sábado, 12 de abril de 2014

Captain Scarlet and the Mysterons

Entre los dos, Mónica Ojeda Franco por un lado y Pablo Lucio Paredes por el otro, consiguieron alegrarme el sábado. Por lo visto, no soy el único harto de los ayatolás, término con que Paredes denomina a los censores y superintendentes morales al estilo de Carlos Ochoa, que intentan interponer su oficioso y bigotudo (en el sentido inglés) dedo reprobatorio entre nuestros ojos y nuestro material de lectura preferido, como tampoco soy el único que encuentra patéticas las razones con las que justifican barbaridades como la reciente sanción al diario Extra. Mi sentido enhorabuena a los autores de los dos artículos. Si tuviera que poner reparos, en el artículo de Paredes extraño la - para mí evidente, cuasi obligatoria - referencia al famoso juicio en 1960 de R v Penguin Books Ltd, por la supuesta obscenidad de la novela Lady Chatterley's Lover, en donde el fiscal, Mervyn Griffith-Jones, se autocaricaturizó para toda la eternidad con la memorable y frecuentemente citada frase:

"¿Es éste un libro que ustedes quisieran que leyera su esposa o sus sirvientes?"

frase de que parece calcada la cita del propio Ochoa referenciada en el texto de Paredes:

"Pregunta suelta, permitirían aquellos y aquellas q critican la resolución sobre Extra q sus hijas, hermanas, esposas posen así en el diario?"

Desde luego, si el bueno de Mervyn con aquella frase se aseguró la inmortalidad en la cultura popular como símbolo de cierta rancia y anacrónica aristocracia conservadora (en la empobrecida Inglaterra de 1960 me imagino que apenas quedaría un millar de casas con "sirvientes"), con más razón deberíamos reservarle en el mismo santoral de hilarante mojigatería un nicho para Ochoa, que a juzgar por esta joya de frase me parece que debe de pasar demasiado tiempo viendo (perdón, "vigilando") telenovelas mexicanas, de ésas donde no debe faltar un rico terrateniente con escopetas en las paredes, un manípulo de criadas uniformadas y una heroína masoquista, que con el pretexto de encontrar al sobrino político de la prima de la cuñada de su hija raptada se adentra en un pasado decimonónico milagrosamente conservado donde los maridos aún se adjudican el derecho de "permitir" o "prohibir" determinadas acciones a sus almidonadas esposas, todas ellas convenientemente estrujadas en corsés de hueso de ballena y con los ojos llenos de glicerina. Y es por eso mismo, por lo acartonado y vetusto y desprovisto de pestañeo, amén de otras consideraciones personales que no vienen al caso, que me place otorgarle desde ahora al Sr Ochoa el honorable sobrenombre de Captain Scarlet, en referencia a la mítica serie británica de mis mocedades, donde los personajes tampoco pestañeaban, aunque no necesariamente por no perderse ninguna de las curvas de la última tremenda potra camino a la guillotina. Queda por ver, en esta trepidante historia del bien y del mal, quiénes serán esos Mysterons por los que tanta falta hace que el Capitán Ochoa empuñe su arma láser y salga en nuestra defensa, viendo (a fin de condenar) lo que el resto de nosotros no deberíamos ver, y siempre protegido por ese retrometabolismo especial que permite que su pureza moral se recomponga después de cada asalto de cada potra. ¿Quiénes son esos enemigos? Y ¿cuál es ese temible peligro que representan? Ese tema sí que me tiene intrigado.

Según Mónica Ojeda Franco, después de descartar a la modelo, Claudia Hurtado, como potencial víctima - pues ella se declara muy satisfecha de salir en la portada del Extra - y a los lectores también - ya que al parecer el señor Ochoa no ha podido encontrar ni uno, fuera de la propia asambleísta  quien puso la denuncia, que se declare irreversiblemente corrompido por la tremenda potredad, potricia o potrazgo de la Claudia - sólo nos quedaría como potencial víctima a La Mujer, ente cuya existencia ya muchas veces ha sido puesta en tela de juicio en estas páginas, y a que la Ojeda Franco califica severa y tajantemente como "quimera". No sé si me satisface la metáfora: más bien le propondría "vaca sagrada", pues las quimeras ni siquiera entorpecen el tránsito, ni mucho menos se les ocurre inspirar vedas. (Y ya que estamos con los reparos: creo que si no vuelvo a ver la palabra falogocéntrico mientras viva, será demasiado pronto. Si para la escritora el "feminismo antipornográfico" ha sido "absolutamente deslegitimado en todas las esferas serias de estudios de género" - ojalá fuera cierto esto - ¿cuánto más deslegitimado quedará hoy por hoy ese indigerible farsante de Derrida? Seis madrenuestras y un avemario y lo olvidaremos.) Aclaremos entonces: en todo el país, al parecer, la única persona ofendida por la dichosa portada ha sido la propia Soledad Buendía... pero como queda un poco lorenzo eso de exigir disculpas por una portada que ni te menciona, ha tenido que echar mano de la Sagrada Identidad Metafísica de Toda Mujer a la Hora de Ofenderse, viejo y trillado recurso feminista que ojalá pronto pase al mismo desabrido baúl de los recuerdos que el Malleus Maleficarum y los Protocolos de Sion.

En fin, mi intención era argumentar contra el fallo de la Superintendencia, pero como no se basa en ninguna lógica, y parece obedecer únicamente al deseo de la Buendía de empeorarnos los lunes, y al medievalismo estrafalario del Capitán, que vive feliz en un universo alternativo donde a las hermanas y/o esposas se les "permite" cosas, y que para mayor esnobismo (de nuevo, según Paredes) encuentra ofensiva la desnudez carnosa de las clases populares, y "artística" la esquelética de las clases altas (Soho)... bueno, es que no te da asidero por ninguna parte. Así que, cambiando de tema, y aprovechando mis rápidas investigaciones en Wiki sobre el tema del pestañeo, ¿sabías que las mujeres que toman anticonceptivos orales pestañean con una frecuencia 32% mayor que las demás? Así que atentos, chicos: para saber si tu última cita a ciegas se está cuidando, simplemente mira tu reloj de reojo, y cuenta los pestañeos durante un minuto: 14, se está cuidando, 10, no lo está haciendo. En ambos casos, a menos que seas Julian Assange, y por si ella esté estrenando nuevos lentes de contacto, busca una farmacia. De nada. Estoy aquí para servirles.



domingo, 6 de abril de 2014

De nuevo, Supercom

Nunca me ha caído especialmente bien ese Pinoargote. Ahora creo que sé por qué:

"La libertad de expresión tiene su máxima expresión, valga la redundancia... pero hay un ambiente o un sistema de restricción a esa libertad. Por ejemplo, ya no se le puede decir a los gays maricas, a los afros no se les puede decir negros, a los ladrones no se les puede decir ladrones...".

No sé si habrá alguien entre mis lectores dispuesto a defender estas palabras, así, huérfanos de contexto como están y todo. Puedo equivocarme, pero a mí me parece que retratan a un locutor pomposo, incoherente e ignorante por partes iguales. Aun así y con todo, el tipo me resulta algo más simpático que nuestros nuevos Torquemadas de la Asamblea y de la Supercom, que hace poco se interesaron en la mencionada cita; y mi intención aquí es explicarles por qué. Al hacerlo, tendré que confiar en que por lo menos en este pequeño rincón del Internet, que si alguien lo visita es generalmente por equivocación, todavía "se puede decir" más o menos cualquier cosa, pues un bloguero a que apenas nadie lee (y a quien apenas nadie se acuerda de engrosarle la cuenta bancaria: poderes fícticos, CIA, oligarquía, tomen nota) hasta a nuestros más fanáticos censores les debe de resultar presa poco apetitosa.

En primer lugar, aclaremos una cosa. No es mi intención defender a Pinoargote, ni presentar argumentos a favor o en contra de cualquier interpretación de sus palabras, benévola o malévola, que el lector quisiera achacarles. El lector habitual de este blog, si tal existiera, ya sabrá de sobras que aunque Pinoargote hubiera declarado que los judíos eran una raza inferior, a la que habría que exterminar, o que los bebés irlandeses podrían servir como apetitosa vianda dentro de la dieta anglosajona, mi oposición a cualquier intento de censura de sus palabras sería exactamente la misma; y no solamente porque esta última opinión, bajo la pluma de Swift, ha logrado convertirse en lectura obligatoria de cualquier curso de iniciación en el género ensayístico. Mis razones por oponerme a la censura son dos, a saber:

(1) La existencia de cualquier tipo de censura es contraria al derecho a la libertad de expresión;
(2) La censura no sirve para nada bueno.

