sábado 5 de diciembre de 2009

Defensa del meón irredento

En otro blog se ha sacado a relucir recientemente esa trillada polémica feminista en torno a la posición por defecto de la tapa del wáter.

Escenario 1: el Hombre Cagón (HC) deja la tapa del wáter en posición bajada (B), al igual que la Mujer (M). El Hombre Meón (HM) deja la tapa del wáter en posición subida (S).

Resultado:

El número de ajustes de posición de la tapa anteriores al uso es una función (f1) de la frecuencia según la cual a un HM le sigue un HC o una M. El número de ajustes de posición de la tapa inmediatamente posteriores al uso del inodoro es 0, ya que cada usuario deja la tapa en la posición que corresponde al último uso.

Escenario 2: el Hombre Cagón (HC) deja la tapa del wáter en posición bajada (B), al igual que la Mujer (M). El Hombre Meón (HM) después de orinar cambia la posición de la tapa de subida (S) a bajada (B).

Resultado: El número de ajustes de posición de la tapa anteriores al uso es una función (f2) de la frecuencia según la cual a un HC o a una M le sigue un HM. El número de ajustes de posición de la tapa inmediatamente posteriores al uso del inodoro es igual al número de usos del mismo HM.

Si cada día el HM usa el inodoro n veces, entonces el total de ajustes de posición diarios T en el primer escenario será dado por la fórmula:

T (1) = f1(n) + 0

Y en el segundo escenario:

T(2) =f2(n) + n

Ahora, como vemos que ambas funciones f1 y f2 dan siempre un resultado menor o igual que n (es decir, devuelven una fracción de las veces que el HM ocupa el wáter), entonces es claramente imposible que T(1) sea mayor que T(2), y muy probable que sea menor. Dicho de otra manera, sólo hace falta que alguna vez a un HM le siga otro HM (o el mismo, si ha estado bebiendo Brahma) para que se produzca un desperdicio de esfuerzo, es decir una bajada de la tapa seguida por una subida de la misma, cosa que en el primer escenario no sucede. Por tanto, desde el punto de vista de la conservación de energía el primer escenario es obviamente preferible.

Pero ¿hay otro punto de vista posible? Propongamos una situación similar, imaginaria, con un libro que descansa sobre la mesilla de la sala de estar. Tanto yo como mi novia/esposa estamos leyendo ese libro: yo ando por la página 90, y ella por la 352. Cuando yo leo un poco, antes de dejar el libro en la mesilla lomos al aire, lo abro otra vez en la página 352. ¿Por qué motivo? Puede ser porque el libro es suyo; puede ser porque no quiero que ella se entere de que lo estoy leyendo también (igual es una novela de ésas que son sólo para mujeres), puede ser porque sé que ella tiene mala memoria y no se acordará de en qué página lo dejó, o puede ser simplemente manifestación espontánea de un carácter generoso. Ahora, aplicando estas posibilidades a la cuestión del wáter, tenemos como posibles justificantes de la postura feminista:

(1) El wáter, por el simple hecho de ser wáter, es propiedad de la mujer (de cualquiera, en fin). Es decir, el wáter es un accesorio femenino.

(2) El uso que el hombre hace del wáter es de naturaleza furtiva: hay que intentar dar la impresión de que no lo usamos nunca. “Un hombre de verdad nunca va al baño.”

(3) La mujer (cualquier mujer), a diferencia del hombre, es incapaz de fijarse en la posición de la tapa y corregirla según sus necesidades. Por tanto, los hombres debemos ser comprensivos ante tal debilidad.

(4) El hombre tiene el deber de manifestar siempre un carácter generoso, aunque no sea el suyo auténtico, deber que no se extiende naturalmente al otro sexo.

Ahora, yo no veo el punto de intersección entre ninguno de estos razonamientos y la tradicional reivindicación feminista de igualdad de género. Pero tal vez me estoy perdiendo algo. Como siempre, respuestas abajo.

miércoles 2 de diciembre de 2009

Cultura

Mi escuela se llamaba St Peter's Roman Catholic Primary. Una vez llevé allí a una amiga: la escuela había dejado de ser tal, pero la iglesia de al lado seguía en su lugar. El antiguo edificio de la escuela, el único que no era Terrapin, seguía todavía sin demolir: me asombró su pequeñez, parecía hecho para enanos. El primer día de la escuela, recuerdo (es lo único) que otro niño llamado Adrián se desmayó (desde entonces, doy un poco por supuesto que cualquier nuevo conocido llamado Adrián estará siempre a punto de desmayarse): entendí que su reacción fue provocada por la grandeza de la sala de actos, que ahora calculo habrá sido apenas más extensa que mi actual cocina.

