domingo, 22 de mayo de 2016

The Guardian, diario golpista

Me refiero a este artículo, que me sorprendió con la brillante frase:

Never underestimate the power worship of those who claim to speak for the powerless, or the credulity of the supposedly wised-up critical theorist.

Efectivamente. La adoración al poder, la postración ante él, parece ser un instinto tan inexistente en unos como dominante en otros: los que sencillamente no vemos la necesidad de que nadie tenga ese "poder", ni sabríamos hacer otra cosa con él que regalarlo al primer llegado (me pasa eso con las alcachofas: dicen que se pueden comer, pero no veo cómo... tenga, pruebe usted), estamos condenados siempre a no entender la política, a perdernos en vanas elucubraciones abstractas y dilemas morales rebuscados en el intento de entender lo realmente sencillo, lo sencillamente selvático, lo dog eat dog. Pero en todo caso, cuando hasta el mismísimo Guardian abandona su política de apoyo editorial a tu régimen supuestamente izquierdizante, bolivariano y anti imperialista, sabes (o debes saber) que tienes problemas. Claro que Maduro no sabe nada, puesto que para eso le faltaría un cerebro: él es como un algoritmo de seudo AI de primera generación, una especie de ELIZA programada para responder a todo: ¡golpe! ¡intento de golpe! ¡CIA! ¡desestabilización! ¡patria, socialismo o muerte! Da algo de pena.

("Sí... loco de amor por Venezuela." Supongo que para un tipo así, esto es una salida ingeniosa. Pobretón.)

Más pena me da, por razones egoístas, encontrarme afincando en un país que sigue el mismo camino, hasta el mismo previsible final. Y no tener ni la juventud ni la salud necesarias para dar el salto y escaparme con la familia, que todos ya se quieren ir. El problema soy yo.

Estaré muerto en cuestión de meses, si no de días. No entiendo como he podido sobrevivir tanto. No puedo respirar. Mi vida es una farsa en que intento mantener a toda costa esa apariencia de normalidad, para seguir trabajando y así sirviendo para algo, cuando la máquina ya no da de sí. Ahogarse lentamente no es nada agradable. Sobre todo, no resulta ser muy compatible con la serenidad. Todo eso lo digo para que entiendas, admirable cosaco, el posible cese de actividad de este blog en un futuro próximo.

Mientras...

He visto la mejor película que recuerdo desde, no sé, le Mari de la Coiffeuse pongamos, y no sé cómo me la perdí hasta ahora. Se llama Buffalo '66, y si la chica bailando claqué al son de Moonchild, de King Crimson, no cambia tu vida, entonces tienes la circulación peor que yo y debes tomar algo urgentemente. Y esa milésima de segundo en que una resplandeciente Christina Ricci se sonríe ante la disculpa tardía de su secuestrador tiene más lecciones útiles para la vida que toda la producción del estudio Disney junta. Haz el esfuerzo, anda, no pierdes nada.

Cuando ves algo así, que puede cambiar vidas, y luego piensas en tu lóbrega profesión de profesor, en que no cambias ninguna, se te salen las lágrimas, o levantas el puño al cielo: por qué, o malvados dioses, por qué no puedo trocar los adverbios de tiempo con el presente perfecto simple por la visión de esta película, total, dura lo mismo, por qué tiene que haber sílabos y exámenes, por qué no están permitidos los actos de caridad, de solidaridad y benevolencia?

Y los dioses contestan, entre bocados de alcachofa: porque entonces, chomp, si cambiaras alguna vida, chomp, siquiera la tuya, tendrías demasiado poder, y eso, chomp, tú mismo lo acabas de reconocer, chomp, sería levemente malsano.

Ajj. Es que con los dioses ni una buena conversación puedes tener. Son como Maduro. Una idea fija, y no entienden nada de nada.


lunes, 9 de mayo de 2016

Para algo se inventó el tacho de basura

Dicho por una compañera de trabajo, hoy, en el carro (parafraseo libremente):

- A mí no me va el Tuíter. No tiene sentido para mí. No quiero conocer a personas virtuales. Y esas conversaciones no son conversaciones, son roces entre solipsismos.

