sábado, 25 de abril de 2015

Esferas y Esloras

Hace poco quedamos en que iba a hablar de esferas. No cumplo desde entonces, pero una rápida búsqueda y resulta que ya abordé el tema allá en el 2011, en uno de mis mejores posts. Eso es lo bueno de tener Alzheimers: escribes sobre algo y luego te olvidas, lo que te da chance para escribir de nuevo sobre lo mismo, en una especie de commodius vicus of recirculation, o de eterno Groundhog Day de triste y decadente senilidad.

The Convent of the Scared Heart and the Most Holy Linguistic Register

Estaría muy tentado de escribir una extensa y sesuda crítica literaria de la novela Dollhouse, de la autoría de Khloé Kardashian, de sus encantadoras hermanas y de la ghostwriter de rigor. No solamente porque me parece revolucionaria en el mejor sentido de la palabra ese tipo de colaboración literaria, que me recuerda la de La Celestina, entre Rojas y ese autor desconocido altamente simpático y de dudoso género que en otro lugar he alabado. No solamente porque la crítica literaria se supone que es "lo mío", biográficamente, me refiero a mi título en filología y toda la vaina, todavía sin usar o por lo menos sin justificar. No solamente porque mi último intento de crítica literaria fue un sonado fracaso (olvidé mencionar que el poema que comentaba era prácticamente un calco de Kubla Khan, de Coleridge, de donde toma prestados todos sus mejores efectos). Sino, sobre todo, porque me precio de tener sentido de humor, y me muero por comparar, con cara de póquer y de pocos amigos, los devaneos emocionales de las Karkrashian con los de Madame Bovary, su argumento con el de la Ilíada, su vocabulario con el de Rabelais, y la biografía de su(s) autora(s) con la de Cervantes (a fin de cuentas, para atiborrar una novela light con referencias a la vaginoplastia algo más que un brazo una debe que haber perdido). Lo único que me disuade de embarcarme en tal proyecto es que para escribir sobre esa novela, tendría que ponerme pinza en la nariz y leerla primero. Así que mejor nos ahorramos la broma y nos centramos en ese aspecto de la novela que, según consenso de sus sufridos lectores y de la crítica, constituye su única baza: la creatividad léxica. Sí. Resulta que las Karkrashian han sabido dotar al diccionario de una nueva palabra, de cosecha propia. Esta palabra es slore, y resulta ser un portmanteau-word que combina slut y whore. Las reseñas de la novela son claras y tajantes al respecto. El argumento, ya que preguntas, se centra en la biografía de tres chicas de acomodada familia, entre ellas una de la especie celebutante (sí, también existe) o socialite, es decir, alguien que consigue ser famosa sin haber dado muestra de ningún talento o cualidad en especial que no sea la de escoger las fiestas más sonadas, de embadurnarse la cara con al menos 1.25cm de pintura grasosa, o hacer constante alarde de una incipiente esteatopigia. En fin. Entre las hermanas de la novela, que por supuesto son creaciones ficticias sin ninguna base en ninguna realidad conocida ni fotografiada, hay mucha conversación, que se transcribe con incansable devoción y longueur, y en esa conversación, muchas veces es cuestión de reconocer de algún modo la existencia, en el mundo de hoy, de otras féminas que no tienen por nombre Karkrashian Romero Ramero (sí, en serio: "Ramero", o "Romero", según en qué página estás). Pues bien: para las tres hermanas de la novela, prácticamente toda mujer que no sea de su propia familia, según las reseñas, es eso, una slore. Es esto a lo que quería llegar.

En otro post, hace poco, estuvimos comentando y tal vez, minimizando (ya no me acuerdo) esa extraña y de sobras antipática tendencia que algunas personas tienen de interesarse por la vida sexual de otras personas, generalmente de sexo femenino, y de ofrecer juicios de valor moralistas al respecto. Por mucho que quisiéramos que ese tipo de moralista de sillón no exista, hay que reconocer que en este país por lo menos sí existe, todavía, y que su caballo de batalla es la palabra puta. Pues bien, yo escribí en ese entonces que, en inglés, su equivalente más cercano (en cuanto a denotación), whore, había quedado prácticamente en desuso, constituyéndose en arcaísmo propio de obras de teatro de la Restauración, junto con un montón de palabras de similar registro, que ahora suenan a chiste, como strumpet o trollop o la maravillosa y enternecedora frase "no better than she should be", que me muero por usar desde hace treinta años sin todavía haber encontrado la ocasión. (La propia Karkrashian, por ejemplo: ¿es o no es mejor que lo que debería ser? Insondable misterio para mí.) Pues bien, tengo que revisar dicha afirmación, a la luz de no sé cuántos videos de YT que he visto últimamente, donde los comentaristas (scroll down) parece que en muchos casos no tienen nada mejor que hacer que expresar su desacuerdo con las opiniones de tal o cual periodista o celebridad especulando sobre sus costumbres sexuales. Allí, en ese ambiente, se usa whore de un modo rutinario. Obviamente, quien lo usa, o bien es estadounidense, o bien hablante no nativo del idioma. En resumen: yo me ratifico en cuanto al inglés británico, donde si llegas a pronunciar whore en cualquier contexto, o incluso escribirlo, insisto, se reirán de ti, pero no tenía en cuenta el inglés de ese otro país, que no he llegado a pisar más que en un trasbordo de 6 horas en el aeropuerto de Miami, país famoso por ese toque de incombustible puritanismo que heredó de los desembarcantes originarios en Plymouth Rock.

Los americanos, con su inenarrable puritanismo, sí dicen whore. O tal vez no. Tal vez tan sólo lo escriben, y eso, tan sólo cuando están comentando videos de YT. Es aquí adónde quería llegar.

Todos sabemos que puedes buscar la persona (hombre o mujer) más exquisita, más cortés, más tranquila y equilibrada y risueña, colocar a esa persona delante del volante de un automóvil y observar su atropellada transformación en simio acomplejado, grosero, iracundo, oportunista y amoral. Es un fenómeno de observación diaria que ya no sorprende a nadie (y de paso, no hay lugar mejor para observarlo que en los alrededores de la ciudad de Guayaquil). De igual modo, tengo la sensación de que entrar en YT es como estallar su avión en una isla desierta, como en la novela de William Golding, y encontrarse de repente en un lugar inhóspito, sin normas, sin cultura, sin modales, lugar que incita al salvajismo y a la adoración de La Bestia. Yo muchas veces me he rascado la cabeza públicamente frente a esa inexplicable obsesión del feminismo con la "misoginia", como si ésa fuera algo más que un oscuro fenómeno literario: pues bien, si no he conocido en la vida a ningún misógino, resulta que en la sección de comentarios de YT esa especie pulula como en ningún otro lugar: y la cuestión que me interesa es ¿por qué?

Y es aquí donde la palabra "esfera" cobra relevancia. Debo señalar, primero, que se la debo a mi autor preferido, Nathaniel Hawthorne, que la usa con cierta insistencia y con el mismo significado que yo le doy. Una esfera es un entorno o espacio, bien físico, o bien social, o incluso en el mundo del Internet virtual, que actúa de cierto modo sobre la psique de quien entra en él, de alguna manera que el propio sujeto ignora. Cada persona lleva alrededor de ella, como una especie de burbuja invisible, su propia esfera, es decir, su limitada capacidad para influir en el estado de ánimo o en las opiniones de otros, y su visión del mundo que también, a su vez, es capaz de dejarse influir al entrar en contacto con otra esfera. Mi esfera, que es azul, cuando entra en contacto físico con la tuya, que es rosada, produce una fugaz mezcla de colores, de la que ambos nos damos cuenta de soslayo, bien para celebrarlo, bien para rechazarlo: aquí está la esencia creativa de la relación humana. Bien. Hay esferas individuales y también colectivas, como lugares de trabajo, que cada uno tendrá su "cultura", su compleja mezcla de colores dominantes y recesivos, su ethos, o como esos "espacios" en Internet que todos conocemos, o como esa carretera guayaquileña que incita a la mayoría de pecados capitales, principalmente la ira. Son esferas colectivas. Bien. Lo que me preocupa es observar cómo en algunos casos, la esfera individual de una persona, ya notablemente débil y semitransparente, parece que se disuelve por completo cuando esa persona entra en otra esfera más grande y más colectiva. La mayoría de esos "comentarios" en YT que me llaman la atención parecen, salvo nimios detalles de ortografía, haber sido escritos por el mismo bot, por el mismo escuálido algoritmo odiador de mujeres (o hombres en algunos casos), de negros (o blancos en algunos casos), de judíos, de infieles y librepensadores y de leyes de la física. Encima del portal de entrada de YT veo escrita la misma leyenda que en la sección de Opinión del Telégrafo y tantos otros lugares, que reza:

BIENVENIDOS. POR MOTIVOS DE SEGURIDAD, FAVOR DEJEN SU PERSONALIDAD EN EL VESTIDOR AL ENTRAR. PUEDEN RECUPERARLA A LA SALIDA.

En los lugares de trabajo, por supuesto, esto es normal y natural: la definición de "trabajo" en la práctica es eso: una actividad que por consideraciones prácticas requiere la supresión temporal de la individualidad pensante y sintiente. Pero si tenemos que prescindir de ser nosotros mismos durante ocho horas diarias, razón de más (uno diría) por querer recuperar la esfera propia en las horas de ocio. En lugar de lo cual, parece que lo que se busca en muchos casos es una esfera que nos englobe y nos anestesie y nos desactive: un lugar donde ser como los demás sea requisito único y sine qua non. Todas esas esferas manejan su propio vocabulario excluyente, su léxico de bestiario medieval: si no eres como nosotros, eres neoliberal, eres de derecha, eres misógino, eres, a falta de otra cosa, slore.

