Carlos Vera me cae simpático. No le conozco, pero lo he visto bastantes veces en la televisión, sobre todo en el programa
Contacto Directo, donde generalmente hacía, a mi modo de ver y pese a su notable afán de protagonismo, un adecuado trabajo de entrevistador, en el sentido de informarse a conciencia previamente a la entrevista, y hacer preguntas difíciles y pertinentes. No era un entrevistador imparcial, es cierto: pero también lo es que los entrevistadores imparciales son hoy en día una especie en vìas de extinción, cuyo habitat natural no parece abarcar el territorio de este país (hace algunas semanas vi una entrevista larga con Correa, conducida por un señor mayor que rebosaba servilidad y hacía alarde de modo gratuito e irritante de su amistad personal con el entrevistado: de buen seguro que para este último, se trataba de un periodista
comme il en faut plus). Ahora, que los dotes como periodista de Vera no son necesariamente transferibles a la vocación de activista político, se me antoja demostrable así sea solamente por el título que ha puesto a su nuevo y decepcionante blog:
Vencer el Miedo.
El título remite al mismo mensaje que también podemos encontrar en los artículos dominicales de Emilio Palacio en
El Universo. Según este mensaje implícito, el gobierno actual domina a la población mediante el miedo. Si la gente no tuviera miedo, el país se llenaría mañana de protestas callejeras, y una turba de enfurecidos ciudadanos sitiaría el Palacio de Carondelet, obligando al Presidente-dictador a huir en helicóptero al más puro estilo Gutiérrez. Hay una amplísima mayoría de ciudadanos que están profundamente descontentos con el regimen, pero que se callan porque tienen miedo de... bueno, ¿de qué? La pregunta es lícita. ¿Tal vez de ser arrestados, torturados, o asesinados mediante pelotones de fusilamiento improvisados en estadios públicos? Bueno, tal vez no precisamente de eso, pues hay que reconocer que la represión en este país no llega (aún) a esos extremos... pero en fin, miedo tienen. Entonces, incumbe a los líderes de hoy o de mañana, a los
héroes, a los Vera y a los Palacio, mostrarse valientes, "vencer el miedo" propio y ajeno, asumir impresionantes riesgos para alzarse en contra del tirano, así sirviendo de ejemplo a los demás, a ese tímido pueblo que sólo necesita eso, un líder (o tal vez dos ó tres)... Claro que no dicen todo eso. Pero, desgraciadamente, algo así es lo que se da a entender con tanta referencia a ese "miedo", unida a tanta preocupación en torno al tema del
liderazgo, llegando al punto (en el caso de Vera) de
pedirle a Nebot que se yergue "en catalizador", o sea, en líder nacional de la oposición, para de esta manera cumplir con su, ejem, "compromiso con la historia".
Vaya manera de condenarse de antemano al papel de perdedor.
No sé cómo puede habérsele escapado a Vera el hecho de que, si bien sigue siendo un peso pesado electoral en Guayaquil, Nebot no tiene fuerza de convocatoria alguna en el resto del país. Ni merece tenerla. Yo llevo sólo cinco años aquí, pero he visto tantas muestras de prepotencia, de cinismo, de corrupción y de brutalidad por parte del Municipio que él regenta, que casi estoy por decir que como hipotético Presidente él sería todavía peor que Correa: lo innegable es que habría más represión y más brutalidad policiales. La simple sugerencia de que ese hombre podría un día comandar a las fuerzas armadas y la policía nacional me parece francamente aterradora. Pero dejemos eso de lado. Lo que no recibe análisis ni mucho menos justificación alguna en lo escrito por Vera es esa supuesta necesidad de un líder, de un "catalizador"; y si a tal supuesto no demostrado, se une aquel otro, más garrafalmente fantasioso, el supuesto de que si no hay más señales de protesta o de inconformidad por parte del pueblo es por el "miedo" - entonces, la confusión y la incoherencia están servidas.
Seamos francos. Es divertido insultar al enemigo... o si no divierte, por lo menos sirve para ventilar frustraciones y quemar excesos de adrenalina o de testosterona. Tanto Palacio como Vera tienen buenas y legítimas razones por considerarle enemigo a Correa. Es comprensible que quieran usar su espacio mediático para hacerle daño al enemigo, en un sentido digamos que emocional, arrojándole epítetos que se supone servirán para irritar y descomponer al adversario (y las reacciones de Correa demuestran que algunas veces por lo menos dan en el blanco). Por tanto, cuando observan que al Presidente le encanta ser popular, hasta el punto de dedicar cada sábado mañana a esa tarea, ¿qué mejor manera de insultarle que pintarlo como ogro y sugerir que la gente le tiene miedo? El problema surge cuando los insultadores
se creen sus propios insultos. De decir, en plan malicioso, que la población del país tiene miedo del gobierno, a creerlo de veras, sólo hay un paso... y es un paso muy pequeño para quien no tenga vocación maquiavélica y que se considere a sí mismo como una persona honesta y frontal: "si lo he dicho, debe ser porque así lo creo..."
