viernes, 12 de febrero de 2016

El Álgebra del Odio (3)

Los Comentarios de Victor (TM), pese a las apariencias, no es una cadena de restaurantes con fuerte presencia en los malls de Guayaquil, sino un fenómeno ocasional en este blog, muy agradecido por cierto, pues ayuda a mitigar en algo esa sensación que me persigue de estar hablando constantemente con la pared, máxime con alguna salamanquesa que ahí cerca guarda residencia. Si lo menciono en este apartado, es porque uno de esos comentarios me ha obligado a pensar el mi tema escogido, el odio, desde otro ángulo: el de la adaptación genética, o para aficionados a la jerga algo cínica de las discusiones en línea, el del evo-psych.

Consider the chimpanzees in the field. They toil not, neither do they spynne. Well, not much, anyways. But they do have a notable tendencie to duffe one another up. Go ye and do likewise.
    -- Every Holie Booke Ever Wryttenne, 9:11

Se ha cuestionado algunas veces los descubrimientos de that Jane Goodall tramp, pero para mí está más que suficientemente establecido: algunos primates (no todos) son especies tribales, y cuando se tiene una especie tribal en un entorno de limitados recursos, se establece a largo plazo la posibilidad de algo así como la masacre de Crow Creek. Clave en este tipo de comportamiento sería la capacidad de distinguir entre miembros de la propia tribu (aliados) y los de la tribu rival (enemigos), no solamente a efectos de evitar friendly fire, sino a efectos de encauzar hacia el enemigo esa saña despiadada cuyas consecuencias, en el caso Crow Creek, se observan en desmembramientos, despellejamientos, degollamientos, etcétera. De modo que tenemos desarrollada, ya de nacimiento, cierta sensibilidad hacia los marcadores tribales, los shibboleths, las señas de pertenencia y de no pertenencia a la tribu: pinturas, cabellos teñidos de achiote, vestimenta, acentos Estuary, camisetas de Emelec, todo tipo de fetiches.

Cuando nos topamos con un nuevo miembro de nuestra especie, en algún lugar recóndito del cerebro lo primero que preguntamos es: ¿Es de los míos, los nuestros, o por el contrario es de los otros? (Por ello, pequeño saltamontes: en las entrevistas de trabajo, monkey see, monkey do.) Si es de los nuestros, se activan todos los mecanismos psicológicos facilitadores de la vida en comunidad: sensibilidad hacia el rango y posicionamiento jerárquico del otro, conciencia de nuestro propio lugar en la jerarquía social, disposición positiva hacia la colaboración productiva, inclusive hacia el sacrificio personal, etcétera. Además, se posibilita esa empatía que permite conductas altruistas como el cuidado de niños y enfermos, la protección de hembras reproductoras, etcétera. En cambio, si es de los otros, es casi por definición un rival (en la competencia tribal por escasos recursos), un peligro. (Claro que dentro de la convivencia tribal también puede haber rivalidades, pero de otro tipo, generalmente sexual.) Ahora, no creo que la otredad constituya de por sí, frente a nuestros instintos, una invitación directa a la violencia asesina. (Por lo menos, espero que no.) Lo que creo que sí hace es poner en estado de alerta ciertos reflejos emocionales que, en caso de extrema necesidad, facilitaran al triunfo en singular combate: entre esos reflejos, pues los ya comentados: indignación, agresividad, y esa curiosa distorsión cognitiva que nos vuelve ciegos ante las cualidades humanas del otro, y que nos obliga a crear en nuestro bestiario mental una nueva especie provisional, el Homo inimicus, cuyas características son: egoísmo, astucia, engaño, criminalidad, perversión, asquerosidad. (Para mayores precisiones, consulten el artículo de opinión del Telégrafo más cercano, rubro "oposición", "neoliberales", "medios independientes" "banqueros", "los ricos", etcétera.)

El odio, entonces, no sería algo que sentimos automáticamente ante la presencia de un ser humano identificado como ajeno a nuestro grupo, sino aquello que estaríamos programados para sentir en caso de producirse un conflicto por recursos a nivel tribal con alguno de esos "otros". Es casi una perogrullada que donde no hay escasez, ni tampoco miedo a la inminente escasez, reina la tolerancia. Para crear odio, nada mejor que la penuria, el desempleo, el miedo al futuro: por lo que en tiempos de crisis, ojo con los energúmenos de extrema derecha (o extrema izquierda, de acuerdo con la Horseshoe Theory). Y en tiempos de lo que sea, ojo también con esa demagogia irresponsable que intenta socavar lo único que nos separa de la hambruna, el caos, e odio generalizado, el conflicto fratricida y el genocidio: ese conjunto de mecanismos de asignación de recursos de que dependemos a diario para sentirnos más o menos seguros y en paz con nuestros prójimos - o sea, el mercado. (Diferente fuera si esa gente tuviera algo mejor que ofrecer en su lugar: pero los enemigos del mercado generalmente se dividen en dos grupos: los que no saben lo que quieren, sólo que no quieren eso, y los propulsores de la "planificación desde arriba", o sea, la tiranía, clase de sistema de cuyas capacidades para dirigir la economía de un país ya tenemos noticias, gracias. Y perdonen la divagación.)

Cuando uno se baña en las aguas del evo-psych, generalmente al reunirse con sus compañeros acostumbra ver narices fruncidas. ¡Uy, qué peste a adaptaciones evolutivas traes por aquí! Si esos compañeros son un poco izquierdosos, y un poco pilas, también escuchará reproches: Ya está bien de tratar a las personas como paleolíticos. Ya dejamos atrás el Homo erectus, actualízate, somos seres pavlovianamente civilizados, la naturaleza humana es cuento infantil, lo importante es el acondicionamiento social. Y de cierto modo estoy de acuerdo... hasta cierto punto. No tan de acuerdo como para no darme cuenta de que cada vez que me pongo detrás del volante del carro, regreso hacia el pasado, unos quinientos mil años tal vez, y soy absolutamente primitivo (¿No sabes lo que es micro-odio? Espera que te cierra un Ford Explorer cuyo dueño acaba de decidir hacer doble fila para virar, y te enterarás al instante). El carro es The Australopithecine Experience, es como un osmoteca de emociones primitivas listas para olfatear. Pero aun así, algo tienen los izquierdosos pilas a su favor. Y es que el evo-psych es como aquella mujer que canta en la iglesia con voz demasiado fuerte y chillona. Se admira el entusiasmo, se lamenta el efecto. Ganas de decirle: puedes bajar la voz un poco, también hay otras explicaciones por aquí, dignas de tomarse en cuenta.

