking me for it, to see your wonderful spirit dependent upon the obscenity of your need. To watch you as you are, as you face the world with your clean, proud strength—then to see you, in my bed, submitting to any infamous whim I may devise, to any act which I'll perform for the sole purpose of watching your dishonor and to which you'll submit for the sake of an unspeakable sensation . . . I want you—and may I be damned for it! . . .
El que piensa de esta interesante manera es Hank Rearden, el segundo amante de Dagny, la protagonista, el cual se identifica repetidamente como un ser hecho "de hielo", y que tiene una cara "angular", hecha de "planos". La misma cara que tiene el primer amante, Sebastian D'Anconia, que se nos presenta como "una escultura", al igual que, en algún momento, la propia protagonista. Ella también es dura y "escultural". Los malos en esta historia, por contraste, se suelen describir como objetos blandos y fofos, con caras que cuelgan, gotean, derraman y se disuelven, como seres de mazapán o de azúcar.
Ahora, atención:
Rearden realized suddenly, for the first time, that Danneskjold's face was more than handsome, that it had the startling beauty of physical perfection—the hard, proud features, the scornful mouth of a Viking's statue...
The austerity of Judge Narragansett's white-haired figure reminded her that she had once heard him described as a marble statue...
The long lines of his [John Galt's] body, running from his ankles to the flat hips, to the angle of the waist, to the straight shoulders, looked like a statue of ancient Greece...
The light cloth of his [John Galt's] shirt seemed to stress, rather than hide, the structure of his figure, his skin was suntanned, his body had the hardness, the gaunt, tensile strength, the clean precision of a foundry casting, he looked as if he were poured out of metal, but some dimmed, soft-lustered metal, like an aluminum-copper alloy, the color of his skin blending with the chestnut-brown of his hair, the loose strands of the hair shading from brown to gold in the sun, and his eyes completing the colors, as the one part of the casting left undimmed and harshly lustrous: his eyes were the deep, dark green of light glinting on metal. ...
She thought that were it possible for her to stand looking at him, at the straight lines of his eyebrows over the dark green eyes, at the curve of the shadow underscoring the shape of his mouth, at the poured-metal planes of his skin in the open collar of his shirt ...
Está bastante claro, ¿verdad? La protagonista (de cuyo ilustre antepasado, Nat Taggart, sólo queda una estatua de bronce, que adquiere cierta importancia simbólica en la novela) empieza siendo medio violada por una estatua, luego se deja seducir por una escultura de hielo, se pasa un mes rodeado de gente que todos parecen estatuas andantes, y al final de la historia, como que a la tercera va la vencida, se lo monta con el propio John Galt, de quien no tenemos apenas más precisiones físicas aparte de que parece un ser hecho completamente de metal. De esta manera, la tensión sexual de la historia se resuelve a favor de una declarada agalmatofilia, es decir que a la buena de Rand resulta que lo que le chifla es montárselo, a través de sus heroinas, con estatuas, y a ser posible, estatuas que tienen interesantes propiedades telescópicas. Aquí la primera chingada con Galt:
Then she felt the mesh of burlap striking the skin of her shoulders, she found herself lying on the broken sandbags, she saw the long, tight gleam of her stockings, she felt his mouth pressed to her ankle, then rising in a tortured motion up the line of her leg, as if he wished to own its shape by means of his lips, then she felt her teeth sinking into the flesh of his arm, she felt the sweep of his elbow knocking her head aside and his mouth seizing her lips with a pressure more viciously painful than hers—then she felt, when it hit her throat, that which she knew only as an upward streak of motion that released and united her body into a single shock of pleasure—then she knew nothing but the motion of his body and the driving greed that went reaching on and on, as if she were not a person any longer, only a sensation of endless reaching for the impossible—then she knew that it was possible, and she gasped and lay still, knowing that nothing more could be desired, ever.
He lay beside her, on his back, looking up at the darkness of the granite vault above them, she saw him stretched on the jagged slant of sandbags as if his body were fluid in relaxation, she saw the black wedge of her cape flung across the rails at their feet, there were beads of moisture twinkling on the vault, shifting slowly, running into invisible cracks, like the lights of a distant traffic.
De modo que este "rápido impulso de movimiento hace arriba", a diferencia de lo que pasaría con un simple hombre, es capaz de llegar nada menos que hasta la garganta de la protagonista, y no sólo eso, sino que despúes de consumado el acto, las lógicas "perlas de humedad" resulta que se han quedado adheridas al techo por encima de ellos. El escenario del acto es un túnel de un tren: la metáfora visual, desde el Hollywood de los cuarenta, es trillada, pero pocas veces se ha llevado lo del túnel tan lejos, o tan hasta la salida al otro extremo. Eso es una verga y lo demás, cuentos.
Pero en este aspecto, el del sexo, Atlas no se limita a ser una novela para agalmatofilíacas. Lo que propone Rand, y creo que lo hace con valentía, es un intento de casar sexo con filosofía, de descubrir un hilo común que una los valores humanistas con las elecciones sexuales, de una manera mucho más esquemática y racionalista que, digamos, un DH Lawrence; insiste bastante, con una pureza de moralista educada en escuelas de convento, en que sólo es capaz de sentir una gran pasión sexual aquella persona que tenga sus valores humanos impolutos, que elegimos no con los ojos sino con la mente, y que quien ha renunciado a pensar también, por lo mismo, ha renunciado a la posibilidad de sentir ciertos gozos y ciertas exaltaciones asociados con el acto físico del sexo. Va más allá de eso, pues el tema evidentemente le fascina. En el subargumento acerca de la relación del cobarde de Jim Taggart con Cherryl Brooks, empleada de "dime store" elevada a categoría de Cenicienta burlesca, se explora con acierto sicológico la relación entre autoestima, idealización de la pareja y dependencia emocional. En la descripción de la relación entre la joven Dagny y su primera pareja, D'Anconia, se toca incluso el tema tabú de la fantasía violatoria. Y si no estoy seguro de estar de acuerdo con todas sus conclusiones, da lo mismo, porque no tengo conclusiones desarrolladas y argumentables para contrastar con las suyas, de momento. Tal vez porque soy más consciente del efecto refractorio de una parafilia sobre el pensamiento objetivo... en fin.
Si crees en cosas como derechos sociales, cultura tributaria, el Buen Vivir, o las constituciones progresistas, Rand todavía será capaz de irritarte y sacarte de quicio. Antes de empezar a leer, coge una pluma roja y un cuaderno y prepara tu artillería. Si no crees en nada de eso, te recomiendo pluma verde, búscate un buen trozo de tiempo libre (¿la playa en febrero?) y hazte un cóctel: Nin, Miller, Lawrence, Rand. Olvídate de Atlántides y demás huevadas y te sorprenderás de la suavidad de la mezcla.
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