lunes, 31 de agosto de 2015

Mi nuevo amor

Pensaba que era imposible que alguien de mi edad pudiera enamorarse todavía. Pero he aquí la sorpresa: me he vuelto a enamorar, hace unos días, pero de verdad de verdad.

El objeto de ese nuevo amor se llama Godzilla. Se trata de un monstruo creado en los años cincuenta por un estudio japonés, llamado Toho. Y lo sorpresivo del caso es que desde joven conocía a ese monstruo, por lo menos lo escuché nombrar muchas veces, y de seguro vi alguna imagen suya, sin fijarme demasiado, pues tenía la mente en otras cosas, o tal vez sería suficiente decir que entonces tenía mente. En todo caso, es como aquellas historias que uno a veces lee o escucha, de personas que crecen o trabajan muchos años al lado de alguien, sin que se le cruce la idea de enamorarse, y de pronto, zas, de la nada aparece Cupido, en el momento menos esperado.

No creo que Godzilla nunca llegue a fijarse en mí. Es igual. No me importa excesivamente, pues estoy acostumbrado a amar sin ser correspondido. De hecho, lo encuentro preferible: el amor no correspondido es como más limpio, más puro, menos viscoso y grumoso. Por ese lado, estoy absolutamente tranquilo. Tú también lo estarías, en mi situación.

Claro que a veces me duele esa neblina de indefinición que parece rodear la cuestión delicada del sexo de mi amada. Según tengo entendido, en las películas originales no se identifica el género de Gojira en ningún momento, pues a los japoneses no les importa ese tipo de cuestiones: ha sido en las traducciones y doblajes al inglés que empezó a extenderse el rumor malévolo de que el gigante atómico era macho. A mí me parece claro, clarísimo, que es hembra, y no solamente porque en una de las películas pone un huevo, sino por otras cosas más difíciles de explicar: tendencias de comportamiento, sobre todo, esa extraña mezcla de violencia y placidez y sonriente confianza en el poder de su aliento. En fin. Como siempre digo, el sexo biológico es una solemne irrelevancia en cuestiones de amor, y el género socialmente impuesto o asumido por la otra persona apenas menos irrelevante que aquél: todo está en ese matrix geométrico, ese filtro a través del cual le miras, esa manera en que tu mente privilegia algunas características de la persona y obvia otras, así acercándola instintivamente a tu ideal, que inevitablemente sí tiene género, pero alejado de cualquier estereotipo social. Basta con que la otra persona (¿hace falta que sea siempre una persona?) te permita identificarle con el género apetecido (G.A.), tal como ante tu mente se representa, y andando. Por lo menos, así parece funcionar en este caso.

Más de una vez mi esposa me ha interrogado: ¿qué es lo que tiene ella que no tengo yo? Sería fácil contestarle: espinas dorsales, dientes afilados, aliento atómico, etcétera. No lo digo, por educación. No todo el mundo es capaz de tener un aliento atómico incluso queriendo (aunque comer mucho Vindaloo puede que ayude). En realidad son cuestiones secundarias. En los hombres el amor muchas veces brota de un instinto de protección, o de algo muy vecino a ese instinto, neurológicamente hablando: una empatía, un poder identificarse secretamente con la otra, desde el otro lado del abismo. Yo le miro a Godzilla y siento hacia ella una ternura inenarrable. Ella está sola en el mundo, como yo. Es demasiado grande, como yo. Es asombrosamente torpe, como yo. Destruye edificios sin querer, con la cola, como yo. A los odontólogos les inspira oscuros arranques autolesivos, como yo. Tiene la costumbre de aparecer siempre en el lugar equivocado, otra vez como yo. Le persigue por doquier una columna de tanques de guerra, como a mí. ¡Tenemos tanto en común!

Y no solamente eso.

La música que constituye el Leitmotiv de todas las películas (genuinas) del personaje arranca con un borbotón cromático en trompetas (mi-sol#-re-re#-la-la#-do#-do-si, si, la#, la, fa-fa#-sol-sol#, bis, con variante), de timbre amenazante y sin compás discernible, antes de transformarse en una marcha rítmica con cuerdas que juega con acordes mayores (Fa, Sol, finalmente Mi), ya no amenazante sino marcial, atravesada con una irregularidad de compás que sugiere foraneidad, ruptura con la tradición y con lo conocido. Mi reencuentro con Godzilla data de ese momento cuando mi hijo, adicto a todo tipo de video en YT sobre dinosaurios, empezó a hacer brotar de los parlantes de su computadora esa música. Me interesé: me precio de no dejar escapar una brizna de melodía, por insustancial que parezca, si demuestra originalidad. Además, me sonaba familiar. Poco a poco fui descubriendo que esa música era la tarjeta de presentación de un fenómeno cultural que nos comunica (pero mal, muy mal, como en una migraña telefónica) con una cultura remota, la del Japón de los años cincuenta, el Japón pos Hiroshima y Nagasaki.

