sábado, 28 de marzo de 2015

El suicidio perfecto

"Muchos suicidios demuestran una penosa falta de consideración para con los demás."
   - E.R.

Que conste entonces que ya traté el tema en su día. Lo que sigue, paralipomena nomás.

Cuando recuerdo, parece que pasé gran parte de mi vida planificando mi suicidio. Los jóvenes tienen ese toque de románticos. De muy aniñado, uno se imagina un final estilo Chatterton, hasta enterarse que en el cuadro el pintor suprimió el Kleenex y el Hustler y que al poetastro realmente lo único que le ocurría era haber recién llevado a feliz término un pajazo de esos extraordinarios, memorables, que te dejan con un brazo colgando de la cama de puro destesteronizado. ¿Muerto? Así no muere nadie, ni que fuera autor de Aella, Birtha, Celmonde y toda la tribu. Y de todas maneras en estos días ya no hay arsénico ni por compasión.

¿Cómo hacerlo? sigue siendo la gran pregunta. ¿Molestando a la Bacheletti (hasta que "cambies de idea")? ¿Saltando del Empire State? (creo que ya no te dejan). ¿Abriendo esa puerta de madera húmeda debajo de la fregadera de la cocina e ingiriendo el contenido de todas las botellas polvorientas que encuentras ahí, al lado del U-Tube, al estilo Mari de la Coiffeuse? Chapucerías. Si hubiera un modo original y brillante de quitarse de en medio, ya no sería original de tan trending topic que inevitablemente se pondría: cada año uno entre mil hombres groenlandeses caerá en alguna de esas chapucerías y de paso, como quien no quiere la cosa, se autoliquidará (ayuda mucho vivir en Groenlandia). Si la cosa fuera tan sencilla como simplemente apuntarse a salir en "Caso Cerrado" y luego esperar que la tierra te trague, todo el mundo haría cola para salir en ese programa y no necesitarían emplear malos actores. Todo esto ya lo hablamos en ese otro post, así que sigamos con pies planos y juanetes y adelante.

Ahora: eso de que la razón hombres/mujeres en eso es de 3 ó 4 a 1 según país: curioso, ¿no? Hay que ser un tipo especial de arpía maloliente y barrigona para achacar ese toque desdichado masculino a la nostalgia de un supuesto "privilegio" (femi-wannabies de este país: aprendan de una vez. Ser feminista es ser odiosa, mezquina y estúpida. Así de bonachonas, coquetas, diletantes y escritoras para Gkillcity como sois acá, no llegaréis a ninguna parte.) Más sensato me parece reconocer lo que mi propia experiencia me ha traído: que cuando se tiene un niño (peor dos, tres, ó nueve) ya no es factible auto eliminarse. Hay demasiadas bocas. Tampoco hay, realmente, tiempo. Ni tiempo ni soledad para la planificación ni la ejecución. Por eso, porque tienen en muchos casos una criatura hambrienta y llorona en cada brazo, es porque las féminas no se suicidan en mayor cantidad. Lo que nos recuerda que en el fondo, o detrás de las apariencias de abnegadas mater y paterfamilias, el suicidio es mucho más popular de lo que aparenta ser. Hasta podría ganarse alguna que otra elección, meseemeth, con una campaña apropiada, dotada del talento de Indiana Jones o alguien con similares dotes de orador. Escuchemos al bueno de Spenser:

What if some little paine the passage have,
That makes fraile flesh to feare the bitter wave?
Is not short paine well borne, that brings long ease,
And layes the soule to sleepe in quiet grave ?
Sleepe after toyle, port after stormie seas.
Ease after warre, death after life does greatly please.


En fin, no vine para hacer proselitismo al respecto. Sólo diré que a todos los que alguna vez moramos en Death's Other Kingdom, si bien bipolarmente, nos puede pasar, eso de tomar nuestro microclima emocional por un mapamundi, y creer que quien tenga ganas de abandonar este planetito que a nosotros nos va tan súper bien (o no tanto, pero bien, tirando) hay algo que el desdichado, el pobre no está viendo, algo que le falta, algo que le tenemos que predicar pa que se entere de una vez y se una de por vida al coro de los semi satisfechos con patria, salvaguardias y orégano en los dientes.

No.

No hay nada que el suicidioso no ve. O puede que sí, pero en fin. Lo más probable es que sea el predicador el que no ve bien. Porque "razones", no se trata de eso, o no tanto. Se trata de que en el cerebro humano hay una homeostasis frágil y demasiado fácil de desbaratar (trata de 1. ser viejo, 2. chupar como mil demonios y 3. follar, todo en el espacio de seis horas, y lo entenderás mejor) y cuando se desbarata, verás el mismo mundo con los mismos ojos, las mismas personas y noticias y argumentos y reasons to be cheerful y el mismo todo, pero desde otro acuario interior, con otros peces flotando dentro y otras luces mucho más tenebrosas.

Algunos lo llaman "depresión" (no confundir con la típica excusa para no cumplir los deadlines en el trabajo, o por comer otro donut de chocolate con vainilla).

Claro. Todo eso a cuenta de ese alemán. Estoy seguro que, al igual que yo, tratas de entender cómo puede un tipo capaz de correr medio maratón y discutir sobre reglamentos de aviación civil en Facebook planificar y ejecutar un suicidio que involucre a otros 149 personas. Yo tampoco lo sé. Es demasiado fácil decir "psicópata". Lo único que podemos hacer es ajustar, recalibrar un poco nuestra visión del mundo, con especial énfasis en los siguientes aspectos: TS Eliot, Burger King, el suicidio en sí, las demás personas, y lo que le quieres echar tú a la mezcla.

Yo, que soy de otra generación, y empiezo a valorar este dato en su justa medida (el país no importa, pero la generación sí), ya lo digo, recuerdo haber pasado años, décadas, rumiando la cuestión de cómo demonios quitarme de en medio sin afectar ni a una sola persona.

Lo primero era no hacerse demasiadas amistades.

Lo segundo... ya lo digo, fui romántico en mi día. Decidí que la ciudad que mi viera morir tendría que ser el mismo que me vio nacer, en modo figurativo valga aclarar, o sea que tenía que ser Segovia. No sé, creo haber contado en otro lugar cómo llegué allí de viaje un día y me compré como de costumbre El Atrasado de Segovia, que es como El Universo aquí, sólo que ha dado su nombre a una callejuela en un barrio de mala muerte, y vi en una esquina de la primera plana que un tipo se había ahorcado frente al acueducto, que es como el edificio del Agro acá pero sin taza de Nescafé y ha durado más. ¡Qué poético! me dije ensimismado, ese tipo sí que sabía cómo irse. Así que ya lo tenía todo listo, y la Carmen recién me había botado a la alcantarilla como pegajosa envoltura de caramelo para un fresco aliento, así que inmejorable, pero pasó lo que suele pasar, otra mujer (de nuevo figurativamente hablando) te arranca el puñal de la mano y luego te marchas para otro lado (con otra más; cuando no las necesitas las mujeres salen hasta de debajo de las piedras) y tienes un hijo y ya no sigues con esa historia, aunque sigues soñando con ella, con la perdida, y aunque en tu interior reconoces lo evidente, que parte de ti murió allá, y es precisamente porque la que quedó fue casualmente la parte más intrascendente, que ya no tienes dificultad en sobrevivir, porque la basura siempre sobrevive, y hasta las colillas de cigarrillo perduran sorprendentemente entre las rosas: un poco mugrientos, pero sobreviven.

En fin.

La cuestión es que un día dices como la cosa más normal del mundo: Buenos días, hola, cómo estás, yo bien, bueno si realmente quieres saberlo, con unas ganas exacerbadas últimamente de dejar de existir, pero como eso ya no es plan, soy papá y todo eso, entonces pues eso, bien, y tú? Y eso es la vida. Así que no seas gil y vayas pensando que si "los demás" no nos unimos a ti en tus frenéticas búsquedas de la mejor manera de envenenarse tiene que ser porque tú seas especialmente infeliz y trágicamente incomprendido y todo eso. Claro que hay gente smug, pero se ven a la legua por su aureola de smuggerie. No es eso. Simplemente, hay prioridades y lo dicho, para mi generación y tal vez para mi modo de ser liberal, la prioridad primera es no joder. Do As Thou Wilt An It Pisseth Not On Anyone Else's Chips Shall Be The Whole Of The Law, que dijera Crowley. Es una actitud ante la vida.

¿Y la otra?

Entre lo poco que sabemos de Lubitz es que en su página de Facebook tenía un link a:

una sucursal local de Burger King

En serio. Y creo que con eso está dicho todo. Y es tarde, así que muy rápidamente; léete o reléete The Hollow Men, de Eliot (creo que está en Project Gutenberg), medita un poco sobre qué puede tener entre sus orejas alguien que postee un link a Burger King en Facebook, y en qué mundo estamos condenados a vivir los demás, los que no tenemos link a Burger King en Facebook, y encima o peor que eso, a veces estamos tentados, ante la tiranía de las apariencias de la que hoy día resulta tan difícil sustraerse sin atraer la atención no solicitada de Richard Dawkins, de creer que "los demás" realmente están felices, o solo esperando que un ministerio se las arregle para que lo sean, en lugar de lo impepinable, que es que todos, absolutamente todos, tarde o temprano sólo queremos irnos a dormir, con la opción, eso sí, de decidir en qué cama y con qué compañía y con qué ausencias y no necesariamente en el costado de una montaña en los Alpes que ni conocemos como para poder decir qué bonito final.


domingo, 8 de marzo de 2015

Cuando no te escuchan



"In January 2013, a joint report by the NSPCC and Metropolitan Police, "Giving Victims a Voice", stated that 450 people had made complaints against Savile, with the period of alleged abuse stretching from 1955 to 2009 and the ages of the complainants at the time of the assaults ranging from eight to forty-seven. The suspected victims included 28 children aged under 10, including 10 boys aged as young as eight. A further 63 were girls aged between 13 and 16 and nearly three-quarters of his victims were under 18. Some 214 criminal offences were recorded, with 34 rapes having been reported across 28 police forces."