El primer enunciado me parece una obviedad, hasta una redundancia si se define "expresión", creo que sin mucha violencia, como cualquier acto emprendido en absoluta libertad que por su propia naturaleza no contribuya a coartar la libertad ajena. Claro que el hecho de que mi expresión no te reste un ápice de tu propia libertad no significa que no te vaya a ofender igualmente. Hay gente que realmente resulta especialista en eso de darse por aludida: mi propia experiencia me ha convencido de que no existe en el mundo expresión alguna, ni verbal, ni pictórica, ni artística, ni de ninguna clase, que no pueda ser usado por alguien en alguna circunstancia como pretexto para ofenderse. De modo que si la libertad de expresión tuviera que ejercerse bajo la directriz de "no ofenderás a nadie", muy poco nos quedaría de qué hablar, y olvídate de eludir la insulsez de la conversación con algún extracto de Tannhäuser o Parsifal. Me parece que ante la perspectiva de una "sociedad" compuesta por infantes petulantes, llorones y litigiosos consagrados en cuerpo y alma a la glorificación de la diosa Rabieta, mejor queda la sensatez y la tolerancia, cualidad que la mayoría de los adultos (pero no los asambleístas, ni tampoco algunos locutores televisivos) desarrollan con mayor o menor garbo y gracia antes de cumplir los 30 años.

Y a propósito de esto, una simple ilustración: la honorable asambleísta que impulsó la demanda contra Pinoargote, Alexandra Ocles, se expresa textualmente en estos términos:

denigró al pueblo afroecuatoriano y a las personas con diversa orientación sexual”. (cursiva mía)

Que conste que no soy acólito de la denominada falacia etimológica (la misma que emplean algunos  incautos para argumentar contra el matrimonio gay, alegando que "matrimonio" viene de "madre", y que, por lo tanto...) Pero ya hace mucho que en inglés nadie que se precie de políticamente correcto usa el término equivalente "denigrate", pues de todos es sabido que su derivación etimológica remite a una supuesta equivalencia entre lo negro y lo oprobioso (sí: de-nigr-are, "ennegrecer completamente"->"insultar, criticar, ningunear"). De modo que si yo fuera ese tipo de persona pedante y repulsiva, podría hasta acusarle a la asambleísta Ocles por lo menos cierta falta de sensibilidad en el uso de las palabras. Cosa que no hago, porque para mí como para toda persona sensata, lo que cuentan son las intenciones. (Y ya tengo más de 30 años.)

En fin, podría alargar esta parte de mi argumento (que la censura es atentatoria contra la libertad), pero me resulta innecesario, pues los mismos autores de la Ley de Comunicación parecen reconocer implícitamente este punto, al insistir repetidamente que lo que se nos viene encima no es "censura previa" sino "responsabilidad ulterior". Lo cual, aunque aceptemos a regañadientes que "censura previa" no es un oxímoron (se entiende que previa a la difusión del contenido, no a su producción), sigue siendo una perfecta irrelevancia, pues la censura posterior (verdadero significado de "responsabilidad ulterior") dista de la previa solamente en el sentido de que es más eficaz, ya que permite aplicar mayores sanciones al tratarse de atentados supuestamente consumados contra la moral pública, etcétera, y no solamente "intentos de". Ante lo cual, insisto: hay que llamar las cosas por su verdadero nombre. El gobierno de Correa es un gobierno que pretende regular y controlar la comunicación a través de sanciones "posteriores", determinadas por un caprichoso y sibilino ente gubernamental ante el cual no existe recurso de apelación, por lo tanto, un ente dictatorial: se trata, entonces, de un gobierno que censura, como el de Cuba o el de la dictadura franquista en España aunque los métodos hayan evolucionado y tecnificado. Ya hemos visto en el caso de Bonil que dicha censura obedece, como suele ser el caso, exclusivamente al interés del propio gobierno, sea cual sea el pretexto de su actuación, de modo que alguna persona de fuera que no supiera nada de la trayectoria ni de Pinoargote ni de Ecuavisa, podría deducir sin dificultad que se trata de un comunicador y un canal no afines al régimen... y tendrían razón. Y esto es lo que más preocupa de la censura en Ecuador: su evidente intencionalidad, al margen del discurso justificatorio, de crear una sociedad dominada por el miedo, la sumisión y el ubicuo discurso oficial.

En cuanto a que la censura, según mi argumento, "no sirve para nada bueno", pues veamos en el caso presente lo que se propone conseguir con la demanda y la resolución de la Supercom. Admitamos que Pinoargote dijo, en la ocasión citada, una tremenda barbaridad, al utilizar el recurso de paralelismo para equiparar implícitamente (como correctamente señala el texto de la Supercom) etnia u orientación sexual con criminalidad ("gays... afros... ladrones"). Es de suponer que más de un televidente, entre los que se autoidentifican como gay o afro, se habrá ofendido, y muchos más habrán llegado, sin ofenderse, a la conclusión de que el tal Pinoargote es un estúpido ignorante. Pues bien. Recomendaría en este punto un pequeño receso, suficiente para poder volver a ver y a admirar esa maravillosa película Doce Hombres Sin Piedad, ahora y por un período limitado asequible en YouTube, para recordar lo eficaz que resulta en estos casos el sencillo recurso del giro del cuerpo en 180 grados... sólo eso. El hombre que en la película insiste en que "esa gente" es mentirosa "de nacimiento", y que basa su condena en estas "razones", se desmorona al darse cuenta de que su discurso provoca solamente rechazo silencioso, repugnancia, y el consabido viaje a Coventry. Hay razones que hasta frente a tal suerte de rechazo se mantienen firmes, pero para ello tienen que ser eso, razones. El prejuicio personal nace siempre del prejuicio social: por tanto, no tiene fuerzas para resistirse a la condena social. De modo que lo adecuado en este caso sería una manifestación de rechazo (en forma de cartas de queja, críticas por parte de los entrevistados, renuncias a ser entrevistado, etcétera), la cual tarde o temprano derivaría en una aclaración por parte del propio Pinoargote, que si en verdad dio en la ocasión citada un simple tropiezo verbal, no tendría seguramente inconveniente en disculparse por ello, al tiempo que aprovecharía para aclarar su verdadero mensaje... y si por el contrario resultara que cree que marica es sinónimo de gay, y que ser gay tiene alguna semejanza con ser ladrón, pues también al confesarnos sus ideas al respecto nos haría un inmenso favor, lo mismo que a los directivos de Ecuavisa, que difícilmente hubieran imaginado tener entre su establo a semejante joya.

¿Ven? Si a la persona que sale con un exabrupto se le da, en libertad, la oportunidad de aclarar o rectificar (y quién entre nosotros no ha necesitado eso alguna vez) se trata entonces de una solución ganar-ganar: el que rectifica gana, o recupera, o acrecienta, la simpatía de su público, el cual a su vez se encuentra relevado de la obligación de sentir decepción y desprecio... o si realmente tales respuestas resultan fundadas, pues conviene que ese fundamento sea también claro y sólido. En resumen: sin la distorsión de la censura, a la larga todos sabemos y nos enteramos y entendemos qué piensa el otro, para bien o para mal, situación que a mí me parece idónea. En cambio, una disculpa "obligada" no satisface a nadie, ni trae ninguna consecuencia buena. Los que sintieron rechazo ante las palabras de Pinoargote, lo seguirán sintiendo al percatarse de que la disculpa no ha sido sincera; si realmente hubo malentendido eso nunca podrá aclararse al planearse permanentemente sobre el discurso empequeñecido, permitido, la sombra del buitre; quienquiera tenga ánimo y malicia para ello podrá incluso desde entonces considerar al mencionado locutor un mártir de la causa de la libertad de expresión, y usar tal martirio para prestarle una espuria solemnidad a la expresión más chabacana de la confusión, del prejuicio y de la ignorancia. Bonachón e ingenuo que soy, estoy dispuesto a suponer que la asambleísta Ocles realmente cree que las denuncias a organismos "oficiales" sirven para vencer el prejuicio y fomentar la tolerancia: estoy aquí para informarle de que tienen, por lo general, precisamente el efecto contrario. Y se lo digo en este plan amistoso solamente porque parece tener menos de 30 años, a más de una sonrisa angelical.

En fin. El texto de la resolución de la Supercom lo pueden leer aquí, y tengo que reconocer que si en vez de soltarnos un chorro de burocrateces altisonantes, se hubiera limitado a señalar que quien pronunció las citadas palabras se retrata como un ignorante (pues se puede ser afro sin ser negro, y viceversa, amén de que marica se dice propiamente de alguien que, sin que importe para nada su orientación sexual o falta de, integra una Superintendencia de Comunicación, y que va por la vida juzgando y sancionando las palabras de otros, sin tener la valentía de enfrentarse en debate abierto con ellos), podría estar de acuerdo con su(s) autor(es). Desgraciadamente, y a pesar de recordarle al eventual lector un dato tan valioso (y frecuentemente recordado en estas páginas) como irrelevante para la resolución de la denuncia, v.gr. que el concepto de diversas "razas" es científicamente inaplicable al ser humano, por constituir éste una sola y única raza, el texto de la Supercom se disuelve pronto en baba, esa baba que a toda "autoridad" se le chorrea tan copiosamente cuando se presenta la oportunidad de emitir una sanción, de reprender y castigar a los humildes mortales desde la cima de su parnasiana rectitud. Y si sigues el chorro de baba hasta el final, te encontrarás con esto:

... se impone ... que... el director del medio... difunda... una disculpa pública al pueblo afroecuatoriano y a la colectividad de diversa orientación sexual, por los comentarios discriminatorios por razones de etnia y orientación sexual....

