miércoles, 17 de diciembre de 2014

Banderas

Un tuit capaz de cercenarle el brillante futuro a una mujer política de alto vuelo en Inglaterra:


Como es natural, el día siguiente de publicar este tuit, que el propio Primer Ministro calificó de "horrendo", ella ofreció su dimisión. Y el editor político de la BBC, un tal Nick Robinson, agrega que se trata de "la más extraordinaria herida autoinfligida que he visto en un partido de oposición en muchos, muchos años".

Claro, ustedes querrán saber qué es eso tan terrible que dice el tuit. Pues se lo traduzco. Dice: "Imagen desde #Rochester". Siendo Rochester el nombre de una ciudad donde en aquel entonces había unas elecciones parciales. Eso es lo que dice.

¿Y entonces?

¿Qué hay tan terrible en publicar una foto de una casa y decir en qué ciudad se encuentra la casa?

Contexto, ñoras, ñores.

La bandera es la inglesa. Como Inglaterra no es propiamente un país, habitualmente este símbolo se usa solamente en los partidos de fútbol internacionales, donde según una mustia convención que nunca entendí, el país del Reino hUnDido se divide milagrosamente en cuatro, deviniendo Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte, aunque el la práctica Gales es una irrelevancia en soccer (el algún remoto pasado no lo fue en rugby, pero eso es otro cuento). Según trascendió más tarde, el habitante de la casa tiene esa bandera ahí desde hace ese siglo y medio que han transcurrido desde la última Copa Mundial, mayormente por vaguería. Además, algunos medios han sugerido que el color blanco de la camioneta puede tener valor simbólico, aunque yo personalmente no lo veo. En fin, quedémonos con la bandera.

El sous-texte del tuit, entonces, tal como lo interpretó toda la indignosfera del país al instante - interpretación que (y esto me parece interesante) nunca fue desmentida por la autora, ni siquiera matizada que digamos - llega a ser algo así como:

Miren ustedes qué tipo de gente miserable tenemos que convencer a votar por nosotros en esta horrible ciudad, que hasta cuelgan banderas de Inglaterra desde sus ventanas. ¡Qué asco!

O sea, que la señora política laborista piensa que una persona que cuelga una bandera de su propio país (o parte de él) desde su ventana es (para prestarle una locución a mi esposa) "de lo último".

¿Y entonces?

Pues ahí está la cuestión. Si eres político allá, no te está permitido expresar opiniones negativas acerca de los votantes, o de cualquier votante en especial, pues se supone que a menos que infrinja la ley (cosa que es muy difícil de evitar si vives en ese país y no eres una esponja o un poste de alumbrado público, pero en fin) el votante siempre será a los ojos de ellos, de los políticos, un excelente y admirable espécimen, un dechado de virtudes y la viva encarnación del arquetipo profundo del law abiding citizen. Doctrina que, evidentemente, garantiza al 100% que todo político allí será, necesariamente, un hipócrita consumado... a menos que creas que sea humanamente posible ir por el mundo sin que nadie te caiga mal por su asquerosa cara, su estúpida voz chillón o su costumbre de apretar el tubo de pasta dentífrica por el extremo equivocado.

¿Que por qué lo menciono? Supongo que simplemente para ilustrar las curiosas diferencias que pueden darse entre diferentes países y culturas. Allá, en Inglaterra, al votante le gusta que le adulen, que le hagan la pelota de la manera más desvergonzada y asquerosa. Acá, en cambio, al votante le encanta que le insulten, que le digan "idiotas como tú", que le tilden de inepto e incapaz, que le quiten cosas (como el trago los domingos) "por su propio bien", o sea, diáfanamente porque es un babeante imbécil con una edad mental que no llega a dos dígitos. Mientras más le insultas al votante ecuatoriano, más te vota. Y dicen luego que los ingleses son masoquistas.

Por otro lado, en este país ponerse a vender banderas (como lo hace algún almacén allá por la Alborada) se ve como una muestra admirable de patriotismo. Allá, en cambio, un lugar que vendiera públicamente banderas del país (sean de Inglaterra o del R.hU.) sería inmediatamente objeto de un seguimiento encubierto por parte de la policía, por presunta vinculación con peligrosos grupos de ultraderecha. Diff´rent strokes.

Lo menciono también porque el vecino de enfrente ha colgado, hoy mismo, una bandera de Barcelona desde su ventana.

No sé qué pensar, realmente. Por un lado, estoy con la Emily Thornberry: solamente una persona algo perturbada, algo rara y siniestra, colgaría una bandera en la fachada de su casa. Desde que veo esa bandera de Barcelona ahí, voy a andar con más cuidado cuando veo ese vecino. Tal vez sea un coleccionista de órganos humanos. Tal vez sea zoófilo. Tal vez sea empleado de la SECOM. Nunca se sabe. A partir de ahora, un trato correcto pero distante creo que es el indicado. Pero por otro lado, veo algo admirable en ello también. Una persona que hace muestra pública de su apoyo a un equipo que puede perder (en el presente caso, no sé con qué grado de probabilidad, pero en el caso de Inglaterra en las últimas Mundiales, perder era una absoluta certeza) es una persona que, a pesar de todo, tiene cierta valentía. Mi posición personal (no me gusta el fútbol, me importa un comino quién gana) es mucho más cómoda. Ese tipo de fidelidad, a pesar de todo, inspira admiración. Ojalá hubiera manera de emplearla en algún objeto más digno.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Simón dice...

“God's will usually seemed to coincide with her father's, and against this partnership there was no hope of appeal.”  
      Anya Seton, Dragonwyck


Repite esto. ¡Cállese! O'Grady te manda repetir esto. Ahora sí...

Kingsley Amis se acuerda de la versión católica con O'Grady: yo me quedo con "Simon says", y así también el Tío Wiki. Como bien sabía Amis, este aparentemente inocente "language game" forma la base de toda cadena de mando, y por tanto, de aquella institución originaria (en la actualidad) de todas las cadenas de mando, el Estado. Yo te puedo dar órdenes y tú las tienes que cumplir. ¿Que soy debilucho y enclenque y no te doy nada de miedo y no te da la realísima gana? Cuidado. Mis órdenes son avaladas por la autoridad de mi superior, el teniente O'Grady. Es con él con quien tendrás que vértelas en caso de desacato. Aja: "O'Grady and whose army?" Pues ahora que lo dices, sepas que el Jefe Mayor de todas las fuerzas armadas del país, de las cuales el teniente O'Grady es destacado y galardonado miembro, es nada menos que el Presidente Răzvan. Supongo que no pondrás en entredicho tan majestuosa autoridad. Pero si te empeñas, en el juicio que sigue, antesala de la cárcel y peor, no faltará quien recuerde que el Poder Constitucional investido en el Presidente Răzvan y simbolizado por estos imponentes banderas y estos sagrados símbolos (la Santa Batidora de Huevos del General Tortillo, una joya), es conquista y legado nada menos que del propio Simón. A lo que prosigue Amis:

The harm lies not in that, but in that this
Progression's first and last terms are "I say
O'Grady says", not just "O'Grady says".


(Las comillas son añadidura mía, en aras de claridad.) Aquí es donde se cae la máscara, a la cual se refiere la Sra Mancero en su sorprendente artículo. Para efectos hegemónicos, no importa si la Máxima Autoridad se llama O'Grady, o Simón, o Dios, o Alá, o El Pueblo Soberano. No importa porque este personaje nunca habla en nombre propio, sino siempre "a través de" quien o quiénes realmente detentan el poder. Nunca tendrás que obedecer las órdenes de Simón en persona (como si se pudiera "personar", algo tan inefable como un Pueblo Soberano, o un Destino Histórico), sino aquello que yo digo son órdenes de Simón. En 1984, Winston pregunta a O'Brien si el Gran Hermano realmente existe. Por supuesto, dice O'Brien. "Pero ¿existe como tú, como yo?" La respuesta escalofriante de O'Brien: "Tú no existes". Y esto también es consecuencia lógica del juego. Yo tengo la misteriosa, sagrada y soberana atribución de representar e interpretar la Voluntad de Simón. Tú no. Tú no puedes decirme a mí lo que Simón quiere de mí (como por ejemplo que deje de dar la lata con el dichoso Simón ése). La cadena no va en esa dirección. A ver, a ver... ¿cuántas elecciones has ganado, eh? Entonces cállate. Perdón: Simón dice cállate. El Pueblo dice cállate. ¿Cachas? Cuando de tomar decisiones sobre tu vida se trata, tú no existes. Simón en cambio sí. No lo has visto, más que en un póster tal vez, pero él está en un plano de existencia del cual tú te encuentras excluido. Así son las cosas.

