sábado 7 de noviembre de 2009

De juguete y de verdad




Uno anda por la calle, y de repente se le aparece delante un niño con una pistola de juguete. “Manos arriba,” grita el niño, “esto es un asalto”. Como la pistola ostenta tanto realismo como una muñeca Barbie, uno sonríe, finge recibir una bala en el pecho, o hace ademán de desenfundar al estilo John Wayne, en fin, le sigue la corriente al niño, y andando. Esto, a menos que uno se llame Orlando Pérez, o Hugo Chávez. En el primer caso, hay que volver corriendo a casa, para acto seguido escribir un artículo denunciando al niño como “patriarcal y elitista”, y especulando sobre la terrible posibilidad futura de que estos niños, o los “elites” que representan, “también decidan cómo vestir, qué comer, dónde divertirse, con quién salir, etc”. En el segundo caso, hay que emitir un decreto que prohíba que los niños en todo el país jueguen a ser pistoleros: o sea, prohibiéndoles que jueguen. En ambos casos, lo importante es conservar como precioso bien comunitario la confusión originaria entre lo que es de verdad y lo que es de juguete o de mentirijilla. La demagogia, entonces, está servida.

Pregunta Orlando, furioso: “¿Por qué se toma el nombre de toda la ciudad un grupo de ciudadanos?” Pues aun sin conocerlos, creo que sé la respuesta. Porque son jóvenes de clase media, rebosantes de ideales y de ardientes convicciones, que como muchas veces suele suceder, al encontrarse rodeados de compañeros de similar ideología, empiezan a delirar, a creerse seres elegidos, de vanguardia, capaces de hablar en nombre de todo un pueblo o de una comunidad a partir de su educación privilegiada y su compromiso personal. En eso, desde luego, se equivocan: hasta se les puede considerar “ridículos”: ¡presumir de hablar en nombre de toda una ciudad, cuánta desfachatez! Pero si lo de “Guayaquil declara…” es ridículo, ¿qué decir de alguien que supuestamente en representación del “pueblo”, comete hasta secuestros de personas inocentes? O ¿qué decir de aquellos honorables asambleístas que fueron elegidos para redactar una constitución, pero luego se olvidaron de lo circunscrito de su acometido y se pusieron, ufanos, a dictar caprichosos “mandatos” en supuesta representación de un “pueblo” que nunca los eligió para ese fin?

Pero la pregunta de fondo, muy aparte de todo esto, es: ¿qué importa? Uno sólo tiene que pasear por Quito para ver docenas de grafitis de la mano de ardorosos jóvenes “revolucionarios”, todos más o menos explícitamente convencidos de que representan al subyugado pueblo, aunque ese pueblo tal vez no se haya todavía dado cuenta de ello. Es un error frecuente en la juventud, eso de creerse portavoz de otras personas desconocidas: los psicólogos hasta se pondrían a hablar de la nostalgia adolescente de peer groups que puedan sustituir a la superada y despedida familia. Cuando se vuelve ridículo es cuando esa fase propia de los años mozos se perpetúa en la edad adulta, cuando un simple periodista o columnista se cree formador de opinión pública (“hacemos opinión”: textual), o cuando un supuesto estadista revela, veinte veces al día y de las más variopintas maneras, su convicción de que los que lo votaron son “los buenos”, “los patrióticos”, “el pueblo”, vaya, y los que no, muy lejos de ser simples equivocados, son la escoria de la humanidad, que no merecen siquiera un simulacro de inclusión o de diálogo.

Por ello, uno termina por dudar sinceramente si Orlando Pérez sabe distinguir entre un revólver de juguete de fabricación china, y uno de verdad.