No sé si para un hispanoparlante resultará evidente la fealdad de esta palabra, con independencia de su significado. Tal consonant cluster como sl- tiene tendencia, en inglés, a evocar la baba, la grasa, lo desconcertantemente húmedo y viscoso y pegajoso y resbaladizo: a esa tendencia se escapan sleep y slut, tal vez slum, pero caen dentro slime, slouch, slurp, slough, slush, slip, slither, slide y un sinfín de vocablos más. Slore, para mí, evoca el ronquido (snore) de una persona con severo exceso de mocosidad producto de una gripe otoñal. Podrá sugerir otras cosas, según tu humor del día: a nadie se le ocurriría, sin no se lo dijeras, que se refiere a una persona, peor a una mujer, y peor a una de ésas a las que agradecemos hondamente un interés activo en el goce amatorio heterosexual. Quiero decir que la morfología y el sonido de la palabra están peleados con su significado: es una palabra que no podrá prosperar (afortunadamente) pero más que eso, es una que sugiere cierta desesperación de parte de quien la haya inventado que ya sabemos que fue una del clan Karkrashian. Será porque slut y whore son palabras demasiado parejas en su denotación para que se pueda crear, con su combinación, un nuevo significado distinto y útil. Es como si combináramos nativo con indígena para crear "natígena". ¿De qué serviría tal aborto lingüístico? De modo que, sin leerla, ya sabemos que la novela de las Karkrashian nos habla de un clan de mujercitas tan cortas de luces que se imaginan que enlodar a otras es un modo de enaltecerse a ellas mismas, y por tanto, hasta son capaces de inventarse palabras innecesarias para emputar más y mejor a otros miembros de su mismo sexo. Se espera, en la secuela. algún que otro crisis nervioso y trastorno conductual: la cosa creo que no es para menos ni da para más.

Pero, insisto, llamar a alguien whore o slore es algo que resulta mucho más fácil y práctico en un entorno virtual que en la vida real. De modo que estamos tal vez ante la eclosión de una nueva especie humana, Homo fragmentatum, el hombre fragmentado, que al igual que el típico conductor guayaquileño, es una cosa cuando tiene ambos pies en la tierra, y otra muy distinta cuando sus pies acarician el embrague y el acelerador. Este hombre puede ser misógino a tiempo parcial, y siempre delante de ciertas pantallas, socialista también a tiempo parcial: cuando le das cuerda es un sabelotodo, pero en ciertos ámbitos su saber se desinfla y queda en humilde actitud de aprendiz. Es ese encantador hijo y amigo modelo que cuando no te está invitando a una cerveza está estrellando aviones llenos de pasajeros contra los Alpes. Es una persona que no tiene consistencia o integridad, que se deja transformar por el entorno, por la esfera social en la que se encuentra, porque no tiene esfera propia o si la tiene no es consciente de ello.

Un inciso. Nadie me lo ha dicho todavía, pero la cosa está por caerse, vamos, es inevitable que del puñado de personas que me leen aquí o en Twitter a alguien se le ocurrirá reprenderme por el uso cada vez más frecuente que le doy a la palabra fascista (y tal vez no faltará un X. Flores evocándonos a este respecto la sombra de Hannah Arendt). Guilty as charged. Bueno, ya he comentado la cuestión en otro lugar, pero resumiendo: la palabra, en mi opinión, es demasiado buena (en el sentido de cargada de connotaciones venenosas) como para dejarla enterrarse bajo un montículo de pedantería. Fascista, fascista, si te pones el sombrero de pedante no lo es nadie hoy en día, ni siquiera los del Falange o del Front National francés, por lo menos de acuerdo a sus manifiestos públicos. Pero dentro del vetusto y carcomido carapacio, por debajo de la podredumbre de la historia, de las insignias y las teorías raciales que hoy son distante recuerdo, late un corazón colectivista que pertenece a la categoría undead. Si no te gusta la palabra fascista, sustituye colectivista y no me quejaré. El colectivismo es la mayor amenaza a la continuidad de la especie humana, y es el mayor enemigo de todo aquel que en el presente, a pesar de todo, insista en tener esfera propia, y que suscriba sin ambages las palabras de Unamuno:

Cada hombre vale más que la humanidad entera.

Otro pensamiento aleatorio al respecto: ¿será verdad que lo que estamos viviendo hoy es el ocaso de la religión, de esa necesaria mentira que a pesar de su evidente y llamativo rostro sicótico, cumple con la función de proveer a cada persona, a la hora de rezar y de confesar, un sentido de su propia individualidad, que le proporciona principios morales que no se reescriben en función de la compañía - así impidiendo que se degenere en sueño húmedo skinneriano, en rata conductista, en simple y predecible engranaje estímulo-respuesta completamente a la merced de los ingenieros sociales? ¿Es necesario cargar con una mentira para funcionar adecuadamente como ser humano? Si lo pregunto es porque no lo sé. Si usted sí sabe la respuesta, explíquemelo en la caja de comentarios, que para eso está.

miércoles, 22 de abril de 2015

Irving Berlin, el bohemio

Al zar Nicolás II (ese primo de un igualmente bobo rey inglés, ese absolutista nato a quien los bolcheviques asesinaron en 1918, junto con sus hijas y su cocinero y, eh, unos cuantos millones más) le debemos el hecho de que Irving Berlin transformó en el siglo XX la escena musical americana, y no la rusa. Nacido en Siberia, el compositor de Dios Bendiga a América pudiera haber sido, con la misma asombrosa facilidad, el de Dios bendiga a Rusia, si no fuera por el hecho de que al zar no le caían bien los judíos, si bien lo solía decir por la boca pequeña, y por tanto, Berlin (junto a la familia Gershwin, y la de Louis B. Mayer y los Warner Bros, entre otras) tuvieron que salir pitando del país para escaparse de los pogroms (1893). Él tenía entonces cinco años. Lo que le esperaba una vez llegado a New York no fue nada demasiado espectacular. Su padre siempre había sido cantor (tonadillero religioso judío): Irving (entonces todavía Israel) y sus hermanas salían cada mañana de casa (un apartamento alquilado en uno de los barrios más pobres del Lower East Side) con el imperativo categórico de ganar algunos centavitos como sea - él, vendiendo diarios en la calle - , centavitos que al llegar a casa, depositaban como ofrendas en el delantal de mamá. Por casualidad, Irving poco a poco descubrió que pese a sus nulas habilidades instrumentales, tenía cierto talento, seguramente heredado, para cantar, que en la bulliciosa y hedionda Gran Manzana de aquel entonces podía eventualmente convertirse en centavos: todo era cuestión de cantar la canción más popular, más accesible, acaso cambiando un poco la letra para apuntalarle la gracia, al lado del oído más adecuado, con lo que el joven Irving aprendió rapidito a distinguir por el vestuario a quiénes les sobraban los añorados centavitos, y por el corte del bigote, a quién le sobraba el buen humor necesario para soltarlos. Demoraría algo en conseguir su primer empleo de song-plugger (entonces tenía 18 años), lo que le daba la excusa necesaria para quedarse por la noche en el local donde trabajaba luchando con los misterios del teclado del piano. Durante toda su larguísima vida (murió en el 89), nunca aprendió a tocar más que en clave de Do: de grande, hizo construir pianos especiales que usaban artilugios pintorescos para cambiar de clave sin abandonar salvo esporádicamente las teclas blancas. Digamos, entonces, que el mayor compositor americano del s. XX, el que discutiblemente hizo más para el género naciente del jazz que cualquier otro compositor, nunca llegó a ser virtuoso de ningún instrumento; ni a intérprete mediocre llegaba.

Todo lo cual invita a reflexionar. Un Irving Berlin hoy en día no se ganaría la vida de niño cantando: los tiempos han cambiado, y nadie paga por escuchar música, peor por escuchar una temblorosa voz de imberbe entonando uno de los Veinte Principales y poniéndole gracias a la letra. ¿O sí? Una vez, en Playas, solté si bien recuerdo 50 centavos por una versión de una canción latina desconocida por mí, cantada por dos niños esperanzados en un arenoso espacio de parqueo improvisado: lo que premié realmente era la feliz ocurrencia de acompañar la canción rascando una concha arrugada con un peine o una piedra o algo así. En fin. Los tiempos de Berlin Junior eran tiempos en que todavía no había apenas forma de escuchar música grabada con algo de calidad: entonces los compositores vendían manuscritos de sus obras, y empleaban a pianistas y cantantes para hacer el marketing necesario: oir cantar algo en la calle o en unos grandes almacenes, entonces, podía ser todo un evento, una epifanía si se quiere.

Pero algo me susurra que la cuestión no es ésa. La historia de los EEUU del s. XX está llena de ejemplos de grandes personajes que empezaron su carrera artística o comercial en las circunstancias más pobres y escuálidas, para luego triunfar y convertirse en household names. Se afianza en ese siglo el mito del sueño americano y más precisamente del working class boy made good, que en determinado momento se cebaría en el R.hU. en la historia de los Beatles. Pero fuera de EEUU, no se repite el patrón con demasiada frecuencia. En Europa y especialmente en el R.hU., solemos culpar al class system por la aparente existencia de un techo de cristal que impide el triunfo del niño de origen humilde pero con grandes sueños. Algo de eso hay, evidentemente (los británicos, especialmente, cierta resistencia pusieron antes de rendirse y reconocer que un acento de Liverpool podría ser, también, cool, y dieron su permiso para que existiera durante los sesenta una escuela de Liverpool Poets, QEPD). Pero lo que creo que más falta es ese empuje que lleva al niño desfavorecido a identificar su única habilidad, creer en él, construir un sueño en su alrededor, y centrarse en desarrollarla al máximo, sacrificando todo, no por la fama o el dinero, sino por la excelencia Y creo que sé por qué.

Hoy en día, un Irving Berlin en eclosión está derrotado por predestinación. Para empezar, la música popular y el talento están en guerra desde hace un cuarto de siglo: nadie quiere escuchar canciones con melodía original, peor con letras memorables. Pero aunque no fuera así, existe la creencia generalizada - está en el aire, es parte del Zeitgeist - de que en la música, popular o no, todo se ha hecho y todo se ha dicho y todo se ha probado, y lo único que queda es el sampling, y echarle a lo vetusto un toque superficialmente estrafalario y posmoderno. Y aparte: ¿a quién se le ocurre soñar con ser compositor de canciones sin saber siquiera tocar bien un instrumento? Hay demasiados peros. A este respecto es aleccionadora la respuesta del joven Irving: "mi sueño es ser un mesero que canta". Sí. En aquel entonces aún era permitido soñar con ser algo ridículo, mientras fuera un tipo de ridiculez en que aun se podría discernir el arte y la excelencia. Ya está. Berlin no quería ser el más grande compositor americano del siglo, eso le pasó por accidente, o mejor dicho, por la simbiosis que se estableció entre su natural talento y su devoción al trabajo y a la perfección.