- Dele tiempo - dije yo, sin mucha convicción - . Ya sé que es ridículo llamar seguidor a quienquiera se molesta en leerte seguidito, así sea para criticarte. Pero superadas esas infelicidades léxicas, y las frustraciones diversas del medio, tendrás esa enorme confianza que imparte el saber que eres capaz de expresar una idea completa en menos de 140 caracteres, espacios incluidos. No todo el mundo puede decir eso. Serás miembro de la aristocracia de la brevedad.

- Es que ya lo fui, enantes. Tan breve era yo que todos mis tuits contenían cero caracteres. Creo que eso es el no va más de la brevedad. Y esos tuits de 0 caracteres expresaban elocuentemente una idea clara, verbigracia, que ese medio me vale verga.

Tuve que callarme, en parte porque acababa de chocar contra el flanco de un mamut despistado que estaba cruzando la carretera en ese momento, y en parte porque seguir defendiendo a Tuíter hubiera sido algo hipócrita de mi parte, en vistas de que había cerrado mi cuenta tiempo atrás en protesta por el establecimiento de un comité de censura en el medio en cuestión, con sarquesianidad y alevosía. (Los dos habíamos tenido que abrir cuenta nueva, de nuevo, esta misma mañana como parte de un ejercicio de formación profesional.)

Así que me quedé pensando: sí, es bueno recordar de vez en cuando que en alguna época reinó la sensatez. Que alguna vez la gente hablaba mirándose la cara. Que alguna vez podías conversar sin "seguir", y así, conversar seguidamente. Da cierta nostalgia.

Alguien, no recuerdo quién, en El Universo esta mañana dijo que suprimir las sabatinas no iba a arreglar el mundo. Estoy completamente de acuerdo con él. Pero por otra parte, no se me ocurre ninguna acción que de por sí y a corto plazo arreglaría el mundo, entidad que, recordémoslo, incluye aquellas placas tectónicas que tan mal nos han ido estos días. Aun quitando el límite de caracteres, no se me ocurre nada por el estilo. ¿Nos callamos entonces? En defensa de los tuiteros, conjunto de que ya no formo parte (la cuenta abierta esta mañana está destinada a no ser usada), creo que lo que hacen es simplemente adaptarse al medio y ponerlo a prueba. El medio pide eso: estridencia, sencillez brutal, y 140 caracteres. Restringiéndose a dichos requisitos, ¿algo positivo se puede hacer? ¿Algo que por lo menos no orine sobre las papas de nadie? Y en contestación a esa pregunta, se les ocurrió eso, el eslogan de suprimamos las sabatinas, para que por lo menos un puñado de personas inocentes queden sin ser vapuleadas por esa lengua paranoica, viperina y crecientemente desequilibrada. Y tal vez ahorrar un poquito de plata por el camino (el argumento del Presi, idéntico al del columnista mencionado: ¿con ahorrar 30.000 pavos se arregla la economía? Y es que en falacias lógicas, nada nuevo bajo el sol). Pero ves, a veces las acciones simbólicas sí sirven. Eso de "clausurar" el Ministerio de la Lobotomía a Distancia, entres otros, sencillamente gozoso. Y si hablo de protestas simbólicas (en este caso, contra los fastos de un gobierno que vive en un universo alternativo) es porque todos sabemos que la posibilidad de que se supriman las sabatinas es nula: más fácil es separar a un tejano de su rifle que un político de su micrófono. Quien lo dude, vuelva a estudiar la teoría del Skinner Box y lo entenderá mejor.

martes, 26 de abril de 2016

For my funeral (might not be long now, better start putting in requests)

Y'all know why.


Dos locos

La Carol ha estado tomando algún curso de comunicación: se nota. Alguno de sus últimos artículos hasta se entiende y todo. Bueno, más o menos. En el último, me quedé un poco perplejo por este final del primer párrafo:

 La consigna es la solidaridad, pero su eje filosófico es la caridad. Una y otra no nacen de una especie de instinto social para preservar el presente y, en apariencia, para proteger el futuro.