Quisiera ayudarle en esta tarea. En primer lugar, los revólveres de mentira no hacen daño. Por ejemplo, si un joven cuelga una pancarta, hallar a las “víctimas” de semejante acto no resulta nada fácil. (A menos que sea el propio Correa la víctima, en cuyo caso habría que preguntar qué es lo que le hizo pensar que para todo el mundo su presencia era “grata”, antes de empezar con la terapia de superación de la trauma.) En cambio, cuando un gobierno hace lo mismo, cuelga una ridícula pancarta con no sé qué inmadura y revanchista consigna, suele hacerlo de otra manera, emitiendo un decreto, una ley o hasta una constitución: entonces sí, estamos fregados, pues si no acatamos esas consignas, nos arrestan. Y cuando uno es arrestado y se va a la cárcel, aunque sea por sólo un mes, entonces sí se puede hablar de daño, pues es sabido que la cárcel a las personas las convierte rapidito en criminales y les arruina el futuro laboral y la vida en sociedad a partir de ese momento.

Pero para el secuestrador Orlando Pérez eso no importa: siendo él de pasado delictivo, es comprensible que no le importe que otros, aun sin haber hecho nada, corran por la misma suerte. Lo curioso, sin embargo, es que a pesar de su nueva vocación de perro faldero del Presidente, bien retratada en este artículo, encuentre tiempo para lamentar el encarcelamiento de los dos jóvenes en cuestión, no porque eso les vaya a arruinar la vida, ni porque sean inocentes de esa ridícula acusación de “separatismo” que se le ocurrió a un subalterno leguleyo desprovisto, como el propio Pérez, de elementales facultades analíticas, sino porque tal apresamiento los convierte en “víctimas”, y para él, eso de ser “víctimas” es patente y marca registrada de la izquierda. En serio.

Así que puede que nos espere mucho, mucho más de lo mismo: mientras el gobierno nos sigue esclavizando a decretazo limpio, siempre habrá un rincón para los simpáticos y soñadores “formadores de opinión”, para que nos expliquen que más que todas esas armas de verdad de que dispone el Estado, lo que deberíamos temer son las ocultas intenciones de esos niños que andan por la calle blandiendo sus espadas de poliuretano y sus revólveres de Wild Bill Hickok.



P.D. "Lo que revelan los carteles y la actitud de la llamada Nueva Junta Cívica de Guayaquil es su condición de intolerancia e irrespeto al que piensa diferente."

¿Qué será lo que nos revela la calificación de Carlos Vera, en el mismo artículo, como "ex periodista"? ¿Será que las columnas que sigue escribiendo para El Comercio no son periodismo, en tanto demuestran que el autor "piensa diferente" respecto a quien firma el artículo? Lo dejo como adivinanza.

viernes 6 de noviembre de 2009

Otro país

La cámara termina por rebelarse contra su esclavitud antropocéntrica: ahora, desde hace un rato, está filmando maleza.

Estamos viendo unas ortigas, montes, ay, la verdolaga. Un ciempiés, nuestro posible protagonista. Un gato que se pasea y se va. Cucarachas. Unas piernas humanas, algo inestables, empantalonadas, que se detienen en el lugar un minuto: cae algo de ceniza, luego una colilla que el ser humano no se molesta en pisar. Se fue. Si pensaste que la cámara lo seguiría, que por fin arrancaba la trama, es que te equivocaste de historia. Nos quedamos con el lugar, para siempre: verdoso con muchas sombras, algo de humedad (lluvias recientes), moscas en abundancia. Basura también, bastante. Hasta un fósil de zapato deportivo. Cerquita, una sombra de ciprés.

Este país es el que prefiero. De vez en cuando hay que mirar por la ventana. Aquí dentro sólo hay prejuicios. Aquí dentro sólo importan las historias humanas, que reducidas a simples argumentos atemporales y sin mirar el paisaje, son predecibles y desechables. Cansan como la vejez misma.

Ese lugar en que no caben los juicios morales, excepto como tontos y torpes invitados, es mi hogar. La dignidad del desecho es sabia e inquebrantable. Toda basura auténtica tiene un elemento aleatorio que la distingue de nuestros triviales artefactos. Somos incapaces de ser plenamente basura, sólo la podemos ir imitando hasta que al final nos llame a ser absorbidos en ella.