Y también es cierto que ya no se vive en tribu (excepto los nostálgicos de la Amazonia). ¿Significa eso que debemos botar al tacho nuestras elucubraciones tribales? No, pero estamos en deber de actualizarlas un poco, y es lo que nadie está haciendo, salvo en el campo del género, con gente como la Straughan, y es lo que nos falta. Decir, por ejemplo, que ya no hay un único nosotros (definición de tribu: "un único nosotros"), sino que cada persona arrastra una sobreacumulación de identidades compartidas, lo que tiene el efecto positivo de difuminar y de cierto modo ocultar esa distinción primordial nosotros-ellos, sin destruirlo por completo. Por ejemplo, dos estudiantes cualesquiera de la universidad pueden formar un fugaz nosotros cuando se habla de cosas de la edad, de la condición de ser estudiantes, o de ser ecuatorianos, de las tribulaciones del transporte estudiantil, de la dificultad de vivir sin dinero, etcétera. Pueden al mismo tiempo ser de diferentes equipos de fútbol, o de género, o de orientación, o de carrera, o de red social predilecta (tú eres Facebook, yo soy Twitter. En garde). Estamos acostumbrados, como seres civilizados, a tratar a diario con personas con las que tenemos algo en común: algo, pero no todo, acaso no mucho. Nuestro instinto tribal que reclama para sí un "gran nosotros", merecedor de sacrificios, de lealtad, de servilismo, capaz de aligerarnos la pesada carga de le responsabilidad individual, es engañado a diario con remedos de pertenencia, como un gato condenado a perseguir a ratones de relojería entre patas de mueblería barnizada "prohibido arañar". Y es por eso, amigos míos, por ese anhelo frustrado de pertenecer a algo en cuerpo y alma, que tenemos las tonterías que tenemos. Entre ellas:

Religiones. Si vas a Mi Iglesiería, asegúrate de comprar una religión que condene a los infieles a la eterna tormenta... no, mejor todavía, que asegure que hay un lugar en el cielo para quien mate a un infiel. Esas religiones duran más, y necesitan menos mantenimiento (Concilios de Trent, ese tipo de sinsabores). Saber que todos los que no se adscriban a tu secta van a aullar durante toda una eternidad en un lago de fuego da una tremenda sensación de pertenecer. También ayuda reunirse cada semana, o así, para sostener sandías imaginarias en las manos, o agacharte en el suelo para crear una alfombra humana. Cuanto más estrambótico sea el ritual, más especial te sentirás, tú y los tuyos.

Criptorreligiones. Feminismo, trosquismo, libertarismo, justicia social, el quid es crear una cámara de eco, un club exclusivo, con un discurso herméticamente sellado a la realidad, protegido contra los embistes de oposición y adversarios intelectuales con alambre espina verbal. Si tu ideología maneja una letanía de insultos y epítetos despectivos reservados para no creyentes, insultos que al usarlos identifican el carácter de tus propias creencias, entonces lo que tienes es una criptorreligión. Disfruta de ella. Sácale el jugo. Únete a una página de comentarios en la Red y carga contra tu adversario con todo ese poderío que confieren las letras mayúsculas. Apuñálale con las afiladas puntas de tus signos de exclamación. Sé un héroe delante de tu tribu.

Three Day Belonging Experiences. He hablado en otro lugar de estos fenómenos. El que primero me viene a la memoria, el asesinato de Miguel Angel Blanco, cuando toda España creyó durante un centenar de horas que el No Ser Terroristas les confería una identidad compartida la mar de entrañable y apta para celebrar con velas. Todavía medio siglo después de la II Guerra Mundial, había quienes hablaban con cierta nostalgia de esa sensación de compañerismo, comunidad u unidad proporcionada (en Inglaterra) por la Blitzkrieg, Nada como un enemigo común realmente peligroso para crear sensación de pertenencia. Todo político sueña con ello.

Romanticismo Mills & Boon. No, no creas. Ese anhelo de derretirse en los brazos de tu media naranja, de tu salvador, de esa persona especial que con sólo un "te amo" dará sentido a tu vida y te absolverá para siempre jamás de ser un individuo, no es en absoluto una dolencia exclusivamente femenina. Pasa que a los hombres no nos permiten hablar de ello, pero no por ello somos menos propensos a soñar con este tipo de gilipolleces. Acaso más, hoy día.

Racismos y patriotismos. Es triste observar que un rasgo tan trivial e irrelevante como "negritud" puede ser transformado en carta de membresía de una supuesta "comunidad" (con derecho a "reparaciones", nada menos), o que haya gente tan desesperada por pertenecer a algo, que nada más se les ocurre que reivindicar su lugar de nacimiento como base de un patrioterismo altivo i soberano. Esto ya es tocar fondo. Sin embargo, el racismo es precisamente aquello que más me preocupa hoy día, por lo observado en el Viejo Continente.