Simón, entonces, es la "ilusión legitimadora" a la que se refiere Mancero citando a Philip Abrams. Ese ser que hace de puente entre mi deseo de esclavizarte y aquel aliado que creo identificar dentro de tu propio cerebro y que podré instrumentalizar a tal efecto, ese deseo tuyo de hacer lo correcto, de gozar de aceptación y estatus social, de no desentonar, de pertenecer a la Gran Mayoría Moral. Para instrumentalizarlo, lo único que necesito es una Autoridad que te convenza, que legitime, que afiance el control remoto. Aquí Rafael Correa, en una reciente entrevista:

"De allí que instó a plantearse ¿quién manda en una sociedad, si el capital o los seres humanos, las élites o las grandes mayorías?"

Tengo a los torquemadillas a mis espaldas, respirando por mi nuca, así que prefiero no entrar en detalles sobre el padecimiento psíquico evidenciado por quien es capaz de plantearse una pregunta semejante. En una sociedad, Sr. Correa, en una de verdad, nadie "manda": eso entra en la propia definición de sociedad. Mira, te lo pongo fácil:

Sociedad: Agrupación natural o pactada de personas, que constituyen unidad distinta de cada uno de sus individuos, con el fin de cumplir, mediante la mutua cooperación, todos o alguno de los fines de la vida. (DRAE, énfasis mío)

 Claro que este ideal de sociedad basada en la mutua cooperación se encuentra muy parcialmente realizado por dondequiera que mires, precisamente porque la enfermedad del poder, el deseo de "mandar", se encuentra tan extendida: muchas veces, la realización práctica de "sociedad" consiste en susurrar, entre risas sofocadas, a espaldas del Jefe. Pero insisto: en cualquier lugar, si a la pregunta "¿quién manda aquí?" recibes una respuesta al instante y sin titubear, lo que tienes delante no es una sociedad sino una jerarquía, palabra que proviene del griego y evoca el poder de lo hieros, de lo sagrado, siempre mediado e interpretado por los jerofantes o sumos sacerdotes, en su particular jerigonza o impenetrable galimatías, el mismo que, según ellos, justifica su privilegiado estatus y todos los sacrificios que hacemos para que coman rico. Ahora, repitamos la pregunta, que no tiene desperdicio:

"¿quién manda en una sociedad, (...) el capital o los seres humanos, las élites o las grandes mayorías?"

Correa sabe perfectamente que "el capital" nunca ha mandado en ninguna parte, ni puede mandar, pues mandar es atributo de personas... pero suena bien, no digas que no. Y estoy de acuerdo en que, dondequiera que encuentras a algunas personas, eso sí, personas, dando órdenes, "mandando", vale inmensamente la pena preguntar quiénes son y con qué derecho "mandan". Y si son personas honestas, desenvainarán la espada, sacarán el puño, o maniobrarán sus tanques de guerra sobre tu césped, y dirán con una gran sonrisa socarrona, "con este derecho". Porque el poder, en el fondo, es eso: la capacidad física, logística y balística de aplastar al adversario las veces que sean necesario. Nada más y nada menos.

Pero resulta que nadie dice esto. Siempre hay un Simón, un Simón sospechosamente ausente, de cuya excelsa voluntad nuestros parásitos no son más que humildes y abnegados instrumentos. Antiguamente se hacía llamar Dios (según autoridades tan diversas como Anya Seton y Bob Dylan); ahora con más frecuencia ellos se conectan con ese traidor dentro de tu cerebro llamándolo "el Pueblo" o, helo aquí, "las Grandes Mayorías". Lo dicho: psicológicamente es la mar de eficaz. Si no aceptas el veredicto de "las grandes mayorías", siempre según lo revelado por nuestros queridos jerofantes, pues lo siento, te acabas de excluir de "la sociedad" (el resto de gente que sí lo acepta), y además, te muestras como un ser egoísta, perverso, inmoral. Tú eres una sola chica, y ellos son nueve caballeros violadores: ¿quién eres tú para objetar su mayoritaria y sagrada voluntad? Por algo se ha dicho: la democracia es dos lobos y un cordero votando sobre qué cenar esta noche. Con la particularidad de que el lobo humano no dice "me place comerte", sino "Simón dice que te tengo que comer". "Lo siento, la decisión de la mayoría es que debes ser comido. Yo no quisiera, pero...". La apoteosis de la cobardía, en suma. Así somos.

Si una cosa hay claro en todo esto, es que ninguna mayoría es grande. Las mayorías pueden ser muchas cosas, pero grandes nunca. Y como siempre digo, cualquier duda, diríjase a Milgram Experiment. Las mayorías son precisamente eso. Así de siniestras y así de patéticas y deleznables.

Entonces, ¿qué? Se ensalza la minoría, la élite pues? No, y presta atención: la élite y la "gran mayoría" se necesitan mutuamente, son dos caras de una misma moneda, y perdonen el cliché, por mucho que se predique lo contrario. No hace falta más que mirar el Ecuador actual: nadie duda seriamente de que ahora hay "una élite" ocupando el poder político. Asimismo, parece claro que una de las armas con las que esa élite mantiene su hegemonía es precisamente esa retórica tan infantil como deshonesta según la cual todo se hace en función del Pueblo, de esas silenciosas "mayorías", que supuestamente "mandan" y cuya voluntad, de alguna misteriosa manera, siempre coincide con la de su Presidente electo, y sus odios y prejuicios, ídem.

¿Cuál es la alternativa? Pues lo dicho: una sociedad, un espacio de cooperación, en que se dificultaría la acumulación de poder, en la que se practicara la honestidad intentado llamar las cosas por su nombre, si es que nombre tienen, y donde reinara un salubre recelo a las abstracciones inhumanas, sean ellas "Pueblos", "Mayorías" o cualquier otra deidad que se oculta y se escuda tras una conveniente ausencia, cuando no se encuentra justificando matanzas y torturas emprendidas por El Poder en defensa propia. Imagine there's no Simon: tú decides por ti, y yo por mí, hasta el límite de lo posible, y ambos nos responsabilizamos de las consecuencias de nuestro actuar. Mientras alguien o algo "manda", no estamos ahí todavía. That's what O'Grady says.

Si llamé sorprendente al artículo de Mancero, no es que yo presuma de conocer sus antecedentes, su carrera y sus ideas. Simplemente me sorprende que en un medio como El Telégrafo se permita cuestionar el carácter sagrado del Estado, de que todos viven y comen por esos lares, o que se vislumbre públicamente su íntima relación con los crímenes de lesa humanidad en este país y en otros. Tal vez el Sr Pérez estaba ocupado ese día, y lo dejó pasar por equivocación. No creo que veamos nada más por el mismo estilo en mucho tiempo. De todas maneras: un pequeño bravo creo que sí merece.