Si la cámara se moviera un poco (no lo hará, está decidida a quedarse aquí), nos revelaría un hombre acostado entre la maleza. Está acurrucado por el frío incierto de la madrugada: sus ropas son viejas y sus arrugas, profundas. No parece ser protagonista de nada. No dispone, obviamente, de un futuro; o si le espera uno, no le interesa. Ha caminado mucho, sin ir a ninguna parte. Los insectos del lugar no lo quieren, pero él tampoco los molesta. Su cara es un rechazo a toda sociedad. Ha venido a refugiarse de una presencia depredadora que le acecha por los caminos.

Cerca, casi al lado suyo, hay otro igual, en la misma posición fetal, también dormido. Y después otro, y otro. Ninguno sabe de la existencia de su vecino, ni quiere saber. Todos dormidos o drogados.

Empieza a caer la lluvia, y a inundarse el lugar.

Ellos no se despiertan. Paulatinamente, el agua los arrulla y al final los cubre. Se supone que se ahogan, sin despertarse. O tal vez ya estaban muertos antes.

Nuestro ciempiés se refugia en la grieta de una pared. La colilla flota.

miércoles 4 de noviembre de 2009

No, no non

Y el meme se propaga de artículo en artículo: ahora uno puede irse al Hotel por un mes simplemente por no considerarle "agradable" a Rafael Correa. Me puse suspicaz: ¿no se trataría de un equívoco intencionado?, pues la locución "persona non grata", así, en latín, tiene un significado muy preciso, que no es exactamente el que los comentaristas destacan. Así que fui a YouTube para comprobarlo. El video permite apreciar que, al contrario, los pancartistas habían escrito "no grata", así, en castellano. Con lo cual, simplemente no hay cabida para argumentar que los dos encarcelados fomentaban de alguna manera el separatismo (su organización, la Nueva Junta Cívica, reivindica el concepto de Autonomía, muy otra cosa, como lo recordarán quienes se tomaron la molestia de escuchar a Jordi Pujol en su paso por esta ciudad hace unos años), pues si bien la frase en latín sí podría interpretarse como una arrogación implícita de las funciones de un Estado, hasta nuestro amigo wikipedia comenta que a ese preciso sentido jurídico derivado de la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas le complementa el "uso no diplomático" de la misma frase, bastante extendido, y si a eso le añadimos que los autores de las pancartas ni siquiera usaban esa frase exacta sino un calco en lengua vernacular, donde el significado de "grata" tendría que interpretarse lógicamente según definición de la RAE, entonces el argumento de que ellos desafiaban al Estado ecuatoriano no se tiene en pie: al contrario, demuestra una siniestra, supersticiosa y desde luego anticonstitucional creencia de que el Jefe del Ejecutivo "es" el Estado (l'État, cést lui!). Más aun, el video nos proporciona el detalle de que las pancartas se referían a Correa como "el Presidente": un trato protocolariamente correcto, sin atisbo de rebeldía política formal. Así que, esta vez, nuestros columnistas tienen toda la razón. El encarcelamiento de los señores Pilco y Zunino carece por completo de fundamento legal. Y eso, sin mencionar el hecho de que el artículo del Código Penal utilizado es triste legado de una dictadura que se suponía superada. Con lo cual las conclusiones derivadas son igualmente insoslayables: estamos viviendo en un estado que puede ser de derechos, pero evidentemente no es de derecho. La maquinaria policial y legal al servicio de la represión política. Como en los buenos viejos tiempos. Plus ça change...


P.S. Es medianoche, y un borracho deambula por la ciudad gritando "¡El Presidente es un hijo de puta! ¡El Presidente es un hijo de puta!" Pronto aparecen unos policías que le anuncian que está detenido. El borracho protesta: "¡Pero si me refería al Presidente de Estados Unidos!" Uno de los agentes le responde: "A otro con ese cuento, viejo. Todos sabemos cuál presidente es un hijo de puta." (Viejo chiste uruguayo)