En fin. Otra interrupción (tengo clase esta tarde) pero resumamos: entre los izquierdosos que cargan furiosos contra cualquier intento de dilucidar la conducta humana que no se base en aquello que ellos aspiran a controlar - cultura, medios, academia, educación estatal, hegemonía política - y los derechosos que apelan a una "naturaleza humana" inmutable e intransigente cuya más perfecta expresión es el status quo, con las líneas tribales existentes, creo que hay un terreno medio y es el que quiero ocupar, donde se reconoce tanto lo primitivo y ancestral de nuestras pautas de conducta, como lo novedoso de su entorno y la capacidad humana de redefinirse, educarse y de cierto modo redimirse. Desde esta perspectiva, el odio es - ¿evidentemente? parte de nuestra programación innata como seres sociales, pero no por ello es algo inevitable. Si me conceden más tiempo intentaré en otro post perseguir esta idea un poco más lejos.


miércoles, 10 de febrero de 2016

We wanna be (# #) Karen's Dog

No, no he olvidado que tengo que completar la serie de posts sobre el álgebra del odio: vendrá algo en cuanto acabe con los exámenes. Pero se me ocurrió que lo último de Karen Straughan (aka girlwriteswhat) puede servir perfectamente para ilustrar con qué ánimo se puede salir a enfrentarse al mundo sin odio. Se ofrece al lector con este propósito.

Para los despistados, Karen es tal vez lo mejor de lo mejorcito en YouTube. Por decirlo de alguna manera: donde la Sarkeesian es García Moreno, ella sería Juan Montalvo. Aun sin ese arrullador acento canadiense, escucharla sería placer y privilegio. En cuanto al título: cosas mías.




martes, 9 de febrero de 2016

lunes, 8 de febrero de 2016

El Álgebra del Odio (2)

Resumen esquemático del primer post sobre este tema:

El odio consta de tres elementos: indignación, desprecio y animosidad (deseo de lastimar). Dados los mecanismos de retroalimentación de la psique humana, es suficiente suscitar dos de ellos para que el tercero siga. La fiabilidad de tal respuesta psicológica nunca será absoluta a nivel del individuo (que en el mejor de los casos se supone racional), pero a nivel colectivo sí. Por tanto, en el campo del discurso político, se puede razonablemente hablar de "discurso de odio" siempre que se presenten dos de estos tres elementos, dirigidos contra un determinado grupo humano, si bien el discurso de odio más clásico, el del nazismo en contra de los judíos, contenía todos tres. En cambio, si se acusa a un individuo cualquiera de ser "odiador" (una cuestión distinta), tienes que demostrar que los tres elementos mencionados coexisten en su discurso, o se revelan a través de su conducta. Bien.

La primera conclusión que sigue, partiendo de esta base conceptual, y la más trivial en cuanto a mis propósitos aquí, es que muchas acusaciones en esta línea no se sustentan por ningún lado. El ejemplo más flagrante sería seguramente esa acusación de misoginia con que la típica feminista Tumblr recibe cualquier crítica: si no estás de acuerdo conmigo en todo, es porque odias a las mujeres. (Nunca se les ocurre que podría ser más bien un odio hacia los llevadores de lentes de contacto, o hacia las personas de nariz respingona, o hacia los usuarios de iPhone.) Quien dice eso generalmente sería incapaz de citar ni siquiera un ejemplo de menosprecio hacia "todas las mujeres" (menospreciar a alguna, solamente a alguna, no cuenta), menos todavía un expreso deseo de lastimar, y menos aún una supuesta indignación causada por una imaginaria ofensa. De lo que no se dan cuenta las y los amantes de la exageración histérica (incluidas las acusaciones de odio sin fundamento) es que, como comenté anteriormente, lo que realmente están haciendo es devaluar esas palabras abusadas, y así, indirectamente, debilitar nuestra capacidad de reaccionar ante casos realmente graves y flagrantes. Si al final resulta que casi todo el mundo "odia" a alguien, lo reconozca o no, entonces se llega a la conclusión de que odiar no es cosa tan grave. (Tal vez sea lo que inconscientemente pretenden.)

En realidad, no quería hablar de eso, sino de algo que se me antoja mucho más grave: el avance de la extrema derecha racista en Europa, en especial en el Reino hUnDido, aparentemente a raíz de la crisis de refugiados sirios. Este tema me preocupa desde que tropecé por casualidad en YT con un video de una organización "Britain First" que al parecer había decidido organizar una manifestación en alguna zona de Londres con preponderancia de residentes musulmanes, manifestación que consistía en vestirse de atuendo paramilitar y llevar una cruz de madera Queen Size por la calle en busca de reacciones airadas o intolerantes que se podían filmar. El penoso espectáculo que dieron esos imbéciles ante la incredulidad circundante hasta se podría tomar por el lado cómico... pero creo que es señal de algo grave que se avecina, en parte por lo ya comentado, porque la inteligencia emocional no se enseña en las escuelas como se debiera, y no me extrañara si el mismo virus se propagara en otros países europeos.

El mensaje de estas organizaciones es sencillo: ellos, los invasores, quieren robarnos nuestro país (o ya lo han hecho). Son gente de lo último, con extrañas y perversas costumbres, gente cínica, codiciosa (gracias Tati), acaparadora, egoísta, traicionera, mentirosa, violenta, sin "cultura". Son (por supuesto) "odiadores". Usted decidirá cómo quiere enfrentarse a esta situación: con cobardía o con valentía. Si es valiente, se unirá a nosotros en nuestra cruzada por librar a "nuestro" país de esta plaga, de esta amenaza. Es ellos o nosotros.