Perplejo, porque si voy a decir de dónde no nacen dos valores humanos, me sentiría obligado de cumplirle al lector diciéndole, a continuación y dentro del mismo apartado, de dónde sí nacen. No sé si este sentimiento de obligación al lector no lo comparte la Carol, o si se le coló el "no" por error. Lo curioso es que la frase se siente igual de irrelevante o de extraterrestre tanto en su versión negativa como en la positiva. Creo que esta sensación se da en parte porque la Carol abusa un poquito de ese recurso estilístico que los entendidos llaman hedging, o sea, cuando siente que va directamente encaminada hacia una afirmación o una negación rotunda, su instinto de diletante académica le aconseja que le dé media vuelta al volante y deje la cosa en un "en apariencia" (vide supra) o en un verbo condicional ("no habría duda"). Lo que queda - las afirmaciones más directas - vierte sobre abstracciones opacas, desprovistas hasta de imaginería persuasiva, lo cual presta a esos artículos un aire como de roedor disecado expuesto al público dentro de una campana de vidrio medio cubierto de polvo.

Por supuesto que puedo estar equivocado, y que los artículos de la Carol en realidad sean un modelo de claridad y fuerza argumentativa. En tal caso, mi incapacidad para apreciarlo no nacería de una especie de instinto que tengo para criticar a todos aquellos articulistas que escriben, en apariencia, para El Telégrafo.

En fin. Una de las cosas que sí dice la Carol en este artículo, y que hasta se entiende y todo, es que el Estado es un cuco, o más precisamente, que lo encarna, o más precisamente todavía, que lo encarna para "neoliberales y ultras de izquierda". Y esto me llama la atención por dos razones: primero, porque yo pensé (tal vez equivocadamente) que "el cuco" era aquel ser oscuro, amenazante, terrorífico pero al mismo tiempo inexistente, que hace que los niños tiemblen cuando tienen que subir a dormir, o sea, que parte de la definición de un cuco era que no existía (y el Estado sí existe: creo que hay consenso sobre eso, pero si quieres pruebas, pídemelas). Segundo, porque ese "neoliberal" a quien el Estado le pone a temblar de miedo, para mí sí es un cuco, es decir, es un ser tan malvado como inexistente. Lo he dicho en muchos sitios, por última vez hace poco, y lo seguiré diciendo hasta que algún alma caritativa me calle aportando un solo ejemplo de un ser humano real e histórico que haya dicho, bien que "el capital es más importante que el ser humano" (en la formulación habitual correísta), bien que "la competición es lo que define las relaciones humanas" (en la preferida por Georgie Porgie). No conozco a nadie que sea más neoliberal que yo (aquí "neoliberal" en el sentido de "feo, asqueroso, desdentado, mal vestido, hediondo a tabaco, malvado, y receloso del Estado") pero ni yo mismo creo que el capital es más importante que el ser humano, tampoco creo que lo único que cuenta en las relaciones humanas es la competición, y si alguien tan repugnante como este servidor no cree esas barbaridades, sospecho que nadie las cree ni las ha creído nunca. Pero esto es, quizás, tema aparte, y como en todo, puedo estar equivocado.

Digámoslo de paso: creo que lo que hay aquí es un malentendido. Si ves a una persona que actúa como si creyera en algo tan horrible como que el dinero es más importante que el ser humano, la próxima vez, no intentes leer su pensamiento: en lugar de ello, pregúntaselo directamente. Puede sorprenderte su respuesta. Puede que en realidad quiere lo mismo que tú, sólo que intenta conseguir el mismo resultado por otros medios. O incluso, un resultado más noble. Quién sabe.

Volvamos al Estado. La Carol, armándose de paciencia y con cara de estar hablando con un retrasado mental, me dice: no estoy diciendo que el Estado no exista: simplemente que no encarna el mal como alguno de ustedes da a entender. Bueno, voy a partir de esta interpretación.