Mucho más en la línea habitual del medio es el artículo del desdichado de Werner, muestra impagable de racismo, mezquindad y enorme deshonestidad (como si "los alemanes" pretendieran otra cosa que lo que pretende cualquier turista visitante al país, que es poder entrar y salir sin obstáculos y ver lo que desea ver y sacar sus propias conclusiones y fotografías y opiniones al respecto, cosa a lo que cierta Declaración Universal les otorga legítimo derecho, creo recordar). Dos cosas a tomar en cuenta: primero, que el racismo institucional y la xenofobia ya parecen moneda corriente de la nueva versión del correísmo (los comentarios de Correa acerca de la Tabacchi, espeluznantes), y segundo, que se pone cada vez más de moda esa retórica deshonesta según la cual tus decisiones adolecen de "moralismo", mientras las mías son meramente "técnicas". El abuso de esta palabra, "técnico" lo encuentro en la entrevista a Correa, en el artículo citado de Werner, y en otro de la misma página: tal parece, todos se han puesto de acuerdo en que si yo me quejo de tus atropellos a mis derechos, estoy aplicando un "moralismo" típico del más rancio "conservadurismo", mientras si tú denuncias mi supuesto "egoísmo", falta de "solidaridad", etcétera, éstas son simples apreciaciones "técnicas".

Se me fue el tiempo, pero... When the fuck will these people grow up?

domingo, 14 de diciembre de 2014

Quiénes me leen

Hoy es domingo, día en que la gente lee, si es que lee algún día. Son las 7:45 de la tarde. El número de páginas vistas en el blog el día de hoy está en 17, según informa blogger.com. Tal vez llegue a 20 antes de que me acueste. Esto es lo que hay.

Bueno, no siempre. Hay días (escasos) en que llega a 50. Otros días queda en 5 ó 10. ¿Que no debería quejarme? ¿Que un público de entre 5 y 50 personas (siempre suponiendo que esos visitantes no "repiten", pues la cuenta es de páginas visitadas: podría, en teoría, ser una sola persona excesivamente masoquista) no está nada mal, para un viejo baboso de inspiraciones ridículas, de estilo plomizo y frecuentes errores de concordancia? Estuviera de acuerdo si no fuera por los siguientes dos datos, también extrapolables a partir del excelente servicio de rastreo de blogger.com, a saber:

(1) Casi la mitad de mis lectores viven en Uxrania.
(2) La otra mitad de mis lectores consiste mayormente en empleados de la SEXOM.

Debería aclarar que no tengo nada contra los uxranianos. Me parece gente excelente, la sal de la tierra, y si tengo que enfrentarme algún día a un Trial By Combat, escogeré preferentemente a un xosaco para defenderme. Pero como sea que este blog no los menciona para nada, ni a ellos ni a su país, que no conozco en absoluto (ni como para saber dónde se ubica Crimea River), ni está escrito en uxraniano, tengo la viva sospecha de que esos visitantes llegan acá por equivocación, tal vez manejando una cadena de búsqueda en Google como Baxxlexhip Poxexkin, o algo así. Y en cuanto a los empleados de la SEXOM, pues tampoco tengo nada contra ellos, realmente. Hay peores maneras de ganarse un sueldo que eso de buscar Enemigos de la Patria e indagar en sus circunstancias personales para posibles futuros juicios, procesos de expatriación, o lo que sea. No soy tan ingenuo como para creer que ellos, los humildes - ¿cómo los llamaré? - cibertorquemadillos, comparten la furia justiciera de sus jefes. Simplemente cumplen órdenes, y puedo simpatizar con ellos en tanto su trabajo debe ser extremadamente aburrido, algo parecido al del profesor universitario que se ve obligado a pasar horas investigando posibles plagios en trabajos entregados mediante Google. Si los conociera, les invitaría a una cerveza. Se lo merecen, los pobres.

Pero empleados de la SEXOM son, y lo sé porque el desglose de las páginas visitadas siempre gira en torno a un puñado de viejos posts que, sin ser ni los más interesantes ni los mejor escritos ni los más divertidos ni los más originales, sí comparten una de dos características: o bien "hablan mal" del Prexidente (donde "hablar mal" significa aproximadamente: no deshacerse en elogios sobre su excelente gestión, su incomparable liderazgo, etc.) o de algún dignatario de Alianxa Paíx, o bien proporcionan posibles datos sobre la identidad del que suscribe. Con lo que se colige fácilmente, creo que sin caer en paranoias, que en algún lugar reposa un archivo con una serie de citas "incriminadoras", cuidadosamente seleccionadas y descontextualizadas, junto con anotaciones sobre la identidad, lugar de trabajo y otras precisiones que en algún momento servirán para justificar esa patada en la puerta a medianoche que ya va haciéndose familiar en la cotidianidad ecuatoriana. ¿Que por qué todavía no llega ese día o esa noche? Porque, supongo, se espera esa perla de remate, algo así como la Frase Tonta de Emilio Palacio, ese olor a sangre que promete presa fácil y cárcel seguro dentro de la legalidad vigente. Se espera que yo escriba algo así como "El Prexidente es el hijo secreto de Xinochet y Hillary Clixton" para poder actuar. Algo así, sin equis y sin comillas. Entonces, ¡zas! el lobo.

Qué puedo decir. Pero ¿no se dan cuenta de lo ridículo que se ven? Y no solamente porque preocuparse de las expresiones de una viejo inmigrante intermitentemente coherente que no reúne más audiencia que dos ex novias españolas, un antiguo compañero de piso escocés y una horda de cosacos despistados les ubica mejor en un sketch satírico que en cualquier tarea de gobierno, así sea de gobierno criptofascista. Y en segundo lugar, porque aquí no hay nada siquiera jugoso. Por si acaso, todo lo que precede y todo lo que sigue en este blog se cobija bajo el siguiente disclaimer:

(1) No soy periodista. Por tanto, no tengo fuentes de información privilegiadas. Todas las opiniones sobre política y personajes públicos vertidas en este blog se basan en las mismas fuentes de información públicas a las que tiene acceso cualquier ecuatoriano lector de periódicos.
(2) No pretendo influenciar a nadie: al contrario, me entristecería mucho enterarme de que alguien estuviera tomando mis opiniones por suyas, en lugar de llegar a sus propias conclusiones por sus propios medios y raciocinios.
(3) No tengo mucha plata. Me temo que aunque me vacíe las cuentas bancarias, difícilmente llega el Prexidente a comprarse un pase de un día en algún parque de Disneylandia, mucho menos un apartamento en Bélgica o lo que fuera el último capricho suyo. Hay presas mucho más apetecibles desde ese punto de vista.

En fin. La cuestión es que quienes me leen no son, de momento, y con alguna salvedad honorable (ca me suffit) quienes quiero que me lean (ca ne me suffit pas). Y ¿quiénes son esos lectores tan especiales como elusivos? Pues gente así como sigue:

- Que comenten los posts.
- Que me expliquen claramente y sin ambages (y preferiblemente sin aspavientos) en qué estoy equivocado. Saben, estoy harto de estar equivocado sin saber por qué. Nadie me lo dice. Tal vez tienen miedo de que me ponga a ulular y a lanzar excremento. De veras, no soy así.
- Que me envíen botellas de whisxy (una vez tuve uno de ésos, pero desapareció).
- Que tengan mentes como alcantarillas.
- Que tengan sentido de humor.
- Algo de cleavage sería un plus. Me refiero a cleavage virtual, no estoy pidiendo adjuntos. Ése que se nota en el empleo de adjetivos y adverbios. Ya saben.
- Que también tengan algo que decir.

Puedo esperar. Pero no eternamente. Estoy entre seguir con esto y dedicarme al punto de cruz. Ya veremos.

Middlesbrough (3) West Bromwich Albion (0)

En un post anterior osé referirme en tono despectivo a la serie de HBO Game of Thrones sin haber visto de esa serie más de un fragmento de unos tres minutos de duración. Luego me sobrevino el arrepentimiento y la curiosidad. Realmente uno no debe hablar de cosas que no conoce. Así que me propuse la tarea de verla, hasta donde quedó (se amenaza una quinta temporada). Hecho.