El mensaje colará en la medida en que se consiga crear un clima mediático de miedo, de desconfianza y de histerismo. También, en la medida en que la gente esté emocionalmente y cognitivamente desprevenida contra el canto de sirena del odio. Y, yo añadiría, en la medida en que ya esté alcanzada por el virus del colectivismo. Me explico:

Más allá del detalle de aprovechar la adhesión de los "inmigrantes" a una religión minoritaria, el Islam, para crear una especie de caricatura muy al estilo Der Stürmer del grupo enemigo (el elemento menosprecio), lo que más llama la atención en este discurso es que el elemento indignación se intenta provocar apelando a un supuesto, e inexistente, derecho de propiedad que se tendría sobre "un país", en razón de etnia o de antecedentes familiares (creo que la mayoría de esos neonazis lo basan en consideraciones "raciales"), o sea, en razón del colectivo del cual uno supuestamente deriva su identidad. Según esa narrativa, el país era "nuestro", y los inmigrantes, sean o no refugiados, quieren "robarlo". A lo que habría que contestarles, tajantemente: el país no es de nadie, o es de todo aquel que quiera establecer allí su residencia, bajo la tutela de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que establece el libre tránsito como derecho fundamental. Los refugiados no son aprovechados, no son receptores de caridad ni de generosidad a quienes les corresponde "agradecer" el trato recibido: son personas libres con derecho a viajar a cualquier rincón del mundo, y a asentarse donde les dé la real gana, salvando leyes migratorias tiránicas e inhumanas; por lo tanto, no están "robando" nada. Lo preocupante en este caso es que ante esa incipiente histeria colectiva, ningún político, ningún comentarista se atreve a pronunciar estas simples verdades: los políticos menos que nadie, ya que el juego electoral requiere que cada cuatro años erijan en fantasmagórico holograma la visión escurridiza de un país-comunidad, con lechero incluido, con vallas y cercas y guardias de seguridad en todas las puertas y puertos, donde todo el mundo comparte cultura, valores y hasta libro sagrado, y la gente rara queda fuera.

Todo lo cual más bien sugiere que, como ya comenté en otros lugares, cargar a las personas de falsos "derechos" (como en este caso el "derecho a escoger la religión, el país de nacimiento y el color de piel de los vecinos de mi calle) es hacerles una terrible crueldad: es allanarles el camino hacia una vida ensombrecida por el odio y el rencor.

Afortunadamente, todavía queda gente en el mundo (¿la suficiente? no lo sé) capaz de detectar cuando les están manipulando. Ojalá se hagan escuchar allá donde cuenta.

(más exámenes)

El Álgebra del Odio (1)

Tal como apunté en alguna ocasión, hace ¿cuántos años? ¿seis? (los calendarios no son lo mío, mi sangre exangüe se arrastra en cámara lenta, vivo en otra dimensión temporal, el lector disculpará) fui víctima de un robo, nada del otro mundo, un simple burglary de andar por casa, y de lanzar el botín por la ventana, entre ello: guitarra, laptop, joyas de mi mujer, pasaportes, y un corto etcétera (culpa nuestra: los cortos etcéteras nunca deben guardarse en la casa), pero fue suficiente para que yo descubriera en ese entonces lo que significa odiar. Odié a ese anónimo ladrón durante días, tal vez semanas, hasta recobrar la sensatez. Si visito el tema ahora, otra vez, es porque me temo mucho que la anatomía del odio no forma parte de esa educación sicológica básica que todo infante recibe en la escuela, y debería. (Y más en las escuelas de conducción.) A fin de cuentas, no es siquiera muy complicado de enseñar, y se espera que con un mayor conocimiento de los mecanismos que entran en juego, la gente anduviera más prevenida. Y así, se evitaría tanto neonazismo, tanto Britain First, tanta "Justicia Social", tanto correísmo, tanto feminismo, tanto Donald Trump, tanta Jess Phillips como merodea por ahí. De modo que preguntemos: ¿cómo se produce el odio, cuáles son sus ingredientes, cómo se mantiene, y cómo se puede acabar con él?

A mí me parece que el odio es una emoción parasitaria que se sirve de ciertas debilidades cognitivas en el huésped para asentarse, y luego mantenerse mediante una progresiva distorsión de esos mismos mecanismos cognitivos para sus propios fines de supervivencia. Podemos aislar tres elementos principales, a saber:

(1) La convicción de que el objeto del odio ha vulnerado un derecho o un privilegio del sujeto, ha "robado" algo que le pertenece, o se ha apoderado de algún bien de manera injusta, sin el debido esfuerzo, sacrificio o merecimiento, haciendo caso omiso de las normas de convivencia social;

(2) Una progresiva distorsión o degeneración en la representación mental de que el sujeto se sirve cuando piensa en el objeto. El objeto del odio no es una persona, con virtudes y defectos, con vulnerabilidades, merecedor de respeto, empatía o compasión; por el contrario, es un ser infrahumano, primitivo, egoísta, paleolítico, repulsivo, una amenaza para la "sociedad".

(3) Una actitud de hostilidad cuyas consecuencias prácticas abarcan desde la indiferencia cultivada hacia el objeto y sus sufrimientos, hasta el deseo activo de infligir sufrimiento, o una venganza elaborada en fantasía e imaginada con fruición.

El lector puede discrepar con este esquema. En tal caso, sus discrepancias tal vez se resuman en lo que la gente comúnmente llama "una discusión semántica", o sea, aun aceptando que estos tres elementos pueden darse en conjunto, se podría objetar que no son todos necesarios para que se pueda hablar de odio. Esta cuestión me parece importante, y les diré por qué. En un mundo informatizado, hipermediático como el que tenemos, donde estamos rodeados de discusiones de poca rigurosidad intelectual, existe una creciente tendencia de las palabras a devaluarse, a ser usadas por sus connotaciones más que por su denotación: en el post anterior vimos algunos casos con "derecho", "rabid", "slut", "libertad". El problema es que cuando las palabras se devalúan, se esfuma la claridad en la conversación. De modo que nos vemos obligados a apelar a la polisemia y a defender las fronteras de un discurso intelectual depurado, estableciendo líneas divisoras entre la acepción popular de una palabra y su denotación precisa: de modo, por ejemplo, que "fascista" puede referirse a todo aquel que difiera contigo sobre cuestiones políticas y que, encima, te parece un poco HdP., por un lado, y por otro, puede referirse a las creencias y las doctrinas de una tendencia política nacida hace aproximadamente un siglo y llevada a la práctica en la Italia del Duce.