Por la parte que me toca (pues al existir diversas orientaciones sexuales, todos, absolutamente todos somos de "diversa orientación sexual", lo mismo que todos somos de "diverso grupo sanguíneo" y "diverso color de pelo": diversos respecto a los demás, por supuesto; y aunque no me permiten ser ecuatoriano, ni me lo permitirán nunca, por lo menos la parte afro no me falta, pues de nuevo, e insisto, es imposible ser humano sin ser afrodescendiente) diré entonces: gracias, pero no gracias. Lo que exijo no es una disculpa de parte de Pinoargote, que por lo menos no tiene la pretensión de regular la comunicación de nadie, sino de ustedes, por ser algo peor que un prejuicioso o un ignorante: por ser pequeños, miserables y cobardes tiranos con delirio de grandeza, trastorno narcisista galopante e ínfulas de dictadores, que creen saber mejor que yo lo que me conviene ver y escuchar y lo que no. De tales maderas siempre se han creado los Comités de Censura a lo largo y ancho del mundo. El día en que nos liberemos de ustedes, la fiesta será memorable.


¿Quién lo hubiera pensudo?

Así que Dubya nos salió pintor. Who'd a thunk it?

Siempre lo he dicho. A los políticos lo que les hace falta es solamente algo de coaching, para descubrir ese verdadero talento que llevan escondido, para que no sigan adelante con esa idea de "soy un inútil, un desgraciado, un tonto, un cero a la izquierda, no sirvo para nada, sólo me queda la política". Si solamente se tomaran la molestia de descubrir sus verdaderos talentos, y dedicarse exclusivamente a ellos, el mundo fuera seguramente un lugar mucho más tranquilo, y ellos, además, mucho más felices.

Ya comenté en su lugar que, a título de ejemplo, Rafael Correa tendría en mi opinión el éxito asegurado como stand-up comedian, con mención en divertidas imitaciones de, verbigracia, Nebot: quien, a su vez, hubiera podido perfectamente encarnar al Increíble Hulk en alguna barata adaptación fílmica del mítico cómic de Marvel, si solamente consiguiera vencer su animadversión hacia el color verde. En otra vida, sin duda mejor, Guillermo Lasso habría sido criador de pollos y otros aves de corral, siendo especialmente importantes para él los días de Navidad y Acción de Gracias. A Michelle Bachelet la veo como maestra de escuela, sin perjuicio de otros talentos igualmente respetables que pudiera ocultar; la Kirchner, obviamente, actriz de telenovela mexicana, nació para ese papel de mala malísima. Putin, tal vez dentista, o bien, detective privado; Obama, predicador estilo fuego y azufre o bien vendedor de aspiradoras de puerta en puerta. El único que me lo pone difícil es Maduro. Al final, para él sólo se me ocurren las opciones de operativo de limpieza en algún aseo público, o tal vez, mecánico de taller de coches, de ésos que cuando vas a buscar tu carro lo encuentras con alguna llanta prematuramente calva, sin filtro de aire y con el radiador perforado en tres lugares.

En fin. Que todo ser humano oculte algún talento lo tengo como artículo de fe; que ese talento en el caso de Dubya no sea precisamente para el arte pictórico es desde ahora dato empíricamente demostrable. O tal vez no. Quizás el error de Dubya, el que está impidiendo su evolución creativa, ha sido la decisión de limitarse a retratar a personas tan vacías de contenido como él mismo: "líderes mundiales" según piadoso eufemismo. ¿Qué tal si se propusiera retratar a algunas de esas personas que, a diferencia de él, sí tenían un proyecto de vida, ambiciones, aspiraciones, amores, gozos y sombras vitales, hasta que una criminal invasión y una guerra sin sentido interrumpiera todo eso y los convirtiera en escombros de carne podrida? Proyecto que perfectamente pudiera realizarse dado que el Sr Dubya, según confesión periodística, se inspira únicamente en fotografías. Aquí encontraría unas cuantas.

miércoles, 2 de abril de 2014

Pierrotada de la semana

Ya sé, lo mío con El Telégrafo es patológico. Me he propuesto una cura, algo así como una temporada en esa clínica Betty Ford para adictos a diarios oficialistas que tiene que existir por alguna parte: pero antes, no puedo dejar esto de lado.

Antes de presentarles las elucubraciones de nuestro autor de la semana, Alfredo Vera, quisiera hacerle un par de preguntas al amable lector.

1. Si se inaugura una universidad, y luego resulta que el gobierno que dispuso la tal obra no era de izquierdas, ¿los graduados salen más doctos o más tontos? O bien: si se construye una carretera, y luego resulta de el gobierno es de derechas, ¿qué pasará si se rebasa en una curva? O bien: si me mata un guardia nacional, y luego resulta que el tal guardia llevaba boina roja, ¿cuántos meses en el purgatorio me serán perdonados?

2. ¿De qué manera podremos saber si a un columnista de un diario le tiene enfermo el odio hacia un determinado grupo de personas?

Guarden ustedes las respuestas en un sobre al lado de la salsa de ají "Indio Bravo". Bien, prosigamos.

Cuando llegué a este país hace diez años, alguien me regaló un ejemplar de un diario que se llamaba El Universo. Después de hojear las primeras cuatro páginas, se me ocurrió preguntar a mi compañera de entonces, con tono levemente suspicaz: dime, este diario ¿es de derechas o de izquierdas? Su respuesta fue: no sé. Pero fue un no sé pronunciado en cierto tono, entre dubitativo y disculpatorio, que más tarde aprendí a distinguir con facilidad: un no sé que implica "no entiendo siquiera los términos de la pregunta".

Se me quedó la lección. En el imaginario popular, la política en este país no era esa lucha de titanes, unos con levita, sombrero de copa y habano, otros con gorra de obrero de fábrica, pantalón harapiento y una teta al aire, a la que la cultura europea me tenían acostumbrado. En el R.hU., por ejemplo, es imposible hojear un diario durante más de dos minutos sin que su ubicación en el famoso espectro político resulte obvia hasta para el más distraído. (Algunos dirán: por eso, entre otras cosas, es la crisis de lectores de la prensa tradicional europea.) Acá, en cambio - me dije - en los diarios pueden codearse Krugman y Gabriela Calderón; los partidos, asimismo, no son de derecha o de izquierda: son de tal o cual "dueño del país", o aspirante a serlo. Un dueño del país que, por supuesto, podría dividir su tiempo entre coqueteos con el State Department y agradables charlas con Fidel: estaría en su derecho, faltaba más. Aquí el espectro político era otra cosa: una especie de cacofonía de populismos rivales, todos "de los pobres", por supuesto, y bien surtidos de camisetas cazavotos.

Fast forward. Ayer, en una clase universitaria, descubrí casualmente que tras ocho años de correísmo, más de la mitad de los estudiantes no tenían la más remota idea de lo que significaba "derecha" o "izquierda" en política. Hasta un alumno se aventuró a declarar que "la izquierda" se componía de gente "que no quiere que las cosas cambien". Hice lo que pude en aquel momento: la Revolución Francesa, la Asamblea Nacional, Cazalés y Mirabeau, etcétera; "el Espectro Político", cortesía de Wikipedia, con algunas alternativas propuestas: el tiempo no me daba para entrar en Karl Marx, en el estalinismo, en el bipartidismo anglosajón ni en la Religious Right estadounidense. Pero no es sólo falta de tiempo: el profesor no puede evitar de notar las expresiones de indiferencia tras esa fachada de cortesía. No hemos venido para aprender sobre política, mister: saber de derechas y de izquierdas no nos va a dar puntos en ningún examen, ni nos va a conseguir pasantías, entrevistas ni empleos. Bien, pensé: tal vez con todo tienen algo de razón. Por lo menos así tendrán que ir siempre con el ojo puesto en el dato revelador, en la promesa electoral específica, y no van a caer en la trituradora simplificadora de las ideologías. ("Votemos a éstos, que son por la familia... ea, ¿qué son estos Boncentration Bamps?")

Hace un año, en El Telégrafo empezaron a multiplicarse los artículos sobre populismo, que obedecían a una agenda bastante transparente: dotar la palabra populista de connotaciones positivas, frente a las críticas sectarias, que decían que una férrea oposición al aborto y al matrimonio homosexual, o una estrategia de cínica Realpolitik frente al tema Yasuni, mal casaban con los principios tradicionales de la izquierda, y constituían una capitulación al prejuicio popular. Lo nuestro, decían, no es la izquierda tradicional, es una nueva izquierda autóctona que, si le quieres poner una etiqueta, neopopulista no nos desagrada en absoluto. Últimamente, sin embargo, los artículos sobre ese nuevo populismo "diferente" han desaparecido, y de nuevo, estamos con una pasarela inacabable de coqueterías, estilo Lunes Sexy, en torno al mismo concepto de izquierda.