En resumen, resulta algo infantil, incluso diría patético, soñar con ser algo en el mundo de la música popular de hoy, me refiero a algo más que un peinado, un kilo de maquillaje, un estilo, un fenómeno de marketing. Pero mi punto es que con todo es así. No entraré en detalle, porque llueve, pero digamos que cualquier cosa a la que una persona mínimamente sana podría aspirar en la vida con fe y entusiasmo se encuentra hoy en día rodeado de una estaca de peros. Pero no tienes el talento, no tienes los conocimientos ni los estudios, no tienes especialización, no tienes los contactos, no tienes el dinero, bueno, tienes todo eso pero resulta que lo que quieres hacer ya se hizo, lo tuyo no es original, ya está hecho y hasta patentado, bueno, sí es original pero por eso mismo, no tiene gancho, la gente no quiere eso que tú les ofreces. Y mientras te dicen todo eso, desde las estanterías gritan en incesante cacofonía: ¡Persigue tus sueños! ¡Cree en ti mismo! ¡Realiza tus metas! ¡Conviértete en Líder! Cosa que yo personalmente sólo consigo entender desde la perspectiva de que los sueños aquéllos que te invitan a perseguir, son los socialmente aprobados, aptos únicamente para subnormales. Si eres niña, sueña con ser "princesa" (léase: Kardashian) y te sonreirán encantados. Sueña con clasificar todas las especies existentes de caracol que hay en Amazonia: ya no tanto. Sobre todo si tienes 40 años y en tu vida estudiaste ciencias de la vida. "Eres demasiado vieja".

"Eres demasiado viejo". Ya llegamos al quid. Todavía no.

¿Estoy intentando justificar mi propio derrotismo, pesimismo, mediocridad, proyectándolos erróneamente sobre mi entorno? En parte, sí, seguramente. Pero si no fuera para nada cierto lo que digo, explíquenme cómo es que hay llamativas y contadísimas excepciones.

En los años 80, yo me acuerdo en primera persona, era todavía posible ser programador y al mismo tiempo socialmente impresentable. Es decir: los programas de informática eran escritos en gran parte por solitarios ermitaños. Todavía persiste algo de esa fama, pero es un anacronismo: para ser programador, perdón, ingeniero de software, desarrollador, hoy, necesitas habilidades sociales, por el hecho de que nada ahora se hace solo, en un dormitorio mugriento, sino en un despacho lleno de gente que intercambian todo el tiempo impenetrables chistes y se ponen mutuamente al día sobre la trama del último éxito de TV por cable. Puedes ser nerd, pero no oler a papas podridas. Lo siento. En fin. La cuestión es que en aquellos lejanos 80 y 90, el entusiasmo, la sensación de que en el mundo del software uno podría ser pionero, y con modestas habilidades de autodidacta conseguir cosas grandes, era palpable. Bliss was it in that dawn... Lo que (sobre todo para quien conoce la trama de la vieja serie Flambards) irresistiblemente recuerda ese otro amanecer, lleno de entusiasmo, de riesgo, de dedicados amateurs, que fue los albores del s.XX con los inventos del carro y más adelante con los primeros aviones. Cualquier joven hombre o mujer con modestas nociones de ingeniería entonces formaba parte de una nueva élite llamada a cambiar el mundo, mecanizándolo. Así que lo que realmente estoy lamentando aquí, supongo, es la extinción del amateur, de esa persona a quien el talento y el entusiasmo suple el déficit de educación, de formación, de profesionalismo. El deceso del entusiasmo y del honesto talento, si quieres un soundbyte.

Hay algo más. Creo (y creo estar de acuerdo con Roger Waters, entre otros, en esto) que lo que de jóvenes mata nuestro entusiasmo, nuestra confianza y nuestros sueños, es el Estado a través del inicuo sistema educativo que nos han hecho creer existe desde siempre, y no es cierto. Si tengo que escoger, nunca estaré del lado de los que a las deficiencias educativas proponen echarles: más dinero, más profesionalismo, más títulos, más burocracia, y rematan con "ah, y que los profesores sean buena gente". No. No soy revolucionario, pero en la enseñanza no se puede ser otra cosa: todo huele demasiado a podrido. Echemos abajo toda la estructura que nos ha hecho así, tan derrotistas, tan conformistas, tan pagadores de impuestos, tan buenos ciudadanos. Tenemos que sacar el Estado de la ecuación, sea cual sea su solución verdadera. Nada de programas ni de materias ni de metodologías impuestas, nada de universidades "categoría B" (un invento fascista si alguna vez lo hubiera), nada de "leyes de educación". En su lugar: pues lo dicho: ante todo, cultivar el honesto entusiasmo, el deseo de hacer cosas, y de hacerlas mejor. Identificar, previamente, las mil y una maneras en que los que dicen compartir este ideal lo traicionan constantemente. Pero no quería hablar de eso.

Resumiendo: ¿me quejo porque a los talentosos la vida no se les sirve en bandeja, porque a veces la gente pone peros, porque a veces la excelencia es una lucha solitaria e incomprendida? ¿Propongo una solución legislada a mi propia mediocridad? No y no. Hablo de algo más intangible, de unas posibilidades, de unas circunstancias, de una cultura, de un estar abiertos a la innovación y al talento y al outsider. Las que sin lugar a duda posible, hicieron que un Irving Berlin podría llegar a existir en los EEUU de principios del s.XX, y no en el Ecuador de principios del XXI. No pretendo entender esa cultura, peor instaurarla donde sea, ni tampoco quitarle mérito a quien esa cultura la lleva en los genes, sin necesidad de reflejos exteriores. Pero creo que vale la pena examinarla y no está mal tampoco tenerle algo de respeto.

They can play a bugle call like you've never heard before,
So naturAL that you wanna go to war:
It's just the bestest band what am,
Oh honey lamb...

La música de Berlin puede ser buena o no tanto, lo dejo con los musicólogos. Él puede sobrepasar en talento a Gershwin, a Kern, a Cole Porter, a Hammerstein/Rodgers, a Bacharach/David, o no llegarles a los tobillos, lo dejo con los compiladores de listas y tablas de liga. En Gershwin y Porter hay sofisticaciones a las que él no aspira. Él los vence en ciertos terrenos, y para mí, una de ellas es el encanto. Sí. Soy capaz de apercibir encanto en una melodía o en una letra. Lo siento, pero sí.

Es una cualidad que no se puede enseñar ni aprender, porque brota de la personalidad. Hay gente que pudiera escribir "It's just the bestest band what am", y quedaría como una patada en el escroto. Berlin puede porque ese registro, el de un optimista algo cínico, satírico en medida dosificada pero en el fondo bonachón, es el suyo, se mueve cómodamente en él donde otros se sofocarían con el intento. El lado menos atractivo de Berlin, el que le hace escribir canciones patrioteros donde a veces es cuestión de comprar bonos del Estado o de pagar impuestos "patrióticamente" no ofende porque él es de una sola pieza: su patriotismo es sincero y sin segundas, es del tipo que sólo se encuentra entre inmigrantes ilusos, agradecidos, algo simplones pero de buena corazón. Le salva la inteligencia y el arte de sus letras, y sobre todo, su gran humor.

Let us hide behind a pair of fancy glasses
And make faces when a member of the clases passes;
Let's go smelling where they're dwelling,
Sniffing everything the way they do...

Si eres letrista y no venderías tu alma por haber escrito esto (me refiero a la canción entera), es que no la tienes. Si eres compositor y no harías lo mismo por haber escrito Puttin' on the Ritz, pues ídem. (Y si de tener alma se trata, quien sea capaz de escribir Blue Skies para el nacimiento de su hijo no tiene nada que probar al respecto.)

Lo que me deja un poco intrigado es el tratamiento que pudo dar este compositor que vivió los alocados 20 y el Wall Street Crash al tema, muchas veces referido en sus canciones, de las "clases altas", identificables más que nada por ese indumentario que al niño Berlin ya le hacía husmear centavitos: Top Hat, White Tie and Tails. La canción Puttin' On the Ritz, al parecer, empezó como sátira bienintencionada de los habitantes de Harlem y sus zoot suits; cuando llegó a cantarla Astair, ya se había cambiado la letra, de "where Harlem sits" a "where fashion sits": ahora los satirizados eran los blancos con pretensiones de, digamos, hidalguía:

Come, let's MIX where RockeFELLers walk WITH STICKS and umberELLas in their MITTS,
Puttin' on the Ritz!
Dressed up like a million-dollar trouper,
Trying hard to look like Gary Cooper -
Super duper!

Si en esta canción los "ricos por fuera" son, ya digo, objeto de mofa, pero sin pizca de acidez ni de amargura, los "ricos de verdad" aparecen en "Slummin' on Park Avenue", de nuevo objetos de una mirada crítica, algo burlona, pero en el fondo sonriente y absolutamente sin malicia. Es lícito especular que para Berlin, las diferencias de clase eran fenómeno natural, y no (como para los revolucionarios de entonces y de ahora) un problema en espera de solución. Pero, para desesperación de los mismos revolucionarios, la mirada de la canción siempre era una mirada externa, se diría, pretendidamente neutral, lo que para mí atrae en séquito el adjetivo "bohemio". La voz no era de nadie que se hubiera autodiagnosticado membresía de las categorías excluyentes "ricos" ni "pobres". Era, si se quiere, la voz de Middle America, que Berlin llegó a identificar explícitamente en muchas ocasiones como su público natural. Y ese "Middle America" no aspiraba a entrar en la categoría de "ricos", especie a fin de cuentas a la par exótica y ligeramente ridícula: el quid era tener las circunstancias adecuadas para no tener que obsesionarse ni con tu clase social, ni con el dinero, habiendo cosas más dignas de la atención de un ser humano adulto. Entre estas cosas, el amor romántico:

And tears will fall as you recall
The moon in all its splendour...