Hay un video en YouTube de una entrevista con los creadores de la Vida de Brian (dos de ellos, si bien recuerdo) a quienes el programa enfrenta en torneo a un obispo y un muggeridge (especie de malvado duendecillo que antes florecía en Inglaterra, en los Viejos Tiempos). Los Python no se ven muy en forma ese día: mejor dicho, se les ve muy jóvenes y muy bocazas (si no tuviste una juventud de bocazas, reza tres avesistemas y lo olvidaremos).  El obispo, afortunadamente, no tiene apenas nada coherente que decir, aparte de un curioso argumento que de memoria resumo así:

- Si un adolescente, digamos un niño de catorce años, que no supiera nada de la fe cristiana, viera su película, se llevaría una versión muy distorsionada de la vida y de las enseñanzas de Jesucristo.

Ahí es donde uno se frustra, pues los Python según recuerdo se limitan a cuestionar la posibilidad de que un niño inglés de 14 años haya podido evitar todo tipo de roce con el cristianismo. La respuesta correcta, evidentemente, era la siguiente:

- Si un adolescente, digamos un niño de catorce años, que no supiera nada de la fe cristiana, viera esta película, no se llevaría ninguna versión de la vida y de las enseñanzas de Jesucristo, pues la película no trata sobre ese personaje.

Bueno, es una de tantas réplicas posibles. También serviría tal vez preguntar dónde el santo obispo había visto una parodia que no "distorsionara" (ya que tanto el obispo como el muggeridge insistían en que se trataba de eso, de una parodia, y está claro que no se equivocan del todo en eso). En fin. Me viene esto a la memoria simplemente porque cuando veo películas, series de televisión y otros productos que manejan un universo alternativo que se regodea tanto en Lo Medieval, en lo Mazmorras y Dragones, últimamente se me viene a la mente una pregunta similar:

- Si un adolescente, digamos un ecuatoriano medio de unos 42 años, o un neoyorquino ídem, que no supiera nada de la historia medieval, viera esta serie, se llevaría una versión muy distorsionada de la historia occidental y de la sociedad de otras épocas.

Y claro, casi al instante se me ocurre la respuesta:

- Pero si se trata del género fantasía, estúpido cabeza de chorlito. Las fantasías no tienen ninguna obligación de mostrar ninguna realidad histórica.

Y al igual que en el otro caso, luego me quedo pensando. La réplica, por contundente, no deja de ser simplista. Si la Vida de Brian no mostraba la vida del bueno de Yeshua, sí lo parodiaba (o mejor dicho, parodiaba algunas representaciones conocidas de la misma). Si Juego de Tronos no nos muestra ni pretende mostrarnos la Europa Medieval, sí descansa en algunos estereotipos que asociamos con ese pedazo indigesto de la Historia. En ambos casos, el espectador polimorfamente ignorante puede terminar con la cabeza llena de ridículos cuentos que más adelante podría confundir con La Historia. O que podría preferir antes que La Historia.

No voy a largarles el típico discurso denunciatorio contra los estereotipos de Merrie England: si quieren, pueden leerlo enterito en Lucky Jim. La cuestión es que los ingleses tienen su versión propia del mito de Cockaigne, de la Edad de Oro, vaya si la tenemos, que hasta fue capaz de seducir y de aturdir a un pensador tan escrupuloso como Orwell. Y lo más frustrante del mito es que, si le sacas sus Robin Hood, sus Reyes Arturo y demás impurezas legendarias, es muy difícil señalar en dónde está equivocado. Alguna vez, antes de la Política Agrícola Común, sí hubo carne con sabor. Doy fe. Alguna vez, antes del puritanismo socialista actual, sí había pubs llenos de humo, y con cervezas que valían la caminata. Hasta me atrevería a jurar haber visto alguna vez una buxom serving wench, por alguna parte, no me pregunten dónde. Nunca escuché allá ningún ruiseñor, siquiera en la infancia antes de Rachel Carson, pero confío en los poetas decimonónicos, en que sí existían esos aves legendarios en algún tiempo pretérito. En fin. Empiezo a creer que el problema de este mito, y tal vez con todo mito parecido, con toda Arcadia perdida, no estriba en lo que te cuenta, sino en lo que te calla.

Y tal vez lo mismo cabe decirse de las anti-utopías: de las largas noches neoliberales y todo el intríngulis. Nadie duda, a estas alturas, de que en los años ochenta y noventa en Ecuador toda la vida de la gente se desarrollaba en monocromo y con fondo de Karl Orff. Pero aun así, sospecho que en alguna parte, alguien (de nuevo, no me pregunten cómo) conseguía, de forma discreta, pasárselo bien, aun sin necesidad de pertenecer a la oligarquía, al gremio de las orgías en Carondelet. La vida monocromática sí admite ricos matices. Pregunten a los directores del cine negro de los años 40. Y es que este país siempre me parecía puro cine negro.

Adonde voy con esto... a varios sitios. Por un lado, a una necesaria admisión: mi mente está infecta, de modo irreversible, de esa tendencia a regodearse en un pasado ahistórico, mítico, idealizado, novelesco: un pasado que se presta a confundir con un presente oculto (fuera del enfoque de la cámara) o un futuro reivindicable. Intento curarme en salud contra las consecuencias de este modo de pensar, y así, puedo caer fácilmente en la exageración opuesta, en el dogma neorooseveltiano de que "nunca lo hemos tenido tan bien como ahora (y tampoco lo tendremos jamás mejor, obviamente)". En otras palabras: si no soy conservador es porque tengo demasiados instintos de conservador. Y no estoy (todavía) para convertirme en un ser bidimensional, en Mr & Mrs Cardboard Cut-out.

Segundo: respecto a la serie mencionada, pues qué les puedo decir. Mucho dinero gastado, paisajes soberbios, buenos actores (me enterneció ver a la Diana Rigg envuelta en toallas), y un guión eficaz con algún que otro destello de brillantez. Además, gran cantidad de tetas desnudas, cuellos cortados brotando sangre y diversas amputaciones, if you like that sort of thing. Así que, si voy a ser crítico (la idea original), voy a tener que esforzarme un poquito. Probemos con esto:

En música, se puede prescindir de tonalidad y tus receptores más íntimos ni se inmutan; en ficción, no se puede prescindir de anclaje histórico. Necesitamos saber (o poder adivinar) en qué mundo se desarrolla la historia, y a cuántas leguas o cuántos siglos ese mundo se encuentra respecto al nuestro.

O sea que mi problema con esa serie, si insisto en tener uno, es con todo el género fantasía (estrictamente high fantasy), en tanto te responde a las preguntas dónde y cuándo con una sonrisa socarrona y nada más. La trama de Game of Thrones sabemos que tiene lugar en un continente llamado Westeros: pero ¿en qué planeta? (En uno muy raro, para que los veranos duren lustros y los inviernos también, y sólo cuando quieren.) Si en el nuestro, ¿en qué remota época? Cuando leí El Señor de los Anillos, de adolescente, me hice un poco la idea de que lo que leía era la reconstrucción de un remoto pasado de la tierra, basada en una serie de enigmas linguïsticos y diversas leyendas de origen desconocido: eso era nuestro pasado colectivo auténtico, que algunos seres malignos o eventos cataclísmicos habrían escondido y disfrazado ante los historiadores, para que la historia se repitiera malvada y eternamente (la obra fue escrita en parte durante la segunda Guerra Mundial). El mundo de Tolkien es leyenda y prehistoria, y aun así, me causó algunos dolores de cabeza debido a mi afán de verisimilitud y de precisiones. El mundo de George RR Martin (RR para que no sea el quinto Beatle, supongo) es una especie de Europa medieval à la carte, con recuerdos amorosos de las Guerras de las Rosas ("Stark" y "Lannister"), con elementos legendarios (dragones, gigantes, brujas) de guarnición, y anacronismos a todo dar (pensaba que con Primeval había visto mi último mamut, ay, ingenuo de mí). ¿Qué hay de malo en todo esto? Tal vez nada. Quizás soy esa retaguardia reaccionaria que fustigó a Debussy por abandonar las "leyes" de la armonía y por no "resolver" sus disonancias. Siempre busqué la manera perfecta de ser irrelevante.