Lo traumático de esa escuela lo reservo para otro blog: lo asombroso, nada, hace poco a través de friendsreunited.co.uk hice contacto con una mujer que asegura que yo le di en esa escuela su primer beso: podrán creer que ni me acuerdo de ese primero beso suyo, que con los datos que me suministra tiene toda la pinta de haber sido el primero mío también. Lo ridículo y cómico, eso tal vez llenaría un centenar de páginas, pero me quedo con ese último día, y el discurso de Miss Phillips:

"Ahora, ustedes todos se irán de aquí y se incorporarán en otros colegios. Entonces la mayoría de ustedes descubrirán que en ese gran mundo fuera de estos muros no todo el mundo es creyente, no todo el mundo entiende las cosas que aquí han aprendido, o las entienden de otra manera, de manera equivocada. Esas personas que tienen creencias equivocadas se llaman protestantes. Si ustedes les hablan, podrán pensar que ellos son sinceros en lo que piensan. Yo no digo que no haya protestantes sinceros, puede que alguno sí haya... pero ése no es el punto. El punto es que están equivocados y creen en algunas cosas que hasta son muy peligrosas para ustedes, para la salud de su alma inmortal. Por eso les digo que aunque parezca buena gente y en algún caso pueda ser así, no les hablen. No les tienen que hablar. Cuando se les acercan, ustedes simplemente dirán, "no gracias, soy católico". ¿Han entendido?"

A esta necesaria comprensión tal vez ayudaron algo las excursiones que habíamos hecho ese año, y el anterior, a la Torre de Londres, al lugar del cadalso de Tyburn, y a otros lugares asociados con la persecución de los fieles católicos en Inglaterra a manos de esa diabólica reina Isabel I (del reino de la Bloody Mary no nos enseñaron nada). Supimos de esas casas señoriales donde los sacerdotes tenían que esconderse en ingeniosos pero incomodísimos escondrijos. Supimos de todos los métodos de tortura de la época: nos describieron con lujo de detalle cómo se descuartizaba a las personas medio ahorcadas pero aun vivas. Reverenciamos a Edmund Campion y a Margaret Clitherow (a la que mataron aplastándola debajo de una puerta), con el resto de los Cuarenta Mártires (los católicos, digo: de los centenares de mártires protestantes no nos enteramos).

(Lo que no ayudó tanto era la confusión que en mi mente juvenil todavía reinaba entre esas palabras tan parecidas, protestant y prostitute, que la experiencia no se encargaba todavía de aclarar.)

En lo que podría habernos ayudado la Miss Phillips, pero no lo hizo, era en la cuestión de los rezos. Cuando recién me había incorporado en el colegio secundario (un Grammar School, es decir un colegio para sólo chicos, pues no hay nada más masculino que la gramática) descubrí que en la Asamblea de cada mañana teníamos que farfullar el Half-Arthur, aquí conocido como Padre Nuestro, pero resulta que la versión prostituta de esa oración era distinta, ya no se hablaba de trespasses sino de debts, y además ellos al final de la oración agregaban una frase larga y sinuosa que contenía una referencia a una novela de Graham Greene. La verdad, se me ocurrió que como católico tenía el deber de no pronunciar esa última frase, so pena de mil años más en el Purgatorio. Sería alguna herejía, sin duda.

Esa Asamblea, por otra parte, era una especie de pasarela de traidores, donde aquellos chicos dispuestos a ganar puntos a cualquier precio podían salir a leer un texto edificante, generalmente algo de David Kossoff. (Tal vez haría falta agregar que la BBC en ese tiempo estaba dando la serie de Colditz: para mí, el colegio era un campo de concentración nazi, las autoridades del plantel, el Enemigo, y el fin de todos mis esfuerzos, idear una nueva forma de evasión. Esos que salían a leer platitudes atlético-cristianas a las 9 de la mañana eran colaboradores de la peor ralea.)

Y así, incluso después de llegar a esa fatídica decisión, a los 15 años, de abandonar el catolicismo a favor de la Iglesia Onanista de las Siete Veces al Día, el hecho de haber crecido en ese gueto católico, con mayoría de niños irlandeses, creo que me predispuso en contra del patriotismo, de esa creencia de que la "cultura británica" ésa de los Morning Assembly era de alguna forma mía. Cuando llegué a la universidad, a pesar de mi ateismo, como una especie de acto reflejo, instintivo, me fui directo a la Capellanía Católica, donde me encontré con dos cosas: cerveza gratis, y de la buena (la "cultura católica" en Inglaterra se centra largamente en la cerveza, vide GK Chesterton), y en segundo lugar, una chica irlandesa llamada Yvonne que terminaría (después de mucho) siendo mi primera novia.