Resumiendo: Alianza País es, ¡claro que sí!, de izquierda. (¡Tremenda Barba Carajo!) Pero no nos sentimos en deuda ni con Marx (salvo por el peinado), ni con las corrientes de izquierda de otros países: ni siquiera estamos dispuestos a mandarle a casa de la verga al capitalismo.... todavía. Somos de izquierda porque queremos serlo, punto. O en formulación de Alfredo Vera:

cada cual tiene derecho a conceptuarse como izquierdista, si esa es su voluntad.

No podría estar más de acuerdo. Lo mismo que cada cual, si quiere, tiene derecho a imaginarse Emperador del difunto Imperio Austrohúngaro, si quiere: ¿por qué no? (Ojo: yo llegué primero.) Pero resulta que hay una excepción. Todo el mundo tendrá derecho a llamarse de izquierda, si quiere, excepto si su nombre es Álvaro Noboa. Ése no podrá nunca, jamás, ser de izquierdas, porque:

La diferencia externa entre derecha e izquierda tiene lo que hoy se llama ‘líneas rojas’ que no pueden ser pisadas por uno u otro y esas líneas son, para identificar a la derecha: racismo, discrimen, fanatismo, prepotencia, individualismo, capitalismo, voracidad, menosprecio, odio; a diferencia de la izquierda que promueve: solidaridad, justicia, integración, patriotismo, equidad, elementos  que tienen matices e intensidad, herencia de las revoluciones bolchevique, cubana, china, vietnamita, y las luchas contra las dictaduras y por la independencia.

Como fenómeno social, la derecha ha producido imperialismo, fascismo, nazismo, franquismo, pinochetismo,  invasiones,  dictaduras, campos de concentración; y, en contraste, la izquierda ha propiciado cambios sociales, nacionalismos, revoluciones sociales, rescate de las soberanías.

Fue al leer estos párrafos que, cuando pude sobreponerme de las inevitables carcajadas, me di cuenta que aquí teníamos una auténtica joya. Seguramente no se da cuenta, pero con esa letanía de cualidades, es imposible ver en Alianza País otra cosa que una manifestación de la derecha más pura que se pueda concebir. A saber:

racismo. Dejando de lado el artículo del Telégrafo, diario oficialista, referenciado aquí, el más abiertamente racista que he visto en la prensa de este país en 10 años... sólo recordemos que las leyes de este país explícitamente prohíben que un extranjero como yo sea dueño de un negocio (aun en el supuesto de que tuviera capital para ello): estipulación que parece calcada de la Alemania de los años treinta. Gracias, AP, de parte de un humilde extranjero que por serlo, siempre será menos que ustedes.
discrimen. ¿Para cuándo el matrimonio gay? Miren, hasta en el R.hU., país retrógrado y conservador donde los haya, y con un gobierno conservador, ahora se puede casar Elton J. ¿Entonces?
fanatismo. El Telégrafo, passim.
prepotencia. Un nombre: Rafael Correa. ¿Alguien lo duda?
capitalismo. Que yo sepa, Ecuador sigue siendo un país con economía capitalista. Cuando a alguien se le ocurra una idea mejor, avísenme.
voracidad. ¿La de un señor que va por la vida exigiendo millonarias indemnizaciones a quienquiera ose criticarle?
menosprecio, odio. De nuevo, el nombre de Rafael Correa es el primero que viene a la mente, como asociación de ideas, con estas palabras. En 53 años de vida en varios países creo que nunca he visto a un señor que menosprecie y que odie a tantas personas por tantas y tan variopintas razones. Pero hagamos aquí un pequeño inciso: ¿tiene a mano el sobrecito ése al lado de la salsa de ají "Indio Bravo"? Abra, por favor, y léame su respuesta a la pregunta 2. Muy bien. Según usted, para saber si a un columnista de un diario le tiene enfermo el odio hacia un determinado grupo de personas, hay que ver lo que dice sobre esas personas, ¿eso era? Pues imaginemos, por ejemplo, que las acuse de ser racistas, discriminatorias, fanáticos, prepotentes, voraces, y propensos a fomentar o a apoyar sanguinarias dictaduras. ¿No les parece que en tal caso, podremos razonablemente concluir que a nuestro columnista le tiene consumido el odio? ¿Será que el mismo Alfredo Vera es un representante de la derecha quintacolumnista?

No, no quiero dar a entender en serio que AP sea una agrupación de derecha. Pero si no lo es, no será por las razones infantiles que enumera Alfredo Vera. Lo que sí demuestran estos párrafos es el por qué de tanta coquetería, de tanto nerviosismo, de tanta vana elucubración oficialista en torno al concepto ése de "izquierda". Es sencillamente por el deseo natural (supongo) en todo ser humano de ser, o por lo menos aparentar ser, buena gente. Y es que resulta que a través de los múltiples filtros osmóticos del dumbing-down cultural, a las personas como Alfredo Vera se les ha colado una visión del espectro político de chiste o de tebeo, según el cual el izquierdista es el bueno de la película, es el superhéroe de bandera en pecho, y el derechista es ese villano gordo, repulsivo, de facciones crueles y bigote encerado, que acaricia a su gato persa mientras conspira para esclavizar a la humanidad y convertir a todos los días en lunes.

Y no le da pausa siquiera el pensar que la persona que más seres humanos ha asesinado y torturado en toda la historia de la humanidad (por no hablar de invasiones y gulags) no solamente fue hombre de izquierdas, sino que durante muchas décadas fue el primer referente internacional, el modelo, vaya, de lo que significaba ser "de izquierdas". Será porque los gatos persa no le decían nada, a menos que se los sirvieran en fricasé.

De veras, creo que a Vera le hace falta alguna lección de historia. O si no, que me explique como ese tal Carlos Marx a quien menciona en su segundo párrafo consiguió que su pensamiento haya sido referente de izquierda "desde 1800", cuando el tipejo en cuestión nació en el 1818. Linda hazaña, de verdad, eso de "ser referente" hasta 18 años antes de nacer. Pero bastante más curioso es el hecho de que se acuerda de las dictaduras de Hitler, de Franco y de Pinochet, pero se olvida de las de Mao, de Stalin, de Pol Pot, de Fidel Castro, de Kim Il-Sung, de Muammar Gaddafi, y ese largo etcétera que constituye el currículum de infamias de "la izquierda" a escala internacional. Y si yo sí las menciono, no es en son de contraataque, de tu quoque, pues al no identificarme con ninguna "derecha", no entra en mi agenda exculpar a ningún criminal contra la humanidad, como lo fueron todos los mencionados de lado y lado, y muchos que no se mencionaron: Somoza, Videla, Batiste...: es porque, aunque Vera no lo sepa, hay una solución a esto. No es necesario que la humanidad siga agarrándose de alguno de los dos extremos del dichoso espectro, odiando a la mitad menos uno de la humanidad por ser del otro extremo, e instaurando dictaduras de uno u otro signo para vengarse de ellos.

Y esa solución, en mi humilde opinión, estriba en ese único pecado que, en la lista del Sr. Vera, no pude achacar a la tendencia que él defiende y representa: el individualismo. Por supuesto que ni Correa, ni Alianza País, ni él mismo, nada tienen que ver con el individualismo. En lugar de reconocer igualitariamente el valor de cada persona como individuo (el verdadero significado de individualismo: ojo, nada tiene que ver con el egoísmo, de hecho, es su antónimo), lo que se reconoce es el valor de un solo hombre (el Presidente) que en su propia y majestuosa persona reúne y resume un colectivo, la Nación o Patria o Pueblo, digno de toda alabanza, de toda lealtad, de todo sacrificio y de toda ligera modificación en la Constitución, por parte de esas insignificantes hormigas que supuestamente constituyen la tal mística entidad de marras. Este fenómeno se llama culto a la personalidad, y ha sido, afortunadamente, objeto de detenidos estudios dentro de la ciencia política, suficiente para que reconozcamos sus síntomas más evidentes. Aun así, confieso que me cogió por sorpresa enterarme de que a partir de determinado momento se prohibía la utilización de ninguna imagen de Su Majestad que no fuera previamente aprobada por la burocracia estatal, y convenientemente bordeada con "pan de oro o similar" (I'm not making this up), evitando asimismo "reflejos" y "contaminaciones visuales"... vamos, un tratamiento que ni para el Redentor de la Humanidad, ése que nos ofrece desde su inofensivo pecho frutilla de a dos dólares en los autobuses de la Reina del Camino al Cementerio, se suele estipular.

En fin. Creo que hasta el Sr Vera convendrá en que difícilmente se puede conjugar el individualismo con el racismo, el menosprecio, el fascismo o el nazismo (dos corrientes políticas que, dicho sea de paso, nacieron de la izquierda y para muchos estudiosos nunca migraron de ella: no por nada el partido del Canciller Hitler se llamaba "nacionalsocialista", y Mussolini declaraba que "era socialista para siempre y de allí nunca se movería"). Y ello es así porque, por definición, el individualista valora a todo individuo como un fin en sí y no como un medio: por tanto, nada, ningún "bien común", Patria ni destino místico del Pueblo justifica para él la menor ofensa a la inviolabilidad y la integridad de un ser humano.