Así el Tío Wiki. OK, un monstruo violador/abusador de niñ@s entonces. ¿Por qué no está pudriéndose en la cárcel? Pues porque murió allá en el 2011. Ya, pero ¿antes de morir? Ahí está. Antes de la muerte de este sujeto, que ya que preguntas se llamaba Jimmy Savile, famoso DJ y presentador inglés, ni una sola de estas 450 personas que supuestamente fueron abusadas y/o violadas por él durante el período 1955-2009 puso una denuncia formal. Ni una. Lo que sí hubo, esporádicamente durante la vida del sujeto, fueron "allegations", rumores, sospechas, algunas de ellas investigadas por la policía pero abandonadas por "insuficiente evidencia". El funeral de este hombre fue una de esos orgías públicas de inenarrable mal gusto tan queridas por los ingleses, repleto de emotivos tributos a ese extraordinario tipo que había pasado su vida recaudando fondos para diversos fines caritativos (se estima un total de 40 millones de libras), entre ellos un hospital (Stoke Mandeville) que muchos asociaban con su nombre; y quien durante muchos años había presentado un programa televisivo (Jim'll Fix It) donde era cuestión de cumplir los caprichosos sueños de niños socialmente desventajados, tipo "quiero jugar al fútbol con Ian Rush", ante los agradecimientos lacrimosos de sus emocionadas mamás. Un santo, vaya. Todo un public institution. Y luego...

Hay quienes no se creen nada de las acusaciones póstumas en contra de este hombre. Entre sus argumentos de mayor peso:

(1) Si tantos crímenes cometió, ¿por qué no hubo ningún juicio durante la vida del sujeto?
(2) El escándalo Jimmy Savile ha sido (y sigue siendo) un regalo de Dios para la prensa sensacionalista británica, debido en parte a la inmensa fama de que gozaba el hombre durante su vida, y su reputación de santo patrón de las celebridades recaudadoras de fondos caritativos.
(3) Algunas de las acusaciones contra él ya se han demostrado ser falsas.
(4) A un muerto no se le puede seguir un juicio formal. Y en la ausencia de un juicio, prevalece la presunción de inocencia, ¿no es así?

A estos argumentos yo quisiera agregarles dos más:

(5) El tipo tenía una personalidad bien rara, de ésas que provocan en muchos casos una intensa antipatía. Es posible que su aparente predilección por la compañía de niños y adolescentes (como presentador de Top of the Pops y Jim'll Fix It, y como patrón de algunas escuelas y hospitales, tenía el pretexto perfecto para rodearse de ellos) haya sido la causa, sin más, de que el ex cantante de los Sex Pistols Johnny Lydon, en una entrevista censurada del año 1978, le haya deseado a Savile la muerte, sospechando "all kinds of seediness" y alegando "rumores", o que en una letra de uno de mis bandas preferidas haya salido la siguiente alusión, transparente a más no poder:

Down at Stoke Mandeville I bumped into Mr IQ
I said “Hey, albino, this is not 1972!
So stub out your King Edward and get that small boy off your knee
And melt down your rings and things and get yourself off my TV”

Jim, could you fix it for me
To come down and suck out your kidneys?
I've got this young brother, you see,
Who wants to stay alive to watch Bilko...

Está todo aquí: el tipo tenía desde muy joven un cabello demasiado largo y demasiado rubio; era adicto a los habanos ("King Edwards"), que manejaba al estilo Groucho, a las cadenas y joyas (bling, en el argot actual); tenía una forma de ser como presentador tan falsamente jovial y maquinalmente dicharachero que cansaba, y solía disfrazar su mediocridad y falta de ingenio verbal con una serie de catchphrases vacíos de contenido y la mar de irritantes ("How's about that, then", etc.). Yo recuerdo que de niño, verlo en TOTP, donde turnaba con otros DJs bastante más fumables, me causaba siempre una especie de vago desazón. Todo en él me irritaba: su aspecto estrafalario, su manera de hablar, la vaga sensación o intuición de un alma superficial, vacío, de una personalidad medio cretina y, como dirían los franceses, ratée. Sí, era raro. Y para colmo de rareza, nunca se casó, ni se le conoció en vida una sola relación de salir con.

Todo lo cual predispone a sospechar. Y donde existe este tipo de predisposición, la razón y la conciencia moral nos obligan a ser doblemente cautos. Sobre todo a quienes hemos experimentado en carne propia algunas de las consecuencias de ser, de alguna manera y mutatis mutandis, diferentes, "raros".

(6) Criminal o no, monstruo o no, la reputación de Savile ha sido, obviamente y de manera póstuma, víctima de la feria de los buitres carroñeros de los medios y de la babósfera, bajo la mirada indulgente de los Murdochs-That-Be. Como consecuencia de ello, denunciar un supuesto acoso de Savile acaecido décadas atrás se convirtió en algún momento en un pingüe negocio, tanto desde el punto de vista de la fugaz celebridad como desde el punto de vista financiero (casi toda la fortuna del DJ, estimado en 3.3 millones de libras, se ha dedicado al pago de indemnizaciones presentes y futuras: firme aquí, ¿recibo policial?, ya, perfecto, tome sus sesenta mil libras). La feria ha sido tan desvergonzada, tan rapaz y tan desmesurada, que obliga, al mismo tiempo en que tristemente intentamos hacernos alguna idea de las vidas que ese hombre posiblemente envenenó, a cuestionar el papel de los medios en todo esto. Sí, de los medios.

Correa antaño gustaba de citar a Blair a este respecto, y hay que reconocerle algo certero en este tema, pese a que Blair es un mentiroso y un presunto criminal de guerra, pues como dice la Biblia, "out of the mouth of knaves and fuckwits,", etc. Decía esto:

News is rarely news unless it generates heat as much as or more than light.... attacking motive is far more potent than attacking judgement. It is not enough for someone to make an error. It has to be venal. Conspiratorial. (...) The fear of missing out means today's media, more than ever before, hunts in a pack. In these modes it is like a feral beast, just tearing people and reputations to bits. But no-one dares miss out.

Cuando el ojo depredador de The Sun cae en ti, olvídate de la mesura, de las matices, del equilibrio, de la imparcialidad, de cualquier ética. Si lo único interesante que hayas hecho es algo bueno, harán de ti un santo: si es algo malo, un demonio. No vaya a ser que la competencia les gane la partida con un adjetivo más barriobajero. Si tu crimen fue montártelo con una chica a quien le faltaban meses para llegar a la mayoría de edad, con su entero consentimiento, te llamarán pedófilo y violador, porque, legalmente, pueden. Vendrán prestos los "testimonios" que permitirán sumarle el apetecido "...en serie". Y así, podrán colocar tu foto al lado de la de Hitler o Stalin. Y la babósfera hará el resto.

¿Babósfera?

"Although we speak of communities as of sentient beings; although we ascribe to them happiness and misery, desires, interests and passions; nothing really exists or feels but individuals."

Lo de arriba fue dicho por Wiliam Paley (el del Divino Relojero, ya sabes). Se trata de una verdad muy necesaria hoy en día. Digámoslo así: un individuo puede tener inteligencia, ideas sofisticadas, brillantes proyectos, y delicados y matizados sentimientos. Un grupo o colectivo cualquiera no puede pensar o sentir nada, salvo en el sentido metafórico que se resume en que los individuos de que consiste compartan esas ideas, esos sentimientos. Pues bien: la experiencia nos demuestra, una y otra vez y hasta la saciedad y a veces el suicidio, que hay ciertas ideas y ciertos sentimientos que son de muy difícil comunicación. Tomemos un ejemplo: yo mismo pasé dos años en el Colegio Mixto Pequeños Ornitorrincos del Saber (q.v.) intentando, como profesor, compartir mi entusiasmo por la literatura inglesa. ¿A cuántas personas conseguí contagiar con ese entusiasmo? A ninguno que yo sepa. Por eso dejé ese trabajo. (Enseñar idiomas es mucho más fácil que enseñar entusiasmo por lo demostrablemente irrelevante.) Por el otro lado, vemos a diario que cualquier sugerencia o sospecha sobre la supuesta ruindad, maldad o perversión de un personaje público o celebridad siempre reunirá a un posse de entusiastas seguidores, y fácilmente se convertirá en lynch mob. Somos así los humanos: seres tribales, siempre con la búsqueda o la nostalgia de pertenecer, donde dicha pertenencia se afianza sobre unas bases muy limitadas y asaz atávicas, bien comprendidas por cualquier político exitoso, como pueden ser: el odio al diferente, el cinismo y el estereotipo como sucedáneos del pensamiento y de la discriminación, respectivamente, y la sumisión al poderoso, al sobredimensionado Gran Líder, de que el mito de la santidad es necesario corolario. Resumiendo: es lástima, pero casi lo único que se puede compartir eficazmente a nivel de colectivo es aquello que se ajuste a nuestros instintos y emociones de primate prehistórico. Lo demás, para los individuos o en petit comité. Y es por esto mismo que uno, con los años y los golpes, aprende a desconfiar del sentir de las masas, de la "democracia" misma, y se vuelve feroz defensor de ese pequeño espacio en que a uno mismo se le permite ser todavía un poquito inteligente y un poquito uno mismo, a espaldas de la muchedumbre. Es decir, se vuelve liberal ("Libertario" no, por favor: un libertario es una persona tan bizarramente cojuda que cree que algún día puede haber una sociedad estable de individuos gloriosamente libres, sin caudillos ni gobiernos tiranos: si sientes la tentación de volverte libertario, googlee Milgram Experiment y piénsatelo un poco).