No hay que ser demasiado fundamentalistas. Hasta de algo tan malo como una religión algo bueno se ha de poder sacar. El catolicismo inglés tiene un toque internacionalista, impaciente con el Class System (pues su acometido es buscar una convivencia fértil entre inmigrantes irlandeses y polacos y vieja aristocracia pre-Reformación), con matices dionisiacas, afición a la polémica, respeto a la erudición y a la originalidad. Hay peores inicios en la vida posibles. Hasta los pecados de un católico (aunque aquí puede haber prejuicio Greeneiano) son más ricos y lujuriosos que los que cometen la otra banda. Fíjense que lo único por lo que tienen que pedir perdón es por sus deudas. Increíble pero cierto.

lunes 30 de noviembre de 2009

Patas al revés

Tenía en ese lejano entonces una gata llamada Trotsky. Tenía también con qué costearme sus caprichos alimenticios (esas latitas Cordon-Bleu: no recuerdo cómo se llamaban, era como Nouvelle Cuisine felina) pero no me llegaba la plata para ligaduras de trompas ni nada por el estilo, aparte de que el evidente sufrimiento de la gata en celo no estaba convencido de que se podía aliviar de esa forma, o de cualquier otra forma que dejando que la espinilla de mi pierna le sirviera de gato-sustituto las veces que fuera necesario. En fin, encontró a un gato no-sustituto y dio a luz. Los dos primeros, absolutamente sin esfuerzo, en cuestión de pocos segundos, sin que ella siquiera haya asistido a clases ni que nadie le dijera que empujara, que empujara, en fin, se ve que ser de raza felina y por lo tanto no tener ninguna maldición bíblica macrocefálica pesando encima no deja de ser una bárbara suerte. Pero el último retoño era otra cosa. La Comandante del Ejército Rojo se puso a gritar y a dar vueltas, y al final tuve que asistir en el parto, si no ese desdichado se quedaba ahí a medias. Cuando salió se veía enseguida cuál era el problema: tenía las patas al revés. El gatito miraba palante, pero sus piernas patrás. Pensé que igual La Trot habría bebido de ese charco de agua después de las lluvias ésas procedentes de las estepas: "Ni qué Chernobyl ni qué niño muerto", habría dicho, "yo tengo sed."

A los pocos minutos la fundadora del Cuarto Internacional tenía a sus dos gatitos limpios y calentitos, como en salita de recuperación al lado de esos consoladores pezones. Pero al tercero, al feo, al pativirado, ni le hacía caso. Como si no estuviera. Y cuando yo se lo acerqué, ella lo apartó de nuevo. Me miró. "¿Por qué me traes esa basura?"

El animalito se murió a la media hora. Repito: no había manera de convencer a la madre de que tuviera ese "instinto" de cuidar del más débil.

¿Será porque lo había tocado? ¿Olía diferente por eso? Posiblemente, pero creo que la autora de La Revolución Permanente simplemente no estaba dispuesta a criar a un gato tan llamativamente perdedor.

Convengamos, pues, en que si las gatas no abortan es porque no pueden. La "naturaleza" poco sabe de ternura y menos de compasión. (Y eso de seguir las directrices de "la naturaleza", en todo caso... me viene a la mente la imagen deliciosa de un hombre que, camino al trabajo, se agacha a husmear los genitales de todas las hembras de su especie que encuentra por el camino. "¿Qué les pasa, señoras? ¿Les asusta la Naturaleza?"). Y convengamos también en que las mujeres que abortan lo suelen hacer, si se quiere "por egoismo", pero por ese egoismo que consiste en adecuar tus fuerzas a tus posibilidades de éxito, es decir, ése que en otros ámbitos se dignifica con el nombre de autoconservación, o de no darle latigazos a caballos muertos. Que el feto no presente señales de pativirado, de deforme, de predestinado a perdedor sólo sería relevante en la medida en que la fisiología sea el destino, cosa que se me antoja bastante no demostrado. El destino de un bebé está escrito, no tanto en sus genes (salvo casos minoritarios: hola) sino en la actitud de su madre a más de sus circunstancias personales y económicas. Y puedo dar fe de que a veces, desear cambiar nuestra actitud y poder hacerlo son cosas bien distintas.