Es decir (y volviendo a la pregunta 1, al lado del Indio Bravo), al parecer nos podemos olvidar del espectro político derecha/izquierda, sin que nos salgan graduados tontos y carreteras resbalosas, pues en la práctica, tanto los unos como los otros, derechosos e izquierdosos, son idénticamente hijos de la grandísima, cuando se les da cuerda, y auténticos angelitos cuando no; en cambio, lo que no nos conviene olvidar nunca es ese otro espectro, el que separa por un lado las personas respetuosas de los derechos ajenos, y por el otro, las que iluminadas por su gran Visión, su Ideología, su Volk, su Reich, su Führer, su Carlos Marx, su Patria Altiva, o lo que sea, se sienten con derecho de orinar sobre ti y toda tu estirpe, por el Bien Común, claro está. En ese extremo encontrarás a todos los que de su izquierdismo o derechismo hacen una cuestión de honor. Dios nos libre de sentir algún día su frío aliento en nuestra nuca, o su amenazadora patada en nuestra puerta a medianoche.


domingo, 30 de marzo de 2014

Venezuela: you're both right, children!

Cuenta la historia que un monje budista, de ésos que andan descalzos por el mundo diciendo pendejadas, iba por un camino solitario un día, cuando en ésas se le presenta una mujer, que le pregunta muy respetuosa ella: maestro, ¿cómo puedo conseguir la fortaleza espiritual?

El maestro le mira con ojos de gran sabiduría, y responde: ¡ambos tienen razón, niños! Puedes comerlo, ¡y también puedes limpiar el piso con él!

Ahí termina la historia en su versión oficial. Hay una especie de coda o posdata de dudosa procedencia, que alarga así la historia:

Unos dos minutos después, el monje seguía su camino, cuando en ésas se le aparece la misma mujer, que al parecer viene corriendo atrás de la bicicleta del maestro. Cuando consigue atraparlo, la mujer, jadeando y sudando, le dice: maestro, lo siento, no entendí su última respuesta, eso de que puedo limpiar el piso con no sé qué. ¿Puede explicarme lo que significa?

El maestro le mira con ojos de inmensa compasión y ternura, y responde: La coherencia está sobrevalorada.

Bueno.

No sé si entiendo la segunda respuesta del maestro, ni que me vaya a servir para algo. Pero la primera me viene a cuenta siempre que se trata de las protestas en Venezuela. Resumiendo, hay dos versiones, quiero decir, dos maneras autorizadas de procesar lo que sucede ahora en ese país:

1. (Versión Weisbrot/El Telégrafo/Canal Sur, digamos) Desde 1999 hasta el presente se ha reducido significativamente la pobreza y el analfabetismo en Venezuela. Las Misiones han conseguido dar cobertura sanitaria básica a miles de personas que antes no tenían acceso a cuidado sanitario alguno. El índice Gini, esplendoroso. Las protestas involucran mayormente a gente de clase media, media-alta, alta. En los barrios pobres no hay barricadas. La mayoría de venezolanos votaron por Maduro, quieren mantener vivo el legado de Chávez. La oposición, por mucho ruido que hagan, no tienen cómo ganar limpiamente unas elecciones nacionales, y lo saben. Hay algún que otro GNB muerto, al parecer, a manos de "opositores": no toda la violencia viene de las fuerzas del orden. Los opositores quieren derribar un gobierno electo por votación mayoritaria, o sea, "democráticamente". La CIA hace lo que puede para atizar las llamas del descontento.

2. (Versión CIA/medios corrugtos/poderes fícticos/los de siempre) Los indicadores económicos están caídos del escritorio. Inflación rampante. Escasez de alimentos básicos, de jabón, de papel higiénico (¿qué pasó con ese plan de enviar ejemplares sobrantes del Telégrafo a ese maltrecho país?). Récord de homicidios. El presidente, Nicolás Maduro, padece a todas luces una extraña sicosis con preocupantes alucinaciones visuales y auditivas. En Venezuela no hay libertad de prensa, ni libertad de expresión: se encarcela rutinariamente a opositores pacíficos bajo pretextos infantiles, se cierran medios. Se "gobierna" a decretazo limpio, se expropia, se persigue desde la tambaleante institucionalidad oscuras venganzas y vendettas por parte de la nueva élite del país, la llamada boliburguesía. No hay indicio alguno de involucramiento de "extrema derecha" en protestas. Al carecer de Estado de Derecho y libertad de prensa, las elecciones no son libres. Muchas cosas benignas han empezado con griterío callejero y cacerolazos.

Bueno. Puestas así las cosas, mi única y dudosa contribución a este debate, si así se puede llamar (en serio: ahora lo in es debatir con los audífonos puestos, escuchando el 1812 Overture o a Deep Purple, sin enterarse de nada de lo que dice el adversario) es la misma del monje ése: puedes comerlo y ¡también limpiar el piso con él! O sea que porque un conjunto de datos te parece persuasivo, no tienes por qué rechazar el otro conjunto, a menos que haya alguna discrepancia entre los dos, cosa que en el citado caso no aplica. Yo no puedo asegurar que todo el contenido de las exposiciones 1 y 2 sea verdad, solamente que se trata de informaciones que gozan de una amplia aceptación periodística y parecen creíbles, y no exhiben discrepancia alguna. Por tanto, yo no tengo mayores dificultades en aceptar que Maduro goza de una lealtad mayoritaria entre la población venezolana, sin que por ello mismo me sienta obligado a rechazar con un ¡vade retro, Satanás! toda información tendiente a insinuar que el señor en cuestión es un patético lacayo del chavismo, de nula solvencia intelectual ni ética, un mirmidón catapultado por caprichos del destino a un inmerecido y peligroso protagonismo. (Tampoco rechazo como chisme insustancial el dato, al parecer certero y contrastado, de que el tipo está como una chota, hasta tal punto que cree que los seres humanos muertos pueden materializarse, con las facultades intelectuales y comunicativas intactas, en forma de pajarracos: cosa que dicha por Bush, le hubiera valido una película entera a Michael Moore.) En cuanto a las elecciones en aquel país, las posibilidades de un fraude son las mismas que para cualquier otro país del subcontinente, me imagino, y ahí me quedo: no me causa ninguna dificultad ni me resulta embarazoso admitir que, con o sin fraude, probablemente una mayoría votó y seguirá votando por el chavismo, sin que por ello me siente obligado a "apoyarle" a esa tendencia por esa razón.

En fin: como decían los periodistas de antaño, los datos son sagrados, las interpretaciones son a tres ó cuatro el centavo.

Y ahí viene mi impaciencia (ver post anterior) con los ideólogos. Con esta palabra me refiero a ese tipo de persona que, cuando escucha que se acaba de defenestrar a un alcalde, y con el pensamiento equivocado de que será alguno de Venezuela, pone el grito en el cielo: ¡si el alcalde ése fue electo democráticamente! ¡Cómo se atreven...! Luego resulta que es uno de Colombia, y ex terrorista por más señas, y de repente todo está bien. (La anécdota está sacada de una de mis clases: evidentemente, funciona igual al revés.) O bien: un hombre que antes de ser presidente, le parece requetebién que se salga a la calle para derrocar un gobierno, pero que ahora, al tener gobierno propio, se le antoja toda protesta callejera obra del diablo (o de la CIA, que es lo mismo); ahora, de repente resulta que desestabilizar gobiernos es pasatiempo de traidores, rufianes, fascistas, y lo peor de lo peor, "gente de fuera". Lo que sucede en estos casos es que, para la persona en cuestión, lo sagrado es la interpretación, la opinión, la ideología; y los datos, bueno, los que no me agradan tienen que ser falsos, inventados, no contrastados, propaganda del enemigo. Que la realidad no venga a estorbar la perfecta simetría de mis opiniones: la coherencia, tampoco. A la información enemiga pongámosle fantasiosos peros: pero ¡la inflación y la escasez es obra de la CIA, de la oligarquía, del capital internacional! Lo que también le sucede, y creo que aquí llegamos a una identificación virológica profunda de las ideologías: esa persona, pobrecillo, cree en las mayorías, cree en "el pueblo", esa problemática entidad cruelmente diseccionada por, entre otros, Margaret Canovan. Inspira compasión el lama sabachthani de ese "sufridor" que contempla, impotente, cómo esa vox populi se obstina en no darle la razón en todo, en birlarle esa victoria aplastante, ese despiadado triunfo sobre los enemigos, con que sueña todas las noches. Según latitud y época, "sufridores" hay de todos los colores: el mito del "pueblo" que "se pronuncia" a través de "las urnas" parece que seduce por igual a ambos lados de la carretera.

