miércoles, 25 de febrero de 2015

Qué hacer con los groseros

(...) [P]romover que las redes sociales se constituyan en un espacio favorable para el debate civilizado, con ideas y propuestas, y sin incurrir en agravios o amenazas hacia los involucrados (...) es un requerimiento cada vez más necesario, especialmente, en una sociedad en la que estos espacios se han convertido en una trinchera para lanzar ataques desde el anonimato. (...) No se trata, pues, de ser tolerante ante una supuesta ‘irreverencia’ de aquellos, sino de exigir respeto y responsabilidad en el uso de las redes sociales. Sin duda, estas reivindicaciones serán siempre satanizadas por los defensores a ultranza del libertinaje de expresión y aprovechadas por los opositores a todo proceso de cambio.

(de un artículo encontrado en el Telégrafo, where else)

Pobre Fernando. Ésta no ha sido su semana, creo, así que seamos comprensivos y un poco indulgentes, y en lugar de satanizar sus reivindicaciones, intentemos buscar terreno común, para lo cual, nada mejor que el párrafo que acabo de citar. Creo, por lo menos... bueno, ya veremos.

Empecemos con lo de las redes sociales. Confesaré desde un principio que no soy muy ducho en ellas: llevo varias semanas en Twitter y no consigo ni acercarme a la gloriosa meta de los 100 fologüeros; no tengo Facebook porque el Zuckerberg me cae chancho; no sé ni cómo funciona Guatsap ni para qué sirve. Realmente, no soy un tipo muy social. De lo poco que he visto, creo que puede haber redes "favorables para el debate civilizado", aunque no los he descubierto; también creo firmemente que Twitter no es una de ellas. No lo es porque por muy económico que seas en tu expresión, hay ideas que difícilmente se pueden empaquetar en 140 caracteres, por lo menos en tiempo real y con el perro y el niño persiguiéndose alrededor de tu pierna. Más que para el debate civilizado, yo lo uso para enterarme de las noticias, para compartir mis extraños y tétricos gustos musicales, y para formular frases pretendidamente lapidarias sobre cualquier tema que me llama la atención desde la pantalla de Tweetdeck. Ah, y también para hacer el mono de vez en cuando. Encuentro que Twitter es ideal para todos estos propósitos. Para el debate, no tanto. Son percepciones nomás. Si Fernando quiere hacer sus pinitos de debate civilizado en el mismo medio, me parece, desde luego, excelente. Aparte de la novedad del debate, ver al jefe de la SECOM portándose civilizadamente en cualquier medio sería un espectáculo verdaderamente fascinante.

Lo que no hago es agraviar gratuitamente a nadie, ni peor amenazar. Y estoy con Fernando: yo no promovería nada de eso. Yo mismo he sido objeto de la táctica calumnia + doxeo en un pasado, cuando frecuentaba otras redes ya difuntas (y mucho más fructíferas y eficientes: ah, lo que es tener edad para recordar aquellos heroicos tiempos): no desearía a nadie esa angustia, y creo que sé tan bien como Fernando, y tal vez mejor, qué tipo de persona proterva y desequilibrada se presta a esas prácticas. Digamos nomás: el mismo tipo de persona que, cuando se encuentra perdiendo una discusión relativamente trivial contra un respetado periodista televisivo, por pura rabia crea y emite una "cadena" pública, con siniestro (y anónimo) voz en off incluido, donde se muestra la casa del periodista en un amago de intimidación digno de un alma miserable. En fin, lo único en que tal vez difiero de las sabias palabras citadas, es en eso de "exigir" respeto y responsabilidad de los usuarios de dichas redes. Lo puedo promover, pero difícilmente "exigir" salvo en lo que a mí personalmente me concierne, ya que no soy dueño de ninguno de esos medios. Pero ya que hemos entrado en el tema. ¿cómo puedo o debo actuar frente a esos posibles agravios, esos insultos y difamaciones de que podemos ser objeto en cualquier momento? Lo que sigue son mis pensamientos y recomendaciones al respecto.

Primero, si estamos hablando de gente grosera, insultadora e irrespetuosa, hay que distinguir claramente entre las dos categorías: los impotentes y los poderosos. Los impotentes son aquellos que, en su imaginación, representan el sentir de cierto grupo o sector, del cual son los voceros autoelegidos: sus insultos son canalizados desde el hígado pasando por alguna zona primitiva del cerebro, donde reciben su baño de justificación moral, antes de consumarse en algún atropellado vendaval de mayúsculas, calificativos sin imaginación y errores ortográficos. Los hay de todos los sabores, aunque los más persistentes suelen vestir el manto de guerreros de Justicia Social (SJWs, por sus siglas en inglés). Su única arma retórica es el sarcasmo de colegial: son aburridos, repetitivos y por lo general, inofensivos. Mi recomendación: después de comprobar su nulo interés en el intercambio de ideas o el acercamiento de posiciones, bloquearlos. Fin del problema, si realmente se puede llamar así.

Los poderosos, ésa es otra cuestión. Y lo es porque, si bien alguno puede tener puntos vulnerables y perder vistosamente los estribos de vez en cuando, por lo general ellos no se dignan en insultarte de manera verbal, con todo el riesgo que ello representa (siendo como es el lenguaje un campo de batalla relativamente igualitario y exento de privilegios). Su manera de insultarte consiste en exigirte, con los intermediarios que hagan falta y aprovechando el andamiaje estatal, permanente tributo. Presumen de dirigir y "regular" vidas, entre ellas la tuya, y tienen la interesante pretensión de comprar sus lujosas mansiones con fondos extraídos a la población mediante extorsión. Ahora, puesto que su poder es relativo y depende de la pasividad de la población, en los países con tradición democrática más vetusta la tal pasividad se precautela con un código de comportamiento y de discurso humilde, cortés e indulgente con el votante, a quien incluso llegan a pedirle disculpas en muchas ocasiones por ofensas reales o imaginarias: somos, dicen, con su mejor y más servicial sonrisa, meros representantes y sirvientes públicos. Se trata, a fin de cuentas, de no exacerbar las sensibilidades de víctimas de su parasitismo, y la mayoría de esos sirvientes públicos entienden que tanto los insultos como las bromas que les son dirigidos, aparte de exhibir la justificación de la defensa propia, sirven como necesaria válvula de escape de frustraciones que de otro modo podrían tornarse peligrosos... hasta el punto, incluso, de "obligarles" a matar a niños de 14 años, por si acaso.

¿Qué hacer con ellos? Está dicho: en la medida de lo posible, y aun desde la postración a la que nos someten, reírse de ellos. Y si, a diferencia de aquéllos demócratas ya mencionados, lo toman personalmente, y replican con amenazas, juicios y encarcelamientos, entonces: reírse más. ¿Por qué? No solamente porque reír es mejor que llorar o patear al perro: también, porque la risa compartida es la mejor garantía de la continuidad de aquella sociedad civil, autónoma e independiente, que algún día los ha de enterrar, a toda la casta parasitaria y a sus pretensiones de controlarlo todo.

Y es en este contexto que se ha de ver el tema del anonimato al que también hace referencia el autor del medio párrafo citado. En un régimen con separación de poderes y estado de derecho, el anonimato no sería más que un afectación en el 99% de los casos, y estratagema de delincuentes en el restante 1%. En un régimen como el que tenemos aquí, de tendencia neofascista, es simple sentido común, igual que lo ha sido siempre en todos aquellos regímenes históricos que un desesperado lacayo como Werner Vásquez, pese a toda su alardeada educación marxista, convenientemente olvida (pregúntale quién fue Junius y por qué). Permite expresarse libremente (no insultar, no amenazar, expresarse) sin ir a la cárcel por ello. Además, y pese a todos sus inconvenientes (desde el punto de vista de quien quiere cosechar fama y reconocimiento social) el anonimato tiene una gran virtud: sabes inmediatamente y con absoluta certeza que quien se molesta por ello es porque quiere verte tras las rejas o en el paredón, así de sencillo. A nadie más le tiene por qué importar. Así, tienes una manera más de identificar a tus enemigos, o mejor dicho, a los enemigos de la convivencia pacífica. Aquellos que, por supuesto, seguirán diciendo que la sociedad de la convivencia son ellos, o que es algo que ellos han "construido" o que van a "construir", en cuanto los feroces embistes de los caricaturistas, los comediantes y los memeógrafos se lo permiten, y en cuanto los niños de 14 años sobrantes y adscritos a "la derecha" se hayan exterminado de manera ejemplar y precautelar.

sábado, 21 de febrero de 2015

El artículo que Alvarado no escribió

Extraido del Telégrafo, edición del 21 de febrero de 2015.