OK, esto no es John Keats. Pero ese "tears will fall", que como todo en Irving Berlin cae con una naturalidad y una inevitabilidad síntomas de un gran arte, a la vez que encaja en el esquema de rimas más pulcro y estricto que se puede pedir (Berlin nunca era amigo de las medias rimas), y con todo esto, se te pega como lapa a la memoria, tal vez por ese toque misterioso que proporciona la mención de unas lágrimas aparentemente sin dueño. Para mí, el éxito de Irving Berlin se debe más que nada a la perfección de sus letras, que en toda su extensa obra tiene esta cualidad especial, que cualquier persona las puede canturrear, incluso hoy en día, sin sentirse en lo más mínimo ni avergonzado ni cohibido. En ellas se encuentra un lenguaje sencillo pero no infantil, unas emociones expresadas honestamente, sin aspavientos ni pretensiones de ningún tipo, y en sus ritmos y sus rimas y su apego a la melodía hay un arte sutil y discreto, jamás superado por compositor alguno, que a sus canciones les hace brillar como piedras preciosas.

Pero realmente, no quería hablar de nada de esto.

Me despierto por la noche con una extraña mezcla de angustia y euforia. En la vida anterior a la vejez, uno se acostumbra a "enamorarse" cada diez años o así, con la regularidad de los movimientos de vientre de un relojero suizo. Ya hace mucho, muchas décadas y siglos, que soy "demasiado viejo" para ciertas cosas, entre ellas la emoción de sentirse objeto de una mirada especulativa de parte de una Miembro del Sexo Apetecido (MSA). Eso hace siglos se desterró de mi vida consciente... salvo de los sueños, donde por lo general, uno no tiene edad definida, como en el paraíso cristiano. Ahí, esa emoción reaparece, junto con La Chica, como para recordarte que lo que estás viviendo ahora es una especie de muerte disfrazada, eufemística, y que sin embargo tienes algo de ser humano, un sistema operativo preinstalado diríamos, o un BIOS, en fin, algo que se resiste a asumir la categoría o la identidad de "viejo", o cualquier otra identidad llegados a eso, y que se rebela por la noche cuando estás en tu más vulnerable. Creo que tengo cita con alguna novela de Roth, ustedes ya me dirán con cuál de ellas.

sábado, 18 de abril de 2015

El túnel

The Great Escape, con un inolvidable Steve McQueen burlando a sus persecutores nazis en moto. La serie Colditz. Ahí se me para la memoria, pero no sin antes susurrarme que pasé gran parte de mi infancia viendo películas en que se trataba de escaparse de algún Stalag. Pido clemencia y comprensión de parte del lector.

El actual Escape Plan: mi esposa se va a Londres a finales de este año. Yo le sigo un año después, caso de encontrarme, sorpresivamente, todavía vivo, y sin haberme casado mientras tanto con el esqueleto de un diplodocus, en alguna de esas catastróficas borracheras a las que los Rodríguez les son propensas. Aún no se sabe si la construcción de un túnel será parte necesaria del proyecto. Por si acaso, estoy coleccionando artículos del Telégrafo. La idea es quitarles la grasa de encima, con espátula, y utilizarla para crear velas improvisadas que me alumbren el camino hacia la salida.

No, en serio. Si ustedes ya digirieron el desayuno y no padecen diabetes, echen una mirada a esto. ¿Alguna vez vieron tanta grasosa adulación, tanta almibarada untuosidad? La cosa llega al punto que me encuentro obligado a desempolvar el manual de mediación cultural, y postular una diferencia fundamental entre el concepto de dignidad que se maneja en el mundo anglosajón y lo que con la misma palabra, y con inexplicable complacencia, se expresa acá. A título de analogía: ya vimos en otro post que entre "mentira" y "lie" hay un gran trecho, a pesar de los diccionarios, pues mientras el "liar" dice cosas que él mismo sabe son inciertas, el "mentiroso" es, en la mayoría de los casos, un simple equivocado. He comprobado una y otra vez y más allá de cualquier malentendido posible, que efectivamente, en Latinoamérica es "mentira" cualquier afirmación que se pueda demostrar como incierta, aunque haya sido hecha con absoluta y demostrable buena fe: y sinceramente, creo que este hecho lingüístico debe ser ampliamente difundido y comentado, pues su debida comprensión subsanaría muchos conflictos: el que te llama "mentiroso" no está poniendo en duda tu honradez ni tu sinceridad, sino simplemente la verdad de lo que afirmas o la fiabilidad de tus fuentes.

Pues del mismo modo, empiezo a pensar que acá, dignidad significa algo completamente diferente de dignity: hasta diría que es, en la práctica, su antónimo.

Veamos. Cuando se dio ese cruce de palabras entre Correa y Obama, entre mis conocidos fue universal la percepción de que Obama "le puso a Correa en su lugar" con ese comentario sarcástico al estilo de "no tengo el talento de usted, señor, como para saber distinguir entre la buena y la mala prensa". A mí me parece una respuesta adecuada, no brillante, pero adecuada, "digna" diríamos, y eso que sabemos que Correa es incapaz de detectar cualquier ironía, y a pesar de que Obama me merece el calificativo del segundo peor presidente que ha padecido EEUU en algo más de cien años, pero eso ya es otra historia. La cuestión es que busco en vano entre todos los pronunciamientos recientes de Correa algo "memorable" o "contundente", en palabras de la autora Melania Mora Witt, como para justificar un artículo tan desvergonzadamente lamebotas. Y es que no hay nada a que agarrarse; pero aunque lo hubiera, la pregunta tendría que ser: ¿qué hace una articulista de un diario elogiando a un presidente del gobierno? ¿No se da cuenta de que a los poderosos (y creo que por consenso general, Correa merece tal calificativo) una persona digna nunca, nunca, bajo ningún concepto los elogia, y si lo hace, pierde gran parte de su dignidad? (Y peor siendo mujer. Llámenme anticuado si quieres, y sexista, que soy ambas cosas sin lugar a dudas, pero no puedo evitarlo: a mí me choca tremendamente que una mujer le dirija palabras de elogio a un hombre, cuando el papel tradicional de la mujer es vituperar y condenar y menospreciar sin ambajes a todo representante del sexo masculino, "poderoso" o no. Si la adulación en los hombres es feo, en las mujeres resulta sencillamente nauseabundo) Ya en otro lugar vimos como acá, "dignidad" es algo que se puede dar o repartir (hasta hubo una campaña del gobierno con ese nombre, "campaña Da Dignidad", ¡en serio!), y si comparo el uso de esta palabra en todas las fuentes locales a las que tengo acceso, se ve que aquí, "dignidad" llega a significar algo así como "humilde sumisión a los poderosos, o vistosa dependencia a los mismos". Si el gobierno quiere enseñarnos dignidad, saca en cadena a un montón de pobres de sonrisa desdentada que alaban a los ladrones que les quitó su dinero y destinaron una parte del mismo a la construcción de carreteras que muchos entre ellos no tendrán nunca ocasión de usar. Eso es dignidad acá. Ya caí en cuenta.

En otras partes del mundo, y lo digo simplemente para apuntalar el contraste, significa prácticamente lo contrario. Una persona digna depende de sus propios esfuerzos, no de dádivas. A una persona digna nunca se le ocurriría dirigir aceitosas palabras de adulación a un "poderoso". No solamente porque no tiene necesidad de ello, sino porque su escala de valores se lo impide. Así de simple.

A quien tenga el proyecto de venir a vivir en Latinoamérica, habiendo residido previamente en Europa, digamos, o en Norteamérica, le prometo que esto va a ser el mayor "culture shock" que experimentarán aquí: comprobar la ubicuidad de la adulación, del servilismo, de la lambonería. Cosa que, por mucho que uno intenta adaptarse, te deja con una sensación de nausea residual que te acompaña por doquier. La verdad, es algo muy difícil de soportar, y más a largo plazo.

Si viene como profesor, no faltará aquella alumna que se le acerca al final de la clase para rogarle, con ese insoportable tono entre plañidero y obsecuente, que le "ayude" con "algunos puntitos", porque éste es su último año, porque su mamá está en coma, etcétera. "No sea malito". Luego, en el diario, verá al Maduro pidiendo a Obama que "no sea malito" y descongele los millones de dólares mal habidos que algunos funcionarios bolivarianos, con previsión de la eventual ira del pueblo, habían depositado en bancos estadounidenses.  Tal vez apartado especial se merecería esta extraña y novelesca relación entre algunos países de la región y EEUU, en donde aquéllos se resisten, a pesar del siglo en que hemos entrado, a dejar en paz esa supuesta relación "tutelar" (en palabras de la misma articulista), que mantienen viva precisamente a base de denuncias carentes de fundamento en la realidad.

Alguien les debe de explicar a esos políticos que la soberanía es algo que no se pide, peor a gritos: se conquista viviéndola.

Y ahí llegamos a mi experiencia de ayer: un día de inducción o de integración (¡intégrame otra vez!), en fin, una de esas pérdidas de tiempo a que te someten en determinados trabajos. La cosa empezó tan mal como de costumbre:

"Como profesores, nuestra labor consiste en preparar a los estudiantes para servir al país".

No prometo que sea cita textual, salvo las tres últimas palabras, que me causaron instantáneamente una profunda angustia. No creo que sea para menos: tampoco creo ser el único profesor que considere que su labor consiste precisamente en preparar a los estudiantes para no servir al país, y de hecho, para no servir a nada ni a nadie que no sean ellos mismos, porque en eso consiste la gloria del ser humano, que es (o es capaz de verse como) un fin en sí mismo, no un medio para ser explotado por otros. ¿"Servir"? Aunque le des el significado blando de "ser útil" y no necesariamente de "sacrificarse", a mí me parece que un profesor que prepare a su alumno para "ser útil" está traicionando a su profesión y a su vocación, pues tal papel no se diferencia en nada de lo que hace todo el mundo, todo el tiempo, sin necesidad de títulos ni de experiencia, es decir, aprovecharse de las personas en beneficio propio, o en beneficio "del colectivo", poco importa. Del profesor, en cambio, se le espera algo diferente: la capacitación necesaria para que el estudiante aprenda a servirse de su entorno en pos de sus propias metas, que pueden ser todo lo altruistas que se desee, pero que en ningún caso el profesor está llamado a definir ni a dictar, so pena de quedar como violador ideológico, que es el peor tipo de violador que hay.