En fin, perdonen el exabrupto, pero viene a cuenta. Lo de Savile ha sido, en resumen, un feeding frenzy de los medios y del morbo inconfesado de cada uno. Pero queda la pregunta: ¿y si hubiera algo de verdad en todas esas acusaciones?

Estamos en el año 1969. Una chica de 15 años de Leeds, digamos (la ciudad más deprimente de Inglaterra, aclaremos), tiene, desde hace años, el deseo inmoderado de salir en Top of the Pops, entre todas esas inglesitas torpes y sudorosas que se mueven torpe y dócilmente al son del último gran éxito de los Top Twenty, mientras un camarógrafo preso de lujuria roda por el suelo intentando algún ángulo upskirt para el lúbrico telespectador. Llamémosla Kate.

Con el beneplácito de sus padres, hace el peregrinaje a Londres, a la BBC, y ¡oh felicidad! le dejan pasar, eso sí, mintiendo sobre su edad. La filmación del programa, bien divertido, aunque no se había dado cuenta de que todas las canciones eran modo Playback. Es una discoteca, básicamente, amenizado con la presencia de algunas estrellas menores del Pop haciendo mímica como pueden. "Un aplauso más para la cámara". Bien. Luego, al final... parece que todas las demás chicas se van para allá, donde están los vestidores. A lo mejor habrá autógrafos de las estrellas. Voy con ellas.

"Hola, muñeca. No, tú no, esta otra, la de la blusa. ¿Estás sola? Oye, ¿te atreves a entrar aquí? Estoy con el mismísimo Gary Glitter, nada menos. 'Ow's about that then?". A ella nunca le ha gustado Gary Glitter, peor este Jimmy Savile, pero bueno, no es todos los días que una tiene la posibilidad de estar con estos famosos, tan cerca, y dejando a tantas otras decepcionadas allá fuera...

"Joder, Jimmy, ésta es muy vieja para mi gusto, ya sabes, a mí me van las tiernas. Cógetela tú, haz el favor."

"Bueno, muñeca, ya que estás aquí, no nos vas a decepcionar, ¿verdad? A ver qué sorpresas hay debajo de esa ropa barata... adelante, enséñanos..."

En el tren de vuelta a Leeds, todo el tiempo, ella va repitiendo: soy una tonta, soy una tonta. La anciana que tiene sentada frente a ella en un momento le ofrece su pañuelo para secarse las lágrimas.

Ella que había supuesto, siempre, que un hombre célebre, una estrella, era por definición un ser amable, cortés, un caballero. Un adulto, vaya, como sus profesores, capaz de interesarse por ella, por sus estudios, por sus sueños. Y ahora resultaba que no. Que ellos eran los depredadores y ella, la presa. Que lo único interesante que ella tenía era su cuerpo. Y que ese interés caducaba a los diez minutos, el tiempo de aprovecharse  de su inesperada presencia. Luego, adiós y muy buenas. No dirás nada a tus papás, pues se reirían de ti. Ah, hay un baño enfrente. Lávate, no vaya a ser que dejes sangre en el asiento del tren.

Llega a casa. "Niña, ¿cómo te fue?"

"Muy bien, mamá".

La verdad era ésta: que había dos mundos. El mundo aparente, donde la gente hace ademán de entenderte, de preocuparse por ti, donde los hombres (algunos) son amables y corteses. Luego está el otro mundo, el de verdad, donde eres una mercancía, eres carne en venta, y los hombres son gorilas que manosean, braman, agarran... Y el símbolo de esta dicotomía, del engaño de las apariencias, es ese tipo asqueroso, hediondo, siniestro, sonriente, que aparece en la tele todas las semanas, a quien todo el mundo admira porque hace tantísima cosa por la caridad. ¿Cómo iba a contarle a nadie lo sucedido? ¿Quién lo iba a creer? Peor, tal vez: lo creerían, a lo mejor todo el mundo ya lo sabe, a lo mejor yo soy la última tonta del mundo y que un hombre así se aproveche de toda chica que se le acerque, se sabe, se permite, es parte del mundo en que vivimos, y entonces: si algo digo, estoy intentando echar abajo todo eso, soy enemiga de la sociedad, que se ha erigido sobre el fundamento de una necesaria hipocresía en que todo el mundo participa. Porque no hay alternativa. Porque los seres humanos no damos para más.

¿Qué hago entonces?

Les enseñaré que no soy ninguna tonta. Que conozco mi lugar. Que sé tanto como ellos...

Pasan los años, en una furia de vengativa promiscuidad. Pasan las enfermedades, las decepciones, las discusiones. Al final, madre soltera con dos niños, y unos padres que ya, hace mucho, no le hablan. "Jimmy" se ha muerto, pues qué bien. Uno menos. Y un día, en el periódico, la sorpresa: SAVILE, EL ¿MONSTRUO? "Por fin puedo contarlo, por fin..."

Sí, puede ser. Dentro de las limitaciones de mi dudosa capacidad narrativa, es verosímil.

¿Mi punto?

Suponiendo que tan sólo una cuarta parte de lo alegado contra Savile fuera verdad (y sinceramente, no creo descartable esta posibilidad), la cuestión ha de ser: cómo, en qué mundo, en qué tipo de sociedad fuera concebible que Kate contara su historia, a tiempo, no décadas después? Cómo conseguiremos una sociedad donde a un monstruo se le desenmascara oportunamente, donde no se le da carta blanca a una "celebridad" para que vaya cometiendo sus fechorías durante décadas con la venia o la vista gorda de tantos y tantos "responsables" (BBC, autoridades de hospitales, etcétera) como vienen implicados en este caso?

No sé, o no sé mucho. Lo que sí creo al respecto: que la tal sociedad es la misma que la que preconizamos los liberales, a sabiendas que no la vamos a tener nunca, o solamente en una realización muy parcial, inestable, incompleta y a pequeña escala. Una sociedad que escucha tiene que ser, necesariamente, una en que se valora al individuo, con sus necesarias imperfecciones como tal, encima del arquetipo jungiano tan cínicamente manejado en la propaganda de los movimientos políticos, que proyectamos sobre los demás y nosotros mismos: el proletario y el campesino rudos, explotados e inmaculados en su honra; la mujer santa, sabia, inocente e impoluta; el neolítico "hombre machista", el líder o prócer, valiente e incomprendido, de alma "superior"; el vil e inescrupuloso capitalista o banquero; el monstruo de la perversión sexual que se disfraza tras la cortina de la celebridad, la trágica y desde luego inocente víctima de la maldad ajena. Si venciéramos nuestros prejuicios que realmente son tantos pretextos para menospreciar al otro, y así afianzar nuestra tambaleante ego, herido a muerte por la constante sensación de nuestra irrelevancia y mediocridad en un mundo demasiado globalizado, sabríamos ver que así como no hay santos, aunque sí útiles recaudadores de fondos de vez en cuando, tampoco hay demonios, aunque sí algún que otro peligroso narcisista sicópata. Sabríamos que, de acuerdo con Blair, no toda equivocación es una conspiración, no todo toqueteo es una violación, no toda vergüenza y humillación necesariamente te tiene que estropear la vida, a menos que quieras estropeártela con ese pretexto. En una sociedad así, ninguna reputación se cotizaría en 80 millones de dólares ni 40, sino en lo que puede valer la reputación de cualquiera en una sociedad donde se tolera la imperfección y ya no se sobredimensionaran las cualidades de las personas, donde ya no hubiera "lideres", donde los piropos y las críticas se sopesaran mucho, por respeto a la verdad. Una sociedad sin culto a la celebridad ni al poder.

Y como siempre voy diciendo, eso no se consigue ni con Leyes de Comunicación ni con Ministerios de Cultura, sino con el esfuerzo diario de las personas por ser un poco mejores, más humanos, más comprensivos, más inteligentes y más caritativos que ayer. Nada más.

domingo, 1 de marzo de 2015

Poder y valores

 Perfection, of a kind, was what he was after,
And the poetry he invented was easy to understand;
He knew human folly like the back of his hand,
And was greatly interested in armies and fleets;
When he laughed, respectable senators burst with laughter,
And when he cried the little children died in the streets.


       ("Epitaph on a Tyrant" - W. H. Auden, 1907 - 1973)


Según algún dicharachero de Twitter, lo siguiente fue dicho ayer por el Presidente en su enlace semanal.

Queridos jóvenes el poder es bueno. No hay que burlarse del poder. Sin poder se cae en anarquía.

Bueno, como siempre digo, es un punto de vista. Lo que sigue es otro.