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COMO lector habitual de este excelente medio, verdadero "decano" del periodismo en nuestro querido Ecuador, y en especial de su sección de Opinión, a veces me encuentro en desacuerdo con el enfoque o con las conclusiones de algún articulista en estas páginas. Este hecho en sí lo que demuestra es que, muy en contra de lo que dicen sus detractores, El Telégrafo proporciona un espacio auténticamente abierto, plural, con gran diversidad de opiniones y de ideas, cosa que sin duda nos ha de llenar de legítimo orgullo a todos los que hemos luchado durante todos estos años a favor de la tolerancia, la diversidad y el diálogo respetuoso y constructivo. Y es con este espíritu humilde y dialogante, y ningún otro, que me atrevo a señalar en esta columna (gentilmente cedido por mi gran amigo Orlando Pérez) mis discrepancias, a título personal, con respecto a las opiniones expresadas en el artículo "Los límites de la ridiculez", publicado en la edición del 30 de enero pasado, y firmado por el columnista Sebastián Vallejo. Y digo "a título personal" para evitar que se interprete nada de lo expresado aquí como un pronunciamiento oficial de la SECOM. En mi cargo, por desventura, tales precisiones a menudo se vuelven necesarias.
 
Antes de entrar de lleno en el tema, me gustaría señalar mi admiración y respeto por el mencionado columnista, cuyos escritos demuestran tal vez mejor que cualquier otro lo dicho sobre la pluralidad y diversidad de enfoques de que hace alarde este medio. Contra quienes se quejan de que El Telégrafo acoge única y exclusivamente las voces del "oficialismo", y los que creen que el insulto y la descalificación rotundos son las únicas maneras posibles de desmarcarse de esa supuesta "línea oficial", la columna de Vallejo nos recuerda que se puede discrepar con algún planteamiento puntual del gobierno, y expresar tal desacuerdo con hidalguía, razonando, matizando y puliendo conceptos, sin caer en el juego de le burda descalificación y la denuncia estéril. Es esperanzador encontrar en un escritor tal grado de madurez y tal espíritu constructivo, y le agradezco su dedicación a la, sin duda, ingrata tarea de ejercer la "oposición constructiva" desde su espacio en este medio.
 
Sin embargo, creo que en la mencionada columna se equivoca al denunciar una supuesta "intolerancia a la crítica" demostrada por "el poder". Nada más lejos de la verdad. Para la labor de un gobierno que se coloca al lado de los ciudadanos, la crítica, venga de donde venga, es una necesidad permanente. Yo mismo he sido muy crítico con el gobierno en innumerables ocasiones, denunciando a través de los modestos medios de que dispone la SECOM todo tipo de corrupción gubernamental, de doble discurso oficial, de incumplimientos de promesas electorales, y lo seguiré haciendo. No: lo que el gobierno persigue no es acallar la crítica, sino aplacar las voces de los que, sin proponer ninguna idea constructiva, únicamente insultan, difaman, y, lo que es mucho peor, amenazan a quienes se atreven a pensar distinto. Ahora, el articulista tiene toda la razón al señalar que, en las redes sociales, tales prácticas no solamente son comunes, sino que son difíciles, tal vez imposibles, de erradicar mediante la ley: por lo menos, sin menoscabar gravemente el valor de la libertad de expresión, siempre recordando que el anonimato, por mucho que nos puede molestar, históricamente ha sido una necesidad para luchar contra la injusticia y la arbitrariedad del poder, y por ese motivo es un derecho sagrado en cualquier democracia. Pero hay otra manera de atajar esta cuestión, que consiste en poner, desde el poder, el buen ejemplo.
 
Imaginen ustedes, por ejemplo, que yo me dirigiera al columnista Vallejo en un tono airado, acusándolo gratuitamente de engreimiento y esnobismo, burlándome de sus imaginadas pretensiones de "intelectualidad" y profiriendo insultos tipo "ridiculez existencial", "pensamiento derrotado" y "ridículo escritor de columnas" Qué mensaje daría esto a los lectores y al país? O ¿qué tal si el Presidente Correa, en lugar de adoptar su acostumbrada actitud de cortés indiferencia ante las burlas y la provocación, se dedicara a nombrar y a agredir con áspero sarcasmo a todo aquel que en la redes sociales haya dicho algo de su desagrado? Evidentemente, tal proceder de parte de las autoridades les daría alas a todas aquellas mentes superficiales que ven en la política un ejercicio de adhesiones y enfrentamientos tribales, un juego de hostilidades soterradas donde el "ganador" siempre será el más hiriente, el más sarcástico, el más vil, el más utilizador de comillas sarcásticas, o llanamente el que más terror infunde. En un país así, con las susceptibilidades exacerbadas desde la autoridad misma, no sería de extrañar que algún día, algún enfermo se dedicara a publicar montajes de fotografías desnudas de alguna mujer políticamente "enemiga", o que a algún desequilibrado se le ocurriera enviar cartas de amenaza a un supuesto opositor, así sea un simple bromista o buontempone. En un país así, y lo digo tajantemente, y no quisiera vivir. Por eso hemos cultivado, y creo que en esto puedo hablar por todo el gobierno, una actitud de respeto, un espíritu conciliador y un talante para el diálogo, que hasta nuestros más radicales opositores nos han tenido que reconocer.
 
Por eso le digo al Sr Vallejo: si en las redes sociales se producen algunos lamentables excesos, la culpa no creo que estribe en nosotros. Pero en todo caso, si él cree que los que ocupamos puestos de responsabilidad deberíamos actuar de otra manera, agradecería sinceramente sus mayores precisiones al respecto. Todos tenemos algo que aprender del punto de vista del otro, sin duda.
 
Respetuosamente,
 
FEXNANXO ALXARAXO EXPINEX

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Repito por si no quedó suficientemente claro: la que acabo de reproducir es la carta de Fernando Alvarado NO escribió. La que SÍ escribió es ésta de aquí.

sábado, 14 de febrero de 2015

La mirada presa

Ya lo aprendimos en la infancia. Dos, tres, cinco chicos o chicas sumidos en el juego y la risa. Llega el matón, el de ojos tristes y voz de lejano trueno. Un solo gesto lleno de furia, y las canicas se dispersaron, se perdieron en la alcantarilla, el osito de peluche vierte al suelo sus blancas vísceras de algodón, el muñeco de nieve, degollado, se hunde, las líneas de la rayuela se borran, el halcón yace en el tacho de basura. Porque el matón es apóstol a su manera. Lo suyo, el evangelio de la frustración, de la decepción, de la ira ante las cadenas del propio fracaso. Su soledad se puebla de conspiraciones: aquí y allá, todos están jugando, todos felices, todos tienen a alguien, menos yo. Que aprendan, pues, lo que es la pérdida, lo que es la pobreza, lo que es la humillación. Yo les enseñaré.

El matón ya se ha hecho grande, y se ha provisto de un discurso, plagiado al azar. "Yo represento a los pobres, a los marginados... Lo mío es la Justicia." Con el tiempo, medio se lo cree y todo. (A lo mejor.)