En un artículo de opinión hace poco (no recuerdo si en el U. o el T.) alguien sugirió que hasta hoy día muchos japoneses sufren de una especie de síndrome de Estocolmo respecto al bombardeo de esas dos ciudades, "justificándolo" con argumentos sobre la necesidad de acabar con esa sangrante e inútil guerra. No sé: me resulta inconcebible que hasta hoy día haya quienes quieren justificar lo que a todas luces fue un acto de inconmensurable barbarismo, irresponsabilidad y estupidez de parte del entonces presidente Truman, y peor, que entre éstos exista algún japonés. En fin, eso no me consta. Lo que parece fuera de duda es que Gojira fue concebida como metáfora sobre el poder destructivo de la bomba nuclear. Y lo interesante del caso, para mí, es que en todas esas películas el monstruo no se enfrenta, salvo simbólicamente y de manera sumaria y superficial, con enemigos humanos. Lo suyo es pelear con una polilla gigantesca, con un dragón de tres cabezas, con un vertedero de basura surgido del fondo del mar y dotado de un elemental poder de locomoción además de ojos verticales. Sus enemistades puntuales pueden colocarle, coyunturalmente, en el campo de los humanos o en el lado anti humano: a ella bien poco le importa. Lo que nos lleva a algo que llamaré teología de escala. Si bien en una película de Hollywood cualquier monstruo, para merecerse el nombre, tiene que medirse contra el adversario humano, en la película de keiji los seres humanos son, por lo general, impotentes espectadores de una batalla que pueden haber provocado pero que se le ha escapado de las manos. ¿Será ése el sentimiento del ciudadano japonés de a pie en los años cincuenta? Nos metimos en algo que ahora nos sobrepasa en escala, tenemos un enemigo para quien no somos más que mosquitos, y para quien podemos ser enemigo o no, quién sabe: lo único cierto es que ese enemigo destruye ciudades, tiene la piel horneada y agrietada, y sigue tal vez su propio capricho, tal vez una terrible moralidad inconcebible.

Será otra historia y otro articulo, pero encuentro refrescante seguirle la fortuna a un monstruo que no es ni héroe ni villano. Para mí, eso constituye el primer paso para que yo le tome en serio. Lo demás, obra de Cupido.

lunes, 24 de agosto de 2015

Black Monday

"The RAIN GODS!! We should have sacrificed a child to the Rain Gods!!! I said so all along! Why didn't anyone listen to me?" (El Telégrafo, tomorrow, passim)

Pop Culture is dreary, and Sam Harris is an alien from Outer Space

¿Sam Harris versus William Lane Craig? La respuesta correcta sería "meh" (en vistas de que el único tema de discusión posible entre los dos sería Dios, tema ya de por sí poco edificante, a menos que uno tenga inquietudes proselitistas en uno u otro sentido) pero últimamente, ya ven, me he vuelto gato callejero, me devoro cualquier basura, hasta la basura circundante a los restaurantes chifas, lo que a un gato le convierte con probabilidad en caníbal, pero es lo que hay. Así que el otro día me pasé hasta minutos enteros con ese debate en Notre Dame sobre si "el fundamento de la moralidad" era "sobrenatural" o no. Evidentemente, gana Craig, por la sencilla razón de que Harris es un marciano que viene del Espacio Exterior, quien cree que se puede ser a la vez determinista y moralista (o sea, que cree que unos seres incapaces de decidir nada pueden, no obstante, decidir moralmente). Bueno, tal vez sí se puede, poniéndole suficientes ganas y astucia y sutileza y unas hojitas de perejil, pero no veo cómo y Harris no da nada de ayuda en ese sentido. Pero que gane Craig, retóricamente, por ser el único que por lo menos se dirigió al tema de debate, no significa que tenga buenos argumentos. Lo suyo (su primer postulado) se puede resumir así:

Si existiera un ente definido como "el locus y la fuente de lo moralmente Bueno", entonces tendríamos en qué basar nuestros valores morales, de manera objetiva.

O sea: si existiera una base objetiva de la moralidad, tendríamos una base objetiva de la moralidad.

