Todos tienen algún fantasma, si bien para algunos, es algo estríctamente nocturno y se limita a revolver las fundas de basura mientras duermen. La mía botó lastre y ahora es casada, feisbuqueada y asimilada en los campos eliseos de la irrelevancia. Hace unos meses intercambiamos correos; ella pretendió recordarme con una respetable y desdibujada fruición. Lo que queda, entonces, son esos recuerdos, que pertenecen a la categoría de inútiles, pues hace mucho que ya sirvieron para su propósito: me convirtieron en lo que ahora ven, y aunque ya no recordara, seguiría siendo esta cosa, esta monstruosa creación suya, fuddled of fancy and knobbled of foot.