El dibujante de la rayuela levanta la cabeza, viendo avanzar hacia él otro apóstol de la furia. - Señor, si es por justicia vienes, justicia fuera que los marginados representaran a sí mismos, uno por uno, sin intermediarios, para así dejar de ser marginados. El tener "representante", que te metan en un colectivo, un "segmento", una "cultura", un "pueblo", para que alguien levante la mano por ti, es la definición misma de la marginación, de la verdadera pobreza. ¿O no sabías eso? Tu afán de representarme es precisamente lo que me margina. Cuidado con esa línea que recién está pintada... Oh, ya veo en qué plan vienes. No importa, como ésta que borraste siempre habrá muchas líneas más. Sólo hace falta ver dos puntos en el espacio y querer unirlos. Pelearse con la geometría es de insensatos. Tal vez te falta aun poco más de tiempo para descubrirlo.

- Yo no me peleo con la geometría ni con las líneas - replica enfurecido el matón. - Vengo por ti, porque insultaste a mi pueblo. Éste soy yo, ¿verdad? - Y el apóstol señala con tembloroso dedo un monigote pintado en el suelo, a la cabeza de la rayuela. Un personaje hecho de cinco líneas mayores, en son de torso y miembros, un círculo para la cabeza, y cara triste.

El dibujante mira el monigote, y a su interlocutor, con rostro pensativo. - Sí, sí, creo que es usted - , dice al final. - Lo parece. Pero no veo ahí a ningún pueblo. Si me permites...

El apóstol hace una mueca de sorna, y escupe en el suelo. - No me vengas con ésas. Una sola línea que representa el torso. ¿Qué bromas son éstas? Has dibujado claramente un hombre delgado. Está claro que todos los delgados estamos representados y ridiculizados en esta caricatura. Y como la delgadez viene de la pobreza, de no tener qué comer, pues del mismo modo, ahí está usted burlándose de los pobres. Atrévete a negarlo, pendejo, cariculo, hijo de mala madre.

- No lo niego, amigo. Este dibujo hecho de líneas y curvas representa para ti todo lo que usted quiere ver en él. Es la naturaleza de los dibujos. Cada uno ve lo que quiere, de lo que es capaz. Según las luces y las sombras de su propia mente.

- Boberías. ¿Qué otra cosa se supone que hay allí, si no una burla a los delgados?

- Hombre, detrás de una burla siempre hay algo más. Es la naturaleza de las burlas: siempre se centran en la carencia, en el yerro, en el apartarse vergonzosamente de alguna meta o algún ideal, que en teoría podría ser cualquier cosa. Ahora, si usted cree que me burlo de un delgado por no ser gordo, de un pobre por no ser rico, de un negro por no ser blanco, de un lengua torcida por no ser melifluo orador, de un hombre por no ser mujer o una mujer por no ser hombre, eso dice más sobre usted que sobre mí. Para mí sólo hay una carencia que me llama la atención en toda persona: la inautenticidad.

- In-au...

- Inautenticidad. Del hombre que se vende por un plato de lentejas, o lo que es lo mismo, por seis mil dólares al mes, a una chusma de gente que no ve en él una persona, sino sólo un símbolo codiciable y aprovechable, un ente de usar y desechar. De quien se dedica a hacer lo que no sabe hacer bien, ante los aplausos de risueños cínicos, cuando podría estar dando clases magistrales en lo que sí sabe hacer mejor que nadie. En el que, seducido por una retórica hueca y antihumana, se puebla la cabeza de pueblos, de grupos y colectivos en que toda la inteligencia de los seres humanos individuales se diluye en una especie de denso lodo de emociones infantiles, hecho de odios, suspicacias, resentimientos y reivindicaciones. Y que encima comete el enorme absurdo de querer "representar" a uno de esos supuestos colectivos. El que suscita mi suspicacia no es el delgado, sino el delegado. Ya te lo dije: el afán de representar a otros es el camino más seguro a la muerte espiritual. Mira nomás a ése que tenemos ahora por Director (de la escuela). Las desesperadas contorsiones de su cerebro y su discurso ante el vaivén del capricho electoral hacen pensar en los movimientos de agonía de un grillo medio aplastado en el suelo de la ducha. Llega el agua y no sabremos más de él. Haces mal en buscar enemigos entre quienes te deseamos mejor suerte que ésa.

- ¿O sea que me criticas por no haber hecho de mi vida lo que hubieras querido que haga? ¿No es eso la mayor arrogancia y paternalismo que jamás se haya escuchado?

- Pues me alegra que lo digas, amigo. Así que estamos de acuerdo en querer desterrar el paternalismo. Cada uno decide por sí mismo lo que quiere hacer, con la única responsabilidad de hacerlo bien, cosa que de joven sí entendiste mejor que nadie, a la vista está. De modo que: perdonar a quien hace mal las cosas por su procedencia, por sus orígenes, por su color de piel, o cualquier tontería de ésas, aplicar la mirada selectiva, la mirada presa de la corrección política, desterrar por esas razones a cualquier persona del dominio de la posible burla constructiva, es la peor capitulación posible. Es ceder ante todas esas hordas de gente que te quieren etiquetar, que te quieren ver como símbolo de un colectivo y no como lo que eres, una persona única e insustituible. A ver si al final resulta que en el fondo estábamos siempre de acuerdo.

- Si estuviera de acuerdo contigo, perdería mi trabajo, hijueputa.

- Así es. Pero aquí hay un juego de rayuela recién pintada, salvedad hecha de la parte que borraste con el pie. A ver si nos ayudas a completarla y vienes a jugar, a enseñarnos algo tuyo. Nos encantaría.

Cinco minutos después, ya no hay rayuela, al dibujante le sangra la nariz, y el matón camina muy satisfecho de sí, pues ya ha realizado su buena hazaña del día. Como para compartirlo con todos esos nuevos amigos que tiene, pues que ya ninguno de ellos dice pobretón, pobretón. O si lo hacen, será solamente entre ellos, detrás de las puertas de algún restaurante de lujo...

Si solamente fuera tan fácil borrar una mirada como borrar, con el pie, una línea de tiza en el patio de recreo, en el patio pesadilla de la eterna soledad.

jueves, 12 de febrero de 2015

De nacionalismos y un poco de todo

Vade retro.

Lo he dicho y lo vuelvo a decir, aunque nadie me crea: no soy ningún bloguero político, chucha. Soy un viejo insalubre con zapatos rotos que sale a trabajar cada mañana y vuelve muerto de sueño por la noche y al llegar a casa se entretiene en algunos breves minutos con las ricas y diversas manifestaciones de estupidez humana que hoy día se han vuelto tan entrañablemente asequibles a través de la Red y sobre todo (últimamente) a través de Twitter, que es como una especie de megáfono de la bobería, la intolerancia y la habladuría, amenizada con relámpagos de inteligencia e ingenio que se depositan y se reciclan eternamente ahí, aparentemente para despistar. Lo que sucede es que cuando uno tiene el carácter ingenuo y a ese defecto se le une la vocación de profesor, a veces esas tonterías resultan demasiado tentadoras. Eso es todo. A mi edad, empero, se supone que uno debe ir con un poco más de juicio y sensatez. A ver si de esta última experiencia aprendo.

Hace dos noches llego a casa y en mi Inbox de Twitter hay una nota de un amigo con enlace a una “Carta Abierta” de una bloguera desconocida, y una aparente invitación a comentarla. Leo la carta, muy rápidamente, y veo que es de una mujer extranjera, aparentemente canadiense, que ha tenido la interesante ocurrencia de reprenderle a ese tal John Oliver, humorista inglés, su segmento de burla al Presidente salido el otro día. La bloguera aduce en tal empeño los siguientes argumentos:

(1) Usted, John Oliver, no debe burlarse de Correa porque él está al frente de una Re-vo-lu-ción.