De modo que me sentí chocado y perturbado en lo más profundo al escuchar que mi misión como docente era, aparentemente, moldear a seres humanos para que "sirvan", y no solamente eso, sino para que "sirvan" a un ente tan irrelevante, trivial y ridículo como "un país", que a fin de cuentas no es más que un conjunto de líneas imaginarias dibujadas sobre un mapa y regularmente invocado por inescrupulosos políticos en provecho propio. Levanté la cabeza y miré en mi alrededor. Todos los presentes, embelesados, algunos con leves asentamientos de cabeza. Fue cuando se me ocurrió la metáfora del túnel.

Como profesor en una institución pública, estoy condenado a cumplir con el papel, mientras que en secreto y a tres metros bajo tierra, socavo como puedo y a cucharaditas de arena esta tiranía en que nos han colocado. Como muchos de mis compañeros supongo.

Buscando una liberación tanto ajena como propia. Una liberación que en el mejor de los casos será parcial y momentánea. Tan fugaz que muchos dispositivos no lo podrán registrar.

Así que "servir al país", eh. Dicha obscenidad se completó esta mañana con el artículo de JM Ruiz Navas en El Universo, donde insiste en que el candidato ecuatoriano para presidir la Corte Interamericana de Derechos Humanos hubiera dicho lo siguiente:

Ya no se debe hablar de derechos individuales, sino de derechos colectivos.

No estoy acostumbrado a fiarme de la palabra de un prelado de la Iglesia, así que busqué una referencia en Google, y me topé con esto. Al parecer, es cierto. Ecuador está postulando a la Corte de Derechos Humanos a un candidato abierta y desvergonzadamente fascista. Un poco como si un grupo de católicos postularan a un ateo para Papa, se diría: supongo que tal obscenidad no puede prosperar, pero sin embargo, es elocuente sobre la dirección que tomamos. Apenas falta que Correa celebre abiertamente la "vuelta" de una sangrienta dictadura "al redil de la Patria Grande". Ya vemos en qué dirección el viento sopla. Por eso mis exacerbadas ganas de, simplemente, salir de aquí. Toda vejez, por enferma que sea, se merece, creo, algo de tranquilidad.



domingo, 12 de abril de 2015

Somewhere between Washington and Baltimore



El piano hace cosas raras (escucha 3:42: parallel fifths meseemeth). Un acorde del subdominante menor, fuera del registro habitual, sorprende. Las caras de los cantantes infunden una nota de alegría, diría incluso, de gozo y jolgorio. Dudo mucho de que el Islam permitiría estas aberraciones, siquiera en el más controvertido sufismo. (Y sigo sin localizar ese "Lift Up Your Heads" que buscaba. Hay la versión de Handel, pero no es ésa. Es una en escala de menor melódico con toque modal en que "Who is the King of Glory?" lo preguntan los bajos, y la respuesta viene con los altos, sopranos o tutti, ya no me acuerdo. No lo escucho desde que tenía diez años. YouTube no ayuda mucho.)

El compositor Delius, que por uno de esos consensos universales que excluyen al objeto del consenso fue no sólo místico, panteísta, sino quintessentially English, una vez confesó que lo que cambió su concepción de la armonía (sus primeras obras son pastiches plomizos e infumables) fue escuchar esos espirituales que por aquel entonces todavía se cantaban en las plantaciones de la Florida. El legado de Delius se encuentra sobre todo en los Westerns (todo compositor de música de película ha robado algo de él, unos más que otros) pero para mi oído sigue siendo eso, quintessentially English, en el sentido de quedarse con lo que el resto del mundo ya le parece inservible desde hace medio siglo. Me solidarizo.

Hace unas semanas una de esas tontas del bote que escribe para El Telégrafo sostenía que el Islam es objeto de una terrible "discriminación", sobre todo en Europa. Los terroristas, los que ponen bombas, no son musulmanes, decía, son "islamistas": hay una gran diferencia. El Islam, como su nombre indica, es una "religión de paz".

Tal grado de imbecilidad sólo es explicable a raíz de una ideología. Lo dicho: una ideología es la racionalización de una enfermedad (o por lo menos anquilosamiento) mental, siempre, siempre. Y luego viene Orlando Pérez (editorial de hoy) pidiendo más ideología. More cock, more cock, Michael Moorcock! he fervently moans. De veras, el mundo está loco.

Si fuera bloguero político, me ocuparía la atención esa "Cumbre de los Pueblos" (ja) en que Correa, Maduro y Obama se pusieron a imitar a la Kardashian con variable grado de éxito. Entre las perlas: "La mala prensa es la que tumbó a Allende" (Correa). Bzz. A Allende le tumbó un golpe militar, no ninguna prensa buena o mala. Un golpe que fue en gran parte ayudado por el pésimo manejo político y económico del propio Allende, pero eso es otra historia. Y otra de la misma fuente (parafraseo): "La misma falsa disyuntiva de siempre, 'prefiero tener dos brazos a no tener ninguna'. La cuestión que debería ocuparnos es: ¿por qué no podemos tener todos cien brazos?"

Lo que es vivir en el pasado. Con la llegada del Internet, ya no tiene estrictamente sentido quejarse de "la prensa": prensa somos todos. Ya no hay "formadores de opinión" (aspirantes a tal, centenares, desgraciadamente): cada uno forma la suya propia con lo que tiene a mano. El problema, si alguno hubo, ya desapareció, salvo en la mente de quienes quieren mantenerlo vivo para explotarlo, en el sentido de utilizarlo como pretexto para la censura y la dictadura. "La libertad es que todos sean libres para hacer lo que yo quiero que hagan". Seguramente el mismo pensamiento se le ocurrió alguna vez a un gorgonopsio, o a un trilobita. Nada nuevo bajo el sol.

Muy pronto vendrá un joven con cara de pizza a llamar a tu puerta con un cuestionario. Estamos realizando una encuesta a nivel internacional para saber si ya es hora de reemplazar la humanidad con algo mejor. Ya tenemos no solamente inteligencia artificial, sino también sentimiento artificial. Ambas cosas funcionan mejor que sus equivalentes analógicos. Un robot no solamente juega mejor que tú al ajedrez, sino también es capaz de llorar más que tú al contemplar una telenovela mexicana o coreana. Se reproducen que da gusto, y son relativamente limpios. Sus cacas huelen a palosanto, se conforman con el salario mínimo, y nunca fingen sus orgasmos. En vistas de todo esto, ¿la humanidad todavía sirve para algo?

Yo ya tengo sobradamente identificados a quienes no tienen respuesta alguna a esta pregunta. No son los del video.


jueves, 2 de abril de 2015

De un "no soy un mesías" a "Eloi, Eloi, dame sabatina"

No sé si mi esposa todavía lo guarda como reliquia religiosa. Se trata de un CD que los partidarios de un nuevo candidato a la presidencia del gobierno, Rafael Correa, iban distribuyendo a los votantes, allá por el 2006, como parte de una campaña cuya misteriosa financiación sabemos que no tuvo nada que ver con las FARC colombianas. En él hay una grabación de la voz del futuro Presidente, donde dice textualmente "no soy un mesías", frase que en su momento (a pesar de que estaba convencidísimo de que ganaría la Cabeza Cono de Helado, inocente de mí) me llamó la atención. ¿Qué tipo de persona se presenta en unas elecciones diciendo "no soy un mesías"? O por analogía: ¿qué tipo de persona se presentaría al puesto de profesor de gimnasia en un colegio femenino con las palabras "no soy un viejo verde"? Respuesta en ambos casos: una persona no apta para el cargo, bajo el argumento de que de la abundancia del corazón habla la boca. En unas elecciones como ésas, donde el elenco de candidatos, si bien recuerdo, recordaba un episodio cualquiera de Los Munsters, de buen seguro que a nadie en su sano juicio se le hubiera ocurrido ponerse a buscar un mesías en entorno tan hostil: pero el tal Rafael Correa, ya antes de su primera victoria, evidentemente se había planteado la pregunta a sí mismo: ¿soy el ungido, el elegido por Dios, el Salvador de la Patria, el representante de la Divinidad sobre la tierra? Que su respuesta en ese momento haya sido negativa dice mucho a favor de la relativa cordura del entonces joven candidato. Pero la semilla de la megalomanía, de la enfermedad psíquica, por lo visto, ya estaba sembrada.

Hoy mismo sale en El Telégrafo un artículo del Rafael Correa actual, aquel que ya hace mucho tiempo llegó a la conclusión (acolitado por su particular séquito de lamebotas y enseñahigos) de que efectivamente, sí era el mesías. La tal conclusión aquí viene implícita en el hecho de que los "grandes acontecimientos narrados en los evangelios canónicos" se interpretan en registro contemporáneo: más allá de las "cuestiones de fe" que al parecer no vienen demasiado al caso (si a ti te nace depositar tu "fe" en un hippie de hace dos mil años en lugar de en un brillante economista jefe de Estado de la actualidad, es tu problema), lo que le pasó a "Jesús" merece recordarse en tanto que prefigura, en clave de profecía digamos, lo que le pasa a un actual Presidente de la República del Ecuador. Así, el inocente, el impoluto, el Cordero de Dios se encuentra actualmente rodeado de "poderes fácticos", "conocedores de la Ley" (por ejemplo, aquellos que van recordado a cada paso que la actual "Ley" no permite la reelección indefinida), escribas, fariseos, mujeres "leales pero impotentes" (léase: incapaces de promover la abstención sexual sin que todo el mundo se burle de ellas), traidores, cobardes, y "masas manipulables". Ciertamente, difícil tarea es ser un semidiós sobre la Tierra, rodeado de tanta chusma, de tanta mediocridad. Por lo que el mensaje implícito del artículo viene a ser: examinemos nuestra conciencia, compañeros. ¿Hemos sido todo lo leales que deberíamos al Hijo de Dios? ¿No habremos pecado en algún momento, burlándonos de él por ejemplo, o negando sus Obras y Carreteras?