Y la analogía se sostiene en tanto la música atonal también parece "demasiado fácil" (hasta que lo intentes)

No sé. La historia entretiene, pero creo que entretendría más si pudiéramos echar mano de nuestros conocimientos históricos para descartar toda una serie de dei ex machina posibles y discutiblemente tramposos. Es "demasiado fácil" ganar batallas con dragones, o amenizar una trama potencialmente aburridísima con zombis que salen de la nieve y pelean con espadas. Es demasiado fácil matar a un personaje que ya estorba, introduciendo en su carpa de guerra a una especie de asesino hecho de humo, con un puñal ídem, cortesía de una malvada bruja estilo Rebecca Watson. Y cuando digo demasiado fácil, el enfoque es el de un viejo prejuicio, que el arte se hace a partir de una cuidadosa y sabia elección de condicionantes previos, muchos de ellos empaquetados dentro del género. El género te resuelve muchas preguntas posibles antes de empezar. Por ejemplo, si vas a componer una canción, inscribirse en el género rock de antemano te permite olvidarse de posibles acordes complejos pertenecientes al género jazz. Tus armonías tienen que ser sencillas, punto... y si no es prog, pues tus ritmos también. Haz lo que puedas dentro de estos límites. En poesía, el visitante a esta página habrá visto que yo prefiero las formas y la prosodia tradicionales. No es por desdeñar lo moderno, sino por conocer mis propias limitaciones. Cuanta más libertad métrica tengo, más posibilidades se ofrecen... para equivocarme, para meter la pata, para que el verso se desinfle y quede arrastrándose penosamente por el suelo. Soy viejo para reinventarme cualquier rueda. Admiro los pioneros y los experimentadores, pero no tengo ya pulmones para eso. Rimar es mucho más fácil que no rimar, a fin de cuentas. (Rimar imaginativa y relajadamente, estilo Larkin, ya es otro cuento.)

Cuando Tolkien y CS Lewis sellaron el pacto de borrachos, que consistía en escribir sendas obras de "fantasía", con toda razón aquél arremetió contra éste, apuntándose un tanto al señalar la frivolidad o irresponsabilidad de yuxtaponer faunos y centauros con Santa Claus (y peor, con Jesucristo disfrazado de león). Y es que tener algo de conocimientos (historia, literatura, filología) te hace doler más el roce entre categorías mentales. Por eso sospecho, sólo sospecho, que la popularidad del género high fantasy exhibe correlación con el fenómeno del dumbing down occidental. Mientras menos sabemos, más baja el listón de la suspensión de la incredulidad. Y no es que Martin esté tan, tan lleno de esos roces: pero su popularidad es garantía de que habrá avalancha de imitadores con mucho menos sentido estético y de propiedad narrativa (por no hablar de conocimiento de las propiedades del Greek Fire) que él. Y por supuesto, a muchos eso de escribir novelas de 600 páginas les parecerá demasiado trabajo comparado con la opción del videojuego. Así que nos estamos adentrando en un siglo XXI donde el entretenimiento cada vez más requerirá un rutinario castillo, una rutinaria espada, una rutinaria mazmorra (con o sin músicos hawaianos), un rutinario dragón, unos rutinarios elvos, una rutinaria damisela (con pechos pretensados y reforzados), una rutinaria bruja, un rutinario grimorio. Tolkien, Lovecraft, Martin, John Norman (inventor del aburrido y tétrico mundo Gorblimey), Moorcock (you fervently moan) y por supuesto Rowling, son y serán nuestros proveedores de Amadís y Palmerín, hasta que vuelva de la guerra en Oriente un nuevo Cervantes para salvarnos de todo eso, cumpliendo con la antigua profecía (and in the latter days there will be an explosión of bad fiction, and mothers will put their children to bed before the 9.00 watershed, and there will be much weeping and wanking, and there will be a minor character with the name Shagga, &c).

Martin dice (más o menos): las libertades del high fantasy sólo tienen una justificación posible: la verisimilitud psicológica. Puedes tener todos los duendes y gigantes que quieres, a condición de retratar fielmente la humanidad. Sus seguidores dicen: ¡mira! ¡los personajes buenos y malos eluden ser buenos y malos, respectivamente, exhibiendo comportamientos contradictorios! Y hasta cierto punto estoy de acuerdo. GoT refresca las partes donde el moralismo facilón hollywoodiense no llega, y halaga nuestra intuición de que ser bueno a la usanza californiana es, será y siempre fue la mejor manera de terminar degollado por un cacareante imbécil subhumano con cámara de video Sony. Pero repito: el ser humano es primariamente eso, una eterna lucha con los condicionantes que te rodean: tecnología, política, sociedad, bacteria, clima, medios de comunicación, sexo, cansancio, anécdota, insectos, deportes, minería, actividad volcánica, revistas dominicales, canciones populares, erupciones cutáneas. Se admira la dedicación con que Martin ha inventado una realidad alternativa, donde todos estos variables toman valores aleatorios pero internamente consistentes... pero yo, por lo menos, no puedo concebir un yo sin mis circunstancias, y mi intuición me sigue diciendo que hasta que las circunstancias no sean reconocibles en algún nivel, no se podrá hablar de un autor para adultos. (Sobre ese prejuicio tonto de que todo lo que tenga sexo, sangre y malas palabras es "para adultos", mejor no hablar. Casi siempre me resulta lo contrario.) Martin me parece un autor con suficiente talento para que escribir para adultos no le sea difícil... pero falta que lo desee, y como dije en otro lugar acerca de Rowling, los adultos son tan escasos en el mundo contemporáneo que escribir para ellos se nos antoja un suicidio comercial. Mientras, la falta de condicionantes da lugar a un constante viraje al lado masturbatorio de la imaginación. Que el siglo XXI sea ya, por antonomasia, el Siglo del Pajero, me parece de sobras evidente. Pero no hay que abusar, tampoco, eh.



martes, 9 de diciembre de 2014

Mittelbräu (2)

La plume de ma tante. Esto es lo más que la mayoría de los anglosajones se acercan a esa peligrosa preposición. Se objetará: sí, pero la tradición manda apellido de casada. Peor, la tradición convierte a las mujeres casadas (sobre todo las inglesas) en caballos. "Bridal" y "bridle" son homófonos; el novio en la ceremonia de boda se hace llamar "groom", lo que en buen castellano significa "mozo de caballos". Y una vez casada, al apellido de soltera de la pobre víctima del matrimonio se le antepone el "née", que no es más que un relinche mal escrito. La propia reina de Inglaterra, su excelsa majestad angloprusiana May Hessbinder-Neigh, después de tantos años de matrimonio queda más yegua que otra cosa, y su hija seis cuartos de lo mismo. Pero eso es sólo la tradición. Las tradiciones están hechas para ser enterradas, y así sucede en la actualidad. Las mujeres modernas allá no son "de" nadie, siquiera onomásticamente. Acá, me temo que la cosa todavía demora.

"Se hizo de marido". La primera vez que escuché esta expresión, tuve un signo de exclamación de color carmesí flotando por encima de mi cabeza durante cinco minutos enteros. El mismo que aparece, de modo eso sí tenue y espectral, cada vez que leo otro artículo de esa tal Nancy Bravo de Ramsey, quien según esta fotogalería resulta que tiene una cuñada que insiste en ser Parodi de su esposo. Razón de más para recelar de ese "de", aunque la Lola Fuertes haya terminado por darle calabazas al Sr Cabeza antes del matrimonio.