Del mismo modo, si quieres hablar de "odio" para el caso de, digamos, una persona que siente una especie de rechazo o repulsión física hacia otra por razón de algún rasgo "racial", o de género o de orientación, y que en consecuencia evita el trato con ese grupo, pero sin creerse ofendido ni desearle ningún mal al representante del grupo objeto, te diré que tu definición de odio puede ser comúnmente aceptada, pero no es rigurosa, y que ayudaría mucho a mantener la claridad y nitidez en los conceptos si pudiéramos distinguir entre, por lo menos:

(1) "Moral outrage", que sería la descripción de esa convicción de que existe una vulneración de derechos de parte de otro, o sea el (1) arriba, ausentes el (2) y/o el (3). No sé bien cómo traducirlo: tal vez indignación.

(2) "Contempt", desprecio. Una distorsión negativa en tu representación mental del otro, ausente la indignación y tal vez ausente el deseo de infligir sufrimiento. A veces colinda con una especie de repulsión incluso física, con hondas raíces neurológicas, poco susceptible de tratamiento terapéutico.

(3) "Animosity", hostilidad o animosidad, el deseo de infligir sufrimiento, también conocido como sadismo en el caso de que no venga motivado por desprecio alguno, sino tal vez por una distorsión de signo contrario (aquí entramos en el terreno de la parafilia sexual, irrelevante para nuestros propósitos).

Así que voy a insistir en una definición de odio que combine los tres elementos: indignación, desprecio y animosidad (deseo de lastimar). Esta insistencia arranca de mi propia y susodicha experiencia vivida, pero descansa en otras dos consideraciones, a saber:

(1) La cuestión de cómo se define el odio tiene importantes consecuencias políticas. En muchos países está prohibido el discurso de odio; donde no está prohibido, es sujeto a un amplio rechazo consensual. La prohibición legal me parece errada y contraproducente, a más de iliberal; el rechazo social, en cambio, es algo que uno desearía mantener y fortalecer. Una persona que predique el odio debería, en una sociedad sana, sentir vergüenza, y debería ser recibida con abucheos. Se trata de una reacción social, en mi opinión, saludable; el problema es que muchos oradores se sirven de ese consenso en contra del odio en beneficio propio, alegando muy a la ligera y sin evidencias que su adversario intelectual "es un odiador", para desacreditarlo. De este recurso demagógico se sirven tanto aquellas feministas para quienes todo adversario intelectual es ipso facto "misógino", como aquellos correístas para quienes "la oposición" (cualquier oposición) es ineluctablemente "sufridora y odiadora". Por tanto, una definición precisa de odio ayudaría a vacunarse contra la demagogia,  y también, a evitar censuras caprichosas y capciosas.

(2) Si bien se pueden dar por separado cualquiera de los tres elementos detallados, existen mecanismos de retroalimentación psicológica que apelan a completar el cuadro faltando alguno de sus elementos. Así, el orador provisto de un discurso de odio sabe que no hace falta promover, explícitamente, la violencia contra el grupo rechazado, pues basta con crear en su público indignación y desprecio: la hostilidad entonces está garantizada en el ánimo del oyente (1+2->3: observa como lo hace Antony en la versión Shakespeariana). Del mismo modo, si soy objeto de un supuesto agravio y tengo el ánimo vengativo, un instinto certero me aconsejará que debo caricaturizar mentalmente al enemigo, borrando sus rasgos humanos, para evitar escrúpulos de conciencia (1+3->2); asimismo, si ya siento desprecio hacia una persona o grupo de personas y de ese desprecio nace el deseo de hacerla sufrir, pero esa persona o grupo no me ha hecho ningún mal, mi inquieta conciencia irá en busca de algún supuesto agravio, por fantasioso o por ancestral que sea, que me sirva de pretexto y aplaque mi conciencia: 2+3->1. Estos mecanismos existen en la psique humana, son comunes, y aunque un ser racional puede neutralizarlos (vide infra), la supervivencia de la civilización depende, tal vez, de que seamos conscientes de su existencia y del peligro que encierran a nivel colectivo.

Y hablando de peligro...

Espero que el lector no me oponga la Ley de Godwin si hago referencia aquí al nacionalsocialismo alemán como fenómeno histórico en este contexto, ya que por común acuerdo se suele considerar como una especie de laboratorio de odio insuperable en su pureza y despiadada eficacia. Hace unos días quise indagar un poco en la propaganda nazi de los años treinta, para ayudar a despejar una duda que me rondaba por la cabeza. Mi duda era si esa propaganda vertía exclusivamente sobre la naturaleza supuestamente infrahumana del judío, tal como me habían enseñado en las clases de historia, es decir, apelaba exclusivamente al desprecio, o si también apelaba a la indignación fruto de algún imaginario agravio. La respuesta me vino en este excelente archivo, del cual me permito extraer a fines ilustrativos:


Más claro imposible: Die Juden sind unser Unglück, los judíos son nuestra desventura, debajo de un artículo que explica con toda seriedad cómo el judío utiliza la sangre de cristianos sacrificados en sus rituales satánicos. Abundan, por otra parte, las imputaciones de una gran conspiración a nivel mundial, de poderosos banqueros judíos, culpables de todos los males de la economía alemana y del hundimiento del marco, despiadados en su deseo de esclavizar al noble e inocente teutón, y en general al mundo entero, motivado al parecer por una insaciable e ilimitada codicia (gracias, Tati). En fin, no hace falta insistir sobre el tema. La propaganda nazi en su persecución de la comunidad judía no desaprovecha ninguno de los tres elementos: indignación cultivada, desprecio y animosidad, ésta última comunicada mediante la metáfora frecuente de la escisión de un parásito, o la aniquilación de una plaga, en un claro llamado a ejercer la violencia, o a tolerarla.