O peor todavía: ¿no le habremos hecho caso alguna vez a "la opinión pública"?

Era, tal vez, inevitable que a quien en su momento se le escapara de la boca aquel "Yo soy La Verdad" terminara creyendo que "opinión" es una dolencia que afecta a los demás. Sabemos que vivimos en un "Estado de Opinión" según feliz término de Su Majestad, es decir, un país donde la gente todavía persiste en tener opiniones y expresarlas pública e impúdicamente; sin duda algún lector se preguntará cuál alternativa se nos ofrece. Pues bien: puedes optar entre tener opiniones, es decir, estar equivocado, o aceptar la Verdad revelada, es decir, asentir ante todo lo que te dice Su Majestad. Y por si quedara alguna duda sobre eso, nótese bien que en el artículo la "Opinión Pública" interviene "de un domingo a viernes", en el sentido de convencer a las "masas manipulables" para que crucifiquen a quien insiste, hasta el final, en autoproclamarse rey. Aquella anterior devoción al mismo "rey" que se manifestara en "batidas de palmas" en su triunfal entrada a Jerusalén, eso no fue opinión, o por lo menos no fue "opinión pública", del mismo modo que aquella humilde Sierva de Dios que ose acercarse a Correa en alguna Sabatina para pedirle que cure a su hijo ("Mujer, has creído en mí, tuyo será el Reino de las Cocinas de Inducción") está gozosamente exenta de "opinión" alguna, pues se limita a reconocer lo evidente, lo que está fuera de toda duda razonable, que es la divina infalibilidad y la vocación de Salvador del Presidente de la República.

Y es así, tal como reconoció Bonil hace un par de días, como la misma persona que en la práctica hace y deshace toda la "opinión pública" del país es capaz de eludir cualquier responsabilidad sobre la misma. Repito: Verdades son lo que dice él, Opiniones lo que dicen los demás. Tú eliges.

Lo dicho entonces: lo que tenemos es un estudio inusualmente bien documentado del descenso de un individuo al infierno de la locura, a través de un trastorno narcisista galopante habilitado y reforzado por las circunstancias del poder político.

Todo un "cautionary tale", para quien quiera verlo.

Muchas veces lo he dicho: un estado sano, una república realmente civilizada, se conocerá entre otras por esta seña: que entre gente culta, hasta saberse el nombre del actual "presidente de gobierno" sería considerado una vulgaridad, señal de frívolas inquietudes. La política, esa ciénaga de mundanas ambiciones y vistosos trastornos psíquicos, sería el lugar de los infelices, que afortunadamente carecerían de poder alguno para influir en la vida de quienes sí tienen algo fructífero a qué dedicarse. En tal caso, la enfermedad mental del Jefe de Estado sería simple anécdota para mentes ociosas. En lugar de lo cual, hemos hecho de tal guisa que, como dice Auden, "cuando él lloró, niños pequeños morían en las calles."


sábado, 28 de marzo de 2015

El suicidio perfecto

"Muchos suicidios demuestran una penosa falta de consideración para con los demás."
   - E.R.

Que conste entonces que ya traté el tema en su día. Lo que sigue, paralipomena nomás.

Cuando recuerdo, parece que pasé gran parte de mi vida planificando mi suicidio. Los jóvenes tienen ese toque de románticos. De muy aniñado, uno se imagina un final estilo Chatterton, hasta enterarse que en el cuadro el pintor suprimió el Kleenex y el Hustler y que al poetastro realmente lo único que le ocurría era haber recién llevado a feliz término un pajazo de esos extraordinarios, memorables, que te dejan con un brazo colgando de la cama de puro destesteronizado. ¿Muerto? Así no muere nadie, ni que fuera autor de Aella, Birtha, Celmonde y toda la tribu. Y de todas maneras en estos días ya no hay arsénico ni por compasión.

¿Cómo hacerlo? sigue siendo la gran pregunta. ¿Molestando a la Bacheletti (hasta que "cambies de idea")? ¿Saltando del Empire State? (creo que ya no te dejan). ¿Abriendo esa puerta de madera húmeda debajo de la fregadera de la cocina e ingiriendo el contenido de todas las botellas polvorientas que encuentras ahí, al lado del U-Tube, al estilo Mari de la Coiffeuse? Chapucerías. Si hubiera un modo original y brillante de quitarse de en medio, ya no sería original de tan trending topic que inevitablemente se pondría: cada año uno entre mil hombres groenlandeses caerá en alguna de esas chapucerías y de paso, como quien no quiere la cosa, se autoliquidará (ayuda mucho vivir en Groenlandia). Si la cosa fuera tan sencilla como simplemente apuntarse a salir en "Caso Cerrado" y luego esperar que la tierra te trague, todo el mundo haría cola para salir en ese programa y no necesitarían emplear malos actores. Todo esto ya lo hablamos en ese otro post, así que sigamos con pies planos y juanetes y adelante.

Ahora: eso de que la razón hombres/mujeres en eso es de 3 ó 4 a 1 según país: curioso, ¿no? Hay que ser un tipo especial de arpía maloliente y barrigona para achacar ese toque desdichado masculino a la nostalgia de un supuesto "privilegio" (femi-wannabies de este país: aprendan de una vez. Ser feminista es ser odiosa, mezquina y estúpida. Así de bonachonas, coquetas, diletantes y escritoras para Gkillcity como sois acá, no llegaréis a ninguna parte.) Más sensato me parece reconocer lo que mi propia experiencia me ha traído: que cuando se tiene un niño (peor dos, tres, ó nueve) ya no es factible auto eliminarse. Hay demasiadas bocas. Tampoco hay, realmente, tiempo. Ni tiempo ni soledad para la planificación ni la ejecución. Por eso, porque tienen en muchos casos una criatura hambrienta y llorona en cada brazo, es porque las féminas no se suicidan en mayor cantidad. Lo que nos recuerda que en el fondo, o detrás de las apariencias de abnegadas mater y paterfamilias, el suicidio es mucho más popular de lo que aparenta ser. Hasta podría ganarse alguna que otra elección, meseemeth, con una campaña apropiada, dotada del talento de Indiana Jones o alguien con similares dotes de orador. Escuchemos al bueno de Spenser:

What if some little paine the passage have,
That makes fraile flesh to feare the bitter wave?
Is not short paine well borne, that brings long ease,
And layes the soule to sleepe in quiet grave ?
Sleepe after toyle, port after stormie seas.
Ease after warre, death after life does greatly please.


En fin, no vine para hacer proselitismo al respecto. Sólo diré que a todos los que alguna vez moramos en Death's Other Kingdom, si bien bipolarmente, nos puede pasar, eso de tomar nuestro microclima emocional por un mapamundi, y creer que quien tenga ganas de abandonar este planetito que a nosotros nos va tan súper bien (o no tanto, pero bien, tirando) hay algo que el desdichado, el pobre no está viendo, algo que le falta, algo que le tenemos que predicar pa que se entere de una vez y se una de por vida al coro de los semi satisfechos con patria, salvaguardias y orégano en los dientes.

No.

No hay nada que el suicidioso no ve. O puede que sí, pero en fin. Lo más probable es que sea el predicador el que no ve bien. Porque "razones", no se trata de eso, o no tanto. Se trata de que en el cerebro humano hay una homeostasis frágil y demasiado fácil de desbaratar (trata de 1. ser viejo, 2. chupar como mil demonios y 3. follar, todo en el espacio de seis horas, y lo entenderás mejor) y cuando se desbarata, verás el mismo mundo con los mismos ojos, las mismas personas y noticias y argumentos y reasons to be cheerful y el mismo todo, pero desde otro acuario interior, con otros peces flotando dentro y otras luces mucho más tenebrosas.

Algunos lo llaman "depresión" (no confundir con la típica excusa para no cumplir los deadlines en el trabajo, o por comer otro donut de chocolate con vainilla).

Claro. Todo eso a cuenta de ese alemán. Estoy seguro que, al igual que yo, tratas de entender cómo puede un tipo capaz de correr medio maratón y discutir sobre reglamentos de aviación civil en Facebook planificar y ejecutar un suicidio que involucre a otros 149 personas. Yo tampoco lo sé. Es demasiado fácil decir "psicópata". Lo único que podemos hacer es ajustar, recalibrar un poco nuestra visión del mundo, con especial énfasis en los siguientes aspectos: TS Eliot, Burger King, el suicidio en sí, las demás personas, y lo que le quieres echar tú a la mezcla.

Yo, que soy de otra generación, y empiezo a valorar este dato en su justa medida (el país no importa, pero la generación sí), ya lo digo, recuerdo haber pasado años, décadas, rumiando la cuestión de cómo demonios quitarme de en medio sin afectar ni a una sola persona.

Lo primero era no hacerse demasiadas amistades.

Lo segundo... ya lo digo, fui romántico en mi día. Decidí que la ciudad que mi viera morir tendría que ser el mismo que me vio nacer, en modo figurativo valga aclarar, o sea que tenía que ser Segovia. No sé, creo haber contado en otro lugar cómo llegué allí de viaje un día y me compré como de costumbre El Atrasado de Segovia, que es como El Universo aquí, sólo que ha dado su nombre a una callejuela en un barrio de mala muerte, y vi en una esquina de la primera plana que un tipo se había ahorcado frente al acueducto, que es como el edificio del Agro acá pero sin taza de Nescafé y ha durado más. ¡Qué poético! me dije ensimismado, ese tipo sí que sabía cómo irse. Así que ya lo tenía todo listo, y la Carmen recién me había botado a la alcantarilla como pegajosa envoltura de caramelo para un fresco aliento, así que inmejorable, pero pasó lo que suele pasar, otra mujer (de nuevo figurativamente hablando) te arranca el puñal de la mano y luego te marchas para otro lado (con otra más; cuando no las necesitas las mujeres salen hasta de debajo de las piedras) y tienes un hijo y ya no sigues con esa historia, aunque sigues soñando con ella, con la perdida, y aunque en tu interior reconoces lo evidente, que parte de ti murió allá, y es precisamente porque la que quedó fue casualmente la parte más intrascendente, que ya no tienes dificultad en sobrevivir, porque la basura siempre sobrevive, y hasta las colillas de cigarrillo perduran sorprendentemente entre las rosas: un poco mugrientos, pero sobreviven.