Creo que nadie nace con vocación de apéndice. "Hacerse de" alguien (locución desconocida en España, por si acaso) sería entonces un acto autolesivo, una venida a menos respecto al propio potencial. Lo que estaría muy bien para personas con perversas tendencias masoquistas (puedo simpatizar) pero la perversión pierde todo su encanto cuando se convierte en norma, peor en estructura social. Incluso se vuelve la mar de aburrida. Eso, si tomas al pie de las dos letras ese "de", cosa que la experiencia desaconseja. La tribu de las "de Alguien" no las tengo por sumisas y apocadas. Todo lo contrario. Lo que cuelga atado al "de" suele ser un escudo expertamente manejado y duramente golpeado. Sólo cuando se parte en pedazos se deja abandonado en el campo de batalla. La vía Samborondón está llena de Ford Explorers manejadas por jóvenes viudas con gafas regresivas y carteras Gucci. El "de", un adorno inofensivo y de exquisito buen gusto, un pequeño memento mori esculpido en zafiro y marfil. Nada más.

Lo bueno de hacerse de alguien es cuando ese alguien se compromete a traer la comida (sobre todo, el tocino) a casa. Claro que la cosa tiene sus bemoles. Tener que ver tres telenovelas venezolanas en una sola tarde es un suplicio tan duro, que ni la CIA en Guantánamo. Pero trabajar tampoco es un phrygian' lecho de rosas. ¿Sabes cómo reconocer a alguien que no haya trabajado en su vida? Cuando abre la boca y sale "el trabajo dignifica al hombre" o bien "quiero un trabajo en que me sienta realizada". Las personas se realizan en su trabajo con la misma frecuencia y naturalidad con que los políticos dicen la verdad. Siento mucho tener que ser el que te trae esta mala noticia.

Si yo fuera mujer, creo que sería de las tradicionales, de las que se quedan en casa mientras el marido se mata allá fuera. Más que nada porque la idea de estar solo(a) sin hacer nada me encanta. Por fin podría volver a leer Los Hermanos Karamazov y Anna Karenina sin interrupciones. Claro que hay "el trabajo doméstico", pero también está el Corolario de Horstman, que toda ama de casa conoce bien. El único problema: aguantar al marido y a los hijos, si los hubiere. ¿Será verdad que no hay tal cosa que una comida gratis? On reflection, bugger housewifery. Me meto monja y listo(a).

En fin. Adonde voy con esto es a explicar por qué el feminismo, a pesar de estar en "todas las universidades del mundo" (menos las ecuatorianas, por lo visto) me cae chancho, al igual que algunas de las cosas que sí están en las universidades ecuatorianas, v.gr., una misteriosa ausencia de rollos de papel higiénico. Me cae chancho porque, al igual que la Sra Mancero, toma a las mujeres (por no hablar de "la mujer", ese hipogrifo) por peones, insultándolas a veces gratuitamente (el cuento del "patriarcado", por ejemplo: como si ellas realmente fueran tan tontas como para permitir algo así) y además, todas toditas del mismo color, en su juego de ajedrez, que cada vez con más claridad resulta ser la simple y eterna lucha por ganar cotas de "poder" dentro de un sistema y una estructura estatal nunca seriamente cuestionada (quiero decir que toda feminista es inmensamente feliz con la idea de obligar a la gente a hacer cosas mediante blandimientos de fusiles: forma parte de su doctrina, y quien los blande es lo de menos a fin de cuentas, mientras obedecen órdenes). Si eres ambiciosa y estás dispuesta a aprender los términos de un discurso de poca solvencia científica pero de gran eficacia yusiva, puede que el feminismo sea tu taza de té. Pero despídete de la empatía con otros seres de tu especie, sin distinción de género. Despídete de tu sentido de justicia, de tus instintos igualitarios, y sobre todo, de tu buen rollo. Tener doctrina y predecir una lágrima nunca han ido muy de la mano. Tú eliges.

Volviendo entonces a la niña embarazada víctima de oscuras mentalidades, entre la posición de la Sra Mancero (las campañas de prevención han ido muy bien, a pesar de no haber dado ningún resultado: necesitamos más de eso, más ministerios, más campañas, más burócratas con pingües salarios) y la de la Sra Mónica Hernández (la homosexualidad es una abominación ante el Señor, ¡Oh! Dios, ten misericordia de nosotros, pobres pecadores, salve a esas pobres muchachas de las tentaciones de la Carne, y del Demonio) uno se siente obligado a buscar una posición intermedia, o tal vez no tan intermedia, sólo... distinta.

1. Los embarazos adolescentes no son necesariamente un problema. Depende de cada caso. Al fin y al cabo, Jesucristo fue producto de un embarazo adolescente, y no le fue tan mal, o por lo menos no le habría ido tan mal si en vez de ir a Jerusalén hubiera ido en una de esas bacanciones 18-30 a Corfú, por decir algo. Hasta podría haberse tirado ahí a una sueca y todo.
2. Una estrategia todavía sin probar y que podría dar excelentes resultados sería la de cambiar los asientos amarillos en la Metrovía por otros que dijeran "solamente para personas No Embarazadas". Asimismo, tener en los bancos una caja especial para embarazadas, con un cajero idiota que tomara una eternidad para realizar cualquier trámite. En fin, la idea sería de dificultar la vida de las embarazadas todo lo que se puede. Una posible campaña gubernamental: "Cuando ves a una chica embarazada, haga una mueca feroz, por el Bien de la Patria". De este modo, podríamos disuadir a las chicas que seguramente piensan que eso de quedarse preñada es una manera de ganarse simpatías y amistades. Pronto verían que no es así.
3. Si no te convence la estrategia anterior, pues lo dicho: ninguna chica que yo conozco dudaría un instante entre tener un bebé y tener un iPod. Sólo hace falta bajar un poco los precios de los artículos de importación. Mientras un bebé cuesta menos que un Hyundai nuevo, mal asunto.
4. Si vas a promocionar cosas, promocionar la homosexualidad todo lo que se puede es algo que tiene sentido. No sé si realmente la orientación sexual va a resultar maleable ante los intentos de ingeniería social, por lo menos no cuando los realizan gente tan burda como la SECOM y afines, pero denunciar la homosexualidad como algo antinatural realmente no es muy inteligente si lo que quieres conseguir es que la gente procree menos. Solamente por este punto creo que la Sra Hernández merece que se le enseñe la puerta.

Y ahí me quedo por hoy. Cómprenme una botella de lo que sea por Navidad, y habrá más.

lunes, 8 de diciembre de 2014

Middelbräu

Este trabajo autoimpuesto de ser observador y cronista de las páginas de Opinión del Telégrafo me está decepcionando un poco últimamente. Es demasiado fácil, ya que a decir verdad hay muy poca opinión allá. Lo que más hay son eslóganes. Y los eslóganes son como molinos, en el sentido que resulta algo quijotesco acercarse a pelear con ellos. El otro día salió ahí una señora con unos apellidos muy de alta alcurnia (y que llevaba uno de esos "de" matrimoniales en medio, que hablan largo acerca del tinte de pelo, religión, y flora intestinal de su portadora) que expresó la siguiente opinión (no textual: el servidor del T está fuera de línea en este momento):

Las Sabatinas de Correa a mí me encantan; por tanto, al Pueblo también le deben de encantar.

Sería una crueldad (y tremenda falta de caballerosidad) ponerse a discutir algo así. Sí, señora: el Pueblo tiene el deber de coincidir con usted en todos sus gustos: sería un muy mal, muy travieso Pueblo el que no lo hiciera. De acuerdo entonces.

En fin. Está claro que cada opinador tiene su propia bestia negra, lo que le da un poco más de comicidad al asunto. Hay un ex docente universitario que escribe básicamente el mismo artículo cada semana, que resumo así:

Los medios de la oposición dicen cosas desvergonzadamente opositoras. ¡Qué malos medios son! Pero afortunadamente el Pueblo ya no come cuento, y por eso nadie compra esos diarios ni ve esos programas. Y por eso precisamente me siento con la importante obligación de denunciar a esos diarios y canales que nadie ve. Para que sigan no viéndolos.