Mujer, no conseguirás nunca esa fortaleza espiritual creyendo que la mayoría vale más que tú misma. Y que esa mayoría de mayorías, "el pueblo" es la voz de Dios.  ¿Quieres un poco de realidad? Allá va:

Un colectivo (conjunto de personas) no puede pensar, ni sentir, ni opinar, ni favorecer, ni aborrecer, ni creer, ni "pronunciarse" en ningún sentido. Todos esos actos pertenecen a los individuos, que se suponen seres conscientes, pero cuya conciencia se diluye y de disuelve, al parecer, en contacto con esa misma colectividad, en sus habituales manifestaciones, como gota de sangre en las turbias aguas del diluvio. Esa licencia lingüística que nos permite referirnos a los colectivos como si tuvieran pensamiento propio nace de nuestra propia deformación psíquica congénita, la superstición tribal que en alguna época, selva o estepa remota desarrollamos como fuerza socializadora, la misma que nos hace ver en una cara anciana la "sabiduría" de un "pueblo" y no la demencia senil de un individuo admirable y decentemente sobrellevada; la misma que embebe sus primeras nociones de "la sociedad" a través de los reproches y castigos de mamá. El populismo intenta instrumentalizar al servicio de una casta de exitosos parásitos las culpas atávicas, los miedos, el deseo de "pertenecer" para así redimirnos de la culpa primordial ("egoísmo", v.gr.), mediante sofisticadas estrategias de mercadotecnia, donde poco importa si el Pueblo ideal tenga trenzas rubias, esvásticas, hoz y martillo, media luna o boina roja, con tal de que sea, a diferencia de tú y yo, inocente.

En realidad, para inocentes siempre hacen falta, a fin de cuentas, actores.

Mujer, te ves muy linda, pero para inocente, nunca darás la talla. Ese guión no es para ti.

La inteligencia, para el político, es ese duende en la máquina que lo estropea todo. A cualquier lado del espectro político, el votante ideal se concibe de esta manera:


En serio: puedes leerte las columnas de opinión del Telégrafo durante todo un mes sin encontrar en ellas referencia alguna a una humanidad que en algo sustancial se distingue de una rata: para lo único que sirves es para votar (apoyar la barrita), "disputar el poder" (pelearte con las demás ratas por ese trocito de queso), "depositar tu confianza" (meterte en la trampa), y discriminar a duras penas entre cuento que se come y cuento que ya no. El Buen Vivir se concibe como nirvana de lobotomizados, como pasto donde Schafer können sicher weiden. Todo lo que te distingue como humano, para ellos es problemático: le colocan encima, provisionalmente, la etiqueta de "cultura", le dedican tolerancia y un ministerio (para el político de hoy, todo problema se resuelve con un ministerio) y adoptan el voto piadoso de intentar entender eso de "la cultura" cuando haya tiempo: en todo caso, por si las moscas, mejor que inventemos nuestra propia "cultura", a la que pongámosle nombre, algo así como cultura tributaria, o sea, de esclavitud, y con suerte, con los años llegará a arrasar tanto como Mozart o Justin Bieber.

El miedo ése, tan pintoresco y tan extraño, a la desestabilización, esa paranoia con la que chocó Bonil y tantos otros, viene de un temor atávico y religioso a la multitud desenfrenada, desliderada, esa horda dotada de un inmenso poder destructivo: el demócrata si a algo le tiene miedo es a la demos.

¿Por qué será?

Lo dije aquí hace tiempo, pero para los recién llegados: googleen nomás Milgram Experiment. ¿Ya? Pues ahí lo tienes: las personas son, en su mayoría, decentes: al torturarle a otro ser humano se les sudan las manos, se ríen (no malinterpretes: es la misma risa histérica que en A Hanging, la mismita), tosen, tiemblan, hasta lloran. Lo que no es decente es la reacción química entre ese 65% y la autoridad, quien, lejos de ser "un dictador", es simplemente un tipo con bata blanca, incipiente calvicie, y lentes que se le caen por la punta de la nariz. No, no lleva gafas ni atuendo militar atiborrado de falsas medallas: eso era antes. Hemos evolucionado. Autoridad ahora se llama liderazgo: si se te sale la vena poética, también puedes llamarle dote de mando, visión, pastorazgo de pueblos, carisma, corazón ardiente por La Patria. La cuestión es ésta: ahora sabemos, con una certeza científica, que siempre, en todo lugar y en todo país y en toda comunidad, entre un 61 y un 66% de personas estarían dispuestas a torturarte, enviarte a La Peni o a las cámaras de gas, en fin, lo que diga La Autoridad, que seguramente con esa voz arrulladora que le caracteriza lo justificará diciendo que eres judío, o hereje, o pelucón, o apátrida, o pitiyanqui, pero no importa: la cuestión es que él representa La Sociedad, el Pueblo, esa cosa mística que impide que nos devoremos y nos matemos en los semáforos. ¿Lo quieres más crudo? La mayoría te mataría sin razón alguna, ni buena ni mala, si alguien "respetable", un político pongamos por caso, se lo pidiera y le dedicara, acaso, una cadena del gobierno. Sólo hace falta que diga que es por la Patria, que es para que el experimento se concluya exitosamente, que es para el Bien Común, o que así son las reglas, yo no las inventé, antes era peor. Lo único que el sujeto, tu futuro torturador, necesitaría ver y comprobar, tal vez, es esa mariconada de banda o faja que reza "Mi Poder en la Constitución" (probablemente le bastará con las primeras dos palabras). Eso es todo. I rest my case.

Y ¿cuál es mi caso? Pues simplemente, que el día en que yo me despierte y vea que mi punto de vista es mayoritario, y que ahora hay un gobierno, aquí o en Venezuela o en cualquier parte, que me representa, me moriré de la tristeza y de la vergüenza. Significará que, a fin de cuentas, estoy con ese 61-66%, o buena parte de ellos. Y no quiero estar ahí, con los torturadores de manos limpias. No quiero "vencer", ni que venzan "los míos". No quiero estar ahí.

Por eso es porque quiero, no que el pueblo venezolano siga votando por Maduro, sino que siga votando, genéricamente, por imbéciles: de no hacerlo, tendría que repensar más de la mitad de este post, y tal vez incluso cambiar de color de medias y quitarme la mugre de las uñas. No entiendo a los que creen que la política es como un partido de fútbol y que ganar unas elecciones es como que tu equipo vence por goleada. (Correa: "volveremos a ganarles cinco a cero".) Insisto: toda mayoría electoral se compone, por lo menos en parte y esa parte siempre es decisiva (you do the math), de torturadores sumisos en estado larval. Toda. Es más: la pregunta clave de toda elección viene a ser: ¿nos concedes licencia para hacer esas cosas desagradables a las que tú, por tu cuenta, nunca te atreverías? Si eres así de cobarde y de poca cosa, ¡vota por nosotros!

Así que, mujer, por mí puedes decir en voz alta lo que siempre has pensado: el pueblo es un soberano imbécil, y quienes van detrás de él, exigiéndole respuestas y coherencia y entregándole poderes, tres cuartos de lo mismo. Lo que se necesita, acá y en Venezuela y un peu partout, no es oposición política, sino oposición a la política: decencia le decían en mis míticas juventudes, personalidad, individualidad, inteligencia, cultura. Se necesita gente que no quiere formar parte de nada. Quien no quiere formar parte de nada difícilmente decapitaría a un motociclista con un alambre. Tampoco intentaría encarcelar a un sujeto por decir la verdad. Puede que seamos un poco fascistas y que nos caigamos del peso de los fajos de billetes que nos entrega la CIA, pero no llegamos a tanto. Vamos, creo que no.

"Pero alguien tiene que gobernar, y siendo así, es mejor que ese alguien sea...". Falso. Si tuviste una niñez horripilante, una familia disfuncional, una mamá tirana, lo siento por ti. Pero hay otras maneras de relacionarse y de tomar decisiones. Para la mayoría de tus decisiones, y todas las importantes, ni hace falta que nadie más se entere. Y si a estas alturas, todavía, alguien te tiene que gobernar a ti, pues creo que te equivocaste de material de lectura, que esto de acá es para adultos. Te sugiero Mein Kampf: linda cosa, en serio, los gobernantes o con vocación de serlo. Ya lo verás.

(Ah: y el índice Gini no luce en ningún lugar tan redondo y esplendoroso como en el cementerio. Ahí sí, no hay desigualdades que valgan.)

Les dejo con una de esas mujeres que, como la Sara Palin (soy un pervertido, en serio) me hace soñar con que estoy atado a la cama, desnudo, y ella me echa encima, con risas burlonas y vestida con ligueros y sombrero de pirata, el contenido de varias latas de Ambrosia Rice Pudding.

jueves, 20 de marzo de 2014

Joyas en la basura

Estoy harto de referenciarlo: Robin Williams, la tapa de botella de champán, ya saben.

Qué quieren que diga: soy producto de los setenta. La generación que fue colilla infumable del baby boom. Haber nacido tan sólo diez años antes, para tener una adolescencia al son de los Beatles, los Stones, y Bacharach. En lugar de lo cual, esto:



Salió cuando yo tenía 12 años. A esa edad ya era un viejo pervertido (apenas había dejado los pañales, ya estaba viendo a la Rigg en los Avengers) pero aunque las dos daban peligrosas patadas, esto para mí era nuevo. Sabía que la música era horrible, pero ¿y qué? Ella era adorable. (En realidad, pasaron años antes que me molesté en escuchar la letra para descubrir que a diferencia de lo que había supuesto, sí significaba algo. Aunque sigo sin entender lo del "teenage tiramisú".) Me complace decirles que ella ha envejecido con excepcional gracia. La cara (con esos deliciosos mofletes) no miente, ella siempre fue una dama y yo sigo dispuesto a matar dragones, bueno, cucarachas pongamos, en su honor. Pero sigamos con la basura: es un tema en que me siento a gusto. Cuestión, ya digo, de generación.