Mientras, hay obispos para que, faltándonos hasta leche en polvo, no nos falten nunca sermones.

domingo 29 de noviembre de 2009

Climategate

Todos sabemos, por los buenos oficios de un abrumador consenso científico internacional, que el clima está cambiando por la influencia del hombre, y que ese cambio se puede resumir, habida cuenta de las variaciones regionales, en la expresión “calentamiento global”. Ahora, concédanme una fantasía. Imaginen que en algún lugar de la tierra hay alguien que, pese a tal consenso, se niega obstinadamente a aceptar algunas de las conclusiones científicas al respecto, o por lo menos, la traducción que de ellas hacen algunos políticos interesados. Ahora, imaginen que el 12 de noviembre del presente año, a ese solitario y arisco personaje le apareció un genio de una lámpara mágica, y le concedió tres deseos. Los primeros dos, predeciblemente, los gastó en su carro, un enorme 4x4 que a él se le antojaba insuficientemente goloso. Quedaba uno.

“Bueno. Si no fuera mucho pedir, quiero que cambies el consenso mundial sobre el calentamiento global.”

“Difícil. ¿Cómo quieres que haga tal cosa, si con las voluntades no me es concedido interferir?”

“Déjame pensar… ya lo tengo. Quiero que hagas aparecer delante del público una serie de documentos, incluyendo cartas privadas, extractos de código de programación y lo que se te ocurra, que demuestren que algunos de los científicos más prestigiosos en el campo del estudio climático son unos mentirosos, obsesionados con desacreditar a sus adversarios, y dispuestos a falsificar resultados para sostener sus teorías.”

Aquí termina el juego. Lo siguiente, hechos. El día 19 de noviembre, empezó a recorrer el cibermundo la noticia de una enorme colección de documentos hackeados de una computadora de la Unidad de Investigación Climática de la Universidad de East Anglia, documentos exactamente en la línea de lo que ese fanático anti-calentamiento hubiera soñado en nuestra historia. Casi al unísono, todos los blogueros negacionistas del mundo suspiraron lo mismo: demasiado bueno para ser verdad. Pero en los días siguientes, las reacciones de los científicos imputados descartaron cualquier posibilidad de error o de falsificación, y la historia se transformó en titulares.

¿Qué significa? Las interpretaciones varían lógicamente según la óptica del observador. Desde “no se ha demostrado nada, salvo que los científicos también son humanos”, hasta “toda política edificada sobre el supuesto del cambio climático se tendrá que abandonar: la teoría del calentamiento global antropogénico (AGW) pasó a mejor vida”, con una docena larga de posiciones intermedias. Pero tal vez la consecuencia más palpable ha sido ese extraordinario cambio en la vida social del negacionista (que ahora se dice “escéptico”). De repente, se le habla con cortesía, se le saluda, y se solicita su presencia en los chat shows dedicados a dilucidar el sentido real de todo ese debacle. Todavía es pronto para decir que ese Scrooge de ayer, ante tal alarde de civismo, se volverá tan generoso como para donar su 4x4 a los pobres; pero cosas más extrañas se han visto.

Y en la comunidad científica se respira contrición, se reconoce hubris, y se sopesan “verdades” antes incuestionables.

Sí, los científicos se han demostrado humanos, es decir, capaces (algunos) de aprender de los errores. ¿Algún día podremos decir lo mismo de los políticos?

jueves 26 de noviembre de 2009

Altruismo

En el 2005 murió mi madre. Fue la única ocasión, desde que vine a Ecuador, en que me permití ausentarme del país. (Mentira: me fui a Panamá tres días en el 2008. Pero fue con la familia, así que no cuenta. Si te llevas a la familia, te llevas al país: no te ausentas de nada.) Cuando pasé por el control de pasaportes en Miami (escala, 5 horas), el oficial me miró con curiosidad.

"¿Británico?"

"Sí."

"¿Vive en Ecuador?"

"Sí."

"Mis respetos, señor." Y me devolvió el pasaporte con una sonrisa diría que obsecuente.

¿Irónica? Soy hipersensible para con las ironías, y no. Ni rastro. Ese alma simple pensaba que si un británico se queda en Ecuador más tiempo que lo que pueden dar de sí unas boldly-go eco-vacaciones, ha de ser porque es pastor, misionero, o edecán de alguna fundación caritativa, algo bien merecedor de una cara de pasmada admiración. Ni se le ocurre que puede ser simplemente porque ha tenido suerte.