En primer lugar, mi respuesta habitual: fuera de terremotos, plagas y otros azotes de la naturaleza, dime algún ejemplo de una atrocidad a gran escala que haya sido perpetrada por algún ente que no sea un estado nacional. ¿Estamos en la misma página? El Holocausto (sí, aquel): el Estado alemán. El Terror en Chile: el Estado pinochetista. El colonialismo británico: el Estado anglosajón. La esclavitud en EEUU: los Estados de la Confederación. La hambruna rusa de los años 20: el Estado soviético. Creo que no es necesario seguir. Hasta el Estado ecuatoriano, tan oso peluche, tiene en su haber varios masacres, y una suerte de coqueteo con el pinochetismo light bajo el mandato de León Febres Cordero, según cuentan. Si has nacido con ganas de torturar a otros seres humanos, como el Abbes García de la Fiesta del Chivo, rápidamente entenderás que no hay mejor lugar para ti que dentro de las mazmorras de la maquinaria de un Estado nacional: no cualquier estado, tal vez, pero en grados y métodos, hay para todos los gustos, y afuera de esos mismos estados, para muy pocos.

Y ello es así por una simple razón, tan simple que hasta yo la creo entender: el Estado, prácticamente por definición, ostenta el monopolio de la fuerza.

Ahora, imagina que has viajado algunos siglos atrás en el tiempo, hasta aquella época oscura en que los locos, en vez de recibir pingües nombramientos en ministerios, se encerraban en horribles manicomios. Eres un personaje caritativo y sensible a más de burgués: has entrado a ver a los infelices prisioneros, a velar por sus posibles necesidades.

En una celda encuentras a un loco que dice, a quienquiera le preste el oído, que el Estado es el mismo Demonio. Que cuando él sea presidente, lo primero que hará es cerrar de un plumazo todos los ministerios, hasta el de Obras Públicas. Disolverá las Fuerzas Armadas y la Policía. Cerrará los municipios. Despedirá a los jueces. Subastará todos los bienes del Estado y regalará el dinero al primer mendigo que vea en la calle. A continuación, cuando el Estado ya sólo sea él, se abolirá a sí mismo. Es decir, saldrá del palacio presidencial con la mochila en la espalda y veinte dólares en el bolsillo para dar una vuelta al mundo, y dejará el letrero en la puerta: "Museo Público. Entrada gratis". Y tú. alma caritativa, sacudes la cabeza tristemente mientras te dice todo esto. "¿Hay algo que se pueda hacer por él?" le preguntas en susurro al director del manicomio que te acompaña. "Nada: el señor Bakunin es incorregible," te contesta.

Sigues caminando. En otra celda, al final del pasillo, está el otro, el que cree que el Estado lo es todo. Este hombre te explica que todos los problemas del mundo vienen porque el Estado no tiene suficiente poder sobre las personas. Que cuando él sea presidente, lo primero que hará es instalar una cámara en todas las habitaciones de todas las casas del país, y emplear a un ejército de operarios encargados de vigilar los movimientos de las personas y reportar cuando se detectan comportamientos antipatrióticos, que serán debidamente castigados. Que establecerá comités de censura suficientes para que nada sea publicado en lo largo y ancho del país, hasta en las redes sociales, que no haya sido previamente filtrado y corregido. Que todas las empresas serán nacionalizadas, y sus gerentes, empleados del estado nombrados por el Congreso. Que cada aspecto de la vida del ciudadano, desde su dieta (racionamiento con tarjetas) hasta su entretenimiento (exclusivamente a través de medios oficiales) hasta su elección de pareja (requisito sine qua non, el beneplácito del Comité Revolucionario del barrio) hasta el número de hijos que tiene, hasta su movilidad física, todo todito, será sujeto a un minucioso reglamento y a un no menos minucioso escrutinio. Y de nuevo, sacudes la cabeza en son de gran congoja y pesar. "¿Hay algo que se pueda hacer por este infeliz?" "Nada, este señor Hegel no hay quien lo mueva de su idea fija."