En fin.

La cuestión es que un día dices como la cosa más normal del mundo: Buenos días, hola, cómo estás, yo bien, bueno si realmente quieres saberlo, con unas ganas exacerbadas últimamente de dejar de existir, pero como eso ya no es plan, soy papá y todo eso, entonces pues eso, bien, y tú? Y eso es la vida. Así que no seas gil y vayas pensando que si "los demás" no nos unimos a ti en tus frenéticas búsquedas de la mejor manera de envenenarse tiene que ser porque tú seas especialmente infeliz y trágicamente incomprendido y todo eso. Claro que hay gente smug, pero se ven a la legua por su aureola de smuggerie. No es eso. Simplemente, hay prioridades y lo dicho, para mi generación y tal vez para mi modo de ser liberal, la prioridad primera es no joder. Do As Thou Wilt An It Pisseth Not On Anyone Else's Chips Shall Be The Whole Of The Law, que dijera Crowley. Es una actitud ante la vida.

¿Y la otra?

Entre lo poco que sabemos de Lubitz es que en su página de Facebook tenía un link a:

una sucursal local de Burger King

En serio. Y creo que con eso está dicho todo. Y es tarde, así que muy rápidamente; léete o reléete The Hollow Men, de Eliot (creo que está en Project Gutenberg), medita un poco sobre qué puede tener entre sus orejas alguien que postee un link a Burger King en Facebook, y en qué mundo estamos condenados a vivir los demás, los que no tenemos link a Burger King en Facebook, y encima o peor que eso, a veces estamos tentados, ante la tiranía de las apariencias de la que hoy día resulta tan difícil sustraerse sin atraer la atención no solicitada de Richard Dawkins, de creer que "los demás" realmente están felices, o solo esperando que un ministerio se las arregle para que lo sean, en lugar de lo impepinable, que es que todos, absolutamente todos, tarde o temprano sólo queremos irnos a dormir, con la opción, eso sí, de decidir en qué cama y con qué compañía y con qué ausencias y no necesariamente en el costado de una montaña en los Alpes que ni conocemos como para poder decir qué bonito final.


domingo, 8 de marzo de 2015

Cuando no te escuchan



"In January 2013, a joint report by the NSPCC and Metropolitan Police, "Giving Victims a Voice", stated that 450 people had made complaints against Savile, with the period of alleged abuse stretching from 1955 to 2009 and the ages of the complainants at the time of the assaults ranging from eight to forty-seven. The suspected victims included 28 children aged under 10, including 10 boys aged as young as eight. A further 63 were girls aged between 13 and 16 and nearly three-quarters of his victims were under 18. Some 214 criminal offences were recorded, with 34 rapes having been reported across 28 police forces."

Así el Tío Wiki. OK, un monstruo violador/abusador de niñ@s entonces. ¿Por qué no está pudriéndose en la cárcel? Pues porque murió allá en el 2011. Ya, pero ¿antes de morir? Ahí está. Antes de la muerte de este sujeto, que ya que preguntas se llamaba Jimmy Savile, famoso DJ y presentador inglés, ni una sola de estas 450 personas que supuestamente fueron abusadas y/o violadas por él durante el período 1955-2009 puso una denuncia formal. Ni una. Lo que sí hubo, esporádicamente durante la vida del sujeto, fueron "allegations", rumores, sospechas, algunas de ellas investigadas por la policía pero abandonadas por "insuficiente evidencia". El funeral de este hombre fue una de esos orgías públicas de inenarrable mal gusto tan queridas por los ingleses, repleto de emotivos tributos a ese extraordinario tipo que había pasado su vida recaudando fondos para diversos fines caritativos (se estima un total de 40 millones de libras), entre ellos un hospital (Stoke Mandeville) que muchos asociaban con su nombre; y quien durante muchos años había presentado un programa televisivo (Jim'll Fix It) donde era cuestión de cumplir los caprichosos sueños de niños socialmente desventajados, tipo "quiero jugar al fútbol con Ian Rush", ante los agradecimientos lacrimosos de sus emocionadas mamás. Un santo, vaya. Todo un public institution. Y luego...

Hay quienes no se creen nada de las acusaciones póstumas en contra de este hombre. Entre sus argumentos de mayor peso:

(1) Si tantos crímenes cometió, ¿por qué no hubo ningún juicio durante la vida del sujeto?
(2) El escándalo Jimmy Savile ha sido (y sigue siendo) un regalo de Dios para la prensa sensacionalista británica, debido en parte a la inmensa fama de que gozaba el hombre durante su vida, y su reputación de santo patrón de las celebridades recaudadoras de fondos caritativos.
(3) Algunas de las acusaciones contra él ya se han demostrado ser falsas.
(4) A un muerto no se le puede seguir un juicio formal. Y en la ausencia de un juicio, prevalece la presunción de inocencia, ¿no es así?

A estos argumentos yo quisiera agregarles dos más:

(5) El tipo tenía una personalidad bien rara, de ésas que provocan en muchos casos una intensa antipatía. Es posible que su aparente predilección por la compañía de niños y adolescentes (como presentador de Top of the Pops y Jim'll Fix It, y como patrón de algunas escuelas y hospitales, tenía el pretexto perfecto para rodearse de ellos) haya sido la causa, sin más, de que el ex cantante de los Sex Pistols Johnny Lydon, en una entrevista censurada del año 1978, le haya deseado a Savile la muerte, sospechando "all kinds of seediness" y alegando "rumores", o que en una letra de uno de mis bandas preferidas haya salido la siguiente alusión, transparente a más no poder:

Down at Stoke Mandeville I bumped into Mr IQ
I said “Hey, albino, this is not 1972!
So stub out your King Edward and get that small boy off your knee
And melt down your rings and things and get yourself off my TV”

Jim, could you fix it for me
To come down and suck out your kidneys?
I've got this young brother, you see,
Who wants to stay alive to watch Bilko...

Está todo aquí: el tipo tenía desde muy joven un cabello demasiado largo y demasiado rubio; era adicto a los habanos ("King Edwards"), que manejaba al estilo Groucho, a las cadenas y joyas (bling, en el argot actual); tenía una forma de ser como presentador tan falsamente jovial y maquinalmente dicharachero que cansaba, y solía disfrazar su mediocridad y falta de ingenio verbal con una serie de catchphrases vacíos de contenido y la mar de irritantes ("How's about that, then", etc.). Yo recuerdo que de niño, verlo en TOTP, donde turnaba con otros DJs bastante más fumables, me causaba siempre una especie de vago desazón. Todo en él me irritaba: su aspecto estrafalario, su manera de hablar, la vaga sensación o intuición de un alma superficial, vacío, de una personalidad medio cretina y, como dirían los franceses, ratée. Sí, era raro. Y para colmo de rareza, nunca se casó, ni se le conoció en vida una sola relación de salir con.

Todo lo cual predispone a sospechar. Y donde existe este tipo de predisposición, la razón y la conciencia moral nos obligan a ser doblemente cautos. Sobre todo a quienes hemos experimentado en carne propia algunas de las consecuencias de ser, de alguna manera y mutatis mutandis, diferentes, "raros".

(6) Criminal o no, monstruo o no, la reputación de Savile ha sido, obviamente y de manera póstuma, víctima de la feria de los buitres carroñeros de los medios y de la babósfera, bajo la mirada indulgente de los Murdochs-That-Be. Como consecuencia de ello, denunciar un supuesto acoso de Savile acaecido décadas atrás se convirtió en algún momento en un pingüe negocio, tanto desde el punto de vista de la fugaz celebridad como desde el punto de vista financiero (casi toda la fortuna del DJ, estimado en 3.3 millones de libras, se ha dedicado al pago de indemnizaciones presentes y futuras: firme aquí, ¿recibo policial?, ya, perfecto, tome sus sesenta mil libras). La feria ha sido tan desvergonzada, tan rapaz y tan desmesurada, que obliga, al mismo tiempo en que tristemente intentamos hacernos alguna idea de las vidas que ese hombre posiblemente envenenó, a cuestionar el papel de los medios en todo esto. Sí, de los medios.

Correa antaño gustaba de citar a Blair a este respecto, y hay que reconocerle algo certero en este tema, pese a que Blair es un mentiroso y un presunto criminal de guerra, pues como dice la Biblia, "out of the mouth of knaves and fuckwits,", etc. Decía esto:

News is rarely news unless it generates heat as much as or more than light.... attacking motive is far more potent than attacking judgement. It is not enough for someone to make an error. It has to be venal. Conspiratorial. (...) The fear of missing out means today's media, more than ever before, hunts in a pack. In these modes it is like a feral beast, just tearing people and reputations to bits. But no-one dares miss out.

Cuando el ojo depredador de The Sun cae en ti, olvídate de la mesura, de las matices, del equilibrio, de la imparcialidad, de cualquier ética. Si lo único interesante que hayas hecho es algo bueno, harán de ti un santo: si es algo malo, un demonio. No vaya a ser que la competencia les gane la partida con un adjetivo más barriobajero. Si tu crimen fue montártelo con una chica a quien le faltaban meses para llegar a la mayoría de edad, con su entero consentimiento, te llamarán pedófilo y violador, porque, legalmente, pueden. Vendrán prestos los "testimonios" que permitirán sumarle el apetecido "...en serie". Y así, podrán colocar tu foto al lado de la de Hitler o Stalin. Y la babósfera hará el resto.

¿Babósfera?

"Although we speak of communities as of sentient beings; although we ascribe to them happiness and misery, desires, interests and passions; nothing really exists or feels but individuals."