Necesitamos primero una definición de poder. Propongo la de Orwell, que como siempre, va directo al meollo de la cuestión:

"Power is in tearing human minds to pieces and putting them together again in new shapes of your own choosing." (1984)

Lo podemos expresar de un modo más formal: poder = violencia. Por tanto, es el antónimo de libertad. Si una persona toma decisiones sin que la voluntad de otra(s) persona(s) influya en ellas salvo de manera residual (más abajo lo explico), decimos que esa persona es libre. Si su decisión, en cambio, es el resultado de la voluntad de otra persona impuesta de modo coercitivo (mediante amenazas de violencia, o violencia real), decimos que está bajo el poder de esa otra persona. Tener poder es suplantar la capacidad de decisión de las personas; es anular su libertad. Y tener poder político es avasallar voluntades a gran escala, mediante el aparato del Estado.

Ahora, soy consciente de que esta definición es simple e individualista, y que como tal no le resultaría satisfactorio a un marxista, por ejemplo, que insistiría en que el poder es propiedad funcional de una relación asimétrica, no entre individuos, sino entre clases socioeconómicas bajo un determinado modo de producción, por ejemplo, el capitalista. (El funcionalista en sociología diría lo mismo, mutatis mutandis, haciendo constar que la tal relación asimétrica recibe su absoluta bendición.) Para el caso poco importa. Hasta el marxista, pese a toda su artillería de ofuscación, a fin de cuentas tiene que reconocer que el cambio deseado en las relaciones de poder pasa ineluctablemente por la toma de conciencia, de parte del individuo, de que lo que está haciendo va contra su voluntad, de que su papel es el de víctima de una determinada forma de violencia, aunque no sea dirigida contra él. ni que venga de parte de ninguna persona en especial. Es más: el marxismo clásico propone, al igual que cierto liberalismo clásico, reducir el poder a su mínima expresión, que utópicamente sería la perfecta nulidad. Las contradicciones del capitalismo desembocan en revolución, tras la cual se establece, por un tiempo limitado, un régimen de defensa de las conquistas frente a las fuerzas reaccionarias (dictadura del proletariado); los reaccionarios mueren, el Estado como expresión del poder hegemónico al final se vuelve obsoleto, "se marchita", y se instaura una sociedad de cooperación y auxilio mutuo y perfecta igualdad, el comunismo, en la cual no existe ningún poder político de ningún tipo. Es precisamente esta visión apocalíptica-mesiánica del marxismo tradicional la que le ha permitido venderse como ideología liberadora: hay que disputarle el poder al sistema, dicen, hay que arrancarle la hegemonía (según la formulación gramsciana) para que ese poder pase a manos de los buenos, perdón, de la vanguardia del proletariado, o séase, nosotros, pero no es que queremos disfrutar de ese poder en perpetuidad, ¡no compañeros! sino administrarlo hasta ese glorioso momento en que ya no sea necesario, porque ya no tendremos enemigos contra quienes defendernos. Es esa propaganda contra la que arremete Orwell cuando le hace decir al gárrulo O'Brien

The German Nazis and the Russian Communists came very close to us in their methods, but they never had the courage to recognize their own motives. They pretended, perhaps they even believed, that they had seized power unwillingly and for a limited time, and that just around the corner there lay a paradise where human beings would be free and equal. We are not like that. We know that no one ever seizes power with the intention of relinquishing it. Power is not a means; it is an end. (op. cit.)

Ahora, sabemos que Correa no es marxista, pero hasta ahora uno suponía que su pretendido izquierdismo sui generis por lo menos abarcaba ese lado del socialismo contestatario al poder: sus múltiples propagandistas en El Telégrafo han pasado años despotricando contra los poderes fácticos (esos detentores imaginarios del poder real, cuya existencia justifica ver al pluripotente Estado, a pesar de todo, como un diminuto David frente a un oscuro Goliat) e inventándose enemigos a conveniencia, para que nadie dude de que la urgencia de la coyuntura justifica la arbitrariedad y la saña sin límites contra el pueblo. Bajo esta perspectiva, se podría decir que la cita presidencial, de resultar verídica, sería el "momento O'Brien" del régimen: ése en que se abandona todo fingimiento, y se admite lo que antes era una sola sospecha. El poder (para él, para ellos) es bueno. Y no están, para nada, dispuestos a renunciar a él.

Claro que tal cándida admisión viene con justificante. Si no hay poder, dice ese gran pensador que es el actual Presidente de la República, "se cae en anarquía". Lo cual, en términos esquemáticos, no es más que una perogrullada, si se define anarquía como "ausencia de poder". Ahora, la fuerza retórica de tal consigna estriba en que habitualmente y en términos coloquiales, entendemos anarquía como desorden, caos y violencia aleatoria. El poder es necesario para imponer el orden en una sociedad. Lo cual puede ser cierto. Hasta la fecha no conocemos, salvo experimentos inestables, sociedades sin estructuras de poder. Un antropólogo diría: somos una especie tribal, y no existen tribus igualitarias. Pero tal reconocimiento no implica en sí que el poder sea "bueno". Si lo fuera, lo lógico sería llevarlo a su máxima expresión, la tiranía y el totalitarismo, el mundo de 1984. En cambio, si admitimos que poder = violencia, y valoramos la no violencia, es decir la libertad, entonces el poder vendría a ser un mal (supuestamente) necesario. Y lo que se hace con los males, necesarios o no, es controlarlos y minimizarlos en la medida de lo posible.

Hay dos maneras de minimizar el poder, y aquí viene a cuenta lo dicho antes sobre el papel residual que las demás personas pueden ejercer en la toma de decisiones de un individuo. Si aceptamos que libertad significa poder tomar decisiones sin coerción, entonces cobra relevancia la forma en que tal coerción se ejerce, o dicha de otra manera, su representación interna en la mente del individuo. Frente a la visión esperpéntica de la sicología conductista, que reduce la decisión humana a estímulo y respuesta unidimensionales (y deterministas), y también frente a aquella caricatura malévola del liberalismo que lo identifica como libertinaje (o sea, si no aceptas la coerción de parte de miembros de la casta superior, eres condenado al más puro e irreflexivo egoísmo, pues al ser de las masas, no das para más), conviene insistir en que la mente humana es capaz, al tomar decisiones, de exhibir cualquier grado de sofisticación algorítmica y de delicadeza ética, de ser necesario, y habitualmente manifiesta por lo menos dos o tres niveles de recursividad. Uno toma decisiones, en primer lugar, descartando los imposibles (o sea, aplicando constraints), luego aplicando sus valores sociales o personales, mostrando, finalmente, cierta flexibilidad ante los imprevistos, los valores desconocidos o subjetivos, y el elemento arbitrario e irreductible de la experiencia personal. Lo podemos ilustrar con el siguiente ejemplo:

Salgo a trabajar por la mañana y me encuentro con que anoche dejé las luces del carro encendidas, y que el carro no arranca. ¿Qué hago?

Opción 1: mover rápidamente mis brazos como alas, para levantarme del suelo y así volar como paloma directo hacia el trabajo. Esta opción, harto atractiva, la tengo que descartar pues contradice las leyes de la física, que actúan como constraints.

Opción 2: volver a la cama, sin más. Si lo hago, mis alumnos quedarán esperando baldíamente. Habré demostrado irresponsabilidad y les habré perjudicado haciéndoles perder más tiempo de lo necesario. Puesto que la responsabilidad forma parte de mi escala de valores, descarto esta opción. Mis valores también actuán como constraints, pero a nivel inferior, más "blandos".

Opción 3: Llamar un taxi. Si lo hago, gastaré en el pasaje tal vez más plata de lo que me ganaré haciendo la clase, pero por lo menos habré cumplido con mi responsabilidad. Hmm.

Opción 4: Ir caminando hacia la parada más cercana, y coger el bus. Gastaré poco, pero llegaré muy tarde. Tal vez los alumnos se habrán hartado de esperar antes de que llegue. Hmm.

Opción 5: Llamar por teléfono a la secretaria y decir que no puedo ir y que avise a los alumnos para que no esperen. Hmm.
Opción 6: Ir despertando a los vecinos uno por uno, a ver si alguno está dispuesto a ayudarme a arrancar el carro con la ayuda de cables de arranque. Hmm.

Sea cual sea la opción escogida entre 3-6, se habrá tomado "en libertad": pero ello no significa que necesariamente sea la opción más egoísta, y hemos visto que tampoco significa que no haya tenido en cuenta previamente algunos factores limitantes (constraints). Ahora bien, con lo que sueñan algunos poderosos es que su poder se manifieste precisamente en que la representación interna de su voluntad sea vista como uno de esos factores limitantes, estables e inamovibles, situado en un nivel superior del proceso: a ser posible, codeándose con las mismas leyes de la física. Visión que se trasluce en expresiones como, por ejemplo, "cultura tributaria" (en que el individuo ni siquiera percibe el dinero pagado en impuestos como suyo, y por consiguiente, no es consciente de ningún acto coercitivo cuando se lo quitan). A tal fin, se intenta que el ciudadano internalice como valor primario la obediencia al Estado, aunque ésta habitualmente viene disfrazada con otros nombres, solidaridad entre ellos. Estos valores socialmente consensuados son precisamente los que permiten la hegemonía cultural gramsciana por parte de la casta dominante. Ahora, se puede discutir si la imposición más o menos consciente o deliberado de estos valores en la mente del ciudadano mediante técnicas diversas de lavado de cerebro, perdón, "educación", constituye una violencia, por tanto, una expresión de poder, o a qué nivel en la jerarquía de valores decisivos empieza o termina la coerción propiamente dicha. Son cuestiones complejas. Pero basta con lo dicho: muchos teóricos que consideran el poder como un mal necesario ven en la educación una solución parcial al problema: el ciudadano convenientemente educado obedece, no cuestiona el sistema, coopera "libremente". Es una de las dos maneras de, supuestamente, limitar el poder.