De acuerdo, tanto el uno como el otro son locos de remate. Es lo que supongo quiso decir la Carol, con aquello de "estratagema resbaladiza y reduccionista de la complejidad social presente aquí o en cualquier lugar". Los dos locos, el del Estado-Demonio y el del Estado-Salvador, cada uno a su manera, son reduccionistas, y Dios nos libre de ser como ellos. Es lo que también quise decir yo, en mi última entrada, con aquello de (y esta vez puedo citar de memoria: ser brutalmente simplista tiene esta ventaja): "Los terremotos son malos". Entiéndase, y cambiemos de metáfora: aunque el Estado sea un horrible parásito que se ha instalado en tu cuerpo y tiene sus tentáculos dispuestos alrededor de tu corazón, por eso mismo arrancarlo de golpe no es tal vez tan buena idea, si tu idea es sobrevivir después. Pero anticipo.

Lo que me gustaría que me contestará la Carol, o cualquier partidario del mismo género de estatismo que ella vende, es simplemente esto. Entre los dos locos, el anarquista-humanista o el fascista-totalitario ¿cuál escogerías para cuidar a tu gato? ¿A tu bebé? O tal vez esto: entre los dos locos reduccionistas, ¿cuál cree usted que tendría más posibilidades en el mundo de hoy para colocarse en un ministerio, o para escribir artículos en El Telégrafo? ¿Cuál de los dos, en otras palabras, representa una mayor amenaza? ¿Cuál, el partidario de abolir al ejército y la policía, o el amante de las cámaras, de la tortura y de las familias planificadas, ha conseguido mayores logros en los últimos 150 años a nivel global? ¿En cuál dirección parece que vamos caminando? ¿Contra cuál de los dos tenemos el deber humano de apuntar nuestra pobre artillería verbal? ¿Quo vadis?

Yo, por mi parte, sigo diciendo lo mismo. Si el parásito se muere, algún día, que sea por inanición y no por violencia. Por ello, para que no tenga de qué comer, es preciso dejar atrás el ser tribal y cultivar al ser humano que llevamos dentro. Que este ser humano se distinga por preocuparse de las víctimas de los desastres naturales es una teoría como otra cualquiera, pero no es mal punto de partida, en mi opinión.

viernes, 22 de abril de 2016

De terremotos un poco

Por si vienes aquí desde fuera del país (cosacos incluidos): bien, gracias. Este "gracias" no lo hago extensible a todos los que han querido ayudar con donaciones o lo que fuera, como sí hacen algunos, "en nombre de". No escribo en nombre de nadie, y no corresponde agradecer vicariamente. Los afectados, que no soy yo, les agradecerán o no, o quedará en la voluntad, cada uno según sus posibilidades.

No puede decir nada "en nombre de", porque no represento a nadie más que a mí, acaso a mi familia si se quiere, y porque más allá de eso no soy parte de una sociedad. De esto quería hablar.

Pero empecemos precisando que, cuando se dio el sismo, estábamos en el carro camino al cine. El carro empezó a portarse exactamente como si una (por lo menos) de las ruedas estuviera a punto de desprenderse del vehículo. Esa sensación. Al detener la marcha del vehículo, nos dimos cuenta que se movía era la carretera. (No se asusten, a veces la gramática ecuatoriana se me pega. Inserten un "lo que" tácito y andando.) Seguimos al cine, y vimos cómo del gran edificio del centro comercial salía gente, algunas llorando, otros con cara de querer contárselo a los compañeros o a la vecina. En el súper algunos productos habían caído de las estanterías. No se reportó nada más. Volvimos a casa y pasamos tres horas en la oscuridad antes de que se volviera a conectar la luz. Como siempre cuando se va la luz, añoraba la guitarra perdida.

Amanecimos a una ciudad (Guayaquil) con un par de puentes derrumbados, algunos edificios dañados, dos muertos, algún corte de luz, y una sensación general (no universal: dos muertos son dos familias) de alivio por no haber estado más cerca del epicentro.

Pasan los días y se acumula el conteo de muertos y heridos y las anécdotas. Se habla de ciudades destruidas, como una especie de franja de Gaza a lo criollo. Se habla, de forma impactante, de espacios urbanos donde quien manda es el hedor (sea de aguas servidas, de comida estropeada o de cadáveres) y el aire se vuelve espeso de mosquitos, y para escuchar las débiles quejas de los enterrados por encima del ronroneo de generadores improvisados, un perro.