'Ave a banana.

Creo que la debilidad inherente a tal magnífico ejercicio de tautología se puede ilustrar mejor con una analogía. Imaginamos que estoy discutiendo con una amiga sobre si es más bella Gene Tierney o Ingrid Bergman. Viene un tercero, y con voz de pastel de manzana dietético dice: su problema, amigos, es que no tiene un estándar objetivo de belleza. Si no lo tiene, su discusión se pierde en subjetividades. Lo que necesita es una mujer que de por sí sea la definición última e inapelable de belleza. Qué tal si le damos nombre de divinidad: pongamos por caso, Anwidde. Si Anwidde existe, tendrán cómo zanjar esta discusión: la que se parezca más a ella es más bella, y se acabó. Si Anwidde no existe, mal asunto. Ahora, la buena noticia es que sí existe. Ésta es su foto:




Así que a partir de ahora, podemos medir objetivamente la belleza, simplemente comparando cualquier belleza existente con este medidor objetivo que tenemos. Voila.

Bien. No nos pongamos a discutir sobre cómo exactamente se realizan las comparaciones (a mí me resulta menos que evidente quién se parece más a ella, si Gene o Ingrid): creo que no hay que llegar tan lejos. El problema es más básico. Creo que muchos no van a querer aceptar a Anwidde como criterio único e inapelable de belleza femenina. Dirán, entre dientes: Puede que esta tal Anwidde sea una excelente persona, no lo dudo, además de un inmejorable Shadow Health Secretary, pero tiene una cara de quién es el cabrón que ha puesto kétchup en mi helado que no se aguanta, la pobre, y tiene un cuerpo que parece una huelga de recolectores de sandías. Si vamos a tener una encarnación de la belleza, por lo menos que sea alguien más, no sé, más uff.

A lo que contesta Craig: bueno, si crees que Dios es tan ruin, que necesitas crear tu propio sistema moral a sus espaldas y en su contra, peor para ti: arderás en el infierno para siempre.

Lo que he dicho siempre: a la base de toda pretensión de legitimidad que tiene el cristianismo es el terror. No tienen otra cosa. Tampoco se fundamenta en otra cosa su pretendida "moralidad". Claro que Craig no habla directamente del infierno: se limita a recordarnos que ese Dios que es el locus y fuente de lo Bueno es también, por casualidad, el Ser Supremo todopoderoso que decide el destino de todos, toditos, ya me entiendes. Y si digo "por casualidad" es por algo: Craig no lo admite, pero es harto evidente que no existe ninguna relación necesaria entre ser el Ser Supremo y ser bueno (a menos que adoptes ese argumento bobo de que ser "bueno" es una "perfección" a falta de la cual, Dios sería menos Dios). Sólo hay que recordar que para los antiguos griegos, Zeus era entre otras cosas un violador en serie, una especie de Ted Bundy olímpico. Esta dudosa calidad moral no le impidió en absoluto ser considerado el Rey de los Dioses. Los dioses no tienen por qué ser "buenos", no más que los seres humanos. La idea de un Dios que sea a la vez todopoderoso y "bueno" es, de hecho, algo bastante exótico, una noción que si no me equivoco mucho se limita prácticamente a las religiones judeocristianas, y aun así, con matices, tropiezos y casuísticas sin número. La experiencia diaria nos dice otra cosa: si hubiera por casualidad un Ser Supremo, un Creador, y no me acuerdo quién lo dijo pero es evidente, tendría que ser, o bien malvado, o bien un chapucero, un incompetente, un payaso. Ante la evidencia, no queda razonablemente otra; esto por lo menos lo deja claro Harris, a su favor.

Es por eso que digo: ese "criterio objetivo de lo moralmente bueno" que postula Craig, no hace falta que sea Dios, que sea un Creador, que sea todopoderoso, etcétera. Todo eso está por probar, y no se prueba. Con lo cual nos quedamos con eso, con la tautología, con la perogrullada. Si tuviéramos x, tendríamos x. Magnífico. Ahora, en ausencia de x, ¿qué nos queda?

Para Craig, nada. Un ateísmo que nos ve como insignificantes habitantes de un granito de polvo en un universo indiferente, empeñados en darnos importancia sin tener motivo para ello, pues sin ese Dios y esa Anwidde, es tan respetable una moralidad basada en el bienestar de las hienas que una basada en los seres humanos. Sin ese Dios, quien se empeñe en sembrar violencia y sufrimiento siempre tiene la opción de decir: pero mi moralidad es diferente a la tuya, pero tiene tanta legitimidad como ella, así que déjeme en paz. ¿Y con Dios? Ah, ahí la cosa cambia: Dios es como ese hermano grande, capitán del equipo de beisbol, que viene por detrás y dice: así que déjeme en paz, eh... Pow! Wham! Sok! Biff! Slosh! Whap! Ker-boom! Klunk! Boff!