El otro debe ser obvio, pues se resume en aquella serie de consignas que habitualmente asociamos con la "democracia" liberal occidental: checks and balances, independencia de las funciones del Estado, proceso electoral, representatividad, rendición de cuentas, etcétera. Lo paradójico es que habitualmente se descarta, en cualquier discurso oficial, aquello que debería ser el elemento más central, más importante: el constante cuestionamiento de la necesidad de que el poder se ejerza en determinado ámbito, la necesidad de minimizar el alcance del poder en la vida cotidiana, y por tanto, de maximizar la responsabilidad individual. No hay mucho misterio en ello. El poder político está implacablemente opuesto a la responsabilidad individual, a la autonomía (aunque sea parcial) del individuo, y le interesa mucho que el ciudadano se vea como un ser indefenso, inepto y necesitado de protección, dirección y liderazgo. Es propiedad del poder tender a perpetuarse de esta forma. Y dicho sea de paso, el discurso hegemónico del poder ha encontrado un gran aliado en la globalización y en la sociedad de la información, en el sentido en que este proceso tiende a debilitar cualquier consenso social local, cualquier autonomía social preexistente, de modo que, ante los terrores del gran mundo sangriento, feroz y despiadado que muestra la pantalla de la computadora, el ciudadano así intimidado deposite su fe y sus votos de obediencia y lealtad a los pies del Gran Hermano, único ente con la fuerza necesaria para protegerle.

Así que, en el fondo, es cuestión de valores. A quien la libertad nunca le haya servido para nada bueno, sólo para equivocarse y darse golpes, tal vez sea mucho pedir que prefiera toda la incertidumbre que viene asociada con una sociedad abierta, donde la responsabilidad recae en el individuo y no en el Estado, con la consiguiente posibilidad de seguir equivocándose y dándose más golpes. En cambio, quien haya saboreado a fondo la potencia mental y espiritual del ser humano realizado no podrá ver apenas en las burdas y malintencionadas formulaciones retóricas del poder otra cosa que motivo de burla. Sí, de burla.

Y eso es lo que, puntualmente, viene a ser el problema, al parecer.

  "No hay que burlarse del poder".

Epitafio también (como diría Auden) de un tirano, si alguna vez lo hubo.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Qué hacer con los groseros

(...) [P]romover que las redes sociales se constituyan en un espacio favorable para el debate civilizado, con ideas y propuestas, y sin incurrir en agravios o amenazas hacia los involucrados (...) es un requerimiento cada vez más necesario, especialmente, en una sociedad en la que estos espacios se han convertido en una trinchera para lanzar ataques desde el anonimato. (...) No se trata, pues, de ser tolerante ante una supuesta ‘irreverencia’ de aquellos, sino de exigir respeto y responsabilidad en el uso de las redes sociales. Sin duda, estas reivindicaciones serán siempre satanizadas por los defensores a ultranza del libertinaje de expresión y aprovechadas por los opositores a todo proceso de cambio.

(de un artículo encontrado en el Telégrafo, where else)

Pobre Fernando. Ésta no ha sido su semana, creo, así que seamos comprensivos y un poco indulgentes, y en lugar de satanizar sus reivindicaciones, intentemos buscar terreno común, para lo cual, nada mejor que el párrafo que acabo de citar. Creo, por lo menos... bueno, ya veremos.

Empecemos con lo de las redes sociales. Confesaré desde un principio que no soy muy ducho en ellas: llevo varias semanas en Twitter y no consigo ni acercarme a la gloriosa meta de los 100 fologüeros; no tengo Facebook porque el Zuckerberg me cae chancho; no sé ni cómo funciona Guatsap ni para qué sirve. Realmente, no soy un tipo muy social. De lo poco que he visto, creo que puede haber redes "favorables para el debate civilizado", aunque no los he descubierto; también creo firmemente que Twitter no es una de ellas. No lo es porque por muy económico que seas en tu expresión, hay ideas que difícilmente se pueden empaquetar en 140 caracteres, por lo menos en tiempo real y con el perro y el niño persiguiéndose alrededor de tu pierna. Más que para el debate civilizado, yo lo uso para enterarme de las noticias, para compartir mis extraños y tétricos gustos musicales, y para formular frases pretendidamente lapidarias sobre cualquier tema que me llama la atención desde la pantalla de Tweetdeck. Ah, y también para hacer el mono de vez en cuando. Encuentro que Twitter es ideal para todos estos propósitos. Para el debate, no tanto. Son percepciones nomás. Si Fernando quiere hacer sus pinitos de debate civilizado en el mismo medio, me parece, desde luego, excelente. Aparte de la novedad del debate, ver al jefe de la SECOM portándose civilizadamente en cualquier medio sería un espectáculo verdaderamente fascinante.

Lo que no hago es agraviar gratuitamente a nadie, ni peor amenazar. Y estoy con Fernando: yo no promovería nada de eso. Yo mismo he sido objeto de la táctica calumnia + doxeo en un pasado, cuando frecuentaba otras redes ya difuntas (y mucho más fructíferas y eficientes: ah, lo que es tener edad para recordar aquellos heroicos tiempos): no desearía a nadie esa angustia, y creo que sé tan bien como Fernando, y tal vez mejor, qué tipo de persona proterva y desequilibrada se presta a esas prácticas. Digamos nomás: el mismo tipo de persona que, cuando se encuentra perdiendo una discusión relativamente trivial contra un respetado periodista televisivo, por pura rabia crea y emite una "cadena" pública, con siniestro (y anónimo) voz en off incluido, donde se muestra la casa del periodista en un amago de intimidación digno de un alma miserable. En fin, lo único en que tal vez difiero de las sabias palabras citadas, es en eso de "exigir" respeto y responsabilidad de los usuarios de dichas redes. Lo puedo promover, pero difícilmente "exigir" salvo en lo que a mí personalmente me concierne, ya que no soy dueño de ninguno de esos medios. Pero ya que hemos entrado en el tema. ¿cómo puedo o debo actuar frente a esos posibles agravios, esos insultos y difamaciones de que podemos ser objeto en cualquier momento? Lo que sigue son mis pensamientos y recomendaciones al respecto.

Primero, si estamos hablando de gente grosera, insultadora e irrespetuosa, hay que distinguir claramente entre las dos categorías: los impotentes y los poderosos. Los impotentes son aquellos que, en su imaginación, representan el sentir de cierto grupo o sector, del cual son los voceros autoelegidos: sus insultos son canalizados desde el hígado pasando por alguna zona primitiva del cerebro, donde reciben su baño de justificación moral, antes de consumarse en algún atropellado vendaval de mayúsculas, calificativos sin imaginación y errores ortográficos. Los hay de todos los sabores, aunque los más persistentes suelen vestir el manto de guerreros de Justicia Social (SJWs, por sus siglas en inglés). Su única arma retórica es el sarcasmo de colegial: son aburridos, repetitivos y por lo general, inofensivos. Mi recomendación: después de comprobar su nulo interés en el intercambio de ideas o el acercamiento de posiciones, bloquearlos. Fin del problema, si realmente se puede llamar así.

Los poderosos, ésa es otra cuestión. Y lo es porque, si bien alguno puede tener puntos vulnerables y perder vistosamente los estribos de vez en cuando, por lo general ellos no se dignan en insultarte de manera verbal, con todo el riesgo que ello representa (siendo como es el lenguaje un campo de batalla relativamente igualitario y exento de privilegios). Su manera de insultarte consiste en exigirte, con los intermediarios que hagan falta y aprovechando el andamiaje estatal, permanente tributo. Presumen de dirigir y "regular" vidas, entre ellas la tuya, y tienen la interesante pretensión de comprar sus lujosas mansiones con fondos extraídos a la población mediante extorsión. Ahora, puesto que su poder es relativo y depende de la pasividad de la población, en los países con tradición democrática más vetusta la tal pasividad se precautela con un código de comportamiento y de discurso humilde, cortés e indulgente con el votante, a quien incluso llegan a pedirle disculpas en muchas ocasiones por ofensas reales o imaginarias: somos, dicen, con su mejor y más servicial sonrisa, meros representantes y sirvientes públicos. Se trata, a fin de cuentas, de no exacerbar las sensibilidades de víctimas de su parasitismo, y la mayoría de esos sirvientes públicos entienden que tanto los insultos como las bromas que les son dirigidos, aparte de exhibir la justificación de la defensa propia, sirven como necesaria válvula de escape de frustraciones que de otro modo podrían tornarse peligrosos... hasta el punto, incluso, de "obligarles" a matar a niños de 14 años, por si acaso.

¿Qué hacer con ellos? Está dicho: en la medida de lo posible, y aun desde la postración a la que nos someten, reírse de ellos. Y si, a diferencia de aquéllos demócratas ya mencionados, lo toman personalmente, y replican con amenazas, juicios y encarcelamientos, entonces: reírse más. ¿Por qué? No solamente porque reír es mejor que llorar o patear al perro: también, porque la risa compartida es la mejor garantía de la continuidad de aquella sociedad civil, autónoma e independiente, que algún día los ha de enterrar, a toda la casta parasitaria y a sus pretensiones de controlarlo todo.