¿Vieron algo más patético? Connolly siempre fue, pero al final incluso se le ve, un vikingo. Sólo que ahora es un vikingo con 13 paros cardíacos a cuestas, condenado a tocar en el Butlins de Bognor Regis, digamos un poco más downmarket que algún salón entre las friterías de Durán. Y aun así, y con una gastritis que ni Mozart consigue curarle, saca fuerzas de flaqueza y adelante. No sé si esa especie de valentía ha muerto. No parece casar mucho con este siglo (él morirá en el 2011). Mucho más actual luce el compositor, Chinnichap, que fue más astuto que los músicos e invirtió en una buena dentadura, tipo americano. Sigamos con la basura:



El glam (Bolan, Bowie, Alice Cooper, éstos, Glitter, Slade supongo, tal vez Wizzard y Mud) fue un fenómeno tal vez irrepetible. Una pena, se me ocurre, para las chicas. En aquel entonces, podías tener como ídolo, no a un pequeño y saborío narcisista títere de los asesores de imagen, sino a un grandísimo tipo loco a quien no le importaba ponerse el doble de maquillaje que tú y llevar el amaneramiento a un reductio ad absurdum que, a fin de cuentas, demuestra hombría a prueba de cañón (cualquier chica adolescente sabe, por instinto, que hay que tener huevos para aparentar tan garbosamente no tenerlos: cosa que el típico coetáneo macho secular, que con su kipper tie cree romper suficientes moldes por hoy, nunca consigue entender).

Luego vino esto:




El glam por fin se volvió inteligente, y con eso, se autoinmoló, y fue el turno del punk.

martes, 18 de marzo de 2014

¡Que viene la derecha!

Tranquilos: no quisiera para nada interrumpir su orgía de complaciente autofelicitación. Me imagino que debe ser la mar de agradable sentirse miembro de una casta superior, en este caso "la Izquierda", superior no tanto en riquezas (aunque déjales ir) como en virtud moral, en bondad y solidaridad y tierna simpatía hacia el prójimo. Todas aquellas cosas que le faltan a "la Derecha", que como sabemos consiste mayormente en gente egoista, malévola, corrupta y amoral. Esto, sin hablar de la inteligencia, atributo que se encuentra muy extendida entre personas de izquierdas (hasta el punto que son capaces incluso de entender una columna de Orlando Pérez), mientras que el derechista, casi por definición, es un cretino. Repito: no quisiera para nada cuestionar tales verdades evidentes. ¿Quién iba a querer orinar sobre unas papas fritas tan suculentas? Lo mío no es irrumpir en las fiestas, peor aguarlas. No. Lo que yo hago en las fiestas, desde una edad muy temprana, es simplemente evitarlas: y cuando no puedo hacer eso, refugiarme en el vomitorium.

Cuando digo vomitorium, no es en el sentido prístino románico de un lugar que vomita gente; sino en el moderno, es decir, un lugar donde la gente vomita. En la típica fiesta casera, puede ser el cuarto de baño con su gran teléfono blanco dotado de conexión permanente con el bueno de Hughie; en fiestas más grandes, ésas a las que un servidor puede ser invitado por error o inercia de sistema, se trataría más bien de un pasillo estrecho, algo tenebroso, con gran presencia entomológica, alguna telaraña, y una luz tenue que desborda por una ventanita alta, la de la cocina tal vez. Allí hay ronroneo de máquinas de aire acondicionado, o bien (según latitud) simple lluvia; en todo caso, hay algún ruido nocturno propio del lugar que, mezclado con las ráfagas de barullo lejano que provienen del interior del edificio, predispone a la higiene gástrica, o sea al acto emético, llevado a cabo de una manera paciente y reflexiva. Pues bien: mi prioridad inicial al llegar a cualquier fiesta es encontrar ese lugar, el refugio de afuera, adonde uno se dirige cuando quiere fumar, vomitar sobre las flores, respirar aire fresco, o simplemente cuando se ha hartado de tanta gente, de tanto maquillaje y maquillarse.

Es con el tiempo que uno se da cuenta de que, hasta en el vomitorium, uno nunca está completamente a solas.

Ahí está, por ejemplo, en las sombras, J. Alfred Prufrock, aunque nunca me atreví a abordarle: con el tiempo uno aprende a reconocerle por su peinado, y por las bastas de su pantalón. Eliot no lo dice, pero el tipo fuma como chimenea. De hecho, casi todos lo hacemos allá afuera. Y es que eso de tornarse siervo de Philip Morris, eso de irse matando poco a poco, no es muy de izquierdas, por lo menos hoy en día. Allá dentro sería muy mal visto. Lo que sí es es de gente gente. En serio: del edificio en llamas donde no conozco a nadie, yo siempre salvaría al fumador (el que probablemente sin querer originó el incendio) sobre la base de que, estadísticamente, es mucho más alta la probabilidad de que sea buena gente. (Y si le parece irónico eso de salvar al que quiere morir, rumien esto: es casi una certeza que el día que finalmente aíslen y neutralicen el gen de la vejez y creen el primer ser humano inmortal, será el mismo día que el mundo se volverá tan espeluznantemente horrible que nadie en su sano juicio querrá vivir más allá de los cincuenta.) En fin: este artículo es para ellos: para mis compañeros de vomitorio. Para aquéllos que, sin encontrar razones por ser de los malos, ya se hartaron de ser de los buenos. Para los cansados de tanto odio y de tanto maniqueísmo. Para los que descubrieron que hay modo de dejar de ser títere sin desplomarse.

Lo que quiero decirles a estos compañeros es muy simple (y además, ya lo saben, así que habrá que meterle palabrería al asunto para que parezca menos obvio y redundante que lo que realmente es). Se puede, sí y sí, o mejor dicho, quizás y sí, ser de centro y sin ideología. ¿Por qué no? Empezando por la ideología: supongo que a estas alturas, cualquier ser humano medianamente culto sabe que la ideología (cualquier ideología) tiene la misma relación con las ideas que la astrología con los astros. Se selecciona unos cuantos (ideas o astros) sin ton ni son, basándose tal vez en un libro, o en la figura de unos peces que uno pretende vislumbrar allá, o en la simple falta de perspectiva: a continuación, se crea un "sistema", la mar de dodecafónico, que se pretende completo (abarca todo el año, todos los nacimientos, todos los seres humanos aunque vivan en un país cuyo capital no conoces), y finalmente, empiezas a ganarte la plata prediciendo el futuro y prejuzgando al prójimo, que siempre será menos que tú porque él sólo entiende la parte que le toca, mientras tú, con tu ideología, lo abarcas todo todito. Y lo último que tiene en común la astrología y la ideología: el cielo se ríe de ti. Tanto, que hay noches que ni levantarías la mirada.

Quiero decir que estrellas e ideas, siempre hay demasiadas como para destilar de ellas cualquier "sistema". Si no lo ves, es posible que sufras de intoxicación por ingesta de plomo. Enciérrate en el baño y revisa tus coliflores.

A veces, como profesor, me enerva y me desespera el tener alumnos que son (pretenden ser) del siglo veintiuno, sin haber pasado por el veinte. En otras partes de este blog dejé constancia de mi desazón ante el hecho palpable de que en este país, aún se puede ser "patriota" sin desentonar, incluso "patriota y de izquierdas", cosa que a mí me suena como "misógino feminista", es decir, que suena a boutade aunque cuando te lo piensas, ya no. Pues bien: al parecer, y siempre según el oráculo de Pérez, que como todo oráculo se expresa con toda la claridad de unas instrucciones para kit de mueblería IKEA traducidas del japonés por un disléxico con Tourette's, en este país también y aun a estas alturas se puede tener una ideología. Mejor aun: se debe. Si no tienes ideología es como si llevaras el cierre bajo, o como si fueras ateo, o cualquier monstruosidad por el estilo.

Es como si no acabáramos de pasar por el siglo veinte, el de los campos de exterminio levantados en altares a la ideología. Es como si aquí, los libros de historia se publicaran en blanco. Es como una pesadilla.

¿No sabrán estos alumnos, no sabrá ese tal Orlando Pérez, que acabamos de sobrevivir, milagrosamente se puede decir, a un siglo que fue el de las ideologías, las cuales entre ellas (socialismo, nacionalsocialismo, nacionalismo a secas, vide patriotismo) se encargaron de exterminar a más seres humanos en apenas 80 años que las religiones judeocristianas habían conseguido hacer en los precedentes 800? Pedirle una ideología a los invitados a tu fiesta es como decirles: trae tu machete. Lo que es yo, prefiero una botella. También puede ser arma, pero sólo para los carentes de imaginación. Tiene más usos.