Hasta la fecha, Dios nunca ha perdido una pelea.

Pero queda el detalle de que eso no es moralidad: o si lo es, es moralidad de bully.

En el universo cristiano de Craig, Dios es el "autor" de la moralidad, la cual nos dejó grabada en grandes y pesadas piedras, y tal vez también en los circuitos interiores de nuestro cerebro, en nuestra "conciencia moral". (Craig no parece muy optimista al respecto de esa supuesta "conciencia": él cree que los Nazis realmente pensaban que la Endlösung era algo "bueno".) En cualquier otro, en cambio, se nota demasiado el origen meramente humano de la moralidad. Si "moralidad" viene de "mores" (costumbres sociales) y "ética" de "ethos" (concepto intraducible, pero ligado también a lo social), entonces parece claro que estamos hablando de un concepto a la vez enraizado en las costumbres y usanzas sociales y que las trasciende, a partir de un determinado momento. Y ahí llegamos a la cuestión realmente interesante, que no es la del debate.

Hemos evolucionado: y en ello, tal vez, la religión ha sido de cierta ayuda. Hubo un tiempo, por lo menos según Bernard Williams, en que lo moralmente "malo" era indistinguible de lo "vergonzoso": bueno era todo aquello que te enaltecía frente a tus semejantes, malo lo que te rebajaba ante ellos. El criterio, el medidor objetivo, "los demás" (no todos ellos, por supuesto. Los que cuentan. Seamos esnobs.) Según la historia oficial, luego vino el cristianismo, el que sobre todo en su vertiente protestante relativizaba a esa sofocadora presión social y ubicó el criterio moral en tu propia mente, dando por entendida una conveniente comunicación con Dios en ese mismo lugar. Los demás podrían estar en contra de aquello que propones, pero si esa voz interior estaba a favor, estabas en lo cierto, en lo bueno y en lo justo. Pasan los siglos, y he aquí que ahora hay mucha gente acostumbrada a seguir esa voz interior, pero no a atribuirle cualquier influencia sobrenatural. Su moralidad ya no se basa en el qué dirán o en las explícitas normas sociales (TH White tiene unas maravillosas páginas sobre la sociedad de las hormigas, para quienes la moralidad práctica se reduce a "Done" y "Not Done"), ni tampoco en esa fruit salad, esa macedonia de mandamientos en que la moralidad bíblica se convierte cuando intenta habitar una mente humana, sino... ¿en qué entonces? Ahí está. Si no podemos contestar eso, estamos en gran peligro, y lo vemos a diario, de ser arrastrados otra vez hacia el pantano de la aceptación social, de la esclavitud del conformismo. Y peor, de ser arrastrados tras el bandwagon de la Justicia Social, entre otras sonseras.

Sam Harris tiene razón y no la tiene. En teoría, una vez descartadas las hienas (porque no somos hienas, o por lo menos, no todos) y centrándonos en nosotros mismos (y dejando la puerta abierta, como la Unión Europea, a futuros candidatos para posible inclusión en ese "nosotros", pero con condiciones), y con un poco de sentido común, no hay cómo no acertar en una definición de una moralidad práctica y respetable. Pero parte de la definición tiene que estribar, precisamente, en una cualidad que tal vez esté reñida con la objetividad que pide Craig, y sospecho que también con la que pide Harris: el necesario elemento individual, el criterio personal. Me explico:

Al botánico de Williams le exigen matar a un inocente para salvar a diecinueve más (ojo, en "Sudamérica"). A Williams le resulta evidente, y a mí también, que quien dice: "soy budista, no puedo matar bajo ninguna circunstancia" está actuando moralmente. También el que dice: lo siento, camarada, te tengo que disparar porque si no, soy culpable de la muerte de otros muchos. (Ése me resulta antipático, por decir lo menos, pero no por eso le voy a negar el estatus de agente moral.) Dios, en este dilema, no resulta muy útil. Son cuestiones que se resuelven a nivel del individuo, a nivel de esa raquítica y vulnerable construcción del yo que cargamos de por vida, a nivel de experiencias y recuerdos y prejuicios, a nivel de personalidad. Con lo cual: o bien desarrollas tu individualidad, o bien quedas a la merced de los monstruos prestos a decidir moralmente por ti. Lo moral, bajo esta óptica, es la fidelidad a tu propia visión del mundo, la integridad y la autenticidad que hemos, entre risas y sollozos, sabido desarrollar.