Y es en este contexto que se ha de ver el tema del anonimato al que también hace referencia el autor del medio párrafo citado. En un régimen con separación de poderes y estado de derecho, el anonimato no sería más que un afectación en el 99% de los casos, y estratagema de delincuentes en el restante 1%. En un régimen como el que tenemos aquí, de tendencia neofascista, es simple sentido común, igual que lo ha sido siempre en todos aquellos regímenes históricos que un desesperado lacayo como Werner Vásquez, pese a toda su alardeada educación marxista, convenientemente olvida (pregúntale quién fue Junius y por qué). Permite expresarse libremente (no insultar, no amenazar, expresarse) sin ir a la cárcel por ello. Además, y pese a todos sus inconvenientes (desde el punto de vista de quien quiere cosechar fama y reconocimiento social) el anonimato tiene una gran virtud: sabes inmediatamente y con absoluta certeza que quien se molesta por ello es porque quiere verte tras las rejas o en el paredón, así de sencillo. A nadie más le tiene por qué importar. Así, tienes una manera más de identificar a tus enemigos, o mejor dicho, a los enemigos de la convivencia pacífica. Aquellos que, por supuesto, seguirán diciendo que la sociedad de la convivencia son ellos, o que es algo que ellos han "construido" o que van a "construir", en cuanto los feroces embistes de los caricaturistas, los comediantes y los memeógrafos se lo permiten, y en cuanto los niños de 14 años sobrantes y adscritos a "la derecha" se hayan exterminado de manera ejemplar y precautelar.

sábado, 21 de febrero de 2015

El artículo que Alvarado no escribió

Extraido del Telégrafo, edición del 21 de febrero de 2015.

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COMO lector habitual de este excelente medio, verdadero "decano" del periodismo en nuestro querido Ecuador, y en especial de su sección de Opinión, a veces me encuentro en desacuerdo con el enfoque o con las conclusiones de algún articulista en estas páginas. Este hecho en sí lo que demuestra es que, muy en contra de lo que dicen sus detractores, El Telégrafo proporciona un espacio auténticamente abierto, plural, con gran diversidad de opiniones y de ideas, cosa que sin duda nos ha de llenar de legítimo orgullo a todos los que hemos luchado durante todos estos años a favor de la tolerancia, la diversidad y el diálogo respetuoso y constructivo. Y es con este espíritu humilde y dialogante, y ningún otro, que me atrevo a señalar en esta columna (gentilmente cedido por mi gran amigo Orlando Pérez) mis discrepancias, a título personal, con respecto a las opiniones expresadas en el artículo "Los límites de la ridiculez", publicado en la edición del 30 de enero pasado, y firmado por el columnista Sebastián Vallejo. Y digo "a título personal" para evitar que se interprete nada de lo expresado aquí como un pronunciamiento oficial de la SECOM. En mi cargo, por desventura, tales precisiones a menudo se vuelven necesarias.
 
Antes de entrar de lleno en el tema, me gustaría señalar mi admiración y respeto por el mencionado columnista, cuyos escritos demuestran tal vez mejor que cualquier otro lo dicho sobre la pluralidad y diversidad de enfoques de que hace alarde este medio. Contra quienes se quejan de que El Telégrafo acoge única y exclusivamente las voces del "oficialismo", y los que creen que el insulto y la descalificación rotundos son las únicas maneras posibles de desmarcarse de esa supuesta "línea oficial", la columna de Vallejo nos recuerda que se puede discrepar con algún planteamiento puntual del gobierno, y expresar tal desacuerdo con hidalguía, razonando, matizando y puliendo conceptos, sin caer en el juego de le burda descalificación y la denuncia estéril. Es esperanzador encontrar en un escritor tal grado de madurez y tal espíritu constructivo, y le agradezco su dedicación a la, sin duda, ingrata tarea de ejercer la "oposición constructiva" desde su espacio en este medio.
 
Sin embargo, creo que en la mencionada columna se equivoca al denunciar una supuesta "intolerancia a la crítica" demostrada por "el poder". Nada más lejos de la verdad. Para la labor de un gobierno que se coloca al lado de los ciudadanos, la crítica, venga de donde venga, es una necesidad permanente. Yo mismo he sido muy crítico con el gobierno en innumerables ocasiones, denunciando a través de los modestos medios de que dispone la SECOM todo tipo de corrupción gubernamental, de doble discurso oficial, de incumplimientos de promesas electorales, y lo seguiré haciendo. No: lo que el gobierno persigue no es acallar la crítica, sino aplacar las voces de los que, sin proponer ninguna idea constructiva, únicamente insultan, difaman, y, lo que es mucho peor, amenazan a quienes se atreven a pensar distinto. Ahora, el articulista tiene toda la razón al señalar que, en las redes sociales, tales prácticas no solamente son comunes, sino que son difíciles, tal vez imposibles, de erradicar mediante la ley: por lo menos, sin menoscabar gravemente el valor de la libertad de expresión, siempre recordando que el anonimato, por mucho que nos puede molestar, históricamente ha sido una necesidad para luchar contra la injusticia y la arbitrariedad del poder, y por ese motivo es un derecho sagrado en cualquier democracia. Pero hay otra manera de atajar esta cuestión, que consiste en poner, desde el poder, el buen ejemplo.
 
Imaginen ustedes, por ejemplo, que yo me dirigiera al columnista Vallejo en un tono airado, acusándolo gratuitamente de engreimiento y esnobismo, burlándome de sus imaginadas pretensiones de "intelectualidad" y profiriendo insultos tipo "ridiculez existencial", "pensamiento derrotado" y "ridículo escritor de columnas" Qué mensaje daría esto a los lectores y al país? O ¿qué tal si el Presidente Correa, en lugar de adoptar su acostumbrada actitud de cortés indiferencia ante las burlas y la provocación, se dedicara a nombrar y a agredir con áspero sarcasmo a todo aquel que en la redes sociales haya dicho algo de su desagrado? Evidentemente, tal proceder de parte de las autoridades les daría alas a todas aquellas mentes superficiales que ven en la política un ejercicio de adhesiones y enfrentamientos tribales, un juego de hostilidades soterradas donde el "ganador" siempre será el más hiriente, el más sarcástico, el más vil, el más utilizador de comillas sarcásticas, o llanamente el que más terror infunde. En un país así, con las susceptibilidades exacerbadas desde la autoridad misma, no sería de extrañar que algún día, algún enfermo se dedicara a publicar montajes de fotografías desnudas de alguna mujer políticamente "enemiga", o que a algún desequilibrado se le ocurriera enviar cartas de amenaza a un supuesto opositor, así sea un simple bromista o buontempone. En un país así, y lo digo tajantemente, y no quisiera vivir. Por eso hemos cultivado, y creo que en esto puedo hablar por todo el gobierno, una actitud de respeto, un espíritu conciliador y un talante para el diálogo, que hasta nuestros más radicales opositores nos han tenido que reconocer.
 
Por eso le digo al Sr Vallejo: si en las redes sociales se producen algunos lamentables excesos, la culpa no creo que estribe en nosotros. Pero en todo caso, si él cree que los que ocupamos puestos de responsabilidad deberíamos actuar de otra manera, agradecería sinceramente sus mayores precisiones al respecto. Todos tenemos algo que aprender del punto de vista del otro, sin duda.
 
Respetuosamente,
 
FEXNANXO ALXARAXO EXPINEX

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Repito por si no quedó suficientemente claro: la que acabo de reproducir es la carta de Fernando Alvarado NO escribió. La que SÍ escribió es ésta de aquí.

sábado, 14 de febrero de 2015

La mirada presa

Ya lo aprendimos en la infancia. Dos, tres, cinco chicos o chicas sumidos en el juego y la risa. Llega el matón, el de ojos tristes y voz de lejano trueno. Un solo gesto lleno de furia, y las canicas se dispersaron, se perdieron en la alcantarilla, el osito de peluche vierte al suelo sus blancas vísceras de algodón, el muñeco de nieve, degollado, se hunde, las líneas de la rayuela se borran, el halcón yace en el tacho de basura. Porque el matón es apóstol a su manera. Lo suyo, el evangelio de la frustración, de la decepción, de la ira ante las cadenas del propio fracaso. Su soledad se puebla de conspiraciones: aquí y allá, todos están jugando, todos felices, todos tienen a alguien, menos yo. Que aprendan, pues, lo que es la pérdida, lo que es la pobreza, lo que es la humillación. Yo les enseñaré.

El matón ya se ha hecho grande, y se ha provisto de un discurso, plagiado al azar. "Yo represento a los pobres, a los marginados... Lo mío es la Justicia." Con el tiempo, medio se lo cree y todo. (A lo mejor.)

El dibujante de la rayuela levanta la cabeza, viendo avanzar hacia él otro apóstol de la furia. - Señor, si es por justicia vienes, justicia fuera que los marginados representaran a sí mismos, uno por uno, sin intermediarios, para así dejar de ser marginados. El tener "representante", que te metan en un colectivo, un "segmento", una "cultura", un "pueblo", para que alguien levante la mano por ti, es la definición misma de la marginación, de la verdadera pobreza. ¿O no sabías eso? Tu afán de representarme es precisamente lo que me margina. Cuidado con esa línea que recién está pintada... Oh, ya veo en qué plan vienes. No importa, como ésta que borraste siempre habrá muchas líneas más. Sólo hace falta ver dos puntos en el espacio y querer unirlos. Pelearse con la geometría es de insensatos. Tal vez te falta aun poco más de tiempo para descubrirlo.