También los rumores, algunos absurdos o simplemente pintorescos. Aquella "grabación" que habla de una placa de tierra que cayó "veinte kilómetros" y otra que quedó "en el aire" sospecho que haya sido creación de la SECOM, para justificar el meme de que sólo a "medios oficiales" hay que prestar atención. A los robos de credulidad se suman los robos materiales, de parte de aprovechados que ven en la desgracia la ocasión de llenarse los bolsillos: saqueos (a los pocos minutos de darse el sismo, no hablo de le economía de guerra emprendida después, lógicamente, por los supervivientes), dos camiones llenos de donaciones que fueron secuestrados, y ahora el oportunismo de un Correa que ve en el desastre una ocasión perfecta para taparse los huecos del presupuesto metiendo la mano en el bolsillo del ciudadano con ocasión de.

De todo hay en la viña del Excétera.

Como apunta Gabriela, quien se hace inevitablemente cargo de estas situaciones es la sociedad civil. Llega, da órdenes con voz perentorio, establece prioridades, distribuye. A los minutos, a las horas, a los días en algunos casos, llega el político, preocupado no por el dolor ajeno, que apenas percibe, sino por ese protagonismo que siente que le han sustraído a la fuerza. ¿Cómo se atreven a dar órdenes, si es él que las da? ¿Cómo se atreven a hablar del heroísmo del rescatista, si el único héroe siempre ha sido él? ¿Cómo se atreven a dar "información" que no tenga el sello oficial?* Y peor: parece que las desgracias activan una especie de sentimiento tribal, atávico, de solidaridad y de mutuo auxilio. El político populista, que ha pasado años intentando "unir" a la "sociedad", o por lo menos a la "gran mayoría", pero en torno a su figura, no puede sino recelar de un fenómeno que amenaza con trascender los compartimentos estanco amigo-enemigo, con arrasar los diques maniqueos tantos años en cuidadosa construcción. "Está muy bien que se solidaricen, amigos, mientras recuerdan que el más solidario de todos siempre seré yo. Por eso, todos esos fondos que ustedes ya destinaban a la ayuda del damnificado, quiero que hagan el gesto de depositarlos primero en mi bolsillo, como muestra de fe..."

Ojo, no he dicho (algunos sí dicen) que esa ola de sentimentalismo es algo rescatable frente a la tragedia. Es una simple y necesaria reacción, atávica como digo, que cumple la útil función de activar el auxilio mutuo cuando éste se ve necesario. Pero no es algo perdurable, ni siquiera demasiado profundo. No es un "espíritu" que marca "un pueblo". No es un fundamento sólido sobre el cual levantar el nuevo edificio de una sociedad civil sana y robusta después de tantos años de vivir aplastados por la bota del colectivismo centralista y autoritario.

Tarde o temprano, esa sociedad tendrá que construirse. De lo contrario, esos remedos de sociedad que tenemos y de los que me encuentro excluido, perecerán, y no será nada agradable.

Por eso quería hablar de terremotos un poco.

Si algo hemos aprendido, creo, es que los terremotos son malos. No importa quién los causa ni con qué idealistas fines. El sueño de echarlo todo abajo, de arrasar con todo para luego construir, en Ground Zero, el soñado nuevo Jerusalén, es lo que mejor distingue al idealista adolescente, el futuro caudillo de gafas oscuras, el torturador reflexivo. Echar abajo una casa - por vieja, por insalubre, por caduca, por afecta de pulmones, porque estorba - es una acción rutinaria y justificable siempre que se consiga el consenso del ocupante. Echar abajo una ciudad nunca es justificable, porque las ciudades no pueden dar su aprobación, salvo "colectivamente", y eso no cuenta, porque el colectivo no puede medir las consecuencias de lo que alegremente e irresponsablemente decide. Y por si alguna duda hubiera: ni el Nuevo Jerusalén liberal (o neoliberal si prefieres) se debe ni se puede construir así, arrasando con todo, destruyendo, echándolo todo abajo. Siempre hay que empezar con lo que tenemos, no con lo que soñamos.
´
Tú ya sabes lo que tienes que hacer. Siempre supiste.