Craig, bajo esta óptica, con esa corbata y ese peinado smarmies, parece un tipo a quien su sádico padre le sometió a la peor de las humillaciones en cada momento, y para quien, entonces, es hasta inconcebible que una persona se ponga firme frente al Dios tirano para decirle non serviam. Uno de esos americanos que tenían que hacer, de pospúber, cinco flexiones al entrar en el salón, para que le dieran su peanut butter. Uno que arrastra un oscuro historial de lírico desengaño con las mujeres, que siempre pedían otro color de cortinas y otro sabor de batido de leche. Uno que nunca acertaba. No sé, parece un perro apaleado. Claro que todo esto es ad hominem, o lo sería si con ello quisiera decir algo, más allá de que la simple visión de él me produce depresión. No entiendo una persona que se pierda algo tan obvio como que Dios, en eso de la moralidad, es no solamente advenedizo sino que es, eternamente, el que no se coge el chiste, o que las palabras tienen que tener algún sentido, no se trata de redefinirlas alegremente sobre la marcha en vista de la última escapada (con embarazo y shotgun wedding incluidos) de un travieso Espíritu Santo. Seamos razonables.

Pop culture... bueno, se me acabó el tiempo. El asunto es que, por razones que no vienen al caso, me leí el otro día (4 horas perdidas) El Código Da Vinci. Con decir "no pierdan el tiempo" razonablemente cumplo, pero muy rápidamente. El autor putativo sólo se puede calificar como creepy, en el sentido que las mujeres le dan a esta palabra. Es creepísimy. Tanto canto y baile sobre "Lo Sagrado Femenino" (wtf) y el machismo eclesiástico (no hay discusión), y resulta que el único personaje importante femenino de la novela es un perfecto cero a la izquierda, y eso a pesar de ser (o será por ser) lejana pariente de Jesucristo. La novela se centra y se consume en una especie de sermón que el protagonista masculino le propina a ella, sobre cosas como el número áureo, la historia del cánon bíblico, la historia de los Templarios, etcétera, ya te imaginas, donde a veces a ella se le permite algún apercu, algún conocimiento propio marginalmente relevante, pero siempre desde una actitud pasiva, ingenua y decorosamente ignorante. Duele tanto la actitud didáctica del autor como su pasmosa ignorancia histórica y teológica. ¿Por qué lo terminé entonces? Bueno, seamos sinceros. A pesar de todo, Brown sabe hacer page-turners. En cada momento queda abierta la posibilidad de una nueva sorpresa que vuelva interesante la historia. Nunca llega, pero hay que reconocerle por lo menos esa habilidad. Brown es un one-trick pony del suspense fácil. Nada más. Cuando terminas, tienes la sensación de haber perdido el tiempo.

Y ni decir de la peli de 50 Sombras, la más mortalmente aburrida que creo que he visto en la vida. Tres intentos hicieron falta para poder terminar de verla y así, borrarla del disco duro con tranquilidad. Las primeras dos, me dormí. Quienes te dicen que tiene algo de porno mienten. Más porno hay en Godzilla (2014) que vi anoche, y eso que el protagonista de esta película parece ser el humo.

Háganse un favor, O tristes desengañados de nuestro aburridísimo pop culture, váyanse a YT y busquen, o bien Kung Fury, o bien Italian Spiderman. No les cambiará la vida, pero por lo menos no maldecirán mi tumba en adelante. Y tan cerca ya de esa tumba, esta cuestión ya empieza a importarme un poquito.

miércoles, 19 de agosto de 2015

St Matthew's Passion

My aunt, who I live with, used to own a parrot, called St Matthew. I will always remember St Matthew's passion for nuts. Brazils, walnuts, peanuts, cashews, almonds, pistachios, whole hazel nuts, you name it, St Matthew would reach down from his perch and gobble them up...

Esto no empieza bien.

En fin, he decidido que no voy, a partir de ahora, a tener sentido. Tener sentido, las pocas veces que puedo haber conseguido tal objetivo, no me ha traído ninguna satisfacción. Realmente, ser coherente no es que valga la pena en un mundo como este. Así que....