Lo de arriba fue dicho por Wiliam Paley (el del Divino Relojero, ya sabes). Se trata de una verdad muy necesaria hoy en día. Digámoslo así: un individuo puede tener inteligencia, ideas sofisticadas, brillantes proyectos, y delicados y matizados sentimientos. Un grupo o colectivo cualquiera no puede pensar o sentir nada, salvo en el sentido metafórico que se resume en que los individuos de que consiste compartan esas ideas, esos sentimientos. Pues bien: la experiencia nos demuestra, una y otra vez y hasta la saciedad y a veces el suicidio, que hay ciertas ideas y ciertos sentimientos que son de muy difícil comunicación. Tomemos un ejemplo: yo mismo pasé dos años en el Colegio Mixto Pequeños Ornitorrincos del Saber (q.v.) intentando, como profesor, compartir mi entusiasmo por la literatura inglesa. ¿A cuántas personas conseguí contagiar con ese entusiasmo? A ninguno que yo sepa. Por eso dejé ese trabajo. (Enseñar idiomas es mucho más fácil que enseñar entusiasmo por lo demostrablemente irrelevante.) Por el otro lado, vemos a diario que cualquier sugerencia o sospecha sobre la supuesta ruindad, maldad o perversión de un personaje público o celebridad siempre reunirá a un posse de entusiastas seguidores, y fácilmente se convertirá en lynch mob. Somos así los humanos: seres tribales, siempre con la búsqueda o la nostalgia de pertenecer, donde dicha pertenencia se afianza sobre unas bases muy limitadas y asaz atávicas, bien comprendidas por cualquier político exitoso, como pueden ser: el odio al diferente, el cinismo y el estereotipo como sucedáneos del pensamiento y de la discriminación, respectivamente, y la sumisión al poderoso, al sobredimensionado Gran Líder, de que el mito de la santidad es necesario corolario. Resumiendo: es lástima, pero casi lo único que se puede compartir eficazmente a nivel de colectivo es aquello que se ajuste a nuestros instintos y emociones de primate prehistórico. Lo demás, para los individuos o en petit comité. Y es por esto mismo que uno, con los años y los golpes, aprende a desconfiar del sentir de las masas, de la "democracia" misma, y se vuelve feroz defensor de ese pequeño espacio en que a uno mismo se le permite ser todavía un poquito inteligente y un poquito uno mismo, a espaldas de la muchedumbre. Es decir, se vuelve liberal ("Libertario" no, por favor: un libertario es una persona tan bizarramente cojuda que cree que algún día puede haber una sociedad estable de individuos gloriosamente libres, sin caudillos ni gobiernos tiranos: si sientes la tentación de volverte libertario, googlee Milgram Experiment y piénsatelo un poco).

En fin, perdonen el exabrupto, pero viene a cuenta. Lo de Savile ha sido, en resumen, un feeding frenzy de los medios y del morbo inconfesado de cada uno. Pero queda la pregunta: ¿y si hubiera algo de verdad en todas esas acusaciones?

Estamos en el año 1969. Una chica de 15 años de Leeds, digamos (la ciudad más deprimente de Inglaterra, aclaremos), tiene, desde hace años, el deseo inmoderado de salir en Top of the Pops, entre todas esas inglesitas torpes y sudorosas que se mueven torpe y dócilmente al son del último gran éxito de los Top Twenty, mientras un camarógrafo preso de lujuria roda por el suelo intentando algún ángulo upskirt para el lúbrico telespectador. Llamémosla Kate.

Con el beneplácito de sus padres, hace el peregrinaje a Londres, a la BBC, y ¡oh felicidad! le dejan pasar, eso sí, mintiendo sobre su edad. La filmación del programa, bien divertido, aunque no se había dado cuenta de que todas las canciones eran modo Playback. Es una discoteca, básicamente, amenizado con la presencia de algunas estrellas menores del Pop haciendo mímica como pueden. "Un aplauso más para la cámara". Bien. Luego, al final... parece que todas las demás chicas se van para allá, donde están los vestidores. A lo mejor habrá autógrafos de las estrellas. Voy con ellas.

"Hola, muñeca. No, tú no, esta otra, la de la blusa. ¿Estás sola? Oye, ¿te atreves a entrar aquí? Estoy con el mismísimo Gary Glitter, nada menos. 'Ow's about that then?". A ella nunca le ha gustado Gary Glitter, peor este Jimmy Savile, pero bueno, no es todos los días que una tiene la posibilidad de estar con estos famosos, tan cerca, y dejando a tantas otras decepcionadas allá fuera...

"Joder, Jimmy, ésta es muy vieja para mi gusto, ya sabes, a mí me van las tiernas. Cógetela tú, haz el favor."

"Bueno, muñeca, ya que estás aquí, no nos vas a decepcionar, ¿verdad? A ver qué sorpresas hay debajo de esa ropa barata... adelante, enséñanos..."

En el tren de vuelta a Leeds, todo el tiempo, ella va repitiendo: soy una tonta, soy una tonta. La anciana que tiene sentada frente a ella en un momento le ofrece su pañuelo para secarse las lágrimas.

Ella que había supuesto, siempre, que un hombre célebre, una estrella, era por definición un ser amable, cortés, un caballero. Un adulto, vaya, como sus profesores, capaz de interesarse por ella, por sus estudios, por sus sueños. Y ahora resultaba que no. Que ellos eran los depredadores y ella, la presa. Que lo único interesante que ella tenía era su cuerpo. Y que ese interés caducaba a los diez minutos, el tiempo de aprovecharse  de su inesperada presencia. Luego, adiós y muy buenas. No dirás nada a tus papás, pues se reirían de ti. Ah, hay un baño enfrente. Lávate, no vaya a ser que dejes sangre en el asiento del tren.

Llega a casa. "Niña, ¿cómo te fue?"

"Muy bien, mamá".

La verdad era ésta: que había dos mundos. El mundo aparente, donde la gente hace ademán de entenderte, de preocuparse por ti, donde los hombres (algunos) son amables y corteses. Luego está el otro mundo, el de verdad, donde eres una mercancía, eres carne en venta, y los hombres son gorilas que manosean, braman, agarran... Y el símbolo de esta dicotomía, del engaño de las apariencias, es ese tipo asqueroso, hediondo, siniestro, sonriente, que aparece en la tele todas las semanas, a quien todo el mundo admira porque hace tantísima cosa por la caridad. ¿Cómo iba a contarle a nadie lo sucedido? ¿Quién lo iba a creer? Peor, tal vez: lo creerían, a lo mejor todo el mundo ya lo sabe, a lo mejor yo soy la última tonta del mundo y que un hombre así se aproveche de toda chica que se le acerque, se sabe, se permite, es parte del mundo en que vivimos, y entonces: si algo digo, estoy intentando echar abajo todo eso, soy enemiga de la sociedad, que se ha erigido sobre el fundamento de una necesaria hipocresía en que todo el mundo participa. Porque no hay alternativa. Porque los seres humanos no damos para más.

¿Qué hago entonces?

Les enseñaré que no soy ninguna tonta. Que conozco mi lugar. Que sé tanto como ellos...

Pasan los años, en una furia de vengativa promiscuidad. Pasan las enfermedades, las decepciones, las discusiones. Al final, madre soltera con dos niños, y unos padres que ya, hace mucho, no le hablan. "Jimmy" se ha muerto, pues qué bien. Uno menos. Y un día, en el periódico, la sorpresa: SAVILE, EL ¿MONSTRUO? "Por fin puedo contarlo, por fin..."

Sí, puede ser. Dentro de las limitaciones de mi dudosa capacidad narrativa, es verosímil.

¿Mi punto?

Suponiendo que tan sólo una cuarta parte de lo alegado contra Savile fuera verdad (y sinceramente, no creo descartable esta posibilidad), la cuestión ha de ser: cómo, en qué mundo, en qué tipo de sociedad fuera concebible que Kate contara su historia, a tiempo, no décadas después? Cómo conseguiremos una sociedad donde a un monstruo se le desenmascara oportunamente, donde no se le da carta blanca a una "celebridad" para que vaya cometiendo sus fechorías durante décadas con la venia o la vista gorda de tantos y tantos "responsables" (BBC, autoridades de hospitales, etcétera) como vienen implicados en este caso?

No sé, o no sé mucho. Lo que sí creo al respecto: que la tal sociedad es la misma que la que preconizamos los liberales, a sabiendas que no la vamos a tener nunca, o solamente en una realización muy parcial, inestable, incompleta y a pequeña escala. Una sociedad que escucha tiene que ser, necesariamente, una en que se valora al individuo, con sus necesarias imperfecciones como tal, encima del arquetipo jungiano tan cínicamente manejado en la propaganda de los movimientos políticos, que proyectamos sobre los demás y nosotros mismos: el proletario y el campesino rudos, explotados e inmaculados en su honra; la mujer santa, sabia, inocente e impoluta; el neolítico "hombre machista", el líder o prócer, valiente e incomprendido, de alma "superior"; el vil e inescrupuloso capitalista o banquero; el monstruo de la perversión sexual que se disfraza tras la cortina de la celebridad, la trágica y desde luego inocente víctima de la maldad ajena. Si venciéramos nuestros prejuicios que realmente son tantos pretextos para menospreciar al otro, y así afianzar nuestra tambaleante ego, herido a muerte por la constante sensación de nuestra irrelevancia y mediocridad en un mundo demasiado globalizado, sabríamos ver que así como no hay santos, aunque sí útiles recaudadores de fondos de vez en cuando, tampoco hay demonios, aunque sí algún que otro peligroso narcisista sicópata. Sabríamos que, de acuerdo con Blair, no toda equivocación es una conspiración, no todo toqueteo es una violación, no toda vergüenza y humillación necesariamente te tiene que estropear la vida, a menos que quieras estropeártela con ese pretexto. En una sociedad así, ninguna reputación se cotizaría en 80 millones de dólares ni 40, sino en lo que puede valer la reputación de cualquiera en una sociedad donde se tolera la imperfección y ya no se sobredimensionaran las cualidades de las personas, donde ya no hubiera "lideres", donde los piropos y las críticas se sopesaran mucho, por respeto a la verdad. Una sociedad sin culto a la celebridad ni al poder.

Y como siempre voy diciendo, eso no se consigue ni con Leyes de Comunicación ni con Ministerios de Cultura, sino con el esfuerzo diario de las personas por ser un poco mejores, más humanos, más comprensivos, más inteligentes y más caritativos que ayer. Nada más.