(2) Usted, John Oliver, no debe burlarse de Correa porque los ojos de éste son capaces de “well up” (llenarse de lágrimas), detalle que he podido comprobar personalmente en una ocasión cuando el Gran Hombre se encontraba abriendo su correo personal y yo me encontraba cerca.

La deliciosa ingenuidad y la soberana estupidez de tales argumentos me fascinaron enseguida. En cuestión de dos horas ya tenía listo el comentario solicitado, y pulsé el botón de Post. Lo que no me imaginaba era la respuesta. Al siguiente día (ayer), se dispararon las visitas al blog. Más increíble aún: alguien en Twitter se había tomado la molestia de traducir mi “carta” al español. Empecé a recibir felicitaciones de lo que había sido, realmente, una serie de comentarios intrascendentes, no demasiado afortunados en su expresión, ya que me imaginaba que escribía para mi público habitual consistente en tres gatos, dos grillos, un resignado empleado de la SECOM preso de insomnio y una banda de cosacos, sable en mano, perdidos en una remota estepa. Al finalizar el día el contador de ese post estaba en 4.597: veinte veces el total de visitas al blog en todos estos últimos años.

¿Qué había pasado?

Bueno, el poder de Twitter es una cosa. Pero creo que acá lo de fondo es otra cosa, anunciada en el título de este post, y que voy a intentar aislar y analizar a continuación.

Antes de entrar en el tema, una simple puntualización. La bloguera me respondió tardíamente ayer, con una deliciosa sátira en que yo resultaba ser un fantasioso James Bond, empeñado en buscar complots de malvados villanos donde no había, pues en realidad vivimos en un país tan libre que “la mitad de mi círculo social se burla abiertamente de Correa y nadie pasa una sola noche en la cárcel” (aunque no dice si esos bocones conocidos suyos tienen que aguantar luego los sermones de la bloguera sobre el pobrecito presidente de los ojos llorones y sus lastimados sentimientos, cosa que se me antoja todavía peor suerte que unas horitas en la Peni). Dicho esto el mismo día en que Bonil se enfrenta a la más absurda acusación desde que alguien le supo ver a la Mery Zamora cara de terrorista, a uno le daría también ganas de responder, así sea de modo jocoso, si no fuera porque, a estas alturas, ya queda claro el juego. Ella, la Sra Rohan, como demuestra su estilo, no es ninguna tonta. Sabe mejor que nadie que lo que tenemos aquí no es ninguna “revolución ciudadana”, sino el simple relevo generacional y renovación ideológica de una corrupta oligarquía que con la bonanza del alto precio del petróleo llegó a manejar sumas muy apetecibles, sobre todo, a los ojos de cualquier asesor financiero con aspiraciones a formar parte de la nueva y remozada Beautiful People tropical. La carta suya fue un simple gesto gentil ante el pánico que las últimas cagadas del Presi han hecho cundir en las altas esferas. Ella no repetirá el gesto, y yo tampoco, y creo que por idéntica razón: porque, bien que lo sabemos, somos de fuera.

Créanme, y se lo digo a los trolls: les entiendo y les simpatizo. Nada da tanta rabia que el espectáculo de uno de fuera, un extranjero que no sabe nada de nada y hasta se equivoca a veces con las concordancias, que viene a meter las narices en cosas de aquí, de los ecuatorianos. Y cuando se entera uno de que es inglés: más rabia todavía. ¿Qué se cree este imperialista, este colonialista, que viene con aires de conquistador o de misionero o yo qué sé? ¿Se piensa que esto es las Islas Malvinas? ¡Tendría que estar agradecido este vagabundo de que le hemos dado trabajo y hogar! Si no te gusta el país, pues ya sabes lo que debes hacer: largarte. Si me lo han dicho una vez me lo han dicho cien. Y, repito, les entiendo. Pero permítanme presentar un punto de vista alternativo. Si les gusta más, quédense con él. Si no, quédense con el actual, con el nacionalismo y con la rabia. La elección es suya. Y tener una elección siempre es algo positivo.

Primero, fijémonos en un detalle. Los mismos que creen que por ser “de fuera” no tengo derecho a hablar, conceden felices y gustosos el mismo derecho a la Sra Rohan, y hasta le publican notas de agradecimiento en El Telégrafo. ¿Cuál es la diferencia? Obvio: ella es seguidora del Presidente y devota del actual gobierno.  Con lo que se revela que el gobierno, en la mente de quien piensa así, está plenamente identificado con el país. Si no te gusta el gobierno, no te gusta el país. El país, en última instancia, es su presidente. Burlarse de uno es burlarse de todos. Si piensas así, sólo tengo una cosa que decirte: lo siento, pero te han tomado el pelo. Los mismos que te han hecho creer eso son los primeros en largarse a Miami para una interminable boda, o en jactarse públicamente de que cuando termine su trabajo acá les espera un bonito departamento en Bélgica. El patriotismo, para ellos, es pábulo de tontos: cuando ellos hayan desaparecido con sus ganancias a Miami, a Panamá, a Harvard o a Bélgica, quedamos tú y yo. Yo, para ese entonces, probablemente a seis pies debajo de la tierra en el cementerio más barato que mi esposa sepa encontrar. Si no fuera por ese detalle, diría: entonces ya me contarás.

El país no es su gobierno. El país eres tú.

Si a ti te nace ser intolerante, si a ti te va la xenofobia, pues así será tu país. Tú decides. O mejor dicho, tú decidirías eso, si no fuera porque no eres el único. Y por mucho que te empeñas en hacerme creer que el ecuatoriano típico es intolerante, xenófobo, y tan cojudo como para creer en los políticos y sus eternas promesas, lo siento, pero otros llegaron antes que tú, y supieron convencerme de lo contrario. Que en Ecuador hay una enorme reserva de gente culta, extremadamente cortés, hospitalaria y de excelente humor, y que esas personas de inigualable simpatía se encuentran en todas las clases sociales. Y que ese punto de vista que te voy a recomendar no es exclusivamente mío, sino sobre todo, de ellos. Así que no estarás recibiendo nada estrictamente de importación, con los correspondientes gastos y tarifas. Por ese lado, tranquilo.
 

Para esclarecer el tema, un poco de sicología 101. El ser humano, al crecer, pasa por diversas etapas, desde la absoluta dependencia a la figura materna y/o paterna, hacia los “grupos de pares” en la adolescencia, que pueden ser desde pandillas de amigos hasta congregaciones eclesiásticas o grupos de aficionados a algún deporte, a alguna música. Se supone que finalmente, en la edad adulta, se alcanza la madurez, que se manifiesta en la independencia completa del espíritu, del criterio, del “yo” individual. Pero vivimos en una sociedad cada vez más infantilizada, y ya hace mucho que los políticos se han dado cuenta de eso: que pocos superan la dependencia sicológica hacia “la tribu”, que en nuestro interior puede tomar las más diversas formas, siempre mediante el mecanismo de la identificación. El lector promedio de este blog, posiblemente a diferentes horas se identificará como ecuatoriano, como guayaquileño, como hombre o mujer, como barcelonista o liguista, como católico o ateo, como socialista o socialcristiano, etcétera. La diversidad de nuestras múltiples identidades sirve un poco para ocultar aquello que debe ser nuestra primera preocupación existencial: la insuficiencia de todos ellos, en conjunto y por separado, para constituir un auténtico ser humano de pro. Yo puedo ser un inglés, un ateo, un aspirante a neoliberal (todavía sin licencia para matar), un hombre, un aficionado a la Coca Cola, y muchas cosas más, y con todo ello, nada descarta que sea un auténtico salvaje, ni tampoco que sea lo que casualmente no soy, un angelito encantador. Nada de eso me define en última instancia. Queda todo por hacer, o por demostrar.