En otro post veremos cómo se intenta aprovechar los mismos reflejos psicológicos para fines políticos en nuestros días, y en otro posterior, cuál sería en mi opinión la mejor manera de protegernos contra el contagio del odio, que a mí me parece algo más preocupante en extensión y efectos que el del Zika. Pero lo primero es lo primero: hartos exámenes para calificar.

viernes, 5 de febrero de 2016

Libertad, piel de aguacate

En piel de aguacate quedan algunas palabras cuando se las vacía de significado. Por fuera aún duras y brillosas, por dentro más o menos huecas, salvo aquellos resquicios que la cuchara, apresurada, perdonó. Tal fenómeno como el deshuesado del lenguaje sólo será lamentado por aquellas personas que añoran una palabra instrumento (no sólo expresión) del pensamiento; para el resto, el deber de una palabra es significar, sumisa, lo que uno quiere o necesita en ese momento.

Así, una autora en una revista en línea puede lamentar (acerca de una reciente decisión judicial en Canadá) que "la 'libertad de expresión' de los hombres ha quedado por encima del derecho de las mujeres a sentirse seguras". Es decir: la libertad de expresión, consagrada en cuanta constitución haya nacido sin cesárea en el mundo, ya no es derecho o no merece ser mentada como tal, y en cambio el "sentirse seguras" sí lo es, pese a no constar en cuerpo legal alguno... porque a mí me place, y soy feminista, y punto.

Y si algunas escritoras se querellan con el significado, entendido como denotación, de una palabra, otros, gustosos, se lían a zarpazos con sus connotaciones o, para ser más exactos, collocations. Así el caso Dictionarygate de la semana pasada, donde el Guardian, nada menos, se rebajó, ante la hilaridad e incredulidad generales, a publicar un artículo que lamentaba la inclusión de la expresión rabid feminist como ejemplo del uso del dichoso adjetivo, aseverando que un diccionario tiene la responsabilidad, no tanto de ilustrar el uso de las palabras en el mundo real, sino - en plan chaperone victoriana - de velar por la pureza de sus compañeros de cláusula. Si bien una feminista puede ser rabid en la expresión popular, no debe constar como tal en un diccionario, pues el hipotético usuario carente de personalidad propia, inteligencia o pensamiento crítico podría derivar de ahí algún "prejuicio", aunque el autor no especifica cuál, pues lo único que se saca en limpio de tal expresión es que algunas feministas son rabiosas y otras, por lógica elemental, no... es decir, que las feministas son seres humanas. No sé si hoy día rebajarlas a tal categoría se considera señal de irrespeto. No me extrañaría.

En fin. Ya en otro apartado hemos hablado del "slut shaming", otro caballo de batalla feminista, donde supuestamente el "patriarcado" sería el responsable de usar "slut" como insulto, a pesar de que (dejando aparte que muchos hombres gays se autocalifican entusiasmadamente con esta palabra) los únicos usos documentados con esa tonalidad despectiva en el mundo hetero son de origen femenina, pues el sentido común nos dice que ningún hombre en sus cabales va a querer ensuciar un vocablo que representa una especie de apoteosis de todo lo que en las mujeres se considera comúnmente deseable, v.gr. entusiasmo por el sexo, nulo interés por la pulcritud y el aseo, y un largo etcétera de excelentes y entrañables virtudes. Imaginemos si no el caso de un hombre que se enfrenta a su cita a ciegas y escucha: a propósito, soy feminista. Aun sin el rabid, se le va el corazón a los pies, pues interpreta, creo que con mucho tino: carezco completamente de sentido de humor, soy puritana, me encanta hacerme la víctima, buscar imaginarias infracciones y colmar de insultos a todo aquel que no esté de acuerdo conmigo. En cambio, escucha: a propósito, soy una zorra. Ahí sí, levanta los ojos al cielo y silenciosamente ofrece un voto de agradecimiento a Cupido, o a quien haya puesto este tesoro en su camino. Pero el patriarcado, como el papel, aguanta todo: es una de las múltiples ventajas de no existir. Y hablando de enemigos cómodamente inexistentes...

Ya hemos comentado en otros lugares lo curioso de esa palabra neoliberal, carente de significado preciso por no decir de devotos confesos, que hoy día parece haber desterrado a fascista como insulto predilecto de jóvenes progresistas (se supone que más de uno se habrá dado cuenta de que entre el progresismo de hoy y el fascismo de antaño hay demasiadas similitudes como para encima hacerlas notar). Ya en su momento formulé el axioma: si en un texto encuentras la palabra neoliberal, la falta de seriedad y de rigor académico ya son cien por cien garantizables, y el texto en sí, por ende, perfectamente prescindible. Pero aun así, decidí darle a Tatiana Hidrovo Quiñónez el beneficio de la duda esta vez. Ya no más.

Más allá de los simplismos históricos y las atropelladas e incómodas formulaciones ideológicas que hacen pensar en un catequismo de algún partido izquierdista-populista (barrunto una educación emepedeísta), lo que trasciende del artículo de la Hidrovo-Q es la clara intencionalidad de cercar y neutralizar la palabra libertad, ensuciarla, problematizarla, academizarla, para que el lector se lo piense dos veces antes de soltarla: "iba a decir libertad, pero ¿en qué tipo de libertad estoy pensando, en la buena o en la mala?... y ¿cuál era la diferencia entre ambas? ... ¿tenía algo que ver con el ecologismo?... Mierda, ya no me acuerdo... mejor escojo otra palabra que no sea tan espinosa y complicada de definir..."

Es decir, las tres sílabas de "libertad" incomodan tanto al telegrafista como las dos de "puta" a la guerrera de justicia social.  Y si lo incómodo no lo podemos prohibir, lo que nos queda es la resignificación, el vaciado sigiloso, el deshuesado del aguacate.

Por supuesto, Orwell llegó primero, con su Freedom is Slavery... pero atrás viene el ejército de autoritarios, y vaya estampida que ahora tenemos.

Resumiendo:

En su concepción moderna la idea de libertad es relativamente nueva, apenas surgió hace unos trescientos años

Cuénteselo a Espartaco.