¿Realmente lo creen Vera y Palacio?
Tal vez, a estas alturas, lo creen a medias. Y en parte, porque no se han inoculado contra el mito del liderazgo, contra esa enfermedad mesiánica que todavía tanto daño hace en este continente. Según ese mito, el pueblo es tan inconsciente que puede tener miedo
sin saber que lo tiene, y en todo caso es capaz de no saber realmente lo que quiere, por lo cual hace falta que una persona de privilegiados dotes, un
líder de opinión,
articule esos deseos, temores y necesidades. Claro que a medida que ese líder vaya ganando más influencia y poder, ese pueblo le irá pareciendo cada vez más tonto, más lerdo, más incapaz de expresarse ni de cuidar siquiera de sí mismo, por lo que la
articulación de las
verdaderas necesidades del pueblo requerirá cada vez mayores dosis de imaginación y de intuición: el líder entonces se revela como un ser excepcional con una especie de enlace telepático permanente con el
alma del pueblo. Algo así, evidentemente, ha ocurrido en la trayectoria de Correa, que probablemente en sus inicios ni soñaba con que algún día, iba a ser capaz de intuir que "el pueblo" necesitaba que se le cerrara un canal de televisión popular,
por su propio bien.
En contra de esta vía de pensamiento que conduce directo al autoritarismo, hay otra que predica que si vamos a ser
activistas políticos, debemos dejar de lado el ego y ponernos a escuchar. Por lo menos, de vez en cuando. Y si lo hacemos, nos daremos cuenta en seguida que si la gente no protesta más ahora, no es mayoritariamente por miedo, sino por otros motivos que serán diferentes según el sector. Algunos no protestan porque la Revolución Ciudadana les ha servido para algo, muchas gracias. Otros, porque creen, tal vez erróneamente (eso es otra historia) que ha servido a la mayoría, a la que respetan; o porque creen (todavía, y por increíble que parezca) que el partido de Correa tiene alguna autoridad moral y ética en su haber. Otros, porque creen que protestar no sirve para nada. Otros, porque no ven alternativas viables por ningún lado. Otros, porque ya están haciendo las maletas para marcharse. Otros, porque la vida es demasiado dura como para permitirse el lujo ni el tiempo de protestar. Puede haber otras razones. Si queremos ser
activistas políticos, debemos conocer todas esas razones de memoria, con sus respectivos porcentajes; no caer en el facilismo de blandir el primer insulto que se nos ocurra como si fuera un adecuado sustituto para el análisis.
Por eso le quisiera decir a Carlos Vera: aterrice. Vuelve a la realidad. Ahora, lo que le hace falta a la oposición no es mayor capacidad para insultar, sino principios claros, y precisión en el análisis de la realidad, sin ningún elemento de
wishful thinking.
"Hoy nuestro deber ES, rescatar la patria entregada a Chávez por su socio." Esto suena bien, pero no es del todo cierto (es una exageración algo simplista), y esa pequeña distancia que hay entre retórica y realidad es lo que debilita el mensaje. Hay que decir la verdad: que la Venezuela de Chávez representa hasta cierto punto y en algunos aspectos puntuales el probable
futuro de Ecuador en caso de que este gobierno siga algunos años más en el poder. Eso, de por sí, habida cuenta de ciertas realidades de tal país (donde, ahí sí, están descubriendo ahora ese
miedo a la represión que los cubanos ya conocen sobradamente bien, y del que acá todavía no tenemos todavía mucha idea) ya es lo bastante preocupante como para servir de mensaje de la oposición. Pero la exageración, en ese tipo de discurso, no funciona y es contraproducente. Es ser el niño que gritó lobo. Es invitar a la esplenética indiferencia.
Finalmente...
Si se mofan de él en el programa
Vivos, no creo que sea por orden del gobierno, sino porque los de Vivos a la hora de mostrar verdadero ingenio y humor no son tan, tan vivos, y en todo caso tales burlas son todo un cumplido respecto a la influencia que Vera todavía ejerce pos-
Ecuavisa. No se puede ser activista político sin ser caricaturizado, así sea torpemente. Citar tal cosa como parte de ese "récord de ataques infamias" (sic) puede interpretarse como inmadurez: la piel hay que tenerla un poquito más curtida, y por otra parte hay que saber distinguir también entre mala leche y crítica constructiva.