Volvamos a los políticos. Como el tema, para todos ellos, es conservar el poder a como dé lugar, es obvio que la infantilización de la sociedad, la multiplicación de la dependencia, es algo que les conviene, en cualquier país, pues el individuo maduro, de criterio independiente, es demasiado peligroso: de igual manera, el patriotismo, la boba identificación del individuo con unas fronteras, una bandera y un himno, resulta una constante tentación para ellos, siempre que la cultura circundante les da cancha para ello.

Ahora, yo no sé si ser patriótico será necesariamente malo, a pesar de lo dicho por Dr Johnson. Pero sí resulta serlo cuando se transforma en nacionalismo, en creer que tu país es superior a otros o es algo que toca “defender” como sea. Basta leer la historia del siglo pasado para darse cuenta de ello. Y esta enfermedad de sobre-identificación, según tengo comprobado, invariablemente resulta de un complejo de inferioridad crónico: el individuo se cree tan poca cosa que necesita diluirse, en su propia imaginación, en un conjunto de seres, en una tribu, en un partido político o una raza o una religión o una nacionalidad o un género, algo que dé sentido a su otramente insoportable vida, que le haga sentirse acompañado, que le conceda patente de corso para creerse superior a otros, de otras tribus, sin haberse ganado merecimiento personal alguno. Y en todo esto, claro está, los políticos le acolitarán por cada paso del camino. Les interesa, y mucho, que sus súbditos sean así.

De modo que “este país es mío, lárgate al tuyo” no es para nada un grito de autoafirmación. Es el angustiado gemido de derrota de alguien que ha renunciado a ser un individuo para refugiarse en la tribu.

El odio siempre es mal consejero, pero es peor psicólogo. ¿Inocentemente crees que yo me identifico con ese país, ya hace mucho irrelevante para mí, esa isla tamaño caca de lagarto con sus brumas, sus coles de Bruselas sobrecocinadas, su acartonada Reina, su chiflado Príncipe, sus vacas locas, su siniestro pasado colonial, su flema y falta de pasión, su asco de bandera, su ridículo e insostenible Estado de Malestar? ¿En serio crees eso? Entonces nuevamente te han tomado el pelo: pero esta vez, el engaño viene de ti mismo, de tu propio complejo de inferioridad, del convencimiento interior, de que constantemente huyes, de que tu país, y por ende tu propia identidad, es de segunda clase, y de que eres casi el único que por alguna injusticia del destino no encuentra en su propio pasaporte motivo de tierno y legítimo orgullo.

Nadie, a menos que sea un completo imbécil, encuentra eso en un pasaporte.
 

Libérate.

No eres ecuatoriano, o si lo eres será siempre en la medida que tú quieres. No eres ni hombre ni mujer. No eres de clase social alta ni baja. No eres de izquierda ni de derecha. Nada de esto te define. Eres tú. Y por ser tú, vales más que todos los ecuatorianos o los ingleses o los rumanos o los belgas del mundo. Por ser tú, vales más que todos los meros hombres y meras mujeres, esos volcanes de hormonas de mecha corta y llanto largo. Y lo más bonito de ser tú es que todo está todavía por hacer y por construir. Nada te limita, salvo tu propia imaginación.

Pruébalo.

Sal a la calle, a trabajar, con esto en la mente: no permitiré más que nadie me vea como hombre, como mujer, como albañil, como pelucón, como joven, como coloradito, como indígena, como curuchupa, como profesor, como gay, como empleado, como anciano. Lo que van a ver es un individuo con identidad propia, gustos propios, criterio propio, aspiraciones propias e intransferibles. Les sorprenderá, pero ya se acostumbrarán después del susto. Y voy a vivir la vida así, lo que queda de ella. Sin identificarme con nada ni con nadie, porque esa etapa ya pasó. Yo contra el mundo.

Y luego, si quieres, me cuentas la aventura. Si te asomas otra vez por la caja de comentarios, serás inmediatamente reconocible, amigo o enemigo pero en todo caso individuo plenamente realizado, ya no un borrego. (Esas cosas se notan, créeme.) O bien, vendrás luego a orinar sobre mi tumba. Ambos resultados son perfectamente válidos a mi parecer (y mis huesos descalcificados te lo agradecerán). Sólo que venga de lo más interior de ti. Y sepas que como profesor, tengo vedado por simple profesionalismo perder la fe en nadie, hasta en un troll. Suerte, y hasta la próxima.

 

martes, 10 de febrero de 2015

Open letter to Shannon Rohan

Dear Shannon Rohan,

At first I couldn't figure out why you, a self-confessed Almost North American, should feel personally offended by a three-minute segment in a light-hearted TV comedy program that was not about you, or even about your country. Then I read further and the penny dropped. You are the wife of someone important in the current Ecuadorian government - important enough, at any rate, to be called upon to return to the country on a two-week deadline, and to be personally present when the Great Leader opens his mail. Not only that, but you believe, or convincingly affect to believe, that the government your husband serves, and perhaps you yourself also serve, is carrying out some sort of revolution in the interests of citizens - an "important progressive political project" that bestows instant moral rectitude on its supporters and offers generous discounts in righteous indignation to the true believer. Fine. The full disclosure is appreciated, and yes, it does explain a lot. But I think that there is, even for someone in your position, another way of looking at things, and since this other way has the advantage of allowing you to feel perfectly unoffended by anything Mr Oliver might have said or implied, or is likely to say in the future, I am taking the liberty of setting it forth in a spirit of friendship, and as a comradely gesture from one immigrant to another.

First, since you are thoughtful enough to disclose something of your own relationship to the country and its government, I perhaps ought to do the same. I am also a foreigner here (born UK, though I have difficulty identifying myself as a Brit these days - at my age, it tends to be wherever you lay your hat, and I've long since forgotten the last place I saw that old thing). My residence in the country goes back about ten years - slightly further than yours if I read you correctly. I am also married to an Ecuadorian, but, well, let's just say that I do not move in the elevated, fabulously privileged social circles that anyone connected to Government here perforce inhabits. As for my name, well, I'm afraid I can't return the favour there either: everyone online knows me by one pseudonym or another, and I can't afford to make any exceptions to this policy. You are free to follow your President's lead in calling me a "coward" because of this: alternatively, though I don't especially recommend it, you may take the time to try and imagine what would happen to someone who, under his own name, and as a precariously employed immigrant, publicly voiced even the smallest disagreement with the policy of an authoritarian government that routinely responds to all criticism with million-dollar lawsuits, prison sentences on trumped-up charges, expatriation proceedings, dark threats, insults, confiscations, Orwellian TV broadcasts and bullying attempts to shut down media. If I write under an assumed name, it is because I know, as a matter of absolute certainty, that my broad ideological disagreements with the government of Correa, as expressed in various places in this blog, would be sufficient to get me thrown out of my job, and probably out of the country and/or into jail, the moment my real name became public - and this, without my having ever "threatened" anyone, or expressed a wish for anyone to come to any harm... and in fact, without my ever having addressed an audience any larger than what would comfortably fit in your front room (no, this was never a "popular" blog, nor is it intended to be so).

From what you say in your letter to Mr Oliver, it is quite obvious to me that you've never even stopped to consider, with an empathetic eye, the plight of any of the multiple beleaguered minorities in this country: or perhaps, like your beloved President, you are only too ready to assume that anyone who questions the "progressive political project" you have so willingly espoused must be a CIA agent or a frothing-at-the-mouth reactionary. Manichaeism is fun, isn't it? It must be mighty pleasant and comforting to live in a world where you are either one of the Righteous and the Progressive, or an evil representative of the dark forces of "foreign interests"" and "neoliberalism". Well, far be it from me to spoil the fun and frolics, for example by directing your attention to the logical outcome of your government's policies as currently playing out in Venezuela, in the form of armed guards in supermarkets, $375-per-shot condoms and all the rest of it. This letter isn't about that. It's simply an attempt to bring some sanity into the proceedings, by suggesting, as politely as I am able, that even in a small country like Ecuador, and even when one is President, there is such a thing as personal responsibility, which means that people must be held accountable for what they say and do, no matter how good they are at making their eyes "well up" or at decorating their sleeves with what, from a certain distance and in poor light, might be mistaken for something like a heart.