* Sobre la información: ésta siempre tendrá el mismo valor, exactamente, que la responsabilidad exigible a quien la proporciona. En este sentido, las redes sociales no son información, son ruido. Esto también es ruido. Siempre hay mucho ruido en estos casos. Aprendan a distinguir.

sábado, 16 de abril de 2016

How doth the Neoliberal

How doth the Neoliberal
Improve his spectral Bonce
While entertaining ghoulish Guests
With hollow vol-au-vents!

How stealthily he smeareth Poo
On Georgie Porgie's Pud,
While craftily neglecting to
Exist in Flesh and Blood!

martes, 12 de abril de 2016

Réquiem por una presunción de inocencia

Si algo me falta para ser inglés inglés, es el empirismo. Y sí, la falta de esta importante cualidad es un defecto, lo reconozco. ¿A qué me refiero exactamente? Pues a ese abismo filosófico que siempre separó a las Islas Británicas del Continente, y que se manifiesta en que si un francés o un alemán encuentra en sus elucubraciones cierta simetría, cierto orden, tanto para sugerirle la posibilidad de extraer de ellas "un sistema", va y lo publica. El inglés, en cambio, si encuentra un sistema en sus pensamientos va al médico. Para él es artículo de fe incuestionable, fruto de la amarga experiencia, que el universo es chueco. Que las cosas casi encajan, pero sólo casi. Que en todo hay excepciones y margen de error. Que nada sirve. Sobre todo, que nada es tan sencillo como parece. Y que los sistemas son aburridos, pero las excepciones, interesantes, y que la mayoría en casi todo (no en todo, pues no hay ese "todo") está equivocada.

La Ley de Sturgeon está hecho para los ingleses.

Me objetarán: Darwin fue inglés, y descubrió un sistema, que a la vez dio la estocada de muerte al teísmo y explicó de dónde viene la diversidad de las especies. Bien. Todo esto lo hizo de joven, pero de viejo ya estaba intentando redimirse de tales indecorosos entusiasmos, dedicando su tiempo al estudio minucioso de las lombrices y los gusanos, que al final fueron sus más fieles amigos, pues le acompañaron hasta a la tumba.

De muy joven, en mi primera visita a España, escuché decir: los españoles son devotos de Venus, por eso encierran a sus mujeres; los ingleses son devotos de Baco, por eso cierran los bares a las diez y media. Son de esas cosas que tan sólo se le ocurriera decir a un continental: esos apotegmas que superficialmente parecen ingeniosos y certeros, hasta que los sometas a ciertas pruebas lógicas y te das cuenta de que son simples burradas.

Pues bien: por deformación vivencial, por simplismo mental, por mediocridad, por lo que sea, soy de esas personas que siempre buscan generalizar, que siempre buscan patrones, que siempre buscan sistemas. Soy de los que generalizan sobre "los ingleses" (cosa que ningún inglés haría) hasta que me doy cuenta que soy la excepción que manda toda la regla a la basura. En fin.

Sí, usted acaba de leer un preámbulo auto destructor, como en Mission: Impossible. ¿No vio el humo?

Todo esto en realidad para decir, simplemente, discúlpenme si lo que voy a decir es una generalización temeraria, que sí lo es. Soy un ser hecho de generalizaciones y de prejuicios. No doy más de mí. O si quieres que dé más de mí, mándame una botella de algo fuerte.

Lo que iba a decir: tengo la sensación de que la presunción de inocencia está agonizando en Occidente, y que (aquí viene la maldita búsqueda de patrones) lo mismo se ve en el revuelo en torno a los Panama Papers, como en ese otro revuelo en torno al caso Ghomeshi.