- Yo no me peleo con la geometría ni con las líneas - replica enfurecido el matón. - Vengo por ti, porque insultaste a mi pueblo. Éste soy yo, ¿verdad? - Y el apóstol señala con tembloroso dedo un monigote pintado en el suelo, a la cabeza de la rayuela. Un personaje hecho de cinco líneas mayores, en son de torso y miembros, un círculo para la cabeza, y cara triste.

El dibujante mira el monigote, y a su interlocutor, con rostro pensativo. - Sí, sí, creo que es usted - , dice al final. - Lo parece. Pero no veo ahí a ningún pueblo. Si me permites...

El apóstol hace una mueca de sorna, y escupe en el suelo. - No me vengas con ésas. Una sola línea que representa el torso. ¿Qué bromas son éstas? Has dibujado claramente un hombre delgado. Está claro que todos los delgados estamos representados y ridiculizados en esta caricatura. Y como la delgadez viene de la pobreza, de no tener qué comer, pues del mismo modo, ahí está usted burlándose de los pobres. Atrévete a negarlo, pendejo, cariculo, hijo de mala madre.

- No lo niego, amigo. Este dibujo hecho de líneas y curvas representa para ti todo lo que usted quiere ver en él. Es la naturaleza de los dibujos. Cada uno ve lo que quiere, de lo que es capaz. Según las luces y las sombras de su propia mente.

- Boberías. ¿Qué otra cosa se supone que hay allí, si no una burla a los delgados?

- Hombre, detrás de una burla siempre hay algo más. Es la naturaleza de las burlas: siempre se centran en la carencia, en el yerro, en el apartarse vergonzosamente de alguna meta o algún ideal, que en teoría podría ser cualquier cosa. Ahora, si usted cree que me burlo de un delgado por no ser gordo, de un pobre por no ser rico, de un negro por no ser blanco, de un lengua torcida por no ser melifluo orador, de un hombre por no ser mujer o una mujer por no ser hombre, eso dice más sobre usted que sobre mí. Para mí sólo hay una carencia que me llama la atención en toda persona: la inautenticidad.

- In-au...

- Inautenticidad. Del hombre que se vende por un plato de lentejas, o lo que es lo mismo, por seis mil dólares al mes, a una chusma de gente que no ve en él una persona, sino sólo un símbolo codiciable y aprovechable, un ente de usar y desechar. De quien se dedica a hacer lo que no sabe hacer bien, ante los aplausos de risueños cínicos, cuando podría estar dando clases magistrales en lo que sí sabe hacer mejor que nadie. En el que, seducido por una retórica hueca y antihumana, se puebla la cabeza de pueblos, de grupos y colectivos en que toda la inteligencia de los seres humanos individuales se diluye en una especie de denso lodo de emociones infantiles, hecho de odios, suspicacias, resentimientos y reivindicaciones. Y que encima comete el enorme absurdo de querer "representar" a uno de esos supuestos colectivos. El que suscita mi suspicacia no es el delgado, sino el delegado. Ya te lo dije: el afán de representar a otros es el camino más seguro a la muerte espiritual. Mira nomás a ése que tenemos ahora por Director (de la escuela). Las desesperadas contorsiones de su cerebro y su discurso ante el vaivén del capricho electoral hacen pensar en los movimientos de agonía de un grillo medio aplastado en el suelo de la ducha. Llega el agua y no sabremos más de él. Haces mal en buscar enemigos entre quienes te deseamos mejor suerte que ésa.

- ¿O sea que me criticas por no haber hecho de mi vida lo que hubieras querido que haga? ¿No es eso la mayor arrogancia y paternalismo que jamás se haya escuchado?

- Pues me alegra que lo digas, amigo. Así que estamos de acuerdo en querer desterrar el paternalismo. Cada uno decide por sí mismo lo que quiere hacer, con la única responsabilidad de hacerlo bien, cosa que de joven sí entendiste mejor que nadie, a la vista está. De modo que: perdonar a quien hace mal las cosas por su procedencia, por sus orígenes, por su color de piel, o cualquier tontería de ésas, aplicar la mirada selectiva, la mirada presa de la corrección política, desterrar por esas razones a cualquier persona del dominio de la posible burla constructiva, es la peor capitulación posible. Es ceder ante todas esas hordas de gente que te quieren etiquetar, que te quieren ver como símbolo de un colectivo y no como lo que eres, una persona única e insustituible. A ver si al final resulta que en el fondo estábamos siempre de acuerdo.

- Si estuviera de acuerdo contigo, perdería mi trabajo, hijueputa.

- Así es. Pero aquí hay un juego de rayuela recién pintada, salvedad hecha de la parte que borraste con el pie. A ver si nos ayudas a completarla y vienes a jugar, a enseñarnos algo tuyo. Nos encantaría.

Cinco minutos después, ya no hay rayuela, al dibujante le sangra la nariz, y el matón camina muy satisfecho de sí, pues ya ha realizado su buena hazaña del día. Como para compartirlo con todos esos nuevos amigos que tiene, pues que ya ninguno de ellos dice pobretón, pobretón. O si lo hacen, será solamente entre ellos, detrás de las puertas de algún restaurante de lujo...

Si solamente fuera tan fácil borrar una mirada como borrar, con el pie, una línea de tiza en el patio de recreo, en el patio pesadilla de la eterna soledad.

jueves, 12 de febrero de 2015

De nacionalismos y un poco de todo

Vade retro.

Lo he dicho y lo vuelvo a decir, aunque nadie me crea: no soy ningún bloguero político, chucha. Soy un viejo insalubre con zapatos rotos que sale a trabajar cada mañana y vuelve muerto de sueño por la noche y al llegar a casa se entretiene en algunos breves minutos con las ricas y diversas manifestaciones de estupidez humana que hoy día se han vuelto tan entrañablemente asequibles a través de la Red y sobre todo (últimamente) a través de Twitter, que es como una especie de megáfono de la bobería, la intolerancia y la habladuría, amenizada con relámpagos de inteligencia e ingenio que se depositan y se reciclan eternamente ahí, aparentemente para despistar. Lo que sucede es que cuando uno tiene el carácter ingenuo y a ese defecto se le une la vocación de profesor, a veces esas tonterías resultan demasiado tentadoras. Eso es todo. A mi edad, empero, se supone que uno debe ir con un poco más de juicio y sensatez. A ver si de esta última experiencia aprendo.

Hace dos noches llego a casa y en mi Inbox de Twitter hay una nota de un amigo con enlace a una “Carta Abierta” de una bloguera desconocida, y una aparente invitación a comentarla. Leo la carta, muy rápidamente, y veo que es de una mujer extranjera, aparentemente canadiense, que ha tenido la interesante ocurrencia de reprenderle a ese tal John Oliver, humorista inglés, su segmento de burla al Presidente salido el otro día. La bloguera aduce en tal empeño los siguientes argumentos:

(1) Usted, John Oliver, no debe burlarse de Correa porque él está al frente de una Re-vo-lu-ción.

(2) Usted, John Oliver, no debe burlarse de Correa porque los ojos de éste son capaces de “well up” (llenarse de lágrimas), detalle que he podido comprobar personalmente en una ocasión cuando el Gran Hombre se encontraba abriendo su correo personal y yo me encontraba cerca.

La deliciosa ingenuidad y la soberana estupidez de tales argumentos me fascinaron enseguida. En cuestión de dos horas ya tenía listo el comentario solicitado, y pulsé el botón de Post. Lo que no me imaginaba era la respuesta. Al siguiente día (ayer), se dispararon las visitas al blog. Más increíble aún: alguien en Twitter se había tomado la molestia de traducir mi “carta” al español. Empecé a recibir felicitaciones de lo que había sido, realmente, una serie de comentarios intrascendentes, no demasiado afortunados en su expresión, ya que me imaginaba que escribía para mi público habitual consistente en tres gatos, dos grillos, un resignado empleado de la SECOM preso de insomnio y una banda de cosacos, sable en mano, perdidos en una remota estepa. Al finalizar el día el contador de ese post estaba en 4.597: veinte veces el total de visitas al blog en todos estos últimos años.

¿Qué había pasado?

Bueno, el poder de Twitter es una cosa. Pero creo que acá lo de fondo es otra cosa, anunciada en el título de este post, y que voy a intentar aislar y analizar a continuación.

Antes de entrar en el tema, una simple puntualización. La bloguera me respondió tardíamente ayer, con una deliciosa sátira en que yo resultaba ser un fantasioso James Bond, empeñado en buscar complots de malvados villanos donde no había, pues en realidad vivimos en un país tan libre que “la mitad de mi círculo social se burla abiertamente de Correa y nadie pasa una sola noche en la cárcel” (aunque no dice si esos bocones conocidos suyos tienen que aguantar luego los sermones de la bloguera sobre el pobrecito presidente de los ojos llorones y sus lastimados sentimientos, cosa que se me antoja todavía peor suerte que unas horitas en la Peni). Dicho esto el mismo día en que Bonil se enfrenta a la más absurda acusación desde que alguien le supo ver a la Mery Zamora cara de terrorista, a uno le daría también ganas de responder, así sea de modo jocoso, si no fuera porque, a estas alturas, ya queda claro el juego. Ella, la Sra Rohan, como demuestra su estilo, no es ninguna tonta. Sabe mejor que nadie que lo que tenemos aquí no es ninguna “revolución ciudadana”, sino el simple relevo generacional y renovación ideológica de una corrupta oligarquía que con la bonanza del alto precio del petróleo llegó a manejar sumas muy apetecibles, sobre todo, a los ojos de cualquier asesor financiero con aspiraciones a formar parte de la nueva y remozada Beautiful People tropical. La carta suya fue un simple gesto gentil ante el pánico que las últimas cagadas del Presi han hecho cundir en las altas esferas. Ella no repetirá el gesto, y yo tampoco, y creo que por idéntica razón: porque, bien que lo sabemos, somos de fuera.