Estoy en Ecuador, no porque soy altruista (no estoy en condiciones de "ayudar" a nadie, aunque tuviera esas inquietudes), ni porque trabajo para ninguna fundación (¿trabajo? ojalá), sino porque me gusta lo que hace una dieta de arroz a la silueta de las mujeres. Estoy aquí en plan viejo verde y mirón. Nada más. Bueno, algo más. También cuentan los aves fragata, y los colibríes. El sol, y las libélulas. Las lluvias. Los autobuses. Los bicicletas de cinco plazas. Los árboles inflables. En fin, estoy aquí porque creo que es mejor que estar allá. Aquí goza más la vista, mi sentido preferido. Como ven, soy puro hedonismo.

Aunque de eso ya queda poco. Según mi mujer, soy un "hombre fracasado". El desprecio que hay por mí en mi casa, desde hace algunos meses, es irrespirable. Con la crisis, todo se vino abajo: no hay trabajo en ninguna parte. Mientras, me muero lentamente de emfisema. Mi hijo de dos años es el único que, de modo traicionero, sigue aceptándome. Hasta se ríe conmigo, a espaldas de "los demás".

Según el requetemencionado xaflag, lo siguiente es "preciosa":

"uno es uno a través de los otros"

Para mí esta frase no es preciosa, sino siniestra.

Ninguno tiene tos, ya lo sé. Decir que la citada frase es maoismo puro tal vez sea una especie de ad hominem. Se puede ser la Máxima Expresión de lo Inapelablemente Colectivo sin tener esas pintas de vividor. Pero convengamos en que si mi hijo tiene que ser él a través de los demás, nunca será ni un Newton, ni un Platón, ni un TS Eliot, ni un Picasso, ni un Crick, ni siquiera un Benny Hill, y ni me ha de querer. ¿Qué podrá ser? Claro, un misionero, un funcionario, un altruista.

Hoy hablé como media hora con una altruista, cristianísima a más no poder. De Bolivia recuerda las tiendas vacías, los tirapiedras, las barricadas. Se confesó profundamente afectada por "la pobreza que vio". De Ecuador me comenta que el Breakfast Tea de Twinings se puede conseguir en algunas tiendas y "no está mal". Ella ayuda. Hace lo mismo que yo (dar clases) pero ayuda. Da gloria a Dios. Está en ese plan.

Yo estoy en este plan de querer llorar y sentirme una mierda porque sólo trabajo nueve horas semanales y no hay más para mí donde sea. (No es culpa del mercado: es culpa mía. Escogí idiomas en vez de ingeniería de telecomunicaciones. Imbécil.)

Me confieso no indiferente a la lobreguísima suerte de mi familia, sobre todo de mi hijo, que sólo pasa absorbiendo las matices existenciales de los Teletubbies. ¿Eso califica como altruismo?

BILL GATES: "No."

RIGOBERTA MENCHU: "Claro que no."

HARRIET BEECHER STOWE: "No."

LEONARD COHEN: "Nah."

MARCO AURELIO, EMPERADOR: "Ni hablar."

Bueno, bueno. Sólo preguntaba.

miércoles 25 de noviembre de 2009

Estupefacientes

¿Qué es una sustancia estupefaciente?

¿Algo que produce estupidez?

No, dice la RAE. Estupidez, no. Estupefacción.

Ah. Y ¿estupefacción?

Pasmo, estupor.

Estupor, acepción 1: pasmo, asombro. Acepción 2: "Disminución de la actividad de las funciones intelectuales, acompañada de cierto aire o aspecto de asombro o de indiferencia", digamos: transitoria estupidez.

Bien. Una sustancia estupefaciente es cualquier cosa que me produce pasmo, asombro, o que disminuya la actividad de mis funciones intelectuales, al tiempo que me induce a poner cara de indiferencia.

Sería difícil encontrar una descripción más exacta de la sustancia de la propaganda televisiva del gobierno.

Por eso encuentro interesante la propuesta en el proyecto de Ley Mordaza:

Se propone que los medios de comunicación privados estén obligados a “destinar una hora diaria, no acumulable, de lunes a sábado, para programas oficiales con carácter educativo que fortalezcan los valores democráticos, la promoción de los DD.HH., la prevención de consumo de sustancias estupefacientes...”.

Niños, ¡digan NO a los programas oficiales con carácter educativo!

Ecuador, 2009


La moda del insulto gratuito arrasa.
"Somos gente amable."