So yes, let's start by agreeing that your President is very good at those things. I still remember the appalled fascination I felt when the scandal of Fabricio Correa's government contracts came to light. In any other country, or with any other President, a scandal of this magnitude would obviously have led to an instant defenestration: but all Correa had to do was swear in front of a TV camera that he had not the slightest knowledge of what his own brother (!) was up to, and incredibly, nothing happened. Well, almost nothing. There was the small matter of the subsequent persecution of a couple of journalists who were deemed to have written something that might be interpreted as casting doubt on the President's version of events... but other than that, nothing. So yes, I'll willingly concede that your President is a world-class performer in all that has to do with looking hurt, with the welling up of eyes, with "taking things personally", with the tearing open of shirts, with the whole theatrical side of things. No one's disputing that. But, and here I think is the problem, we expect more from the President of a country than flawlessly acting the part of the temperamental prima donna. We expect a grown-up, statesmanlike attitude, and some awareness of consequences. And this, I think, was the point of John Oliver's three minutes.

You say in your letter that Correa "called out the twitter accounts that were attacking him" because "he was hurt". I wonder if you are aware that, since he also declared open season on the Twitter account that goes by CrudoEcuador, presumably also because he was "hurt", the account holder has received two credible threats of physical violence. I wonder if you are also aware of the various other Correa supporters on social media who regularly post death threats against whoever happens to be the current object of the magnificent presidential Hurt Feelings. I wonder if you were here when Correa, in a speech at the Catholic University in Guayaquil, suggested to the audience that the protesters outside were considerably fewer in number than his own supporters and that, therefore, they could be easily "dealt with". I wonder if you have read enough history to have any idea what happens when populist leaders and caudillos deliberately and calculatingly stir up division, envy and hatred among their populations. Clue: it isn't usually the President, with his bodyguards and armoured cars, who gets "hurt". It's other people.

Ah, but you say "the President talks directly to his citizens". His citizens? You mean the ones he owns by virtue of what we have come to know as la majestad presidencial? But Freudian slips aside, and assuming you actually meant fellow citizens, I confess I am bemused and mystified by your apparent approval of this sinister and Orwellian element of Ecuador's current institutional architecture, the Saturday Sermon. Part propaganda newsreel, part crypto-fascistic hate-fest, part rallying of the shock troops, part stage-managed histrionics, this truly awful manifestation of unrepentant and unselfconscious tercermundismo would, I tend to think, be deeply disturbing to the sensibilities of anyone who has been lucky enough to grow up in an open, liberal society blessed with some measure of freedom of speech and genuine democratic accountability, which is why I am shocked that you invite poor Mr Oliver to witness one. I guess some people, perhaps cursed with a paternalistic streak, are blind to everything beyond the picturesquely exotic aspect of the thing, or perhaps Canadian civil society is in even worse straits than I, from this distance, could have guessed. I don't know. I am not an economist and can easily allow that other, wiser people might differ from me on Correa's economic policy without my having any need to impugn their honesty, sincerity and goodwill (though your delightfully ingénue suggestion that, e.g. "people get educated" because of the personal influence of the President rather took my breath away). But I can't for the life of me see how anyone familiar with any sort of democratic tradition whatever could fail to be upset and disturbed by the contempt for the average citizen which is displayed in the horrible mockery which is the enlace ciudadano - the wearisome self-justification of the infallible Great Leader, the infantile hymn-singing, the tongue-lashings, the buck-passing, the ritual humiliation of the presidential myrmidons, the paranoiac rantings against mostly imaginary enemies, and all the other ugly trappings, right down to the strong-arm tactics of compulsory hijacking of TV channels, and of course, the never less than perfectly transparent attempt to perpetuate the current balance of power by recourse to the crudest Goebbelsian propaganda methods, as amplified throughout the rest of the week via the notorious, and notoriously vicious, cadenas.

I mean, what would happen if, say, the UK Prime Minister tried to hijack every TV channel to deliver a five hour broadcast in which he accused all and sundry of trying to "destabilize" him, of plotting to overthrow him, in which he tore up newspapers, accused political opponents of being "midgets", ranted against female journalists as "horrible fat bitches", and hilariously tried to suggest that every brick laid in every new hospital was thanks to his unique personal intervention? Are you seriously trying to say that the UK population would go "Oh, at last, how wonderful, a Prime Minister who wears his heart on his sleeve"? No, of course you know only too well that such a politician wouldn't last five minutes, and rightly so. And part of the reason for that, a small part but a significant one nonetheless, is the fact that in the UK, people are allowed to criticize their leaders, even to make fun of them, yea, even unto doing amusing little joke clips on TV. Does that seem such a terrible thing to you? If so, then congratulations: perhaps you really belong here after all.

Let's get this straight. John Oliver's three minute segment was nothing out of the ordinary at all: it's standard political satire, of the sort that every Western leader from Obama to Merkel to Cameron has to get used to after ten minutes in office, and in general pays little attention to, because they actually do have more important concerns on their minds. Most have received far worse treatment in this regard than Correa has ever had to face. And where you lament that they do not follow Correa's example of responding with childish tantrums, I for one am quite relieved that they don't. You see, it's kind of assumed that we elect them to carry out the boring but necessary function of Head of Government, not to engage in egolatrous antics, to micromanage all three branches of government via Twitter, or, worse, to "incarnate the true spirit of the masses". There, we're moving dangerously near to the territory of the fascist caudillo. You seem to value the Presidential "charisma": I can only recommend a book of twentieth century history in the hope that one day, you will realize that charisma is one thing that we definitely don't need in a politician, and should be extremely suspicious of when we do get it.

So, in conclusion, what I am suggesting is that you take Mr Oliver's small contribution in the spirit in which it is meant: as a gentle attempt to deflate a dangerously, indeed pathologically inflated ego in the interests of the inhabitants of a small country, one which really deserves better than a President who thinks his own hurt feelings are somehow more important than the safety and harmony of the society he pretends to represent. The day in which someone like Oliver can make a clip like that in this country without fearing for his life, livelihood or reputation, as routinely happens in genuine democracies, will be the day Ecuador will have earned the right to call its government truly "progressive". Not before.

Best wishes

A.C.

martes, 3 de febrero de 2015

Poliputaquetelón

Hermanas y hermanos:

El texto de nuestro sermón de hoy viene de la epístola de Santa Carla a los Quitenses, cap. 1. versículo 1, donde dice:

"Si puta es ser libre y dueña de mi cuerpo, soy puta y qué? Amén."

Versículo que entiendo ha causado algo de revuelo y confusión en nuestra congregación, por lo que hemos considerado conveniente dedicarle desde este púlpito unas modestas palabras de exégesis, siempre apoyándonos en autoridades canónicas como Santa Mónica de Mancero, o Santa Paulina de Cordicóm, ambas grandes e ilustres intérpretes de las sagradas Escrituras.

En primer lugar, alguna de nuestras fieles, que veo aquí en el primer banquillo de nuestra iglesia, ha objetado la definición de "puta" que se maneja en esta frase. "Soy libre y dueña de mi cuerpo," exclama esta respetable señora viuda, "pero no soy puta". ¡Ay, hermana! ¿No se da cuenta usted de que el texto utiliza el modo condicional? Lo cual significa que si se acepta la definición propuesta, tal o cual conclusión sigue, pero de ningún modo nos obliga o exhorta a aceptar dicha definición. En su caso, estoy seguro que usted, Doña Curuccuppi de la Verga, al afirmar que no es puta, se basa en las acepciones comunes de dicha palabra asequibles en cualquier diccionario, v.gr.