Pero el liberalismo se bifurcó en su momento en dos corrientes: la que consideró que su razón de ser eran los derechos del hombre y, por lo tanto, se ancló a una perspectiva humanista; y la que en contraparte consideró que lo más importante era la libertad del comercio y garantizar el derecho a la propiedad privada.

Es decir, el "derecho a la propiedad privada" no es uno de los "derechos del hombre" ni forma parte de una "perspectiva humanista". Novedosa teoría.

Los humanistas desarrollaron desde el siglo XVIII la idea de los derechos fundamentales, es decir el derecho a la libertad de expresión, a la libertad de cultos y a la vida

Y dale. Los derechos naturales, según Locke y sus humanistas seguidores, eran tres: vida, libertad y propiedad (estate).  La Hidrovo-Q tapa la de propiedad (estate) con un pañuelo de seda, y con un abracadabra, saca el pañuelo y ¡oh sorpresa! ¡se ha convertido en un conejo! (aplausos). Asimismo, "libertad" se ha convertido en dos libertadcillas: expresión y "culto". La libertad de, por ejemplo, asociarse con otros, hacer reuniones y huelgas, manifestarse en la calle, casarte con quien te dé la gana, o de andar enseñando los muslos, con estrías y todo, éstas pues dependen de lo que dice nuestro amado Líder, no adelantemos.

La mayoría de nosotros estamos convencidos de que la idea de libertad es inmemorial, es un don natural y siempre estuvo relacionada con los individuos humanos. Sin embargo,

Oye, Tati, parece que nunca has tenido una avispa en el carro, ni un jilguero en una jaula, ni un assange en una embajada, ni un grillo en el calzón, para que sueltes esas sandeces de sinembargos. "La idea de libertad" es algo que cualquier criatura multicelular descubre rapidito en cuanto se le impide la movilidad, se le amordaza la boca o se le acerca un policía de la Met. Y la Torre de Londres tiene algo más de 300 años.

el origen de esta idea, en el mundo moderno, tuvo que ver con el interés de una nueva clase social, la burguesía, que necesitaba que se liberara a los siervos y esclavos para que engrosaran la masa de obreros industriales

Empiezo a pensar que la Idrovo-Q realmente debería volver a la escuela, entrevistarse con la directora y exigir que le devuelven lo pagado por su educación emepedeísta, pues no le permite dar pie con bola. Si no, que me complazca detallando cuántos miembros del nuevo proletariado industrial en países como Inglaterra o Alemania eran ex esclavos "liberados" según órdenes de Voltaire y JS Mill para "engrosar la masa" de obreros, y asimismo, qué clase social había más consumidora de "siervos" (allá se decían sirvientes) que esa nueva burguesía que, según ella, quería prescindir de todos ellos concediéndoles (¿ilusoriamente?) su "libertad".

El principio liberal de libertad fue deformado por el neoliberalismo, una técnica política

Esto se vuelve divertido. La semana pasada, el neoliberalismo era una ideología. La otra, una escuela de economía. La otra, una actitud (gracias Pierrot). Ahora es una simple técnica. Resulta que no solamente no hay acuerdo sobre lo que el sucio neoliberal cree, ni sobre lo que dice, ni sobre lo que hace, sino que tampoco hay acuerdo sobre si existe como ente estable: lo digo porque si yo utilizo, para desasfixiar a un comensal, la técnica de Heimlich, o si uso la técnica del baloncesto para retardar la llegada del orgasmo, esto no me hace ni heimlichiano ni baloncestista en cuanto a identidad propia supracoyuntural. Y eso que quería fundar un Club de Neoliberales en mi barrio. Double drat.

mediante la cual se busca achicar a los Estados para que no interfieran en el libre comercio de la mercancía tangible e intangible, y la explotación del trabajo humano sin respetar derechos individuales y colectivos, con el propósito de facilitar la acumulación de capital real e irreal, y crear las condiciones para que grupos de poder anclados a imperios controlen el mundo.

 Es decir, si no queremos que "grupos de poder" "controlen el mundo", hay que confiar en "los Estados", es decir, en grupos de poder que quieren controlar el mundo. 'Ave a banana.

Mientras los pueblos usan el discurso de la libertad en relación a sus derechos humanos y a la soberanía, los poderosos anclan el principio a la libertad mercantil, al libre mercado. Así mismo, manosean el principio de libertad, para decir verdades o mentiras con fines políticos y usan a la prensa, aunque con ello afecten derechos humanos, uno de ellos la honra.

Dirán que sólo tengo cincuenta y cuatro años, y es cierto, pero nunca en la vida he conocido el caso de algún "poderoso" que abogue por el libre mercado, ni uno. Algunos empresarios y políticos usan el término en su retórica, porque da resultado, pero en la práctica todos ellos se colocan firmemente en contra de la eclosión de un mercado de esas características, y a favor del status quo, es decir, del salvataje de bancos "too big to fail" y otros sinsabores por el estilo: de hecho, en el mundo actual, buscar interferir en el libre mercado es prácticamente sinónimo de "ser poderoso".

La mínima libertad necesaria para que no tengamos otra Kampuchea Democrática (la que al parecer Idrovo-Q sí quiere para sí y para nosotros), ésa sí nos la conceden gustosos. No es mucho decir.

La pregunta relevante entonces sería:¿por qué de puertas afuera dicen creer en el libre mercado, cuando los hechos lo contradicen constantemente? ¿Por qué "da resultado" esa retórica? Ustedes tendrán sus respuestas; la mía es, porque la gente en general tiene la suficiente inteligencia como para darse cuenta de que "libre mercado", si existiera, no significaría ni más ni menos que la libertad del individuo para vender lo que quiere vender, al precio que quiere, y comprar lo que quiere comprar, cuando puede y al precio que puede. En términos prácticos: significaría no tener que ir a Colombia o a Perú para comprarse un laptop, un carro o unos cartones de Marlboro, y luego comprarle la vista gorda al guardia en la frontera, sino simplemente ir al centro comercial o al vendedor local y pagar el precio razonable sin "salvaguardias" y otras ridículas distorsiones al servicio del caudillo populista de turno. Ese libre mercado.