Luego hay aquella columnista que ayer (creo que fue) me sorprendió con la siguiente afirmación:

"...como víctima, sé muy bien..."

Aunque sea por malsana curiosidad uno no puede dejar de formular la pregunta mental: ¿víctima de qué? Pero el artículo no da pistas al respecto. Yo soy víctima, usted no. Ahí termina el asunto, por lo visto. Son de esas cosas que uno se siente privilegiado de ver, como una especie de aurora borealis de la autocompasión desnuda. Urge el susurro reverencial.

Y luego ahí viene clipclopeando y refunfuñando el Orlando Pérez con su obsesión por las Izquierdas Equivocadas. Aunque tiene un estilo enrevesado que puede confundir (y que algunas veces te deja sin la menor pista sobre lo que intenta decir, si es que realmente quiere decir algo) su artículo también suele ser, en el fondo, siempre el mismo:

Ya estoy harto de escuchar, de la boca de ciertas personas, que son más de izquierdas que nosotros los correístas. Como si eso fuera posible. A la izquierda de nosotros solamente está la derecha. Por tanto, yo sigo siendo el decano de la izquierdez. Y ¡a mucha honra!

(Como ya comenté en otro lugar, eso de las ciertas personas, nunca nombradas ni identificadas por si los pleitos, se ha convertido en House Style del Telégrafo, también a mucha honra.)

Bueno. Pero la cosa tiene sus compensaciones. Hay aquel tipo listo que vive en EEUU y que si yo no padeciera del Alzheimers o si  el maldito servidor del T. comenzara a funcionar, recordaría su nombre. Me cae bien aunque me da pena esa torcedura de pensamiento que le acerca a esa página lóbrega y escura. Luego hay aquel joven e hilarante émulo de Dave Spart, o de Citizen Smith, que se jacta de leer la prensa europea y tiene recomendaciones sabias para los políticos nacionales desde la pureza de su joven pensamiento revolucionario.

Además hay esto. Por fin: ¡alguien con quien se puede discutir! Pero como pasa demasiadas veces en este blog, cuando por fin llego al meollo del asunto, después de mil divagaciones, ya me vence el cansancio y la perspectiva de tener que presentar un argumento mínimamente racional me da dolor de cabeza. Quedémonos, pues, en una serie de contra-afirmaciones o de preguntas molestas absolutamente sin sustento.
¨
Dice la Sra Mancero: "El embarazo adolescente en el Ecuador constituye un verdadero problema de salud pública, pues de acuerdo con el Censo de 2010 se incrementó en un 74%, uno de los índices más altos de la región. Como imaginamos, a consecuencia de esto, las madres adolescentes afectan catastróficamente sus proyectos de vida, se mantienen en situación de pobreza, retardan su escolarización y acceso al mundo laboral."

Y a continuación: "Esta situación se debe fundamentalmente a una profunda carencia de información y educación sexual, es decir, en el fondo, a la mojigatería de las oscuras mentalidades ultraconservadoras que dirigieron los destinos del país. "

A lo que yo contesto: puede ser. Sí, creo que puede ser. Puede que la Sra Mancero tenga toda la razón de principio a final de este párrafo. Pero no me convence. Sus datos y cifras no demuestran lo que afirma como un hecho. Como perfecto ignorante que soy en el tema, y a falta de estadísticas más reveladoras, sólo me queda el recurso de cerrar los ojos e imaginarme dialogando con alguna de estas madres adolescentes. Y dentro de esta fantasía, intento hacer que alguna de esas adolescentes imaginarias me diga lo que la Sra Mancero quiere oir, v.gr. "La verdad, me quedé embarazada sin querer, porque no me imaginaba ni en sueños que tirando como conejos con mi novio podría salirme un bebé. Verás, en la escuela había unos curas, unas monjas, que siempre decían que los bebés los traían las cigüeñas, y que por eso no había que cuidarse, y yo que me lo creía..."

Repito: puede ser. Pero quiera o no, más de una de esas adolescentes imaginarias me dice algo más así como sigue:

"Estoy algo asustada de ser madre, pero al mismo tiempo muy contenta. Te sientes como más grande, más responsable, más adulta. Puedes decidir muchas cosas por ti misma. No veo por qué no puedo ser una buena madre. Al fin, mis papás han dicho que me van a ayudar. Y el Gobierno te da alguna ayudita, ¿verdad? Por eso no me cuidé, supongo. Creo que lo voy a llamar Froilán, es un nombre alemán. ¿Los estudios? Jaja, eso es lo mejor, ya me dieron un año de baja, imagínate, nada de clases aburridas de Estudios Sociales hasta el año que viene... todas mis amigas se me mueren de envidia. ¿El trabajo? No sé, ya lo veremos, de momento creo que tengo más vocación de madre que de otra cosa...."

Resumiendo: no creo que todos esos embarazos sean accidentales, no deseados y largamente lamentados. Algunos, evidentemente sí. Pero ¿cuántos? ¿Hay estadísticas al respecto? Y esos que realmente son accidentes, ¿realmente se deben a falta de educación sexual? ¿Realmente vivimos en un país donde toda una generación de chicas sigan creyendo en las cigüeñas, y la tal supuesta creencia necesariamente sería por culpa de "oscuras mentalidades ultraconservadoras"? Son muchos supuestos no demostrados. Demasiados para mi tranquilidad mental.

Creo que el primer error que comete la Sra Mancero es proyectar sobre todas esas chicas su propia visión de lo que debe ser la vida de una mujer joven en el nuevo Reich ecuatoriano:

Escuela - colegio - universidad - primer empleo - ascenso - prometedor futuro - largo noviazgo (con varios experimentos) - eventual matrimonio - baja temporal por maternidad - continuación de brillante carrera profesional - niñera peruana algo desdentada pero debidamente afiliada al IESS - nirvana.

Estoy de acuerdo con la Sra Mancero que esto parece una opción vital muy sensata, en lo que la búsqueda de la felicidad se refiere. Aplazando matrimonio e hijos, hay muchas más posibilidades, creo, de ser feliz, y eso es aplicable a hombres y mujeres, no sé si por igual o no. (Como ya dije en otro lado, mi recomendación personal sería que la edad mínima legal para contraer matrimonio sea elevada a los 70 años.) Y aun dejando esto de lado, es obvio que conseguir trabajo ("el primero" o subsiguientes) con niños pequeños bajo el brazo es bastante jodido. Repito: estamos de acuerdo en todo eso. Pero...

Pero se da la jodida casualidad que hay gente que no quiere ser feliz. O que no quiere ser feliz a la manera de la Sra Mancero. Que prefiere buscar su propio camino.

Y no creo que proyectando tu gran plan de Buen Vivir encima de la vida de las personas, para luego pronunciarlas "erradas" o víctimas de un "problema de salud pública" por no coincidir con el camino perfecto trazado de antemano, sea una manera muy educada de tratarlas.

¿El segundo error de la Sra Mancero? Pues lo dicho: creer en cigüeñas:

"En 2011 se creó la Estrategia Nacional Intersectorial de Prevención de Embarazo Adolescente y de Planificación Familiar (Enipla), como una política pública para contrarrestar esta problemática. Se emprendieron diversas acciones como educación sexual y planificación familiar, acceso a métodos anticonceptivos, campañas exitosas como ‘Habla serio, sexualidad sin misterios’, entre otros. Los resultados aún no fueron los esperados, es cierto, pero esto se debe a que follar sigue siendo más divertido que ver spots gubernamentales cambios constantes de funcionarios, a obstruccionismos desde otras instancias, y a las dificultades propias de la coordinación intersectorial de los Ministerios de Salud, de Educación, de Desarrollo Social, de Inclusión."