Créanme, y se lo digo a los trolls: les entiendo y les simpatizo. Nada da tanta rabia que el espectáculo de uno de fuera, un extranjero que no sabe nada de nada y hasta se equivoca a veces con las concordancias, que viene a meter las narices en cosas de aquí, de los ecuatorianos. Y cuando se entera uno de que es inglés: más rabia todavía. ¿Qué se cree este imperialista, este colonialista, que viene con aires de conquistador o de misionero o yo qué sé? ¿Se piensa que esto es las Islas Malvinas? ¡Tendría que estar agradecido este vagabundo de que le hemos dado trabajo y hogar! Si no te gusta el país, pues ya sabes lo que debes hacer: largarte. Si me lo han dicho una vez me lo han dicho cien. Y, repito, les entiendo. Pero permítanme presentar un punto de vista alternativo. Si les gusta más, quédense con él. Si no, quédense con el actual, con el nacionalismo y con la rabia. La elección es suya. Y tener una elección siempre es algo positivo.

Primero, fijémonos en un detalle. Los mismos que creen que por ser “de fuera” no tengo derecho a hablar, conceden felices y gustosos el mismo derecho a la Sra Rohan, y hasta le publican notas de agradecimiento en El Telégrafo. ¿Cuál es la diferencia? Obvio: ella es seguidora del Presidente y devota del actual gobierno.  Con lo que se revela que el gobierno, en la mente de quien piensa así, está plenamente identificado con el país. Si no te gusta el gobierno, no te gusta el país. El país, en última instancia, es su presidente. Burlarse de uno es burlarse de todos. Si piensas así, sólo tengo una cosa que decirte: lo siento, pero te han tomado el pelo. Los mismos que te han hecho creer eso son los primeros en largarse a Miami para una interminable boda, o en jactarse públicamente de que cuando termine su trabajo acá les espera un bonito departamento en Bélgica. El patriotismo, para ellos, es pábulo de tontos: cuando ellos hayan desaparecido con sus ganancias a Miami, a Panamá, a Harvard o a Bélgica, quedamos tú y yo. Yo, para ese entonces, probablemente a seis pies debajo de la tierra en el cementerio más barato que mi esposa sepa encontrar. Si no fuera por ese detalle, diría: entonces ya me contarás.

El país no es su gobierno. El país eres tú.

Si a ti te nace ser intolerante, si a ti te va la xenofobia, pues así será tu país. Tú decides. O mejor dicho, tú decidirías eso, si no fuera porque no eres el único. Y por mucho que te empeñas en hacerme creer que el ecuatoriano típico es intolerante, xenófobo, y tan cojudo como para creer en los políticos y sus eternas promesas, lo siento, pero otros llegaron antes que tú, y supieron convencerme de lo contrario. Que en Ecuador hay una enorme reserva de gente culta, extremadamente cortés, hospitalaria y de excelente humor, y que esas personas de inigualable simpatía se encuentran en todas las clases sociales. Y que ese punto de vista que te voy a recomendar no es exclusivamente mío, sino sobre todo, de ellos. Así que no estarás recibiendo nada estrictamente de importación, con los correspondientes gastos y tarifas. Por ese lado, tranquilo.
 

Para esclarecer el tema, un poco de sicología 101. El ser humano, al crecer, pasa por diversas etapas, desde la absoluta dependencia a la figura materna y/o paterna, hacia los “grupos de pares” en la adolescencia, que pueden ser desde pandillas de amigos hasta congregaciones eclesiásticas o grupos de aficionados a algún deporte, a alguna música. Se supone que finalmente, en la edad adulta, se alcanza la madurez, que se manifiesta en la independencia completa del espíritu, del criterio, del “yo” individual. Pero vivimos en una sociedad cada vez más infantilizada, y ya hace mucho que los políticos se han dado cuenta de eso: que pocos superan la dependencia sicológica hacia “la tribu”, que en nuestro interior puede tomar las más diversas formas, siempre mediante el mecanismo de la identificación. El lector promedio de este blog, posiblemente a diferentes horas se identificará como ecuatoriano, como guayaquileño, como hombre o mujer, como barcelonista o liguista, como católico o ateo, como socialista o socialcristiano, etcétera. La diversidad de nuestras múltiples identidades sirve un poco para ocultar aquello que debe ser nuestra primera preocupación existencial: la insuficiencia de todos ellos, en conjunto y por separado, para constituir un auténtico ser humano de pro. Yo puedo ser un inglés, un ateo, un aspirante a neoliberal (todavía sin licencia para matar), un hombre, un aficionado a la Coca Cola, y muchas cosas más, y con todo ello, nada descarta que sea un auténtico salvaje, ni tampoco que sea lo que casualmente no soy, un angelito encantador. Nada de eso me define en última instancia. Queda todo por hacer, o por demostrar.

Volvamos a los políticos. Como el tema, para todos ellos, es conservar el poder a como dé lugar, es obvio que la infantilización de la sociedad, la multiplicación de la dependencia, es algo que les conviene, en cualquier país, pues el individuo maduro, de criterio independiente, es demasiado peligroso: de igual manera, el patriotismo, la boba identificación del individuo con unas fronteras, una bandera y un himno, resulta una constante tentación para ellos, siempre que la cultura circundante les da cancha para ello.

Ahora, yo no sé si ser patriótico será necesariamente malo, a pesar de lo dicho por Dr Johnson. Pero sí resulta serlo cuando se transforma en nacionalismo, en creer que tu país es superior a otros o es algo que toca “defender” como sea. Basta leer la historia del siglo pasado para darse cuenta de ello. Y esta enfermedad de sobre-identificación, según tengo comprobado, invariablemente resulta de un complejo de inferioridad crónico: el individuo se cree tan poca cosa que necesita diluirse, en su propia imaginación, en un conjunto de seres, en una tribu, en un partido político o una raza o una religión o una nacionalidad o un género, algo que dé sentido a su otramente insoportable vida, que le haga sentirse acompañado, que le conceda patente de corso para creerse superior a otros, de otras tribus, sin haberse ganado merecimiento personal alguno. Y en todo esto, claro está, los políticos le acolitarán por cada paso del camino. Les interesa, y mucho, que sus súbditos sean así.

De modo que “este país es mío, lárgate al tuyo” no es para nada un grito de autoafirmación. Es el angustiado gemido de derrota de alguien que ha renunciado a ser un individuo para refugiarse en la tribu.

El odio siempre es mal consejero, pero es peor psicólogo. ¿Inocentemente crees que yo me identifico con ese país, ya hace mucho irrelevante para mí, esa isla tamaño caca de lagarto con sus brumas, sus coles de Bruselas sobrecocinadas, su acartonada Reina, su chiflado Príncipe, sus vacas locas, su siniestro pasado colonial, su flema y falta de pasión, su asco de bandera, su ridículo e insostenible Estado de Malestar? ¿En serio crees eso? Entonces nuevamente te han tomado el pelo: pero esta vez, el engaño viene de ti mismo, de tu propio complejo de inferioridad, del convencimiento interior, de que constantemente huyes, de que tu país, y por ende tu propia identidad, es de segunda clase, y de que eres casi el único que por alguna injusticia del destino no encuentra en su propio pasaporte motivo de tierno y legítimo orgullo.

Nadie, a menos que sea un completo imbécil, encuentra eso en un pasaporte.
 

Libérate.

No eres ecuatoriano, o si lo eres será siempre en la medida que tú quieres. No eres ni hombre ni mujer. No eres de clase social alta ni baja. No eres de izquierda ni de derecha. Nada de esto te define. Eres tú. Y por ser tú, vales más que todos los ecuatorianos o los ingleses o los rumanos o los belgas del mundo. Por ser tú, vales más que todos los meros hombres y meras mujeres, esos volcanes de hormonas de mecha corta y llanto largo. Y lo más bonito de ser tú es que todo está todavía por hacer y por construir. Nada te limita, salvo tu propia imaginación.

Pruébalo.

Sal a la calle, a trabajar, con esto en la mente: no permitiré más que nadie me vea como hombre, como mujer, como albañil, como pelucón, como joven, como coloradito, como indígena, como curuchupa, como profesor, como gay, como empleado, como anciano. Lo que van a ver es un individuo con identidad propia, gustos propios, criterio propio, aspiraciones propias e intransferibles. Les sorprenderá, pero ya se acostumbrarán después del susto. Y voy a vivir la vida así, lo que queda de ella. Sin identificarme con nada ni con nadie, porque esa etapa ya pasó. Yo contra el mundo.

Y luego, si quieres, me cuentas la aventura. Si te asomas otra vez por la caja de comentarios, serás inmediatamente reconocible, amigo o enemigo pero en todo caso individuo plenamente realizado, ya no un borrego. (Esas cosas se notan, créeme.) O bien, vendrás luego a orinar sobre mi tumba. Ambos resultados son perfectamente válidos a mi parecer (y mis huesos descalcificados te lo agradecerán). Sólo que venga de lo más interior de ti. Y sepas que como profesor, tengo vedado por simple profesionalismo perder la fe en nadie, hasta en un troll. Suerte, y hasta la próxima.