El libre mercado, en suma, le beneficia a todas las personas, menos a una: el poderoso, el que se queda con el excedente ése que se paga cuando se tiene la mala suerte de tener un gobierno como el que tenemos.

Para "redistribuirlo", claro. Sigamos.

Libertad es una bella palabra; América Latina le dio otro contenido

Era una bella palabra, mientras significaba algo, así que hubo que terminar con eso pero ya, y darle "otro contenido" lo más rápido posible. Entendido.

En general la izquierda latinoamericana ha cocido el principio de libertad al principio de la vida.

¿Eres vivo? Pues agradécele al Comandante, compañerito, y deje de fregar con eso de la libertad, que bastante libertad tienes con que no te fusilemos ahora mismo. (No necesitarás esta vaca.)

Ahora existen nuevos pensamientos, como el del ecosocialismo, que amplían la noción de libertad como sinónimo del derecho a la vida como expresión múltiple y compleja contenida en la naturaleza.

Esto me recuerda un video que vi ayer, en que una joven e ingenua chica de algún programa de MTV explicaba solemnemente que alargar la lista de las cosas que no se pueden decir (por no "ofender") significa "ampliar" la libertad de expresión. Me quedé embelesado.

Lo mismo aquí: alargar la lista de los entes cuyos supuestos derechos limitan tu libertad es una forma de "ampliar" tu libertad. Ahora no solamente tienes que preocuparte por no orinar sobre las papas fritas de tus semejantes humanos: también debes pensar en las papas fritas de las orugas, de los grillos y de las Aedes aegypti, todos ellos parte de esa "naturaleza" con derecho a vida igual que tú.

Este enfoque budista, este amor por la vida en toda su abundancia, ese no matarás perentorio y extensible hasta al más humilde bacterium, esa exquisita sensibilidad, impresionaría, y hasta seduciría, si uno no sospechara que forma parte de una, digamos, técnica, mediante la cual se busca achicar la libertad de los individuos para que no interfieran en los planes de reelección de la clase dominante, haciéndoles creer a dichos individuos que aspirar a una vida algo más libre y más interesante que la que se tiene es síntoma de oprobioso egoísmo. Y de hecho, la técnica está bien pensada: no se me ocurre ninguna prohibición, ninguna opresión, ninguna barbaridad, que no sea en principio susceptible de una justificación ecológica post facto. Los Nazis, con su valiente plan de diezmar la población humana de todo un continente, era la gente más ecológica del mundo. Este show dará mucho de sí: es una promesa.

En la contracara, yace el principio neoliberal que busca proteger al mercado, como si fuera un ser vivo. Actualmente la gran lucha en el mundo tiene que ver, en definitiva, con los dos conceptos opuestos de libertad, el uno profundamente ecohumanista, y el otro basado en la codicia.

Este párrafo, Tati, es un buen ejemplo de por qué no volveré a leerte. Acusar a quienes quieren intercambiar libremente recursos con sus semejantes en beneficio mutuo (porque una transacción libre es de mutuo beneficio prácticamente por definición), en paz y con las reglas claras - acusar a tales personas de "codicia", es como acusar a quienes quieren relacionarse y casarse libremente por amor sin importar género ni otros prejuicios sociales, de "lujuria" o "egoísmo" (al estilo de algún prelado católico que escribe para el otro diario). Es ruin, es vil, es indigno de quien aspire a ejercer un periodismo responsable. Eso sí, es perfectamente coherente con esa visión autoritaria, colectivista y elitista que quiere imponer sobre nosotros, y en pos de la cual necesita que olvidemos lo que significa ser libres, y que el diccionario se reescriba en consecuencia.

Lo siento, pero para vaciar el aguacate necesitará algún utensilio más adecuado para la tarea que un manojo de sustantivos abstractos y un vademécum emepedeísta. Aprende a escribir primero, luego veremos.

sábado, 23 de enero de 2016

The Essence of Being (1)

"I need those stridulation tables complete and on my desk by three o'clock." My boss was already on her way out of the office, when she seemed struck by an afterthought. "Oh, and by the way," she added, poking her spherically encased head back through the door, "I am who Am. The Alpha and the Omega. I'm the Essence of Being. Just so you know."

At least, that's what I thought she said. Sometimes her voice came out a bit muffled, ever since she had started wearing a deep-sea diving suit at work in response to the putrefaction of many of her employees' teeth. As her leaden boots clumped away down the corridor, I reflected on the possible meaning of this last remark, and on the autocratic and dictatorial tendencies of the new Polish government. Somewhere in an adjoining room, the lifeless body of an overworked telephone engineer thudded from a ladder to the floor.

Meanwhile, in a cottage by a nearby woodland glade, a skinny girl with perfunctory breasts and a pale blue dress was chopping a sheep's liver on a small wooden chopping board, which slipped and slid across the wet table amid glistening sprigs of thyme and rosemary. The orchestra hidden in the pantry swirled to a sensuous crescendo as she burst into song:

What am I, Chopped Liver, what am I?
Should I deck my ears with lapis lazuli?
Would it hinder me to tell beaus
Of my cinder-tarnished elbows
Or the pale striated mottling on my thigh?

What am I, Chopped Liver, what am I?
Does my menstrual fluid contain some sort of dye?
Does my fashion sense betoken
A compassion scarce awoken
By the grunts of sweatshop workers in Mumbai?

At this point, the chopped liver opened a mouth more notional than physical and contributed in a quavering tenor:

(Si no quieres que esto continúe, deposita $100.000 en billetes de cien sin marcar en una maleta de color café claro en el tacho de basura frente al cine INEM el martes a las 16.00 en punto.)