Toda utopía, por definición, es un mundo desprovisto de pasión. Y ello es así porque para construir una utopía, necesitas reglas y una población que las siga. No mayoritariamente. No abrumadoramente. En una verdadera utopía, no hay disidencia ni transgresión: estas cosas sólo existen en el mundo real. Ahora: la pasión es, etimológicamente, sufrimiento, ya, pero es otra cosa también: es aquello que hay en el individuo (claro: ninguna colectivo ni sociedad nunca fue apasionado) que se rehúsa a ser digerido, asimilado, domesticado, sublimado, en aras de la Gran Simetría y de la Felicidad Universal. Es aquello que te importa hasta más que la felicidad, que la coherencia, que las reglas, que la moralidad, que la justicia (a menos que alguna de estas cosas precisamente constituya Tu Pasión), y por tanto, te impide que te disuelvas en ese porridge mental que dizque articula una sociedad.

¿Tienes una?

Yo juzgo a las sociedades no comparándolas con utopías, sino observando qué lugar dejan para la pasión. Cualquier pasión. (Y quién reparte la leche, y cuánta gente viaja en tren, y esas cosas.)

Claro que no precisamente va a tener buena prensa en ninguna sociedad algo que hasta crímenes (dizque) inspira. Pero no pidamos tanto. Un lugar, una presencia nomás. Un reconocimiento explícito de que somos humanos, de que hay un espacio donde no puede entrar la política, ése donde empieza la búsqueda de la felicidad. A menos que la felicidad se conciba sin pasión, con lo que estamos otra vez con la reve de paresse grossiere, con un mundo de Stepford Wives acompañadas de sendos Stepford Husbands. Hello honey, I'm home.

domingo, 9 de agosto de 2015

Same again, barman

Esto chirría, ¿verdad?

Hm.

Tal vez sea hora de un cambio. Otro blog, otro idioma. No les avisaré. Quiero que los de la SENAIN se ganen sus sueldos. Tampoco lo pondré muy difícil.

Empiezo a creer que el blog siempre fue para mí sucedáneo de la conversación en el bar a altas horas de la noche, ésa que una vez casado empiezas a echar de menos. Me refiero a esa hora en que ya te es casi indiferente si estás hablando con una persona o con un colgador para sombreros. También esa hora en que puedes ser abiertamente autocompasivo, o por lo menos sospechosamente maudlin, sin que el hatstand te lo eche en cara. Hasta puedes lucir una falacia lógica en cada frase, y nadie dice nada. Sabes, los hatstands son excelentes escuchadores. Todos deben de tener uno en su vida.

¿Dónde estábamos?

Ah, sí, con el tema de la política. Mi nuevo descubrimiento ha sido que en la política ecuatoriana, todo el mundo es familia de todo el mundo (faulty generalization). El otro día me entero de que el Canciller interino, Xavier Lasso, es hermano del "líder" (sic) de la "oposición" (sic and tired), Guillermo Lasso. Eso me parece excelente, y me recordó aquellas Navidades en que mi esposa cubrió el ángulo evangélico y yo fui en cambio a la iglesia católica, para que fuere cuál fuere la opción correcta, empezaríamos el año con bendiciones, o por lo menos lo haría un juguete de Batman del tamaño de una rata que tenía, con el culo aplanado y los brazos y piernas en posición de conductor de motocicleta, o de Niño Jesús si medio te cerrabas los ojos. De igual manera, la familia Lasso no puede fallar: correísmo o anti, siempre tendrán alguien en El Poder. Excelente. Luego me entero de que Mónica Mancero, la articulista del Telégrafo (where else) que recién tuvo no sé que contratiempo con Orlando Pérez (quien confesaré que cada día me cae mejor: creo que no es culpa suya si no se le entiende ni jota cuando escribe: algún trauma de infancia debe ser) ha sido esposa de no sé qué ministro, bien, alguien en el gob de todas maneras. Bueno, no sé si eso es relevante o no. La tal Mancero, hice el esfuerzo para que me caiga bien, durante mucho tiempo, aquí consta, pero voy a gkillcity y en su biografía pone que odia al "patriarcado". En serio. Hasta dice que odiar al patriarcado es como uno de sus hobbies predilectos. Si eres amigo de Mónica, debes conocerte de memoria el llamado por celular: eh, estás libre, qué tal si salimos. ¿Adónde? ¿Al cine? No, al cine no, no sé, se me ocurrió... ¿qué tal si salimos a odiar al patriarcado? Y te pones a buscar excusas, que si ya odiamos al patriarcado justamente ayer, que si los deberes de los niños, pero nada, a ir al parque y odiar al patriarcado se ha dicho. No quiero pensar qué le pasará cuando se entere que el patriarcado es como los Klingons, que tiene la frente muy fea, nada radiosa, y hasta un idioma degenerado, pero realmente (ejem) no existe. En fin, que crea en lo que quiera, es su funeral.