Puta (1) s.f. Prostituta. Vamos de putas este sábado, ¿quieres venir?
Puto, -a (2) a. Característico de una PUTA (1), o en general, despreciable, deleznable, o que provoque impaciencia e irritación. ¿Dónde están mis putas llaves?

Esta polisemia, según Santa Mónica, y creo que podemos estar todos de acuerdo, da algo de lástima, pues el doble significado refuerza un prejuicio general según el cual habría algo de despreciable en el oficio o la profesión de prostituta, o trabajadora sexual que diríamos hoy en día. Lo cual estoy aquí para desmentir, pues todas las prostitutas que he conocido, y han sido muchas (no tienen ustedes idea) han sido excelentes personas, sobradamente profesionales, que en muchas ocasiones me han ayudado mucho más allá de lo estrictamente estipulado por el deber del oficio o los términos del contrato que suele mediar en tales encuentros. Pero eso es otra historia.

Además, Sra Curuccuppi, al rechazar tan enérgicamente la mencionada imputación, estoy seguro que se basa en otros prejuicios sociales igualmente nocivos, como por ejemplo el que ve en una falda corta (que usted no lleva) o un color de pintalabios fuerte (que ahora sí lleva: diez avemarías, me parece) un deseo de coquetear con hombres que, según tal punto de vista, sería manifestación de una naturaleza sexualmente promiscua, la misma que induce a ciertas mujeres a ejercer la prostitución, y así, de desmerecer nuestro más elemental respeto. Nuevamente, estoy aquí para decirles que ambos supuestos son ilegítimos, pues en primer lugar, lo que viste una mujer casi siempre viene dictado por un conjunto de normas al que ellas llaman "la Moda", misterioso fenómeno que guarda para con la provocación a la libido heterosexual masculina una relación más casual que causal; y en segundo lugar, creer que las mujeres que ejercen la prostitución, salvo en casos excepcionales, lo hacen para satisfacer un impulso personal hacia la promiscuidad, es de una ingenuidad apabullante, algo parecido a creer que a los hombres que trabajan como albañiles les debe de encantar quemarse bajo el sol y dejarse la piel en el cemento.

Así que creo que podemos dar todo nuestro apoyo a Santa Mónica en el sentido de rechazar tanto la falaz asociación entre prostitución y falta de merecimiento, y la igualmente falaz asociación entre cualquier conducta femenina observable y una supuesta tendencia hacia la prostitución que en realidad no existe, fuera de conocidas patologías minoritarias.

Por eso, precisamente, es porque se aboga por la, en feliz término de Santa Mónica, "resignificación" de la puta palabra puta. Si cambiamos el significado de la palabra a su opuesto (pues si algo distingue tradicionalmente a la prostituta es precisamente el no ser "libre y dueña de su cuerpo") los prejuicios que vienen implícitos en ciertos usos de tal palabra, si no desaparecen, por lo menos carecerán de la fuerza condenatoria o discriminadora que antes, supuestamente, tenían. Intención encomiable desde mi punto de vista, pero que adolece de un par de problemas. En primer lugar, citemos a Santa Paulina, donde dice:

"En esa línea, el Cordicom considera que cualquier reivindicación debe estar en un  contexto histórico y social adecuado, y que debe tener pertinencia cultural. Quizá este tipo de campañas tuvo una amplia legitimidad en otras ciudades del mundo, pero si no hay pertinencia cultural generamos una reacción contraproducente que solo polariza a la opinión pública."

Muchos se han mofado de estas sagradas palabras, por lo que conviene recordar aquello de que "nadie es profeta en su tierra" y aquello de que "vendrán perseguidores, blogueros y memeros, que se reirán de vos, y pondrán a prueba vuestra Fe", etcétera. En realidad la Santa Apóstola tiene toda la razón, al señalar que en "otras ciudades del mundo", campañas parecidas han tenido mucho mayor pertinencia, y por una simple razón: que allá, trabajaban con otras palabras en otro idioma. Como hemos señalado en otras ocasiones, entre "slut" y "puta" hay una semejanza más aparente que real, pues "slut" está cargada de connotaciones atractivas, por ejemplo, de lánguida pereza, de cabello sucio y despeinado, de ir vistiendo un saco diseñado para cargar papas, estilo Gene Tierney en Tobacco Road, etcétera, cuyo efecto es provocar una entusiasmada adhesión en cualquier persona con una mínima sensibilidad poética, y/o cierta nostalgie de la boue. Además, y esto no es moco de pavo, la palabra "slut" apenas nunca se ha utilizado con el significado de prostituta. (Y ya que hablamos de esto, es penoso comprobar cuántos hispanoparlantes piensan que "bitch", por ser un insulto dirigido a mujeres, forzosamente debe de significar algo así como "puta". Por favor, desásnense con cualquier diccionario inglés que tengan a mano antes de hacer más el ridículo.)

Lo mismo no se puede decir de la palabra puta, que carece de todas esas vibraciones armónicas secundarias. Lo cual no significa que no hagamos nada con la palabra: simplemente, que hay que ser sensible a las diferencias culturales que separan la sociedad ecuatoriana, y sus giros y modismos, de otras sociedades que las feministas de acá miran con cierta envidia y afán de emulación. Y aquí llegamos al segundo problema: el de la práctica imposibilidad de que la campaña consiga sus fines especificados con los métodos propuestos.

Veamos primero el tema de la "resignificación". Lo que sí se puede constatar como efecto admisible de ciertas campañas o tendencias sociales, es un cambio de connotación, que suele ocurrir cuando un sector de la sociedad se subleva contra una injuria mal calculada. Tal fue el caso de los "forajidos", que aceptaron gustosos un término pretendidamente peyorativo, aprovechándose de sus connotaciones más románticas para alzarlo en bandera; también, en parte, se ha conseguido que "pelucón" sea medalla de honor, si se juzga por los pegatines que ostentan algunos carros que transitan a diario por la Vía Samborondón. Pero lo notable en tales casos es que la denotación de la palabra no ha sufrido ningún cambio. El forajido sigue siendo un fuera de la ley (de una ley arbitraria): el pelucón sigue siendo una persona que goza de ciertas comodidades materiales (legítima aspiración de la mayor parte de la población). Lo único que cambia es la actitud de quien pronuncie la palabra.

Así, de modo parecido, podemos imaginar que a fuerza de "campañas", podríamos llegar a dotar la palabra puta de ciertas connotaciones atractivas de rebeldía, de independencia, de inconformismo. Pero lo que no vamos a poder hacer es cambiar su denotación básica, en parte porque el castellano carece de sinónimos adecuados en lenguaje coloquial. Ningún hombre va a anunciar a sus amigos que anoche estuvo con una "ramera" o "meretriz", peor todavía con una "trabajadora sexual". "Prostituta" suena terriblemente policíaco. A más a más, dudo que alguien algún día ose sugerir que algún político del gobierno es un "hijo de trabajadora sexual", siendo la formulación tradicional mucho más económico y tajante. Creo que se va perfilando el problema básico. La mujer que quiere definirse como independiente, inconformista y rebelde va a tener que echar mano de una palabra que la define, de un modo indigno y subalterno, en términos de su relación con los hombres. "Soy puta y qué" se lee como quien dice "me acuesto con todos los hombres que me da la gana, y qué". Lo cual está muy bien, pero el tema de con quién o quiénes uno se acuesta no define a nadie. La mujeres ecuatorianas se merecen algo mejor que esto.

Existe, por supuesto, un debate acerca de la moralidad sexual conservadora. Entre los que creemos que la monogamia, los juramentos de fidelidad eterna y la propia institución del matrimonio constituyen un anacronismo hoy en día, y los que creen que constituyen la base imprescindible de una sociedad estable. Pero este debate no tiene nada que ver con el tema que supuestamente nos ocupa, que es la violencia que se perpetra contra las mujeres. No es más que un sideshow.