Resumiendo: al "problema" (sic) social del embarazo adolescente hay que enfrentarle una solución estatal. A la niña ignorante, vulnerable, víctima de oscuras mentalidades ultraconservadoras, hay que decirle que deje de creer en cigüeñas, de ésas que vuelan, para empezar a creer en cigüeñas, de ésas que se sienten en la Asamblea y en los Ministerios y te arreglan la vida, si solamente les haces caso, porque ellos saben mejor que tú cómo debes vivir tu vida.

Yo le recomendaría a la articulista echar un vistazo sobre las estadísticas de natalidad en los países occidentales a partir del Baby Boom (o incluso, si quiere, mucho antes). Puedo equivocarme, pero creo que encontrará lo siguiente: un descenso marcado en la tasa de natalidad que exhibe una fuerte correlación con un aumento en la prosperidad, o para ser más exactos, en el índice de desarrollo humano que se supone algo tiene que ver con el precio de un carro entry level. La ecuación tradicional del Demographic Transition Theory (por lo menos en la versión que yo conozco) va así:

P = C * (GC/100.000)

Donde P es la probabilidad de que la chica de 16 añitos quede embarazada, C es el precio de un Chevrolet Spark en el mercado actual, y GC es la frecuencia y "éxito" de las campañas gubernamentales. Con lo que se colige que las campañas gubernamentales de organizaciones como la mentada enioldplan sí sirven para algo, pero mucho (100.000) menos que esto:

"A propósito, hija: si te quedas preñada, olvídate del carro. No puedo comprarte un Chevy y un montón de pañales a la misma vez. Así que decídete. Ahora, ándate con Alvarito que te está esperando. Adiós. No vengas muy tarde."

A mí me parece obvio. Las chicas ésas, alguna necesitará educación sexual, no digo que no, pero la mayoría lo que necesitan es tener más opciones en la vida que andar en colectivos y aguantar una mísera vida de esclavitud en una camaronera: y esa tal cornucopia de oportunidades, de tentaciones, de sueños alcanzables, todos ellos decididamente reñidos con el llanto del bebé, te viene antes y mejor en una sociedad abierta (TM), o sea, en una que no impone ridículos impuestos en artículos suntuarios, que en cualquier otra. Y diría más sobre eso si no me venciera ahorita el sueño.

Otra cosita más antes de dormir, porque mi conciencia no me deja tranquilo si no lo digo: ¿qué diantre tiene la Sra Mancero contra la abstinencia?

está comprobado que la promoción de la abstinencia como política pública constituye, por decir lo menos, un anacronismo científico, social  y político

Vergüenza le tendría que dar. ... Bueno, no tanto. Ahora que lo pienso, tiene toda la razón. La promoción de cualquier cosa como política pública constituye un anacronismo. Eso sí es cierto. El Estado no tiene ningún derecho ni vocación para ir "promocionando" cosas. De acuerdo. Pero hay que decirlo con todas las letras: la abstinencia mayoritaria es el probable futuro de la humanidad. El feminismo, que la Sra Mancero apoya (al parecer, porque "está en todas las universidades del mundo") se ha encargado de eso, creando sociedades como la canadiense o la sueca, donde el acto sexual en su versión hetero se ha rodeado de tanto protocolo y de tanta maraña de aterradores peligros legales y presunciones de culpabilidad (ver caso Assange, estoy cansado, une los puntos tú mismo) que sólo un héroe o un insensato se atrevería a invitar a la cama a un miembro del sexo opuesto, por lo menos sin celebrar la firma previa de varios documentos ante notario, e invitar a un jurado imparcial de doce hombres y mujeres de demostrada probidad a observar el acto de principio a fin, y asegurar la disponibilidad de grabaciones de seguridad desde diversos ángulos y en alta definición. Por lo tanto, y con las salvedades de rigor, se vislumbra un futuro donde, para la mayoría de hombres y mujeres, lo más práctico y fácil será una vida de exclusiva masturbación. Tema en el que me siento, a diferencia de otros temas tratados en este blog, algo experto. Por lo tanto, dejo su tratamiento detallado para otra ocasión. Pero repito e insisto: para eso, y no para otra cosa, deberíamos estar preparando a nuestros hijos e hijas. Y un primer paso: dejar de llamarlo "abstinencia" y empezar a llamarlo de una manera más positiva. Si no fuera demasiado largo, algo así como "emancipación de la tiranía del sexo plural". No sé. Algo se me ocurrirá. En eso estoy trabajando.

(El título de esta entrada no tiene nada que ver con lo precedente, y se explicará y se justificará en otro post. Queda como elocuente testigo del hecho de que, a veces, no consigo siquiera en varios párrafos llegar al verdadero quid de la cuestión.)



viernes, 28 de noviembre de 2014

Soledad

Es fácil olvidarte de que vives en un mundo absurdo. Fácil pero no recomendable (en aras de la salud mental).

La literatura ayuda. Ayuda tanto a recordarlo (Nietzsche, Kafka, Camus) como a soportarlo (Marco Aurelio, Shakespeare, Chekhov, Joyce, TS Eliot).

La historia ayuda. Ayuda el saber que, contrariamente a lo que nos quieren hacer creer, tener un cuerpo de policía no es algo básico y necesario en cualquier sociedad grande y desarrollada; muy al contrario, antes del s. XVII el mundo no conocía fuerza policial alguna, y Inglaterra tuvo que esperar hasta 1829 para tener su primer cuerpo de policía uniformada, evidentemente no armada (salvo con el típico tolete) y no demasiado popular (es decir, su existencia se debió a un capricho de políticos y no al clamor popular "por favor, queremos gente uniformada que mate a los desarmados que lucen color de piel equivocada, o que entregue a manifestantes a bandas de asesinos, o que torture a estudiantes de colegio por unas acusaciones no comprobadas de vandalismo callejero, etcétera"). Seamos claros: el invento de la "fuerza policial" en su acepción moderna aun no cumple su bicentenario, y por tanto, es perfectamente posible y pensable, a más de deseable, su total supresión en aras de la paz y la convivencia pacífica. La sociedad sabe, siempre ha sabido, gobernarse muy bien sola sin esa gente, usando mecanismos propios. Esas fuerzas están ahí no para protegernos a nosotros, sino para proteger a toda esa maquinaria de opresión urdida por los políticos, que son los únicos interesados en que sigan ahí, y cada día vemos más claramente el por qué.

Claro que nadie se atrevería a disolver esas fuerzas de un simple plumazo, sin preparativas.

¿Qué preparación se necesita? Simple: que la gente se acostumbre primero a la noción de la responsabilidad adulta, intransferible, responsabilidad sobre sí mismos y por su propia suerte. Eso que a los políticos les suena a veneno.

Por eso y no por otra cosa me entró una depresión tan terrible, con tentaciones autolesivas incluidas, al leer la noticia de que en EEUU han aprobado una ley para obligar a los restaurantes imprimir en las cartas las calorías que contiene cada comida.

Si no te hace aullar de dolor esta noticia, has perdido por completo la humanidad.

O séase que el ser humano del s. XXI, esa especie que tiene en su haber la misa en si menor de Bach, las obras de Shakespeare y los cuadros de Goya, ahora no solamente se contenta con ver Game of Thrones todas las semanas, sino que se ha vuelto tan cretino que necesita cuando sale a comer que le digan si tal o cual comida le engordará un poquito más o un poquito menos.

¿Quién nos ha vuelto tan tontos, tan patéticos, tan desamparados, tan necesitados de Mamá Estado? ¿Quiénes?

A pesar de que el humo todavía sale fresco del cañón de la pistola, el enmascarado se ríe, confiado en que nunca, nunca adivinarás su identidad, tantas son ya esas nubes que te pueblan la cabeza.

El mundo es absurdo, y estás solo en él. Nadie verá las cosas de la manera que tú las ves. Estás completamente solo. Acostúmbrate a la risa loca, tipo Película Serie B. Está hecha para ti.