Y luego recuerdo a ésa que se metió con John Oliver (pero por las razones equivocadas) hace tiempo y nos salió casada con uno de esos energúmenos correístas de las redes (unsubstantiated rumour) y luego piensas en el propio Correa y toda esa plaga de "familiares de" que empezó a salir, adjudicándose contratos del Estado, proponiéndose para alcaldesa de Guayaquil, apuntándose para eternas bodas en Miami y otorgándose títulos truchos, etcétera. Luego me acuerdo que ¿durante cuánto tiempo? cuando trabajaba en el Colegio Ornitorrincos del Saber, cada día pasaba en el bus al lado de un edificio llamado "Martha Roldós Bucarám" y siempre me pareció digno de admiración que esa señora, fuera quién fuera, luciera simultáneamente los apellidos de dos ex presidentes de la República (de diferente tendencia, supuestamente) y de otro que tenía ambiciones en esa dirección. Hasta la Cynthia Viteri no me extrañaría que me saliera hermana o pariente de esa Viteri que hace tiempo recuerdo que tenía una revista en los supermercados, con su propio nombre, dedicada exclusivamente a ella misma, hazaña que muy pocas personas podrían imitar sin caer en la trampa de las recetas de vol-au-vents. Y que el propio Orlando tuviera un pariente que en su tiempo libre se dedicara a ratoncito. Nunca se sabe.

En fin, ya ven adónde voy con esto. Sobre las familias, o "La Familia", soy agnóstico, no es que yo sea uno de esos conservadores apopléjicos, con gota y eritema facial, que creen que La Familia hasta previene contra el cáncer, pero de mis amigos izquierdosos que "no creen en la familia" no les he escuchado todavía una alternativa convincente que sirva para la ingrata y dificultosa tarea de hacerse cargo de los niños, sin cuya existencia, evidentemente las familias no tendrían demasiado sentido. O sea, provisionalmente y en espera de una mejor solución, estoy "por la familia", pero en minúscula si puede ser, y sin tentáculos.

Lo que hay que reconocer es que las familias son bien raras. Hasta diría desabridos y antipáticos. Según mi experiencia, son esa gente que cada vez que te reúnes con ellos se dedican a recordar en voz alta lo más vergonzoso y estúpido de tu pasado, supuestamente en plan anécdota graciosilla. ¿Te acuerdas de aquella vez que prendiste fuego a tu cabello en Navidad? ¿Te acuerdas de cuando eras incondicional de Little House on the Prairie, o cuando eras niño y veías al dibujo animado de los Harlem Globetrotters, y te sabías toda la letra de la canción? (Globetrotters. Oh yeah.) ¿Te acuerdas de cuando eras cristiano? Jajajaja. ¿Te acuerdas de cuando eras miembro del Partido Laborista? ¿Te acuerdas de cuando querías suicidarte acostándote sobre las rieles de un tren, y ese día precisamente hubo huelga de transporte? Jajajaja. ¿Te acuerdas de cuando fuiste a Roma para intentar asesinar al Papa, y por borracho sólo conseguiste matar una paloma? Jajajajajaja. ¿Te acuerdas de cuando tus amigos de la escuela te llenaron la mochila de curry de lentejas? ¿Te acuerdas de cuando te cortaste la pierna con una sierra eléctrica? Jajajajaja. Todavía se te ve la cicatr... digo, la pata de madera. ¿Te acuerdas de cuando tu novia te dejó y te mandó una carta diciendo que olías a una mezcla de semen con caca de conejo, y que esa carta la mandaste equivocadamente a tu profesor en la universidad en lugar del ensayo de veinte páginas sobre Nathalie Sarraute y Robbe-Grillet? ¿Te acuerdas de cuando te hicimos comer una babosa diciendo que era un escargot pero con bulimia? ¿Te acuerdas de cuando pasaste un día entero en Leeds? Etcétera. Se diría que para eso sirven principalmente las familias: para recordarte que no tienes dignidad.