Insisto: desde el Owenismo o Fourierismo hasta el presente, nunca se les ha demostrado más utilidad a las ideologías que la de crearse enemigos a quienes decapitar, invadir, robar, violar, incinerar. Si has encontrado por algún lugar una ideología que sirva para algo más que eso, cuéntamelo. En serio, me fascinaría saber de ella.

Hasta de las religiones se les puede sacar, y perdonar, algún himno medianamente bueno, algún cuadro del viejo Theotokopoulos, alguna misa en si menor de ya sabes quién. De las ideologías no se les conoce otro producto cultural que no sea el manual de odio, ése sí, imprescindible. Y todos esos manuales dicen exactamente lo mismo: la humanidad se divide entre Nosotros y Ellos. Y la humanidad de Ellos es, además, teoría no demostrada. Como hace mucho observó Voltaire: una religión en un país es tiranía, dos es baño de sangre, treinta es paz y armonía social. Las ideologías son inventos del dios muerte para perpetuar el baño de sangre, mediante el viejo recurso maniqueo. ¿A ti te parece que hay diversas clases sociales, otras tantas económicas, gran diversidad de religiones, de etnias, de lenguas, de puntos de vista, de modos de engullir cerveza o de lucir falda? Mentira. Sólo hay dos. Lo que hay es nosotros, versus el resto. Desde que se te ocurre eso, tienes dos opciones: o bien te haces tratar de un buen psicólogo, o bien te resignas a cargar, algunos por el resto de su vida, con una ideología, o sea, con una paranoia clínicamente tratable hecha inquebrantable sistema.

Objetarán: ideología es sólo coherencia. ¿Ensalzas incoherencia y contradicción? No. Ensalzo la madurez, también conocida como duda redentora. Verás: los viejos no servimos para mucho (eso de la "sabiduría" de los ancianos es cuento chino) pero sí, por lo menos, tenemos esto: al llegar a cierta edad, uno se levanta de la cama un día y, golpeándose la frente con la palma de la mano, dice: "¡claro! se puede ser a la vez perfectamente coherente y perfectamente equivocado". Cuando te das cuenta de eso, cambia tu percepción de los seres humanos. Donde antes la incoherencia te irritaba, ahora te inspira ternura o, llanamente, admiración, pues por fin te has dado cuenta de que el que lucha contra su propia coherencia, la que le atraviesa el corazón como estaca, lo hace porque el mismo le está llevando por el camino de la muerte. Hitchens decía que si era fácil que un hombre bueno haga cosas buenas y el malo, malas, para conseguir que un hombre bueno haga cosas malas necesitas algo extra: necesitas religión (otra suerte de coherencia). Religión o ideología, en fin. Cada uno tenemos nuestra coherencia propia, nuestro arreglo de ideas favorecidas que hemos dispuesto en nuestra cabeza como mueblería hogareña, nos acostumbramos a convivir con ellas, nos consuelan. Pero pensar que todo el mundo debe seguir tus propios criterios estéticos, fuera locura. Puedes tener la ideología que quieras, pero ¿imponérmela? ya no. Y el problema de las ideologías es que todas toditas vienen con esa clausula: esta ideología caduca en 15 días a menos que hayas conseguido imponérsela a otro ser humano mediante la persuasión o la fuerza. Las ideologías piden sangre, es su naturaleza. ¿Se puede vivir sin ellas? Afortunadamente, sí.

Te explico cómo. Si eres fumador y algo de decencia tienes, te habrás molestado en hacer la siguiente pesquisa en Google: ¿cuál es la distancia mínima que tienes que guardar para con otras personas en un espacio abierto para que tus partículas de humo se pierdan en la atmósfera circundante antes de llegar a ellas? Y a partir de ahí, guardas esa distancia (8m). Lo mismo aplica. Si te aflige cierta terrible coherencia, el mismo que te pide crear campos de exterminio para aquellas personas que no llevan tu misma camiseta, o por lo menos, levantar alrededor de ellos barreras de reglamentos, de leyes punitivas, de ladrones a sueldo con hombreras numeradas dispuestas a expropiar cuando el payaso de la boina roja te lo dice, simplemente buscas la distancia mínima que debes de guardar para que ese miasma que tú respiras a cada minuto no llegue a la nariz de tus semejantes, y mucho menos, a los estatutos. Guardando las formas, disfrazándote de persona decente, es como si lo fueras. Claro que tiene que haber una cultura que te lo aconseje.

Que haya personas sin decencia, carentes de ese instinto redentor que dice: lo que hay dentro de esa persona es insondable, tanto como lo que hay dentro de mí, no tengo derecho... pues sí, psicópatas. Pero no son tan numerosas. El resto, cuestión de dejarles cumplir ciertos años, los que hagan falta. La longevidad milita a favor de la sociedad.

Para psicópatas un botón. Aquí va Hegel (de quien nadie diría que no fue coherente):

Debe entenderse que todo el valor que posee el ser humano - toda realidad espiritual - posee solamente a través del Estado. ... Es su único modo de alcanzar la plena conciencia, su único modo de participar en la moralidad... Lo Universal solamente se encuentra en el Estado, en sus leyes, en sus arreglos universales y racionales. El Estado es la expresión de la Idea Divina en la tierra.

(La Filosofía de la Historia, 1831)

Y acá, un columnista cualquiera de El Telégrafo:

Ahora se tiene el poder del Estado, siendo gobierno, y a merced de las elecciones, pero el poder toma otros modos de ser y estar. No basta tener el poder del Estado sea central o de los territorios con los GAD. Se requiere otros niveles del poder social y comunal para llegar a disputar el poder de las estructuras y del propio sistema. A este nivel se llega con una poderosa organización popular. Así en las elecciones no se juega todo el capital político sino una parte sin llegar a poner en riesgo todo el modelo de una democracia participativa que debe llegar a ser radical. Sin ideología, sin militancia es muy difícil alcanzar un voto ideológico. Lo que se requiere es acelerar el paso hacia el poder popular sin quedar estancados en el poder del Estado.

Me vence el sueño, pero cuento siete "poderes", más una "poderosa": hasta en un escritor mediocre, tamaño basso ostinato garantiza patología galopante, incontrolada. ¿Piensas que lo que anhela este escritor es tener poder sobre, no sé, el tránsito en Quito, los cacas de perros en las urbanizaciones, los deshechos vertidos en el Estero Salado? A mí me parece que no. Esta copiosa y amarillenta baba que le surca el mentón viene inspirada por la idea de tener poder sobre ti. (Sobre mí, no tanto: los viejos moribundos propensos a la tos y a la bursitis no solemos inspirar grandes fantasías sexuales.) Antaño, le hubiera llamado la atención ese poder del Estado que ahora le parece llanamente insuficiente: ya se graduó, se inició, falta droga más fuerte. El problema de una democracia erigida sobre restos y recuerdos de un mítico Estado de Derecho es que a las personas, aun humillándoles, les deja con algo de dignidad residual. El ideólogo quiere verte en el potro, aullando, o en la alcantarilla, sangrando. Supongo que todos ustedes saben lo que significa "organización popular". Hablemos en cristiano: machetes, bates de beisbol, después algún que otro Parabellum, después algunos Kalashnikov. La sonrisa triunfadora del tipo ése, el de la mente preclara, que dirige las patadas desde la puerta. El modelo cubano o norcoreano, vaya. Eso que para nuestro querido Presidente es "otra forma de democracia".

Y  como no puede ser menos, como quien enseña orgullosamente la herida supurante que le distingue como individuo: "tengo una ideología". Y como toda ideología, quiere contagiarse. Quiere un "voto ideológico": el mismo que le acaban de birlar en las últimas elecciones, las del tránsito y de la caca de perro.

¿Aprenderemos a tiempo a desconfiar de estas personas, de estos ideólogos?

Tal vez sí, pero no estoy seguro de que lo consigamos diciendo que somos "del centro". El problema es que la misma expresión pertenece a una ideología: la del espectro político, que como todo espectro, se resiste a pasar a mejor vida. Ya sobran las demostraciones de que categorizar a las personas como "de derecha", "de izquierda" fuera esperpento aunque fuéramos chimpancés y no humanos. El problema es que con esto, todavía puedes armar brillantes fiestas. La creme de la creme. El Quito selecto: chusma no, por favor. Otro problema, que yo percaté jugando al rugby en el colegio: si estás en el centro, efectivamente duplicas las posibilidades de que la pelota llegue hacia ti, y con ella, la horda, las patadas, los benditos mamporros. Estar en el centro es como confesarse masoquista. Te van a agredir por las dos bandas. ¿Eso quieres? Yo, personalmente, paso.

Queda otra opción: la de salir al pasillo y vomitar.

Y lo único que te sorprenderá allá fuera es constatar cuántos somos, y que a diferencia de lo que dicen a nuestras espaldas, ninguno llevamos insignia nazi. El hastío, el asco ante el discurso irresponsable no lleva color, ni logotipo, ni siglas. Tal vez tiene edad. Voto a favor de la vejez. A mí me ha solucionado ya muchos quebraderos de cabeza.

Hagámonos viejos.