Exhibit A. Titular: Se activa petición en Internet para que publiquen todos los 'Papeles de Panamá' .Lo más hilarante y a la vez ferozmente deprimente del artículo: esos enfermos de odio y de envidia que propulsan dicha "petición" se hacen llamar Juventud por la Ética. Sí, como lo oyes. A ninguno se le ocurre, al parecer, que la ética más elemental se posiciona en contra del robo y de la difusión de información privada. Pero uno ya sabe cómo contestarán ante este tipo de objeción: la privacidad importa un bledo cuando hay delitos o indicios de, o cuando hay inmoralidad, o cuando hay sospecha de "neoliberalismo". Textual:

"Es por eso, que los ciudadanos exigimos a los medios de comunicación que participaron de la investigación financiada por el Center for Public Integrity; que recibe dineros de la Fundación Ford, Carnegie Endowment, Open Society (de George Soros), la Fundación Rockefeller, así como por la USAID; que respeten nuestro derecho a la verdad y la información completa y publiquen al mundo todos los papeles de Panamá"

(emphasis mine). Diez mío, en qué mundo enfermo vivimos. Entérense de una vez, imbéciles: el "derecho a la verdad" no existe. La verdad cada uno tiene responsabilidad de buscarla de la manera que crea más oportuna. Nadie tiene la obligación de regalártela, so burro, con etiqueta de ingredientes y dosis recomendada y advertencia de interacciones, y menos cuando esa "verdad" en realidad esté escrita en documentos robados. Y del mismo modo que tenemos responsabilidad de buscar cada uno nuestra verdad, tenemos la responsabilidad, la más sagrada que jamás haya existido o que pueda concebirse, de no orinar encima de las papas fritas ajenas. Entérense de una vez, hágannos ese favor.

En resumen: el problema, muy probablemente, es que esa gente cree que tener más dinero que ellos, el suficiente como para querer guardarlo en lugar seguro, es inmoral, o que buscar cómo pagar legalmente menos impuestos es inmoral. Y tal vez lo sea, porque la moralidad es subjetiva a fin de cuentas. Cualquiera, en cinco minutos, es capaz de idearse una moralidad que justifica todo su propio proceder, pasado, presente y futuro, y condena a todas aquellas personas que uno, por las razones que sea, quisiera ver en la cárcel. Hace siglos se dieron cuenta de eso, y por eso, para salvar a la convivencia social. inventaron el concepto de legalidad. Que uno podría ser todo lo inmoral que quisiera (de acuerdo con la visión puritana ajena), con tal de apegarse a las leyes. Por lo que, insisto, tiene cierta relevancia la observación de que figurar en la lista de Mossack Fonseca no constituye delito, no siquiera indicio de tal. Es legalmente irrelevante. Por tanto, todo este revuelo se basa en la presunción de delito donde no ha sido probado delito alguno, ni siquiera existen sospechas fundadas. O sea, en ganas de fregar.

Y es que a veces uno se levanta, abre el diario y se choca ante el triste espectáculo de una sociedad mediática mundial holier than thou, hinchada de un moralismo pagado de sí, hambrienta de motivos para indignarse, y siempre dispuesta a condenar antes de escuchar.

Exhibit B: Caso Jian Ghomeshi. Se me acaba el tiempo, así que muy brevemente: un popular radiodifusor canadiense es acusado de haber violado y/o abusado sexualmente de varias mujeres. Se entabla un juicio. En el juicio, bajo interrogatorio, se demuestra que todas esas mujeres mienten. Incluso se escucha a una de ellas decir: bueno, todo esto lo hemos urdido simplemente por al placer de verle humillado al tipejo ése. Y entonces, una persona de mente sana piensa: menos mal que existe la presunción de inocencia, menos mal que existe el debido proceso, menos mal que existe el derecho al interrogatorio, para que personas inocentes no vayan a la cárcel. La sorpresa: tras el fallo del juicio, los diarios (en Canadá, en el R.hU., en no sé qué más países) se llenan de artículos de gente que basándose en ese mismo juicio insisten en que la presunción de inocencia no debe proceder para casos de violación o abuso sexual, que se debe creer al acusante y no someterle a ningún interrogatorio, porque si no se procede así, corremos el riesgo de que los mentirosos se revelen, y así, perderemos la posibilidad de encarcelar a gente que, si bien son legalmente inocentes, apestan.

A eso hemos llegado, y creo que lo peor está por venir.

Cuídense.