Ahora, con esto se entiende mejor lo que pasa en la política ecuatoriana. Como todos, toditos, son parientes entre ellos, cuando dicen "¿Te acuerdas de cuando declaraste el feriado bancario y medio país cogió la maleta y se fue al extranjero?" "¿Te acuerdas de cuando mataste a un tipo y lo arrastraste por las calles de Quito y luego resultó que el tipo había sido Eloy Alfaro, ¡qué cara pusiste, jajaja!",. "¿Te acuerdas de cuando fuiste neoliberal?" y todo eso, toda ese aparente cruce de recriminaciones y acusaciones, pues todo se tiene que entender bajo ese aspecto, de que se trata de la típica sesión de sadismo anecdótico familiar, y que todos no dejan de ser de la misma familia, con su inevitable cuta de shibboleths, de códigos secretos y contraseñas, de mustio anecdotario, de sospechosos parecidos fisonómicos, de siniestros ritos y "tradiciones", de perversas lealtades irrenunciables.

¿Lealtades? Soy tu mamá. Oye, está muy bien que ganaste la Presidencia, felicidades: ahora quiero que le des el Ministerio de Economía al Tío Wálter, ya sabes, desde que le botaron de la camaronera por ese lío de la cocaína no anda bien de empleo, le haces ese favor, y naturalmente tu ñaño Enrique será el Embajador en EEUU, que hace años que quiere obtener visa y no le dan, dizque porque ha matado a demasiadas personas. Y para tu ñaña Casandra, no sé, algo se merece la pobre, desde que ese pendejo de Jaime la dejó sólo se pasa el día cortándose las muñecas con navajas y tomando pastillas, ¿qué tal si le das ese Ministerio, cómo se llama, ese de la Felicidad?

Así todo se explica mejor. Y como todas las familias, cuando viene alguien "de fuera", van y se ponen en plan clan, tachán, y no dan chance a ningún otro man, descubren que realmente une mucho más cierta fealdad genética compartida que, digamos, razones, y se dedican a multiplicar ese fondo común de fealdad reflejándose mutuamente y excluyendo a todos los demás. Por eso, y a pesar de todo, me sigue cayendo bien el sexo (debo especificar que mi preferencia personal es por la mitosis, pero sin discriminar), pues por eso, porque sin el sexo, las familias se volverían realmente insoportables en se esnobismo y exclusividad y eso de mirar por encima del hombro a quien no comparte el Sagrado Anecdotario Graciosillo. El sexo obliga hasta a Las Familias a mirar hacia fuera de vez en cuando. ¡Cuánto eso les duele a algunos! Hasta que, en un lugar como Ecuador, se lo arreglan definitivamente: 30 familias, suficientes para que pase genéticamente desapercibido cualquier prognatismo labial a lo Hapsburg, y a procrear entre ellos por los siglos de los siglos, y los demás a freír espárragos, y ahora la broma es que dicen que van en contra de esos 30 familias, cuando son ellos mismos.

Todo me da mucho sueño y cansancio y hartazgo. Aquí nunca cambiará nada a menos que cambien algo (perogrullation).

Tengo mucho sueño.

Hoy me entero que ha muerto Cilla Black. QEPD, fuiste parte de mi niñez, aquel polo que se derrite con el cambio climático de la despiadada edad. Recomendado el video en YT donde se la ve en un estudio con BB y George Martin grabando Alfie. Todo en directo y en 3 takes. Entonces hasta talento había y sin trucos. BB se acerca al piano y es magia como quien no quiere la cosa. Era otro mundo.

Tengo demasiado pereza para entrar en Twitter pero mi tuit educativo del día sería:

Small penis->Big car. Small mind->Big words.

Es casi infalible. Lo segundo, por lo menos.

miércoles, 29 de julio de 2015

Una mala noticia

Estuve leyendo la Biblia hace poco, cuando me topé con el siguiente versículo (Lucho, 13:24), que quisiera compartir con ustedes.

"Y entonces Jesús se puso de nuevo el bigote postizo, se limpió las manos con un trozo de tela, aplastó un grillo con el pie derecho y dijo: hermanos, aquel que se pase el tiempo escribiendo idioteces sin número y publicándolos en un blog que apenas nadie lee, cuando debería estar poniéndose al día con todos esos trabajos que tiene, aquel no entrará en el Reino de Dios. O por lo menos lo veo muy difícil. Sobre todo en vistas de que no parece dispuesto a hacer el menor esfuerzo para ahorrarles tiempo a sus lectores expresándose con brevedad y pulcritud. A una persona así, el Padre misericordioso le hará crecer unos terribles juanetes, que harán que cuando camine, parezca un payaso con estreñimiento. ¡Ja ja ja!"

Es palabra del Señor, amen.

No sé ustedes, pero ese Jesús empieza a caerme chancho.