Hermanas y hermanos: las estadísticas son elocuentes, y nos enseñan que a mayor nivel de desarrollo económico, o más precisamente, a mayor nivel de libertad económica y estabilidad institucional, más baja la tasa de natalidad y a su vez, con cierto retraso, más baja el índice de violencia global, que suele ser indicador de violencia doméstica dirigida hacia las mujeres. Una sociedad que ofrece la perspectiva de independencia económica a más mujeres mediante un trabajo digno y productivo (categoría que excluye el llamado "sector público", seamos francos) es una sociedad donde una mujer no se casará con el primer gorila que aparece para sustraerse de la esclavitud del hogar paterno o materno, porque tendrá otras opciones vitales más atractivas y apasionantes. En otras palabras: el problema de esta campaña y otras similares es que se entretiene con un problema cultural (las supuestas "actitudes nocivas" de hombres y mujeres que pretende cambiar mediante ingeniería social pavloviana y paternalista, léase sermones) ignorando el problema de base (las limitadas opciones vitales de una mujer en una sociedad cerrada al mundo, con institucionalidad carcomida, sistema de justicia ausente y secuestrada, gobierno dirigiste, policía corrupta, y tremendo retraso económico).

Supongo que la excelsa Santa Carla de Tarso, originadora de las mencionadas vallas, estaría muy contenta si a la palabra puta le pasara más o menos lo que con su antiguo equivalente en inglés, whore. Ahora nos la recuerdan algunos títulos de obras de teatro de la Restauración, o vehículos musicales de la encantadora Dolly Parton, y todo tipo de baratijas nostálgicas, pero hace mucho dejó de formar parte del vocabulario activo del angloparlante medio. Simplemente porque ya no se piensa de esa manera. Sin campañas de "concienciación", ni nada. Progresando. Eso es todo.





sábado, 17 de enero de 2015

Jesuitas (no soy uno)

Hace años en este blog inventé el necesario término todosomosismo, refiriéndome a esa extraña tendencia de algunas personas a acudir a manifestaciones con carteles que dicen "TODOS SOMOS" algo que por lo visto todos no somos, por ejemplo, migrantes, prisioneros políticos, víctimas de un terremoto o lo que sea la tragedia actualmente de moda. Ahora habría que actualizar el término y llamar jesuitas a los que, con idéntica despreocupación, anuncian a través de las redes sociales que #je suis algo que demostrablemente je ne suis pas, por ejemplo, una revista francesa que, si hubiera estado de venta en su quiosco más cercano cinco días antes de la masacre de Paris, probablemente uno ni siquiera habría querido hojear y menos comprar. Será porque soy anticuado, pero creo que está mal ir mintiendo y diciendo que eres algo que no eres, que bastante tenemos con los políticos que tienen eso por especialidad, sobre todo aquí en Latinoamérica. Aparte, si dices que eres una revista, es muy fácil que la gente te descubra, al conocerte en un cocktail bar y notar que no tienes páginas, titulares, grapas, precio, etcétera. Claro que con decir esto me van a diagnosticar Aspergers, y no faltará quien me explique con ojos de mártir que se trata de "una forma de hablar". Bueno, creo que hasta ahí llego, con mi presunto Aspergers y todo, pero insisto: creo que es una forma de hablar cojuda y contraproducente.

Me explico. Si digo que soy Charlie, la tal afirmación se podría interpretar de cualquiera de las siguientes maneras, entre otras:

(1) Me identifico totalmente con los caricaturistas asesinados. Ratifico todo lo que ellos quisieron plasmar en sus caricaturas desde el inicio de sus respectivas carreras artísticas hasta el día mismo del múltiple asesinato. Considero que todas las supuestas ofensas que ellos publicaron fueron justificadas y socialmente beneficiosas, y además, siempre me ha encantado su estilo.

(2) No sé apenas nada de la revista, y lo poco que he visto no es que me entusiasme demasiado, pero sé que esa gente murió por ejercer la libertad de expresión. Me identifico con ellos en el sentido de valorar ese derecho y repudiar a cualquier intolerante que intente reprimirlo mediante la violencia o las leyes.

(3) Tengo la creencia irracional de que las redes sociales están siendo monitoreadas por yihadistas ansiosos por recibir aplausos y bravos de parte de ecuatorianos ociosos. Lo siento, señores, no aplaudo lo que ustedes hacen. Hasta me parece muy poco educado eso de ir interrumpiendo reuniones y disparando a todos los presentes. Malcriados.

(4) No entiendo muy bien lo que pasó, pero por lo visto, identificarse con ese tal Charlie me colocaría del lado de la Mayoría Biempensante. Me encanta formar parte de la Mayoría Biempensante. Se me humedecen los ojos cuando me encuentro en una muchedumbre que grita al unísono la misma consigna, sea cual sea. Me siento, no sé, valiente y admirable y parte de algo grande.

(5) Soy un entelodonte a cargo de toda la política propagandística de un gobierno tercermundista escuálido. Esos cojudos musulmanes me han regalado la ocasión perfecta para hacer alarde de mi apego a los valores fundamentales de libertad de prensa (buajj) y de expresión, mediante la simple repetición de un hashtag que apenas no significa nada. ¡Claro que estuvo mal matar a esa gente! Lo correcto hubiera sido exigirles disculpas públicas y una multa millonaria, dedicarles una cadena nacional o dos, y a continuación, encarcelarlos. Así hacemos los iluminados. Así que #jesuisjesuita, también, y a mucha #honra.

¿Ven? Es ambiguo. Y aparte, pretencioso y un poco smug. Lo siento. No tengo nada en contra tuyo si fuiste Charlie un rato, pero no es mi estilo. Ah, pero perdiste la ocasión de estandupandbecountedearte, dicen. Eso de ponerte tiquismiquis por un simple eslogan en el fondo es muy egoísta de tu parte. ¡Recuerda la primavera árabe! Las redes sociales ¡hacen la diferencia!

Bollox. Si hasta el Entelodonte ha podido ser Charlie por un día, prueba más que suficiente de que ser Charlie no significa absolutamente nada. Aquí hay un hashtag que el Entelodonte no pudiera haber copiado, creo:

#Liberté

No es tan difícil. La cuestión no es ser Charlie, sino ser tú mismo e intentar expresar tu pensamiento de la manera más clara y precisa que puedas. No llegarás a trending topic, pero afianzarás la costumbre de mantenerte fiel a ti mismo, y sin eso, sin esa fidelidad, ¿qué significa libertad de expresión? ¿Libertad para copiar y pegar según la moda imperante? Por esa libertad no doy ni un carraspeo de moco verde, menos la vida.

La gente que defiende la libertad de expresión sin tener nada ellos mismos que expresar, creo que estaría mejor ocupada regando postes de iluminación pública con una original mezcla de Pilsener, tequila, urea, ácido úrico y sales inorgánicas. Posiblemente con cubitos de zanahoria, según tradición.

¿Yo? Si sigues este blog no habrá sorpresas, pero:

Religión: en contra.
Actos de violencia o coacción inspirados o justificados por cualquier religión: en contra.
Intentos de regular o controlar la libre expresión desde el Estado, de cualquier manera, mediante leyes o sin ellas: en contra.
Boko Haram, ISIS, Al Qaeda, la CIA, GCHQ, el KKK, la BBC, Podemos, Opus Dei, Ricardo Arjona, le Front National, la Prieuré de Sion, la conspiración judeo-marxista-masónica, the Goole and District Catholic River Wideners Club, los políticos que cazan moscas con la lengua: en contra.
Dogmatismo: en contra.
Metta bhavana: a favor. Up to and including keeping one's mouth shut to avoid unnecessary offence to charming people generally.  (Aunque a veces no lo parece. Mea culpa.)
La presunción de poder cambiar algo con simples declaraciones de adhesión o de repudio: en contra. Aunque tampoco lo parece. Well, you asked for it.