Enfermedad y remedio

Norton Internet Security es un sistema de protección contra todo tipo de virus. Ayer lo instalé en la computadora de casa. Acto seguido, me informó de la presencia de 40 amenazas y las eliminó. O eso dijo. Sin embargo, a partir de entonces había una ventana emergente permanentemente en pantalla, que decía que acababa de eliminar un archivo infectado en el directorio Windows/TEMP/, de nombre “tmp*.tmp”, donde el asterisco representa un número hexadecimal de dos ó tres dígitos. Al cabo de una media hora, más o menos, me harté de pulsar Aceptar en esa ventana de “alerta” para verla inmediatamente reemplazada por otra que decía lo mismo, sólo que el número hexadecimal había aumentado en uno. Las opciones de configuración de Norton resulta que no incluyen la posibilidad de suprimir las alertas. A veces, para variar, la ventana de alerta decía que no se había podido eliminar el archivo (lo más curioso, el propio Windows Explorer juraba y perjuraba que no había ningún archivo de ese nombre en ese directorio). En todo caso, no había modo de quitar ese aviso, siquiera reiniciando varias veces. Además, la velocidad del sistema se redujo a paso de velador en entierro de caracol, y para cada acción que quise realizar, hasta para conectarme a Google, me pedía confirmación. Al final el sistema se quedó bloqueado, y ni siquiera en modo diagnóstico fue posible conseguir que Windows respondiera durante más de dos minutos. Al final conseguí desinstalar el dichoso programa y reemplazarlo por AVG. Desde entonces ningún problema.

Me hizo pensar en lo tontos que somos los seres humanos. Para “protegernos” contra un virus, instalamos un sistema que actúa exactamente como un virus: monopolizando la pantalla y los recursos, bloqueando las acciones del usuario, fregando de todas las maneras posibles. Si no fuera por el nombre que le han puesto, y la manera ingeniosa que han ideado para convencerle al usuario de infectar voluntariamente su propia máquina, el Norton seguramente figuraría en todas las enciclopedias de virus como Programa Non Grato número uno.

Lo cual, inevitablemente, me hace pensar que el gobierno de Rafael Correa se tendría que llamar Norton Ecuador Security.

domingo 1 de noviembre de 2009

Soy una bellísima persona





A las pocas semanas de llegar a Ecuador, me llamó la atención un anuncio de trabajo que solicitaba gente para vender seguros de puerta en puerta. El anuncio precisaba que se daba preferencia a “cristianos evangélicos”. En mi inocencia de recién apeado en el país, pensé que seguramente la empresa quería así asegurarse de la honradez de sus empleados. Solamente ahora me doy cuenta de que era todo lo contrario: sabían que el cristiano evangélico era profesional en el arte de mentir y que no tendría escrúpulos para cumplir con ningún dudoso requerimiento del oficio.

Claro que no hay estadísticas que demuestren que el cristiano evangélico es más deshonesto que el grueso de sus congéneres. En esto me dejo guiar por la experiencia acumulada. Ella puede ser tan buena tutora que, por ejemplo, cuando tuve que vender el San Remo, escuchar de boca del comprador , después de cerrado el trato, ese “yo no le iba a mentir, soy cristiano, temeroso del Señor” me empañó el día: así que el carro valía mucho más que eso, entonces. Aunque evidentemente no tanto como yo había pagado al vendedor, cuñado mío amén de pastor evangélico. En el poco tiempo que he vivido aquí, los que siguen El Camino del Señor me han ensayado todo tipo de estafas a cuál más astuta. Una hasta me quería arrastrar al oscuro infierno del Forex. Cabría preguntarse, lógicamente, si es que toda esa gente simplemente se escuda tras la Biblia porque da resultado, porque hace caer a los cojudos, sin realmente creer en nada de eso de la Resurrección y de la Santa Trinidad y por tanto sin adolecer de apego notable a la tradicional Regla de Oro. No creo que sea tan sencillo como eso. Por lo que he podido comprobar o intuir, el cristiano evangélico de puertas afuera también lo es, por regla general, de puertas adentro. Cree en su Dios a pies juntillas. Lo que pasa es que no ve ninguna contradicción entre alabar a Jesús los domingos, amén de los sábados y los demás días si hace falta, y pasar el resto de su tiempo mintiendo, engañando y estafando. Y si no ve contradicción, quizás sea porque realmente no la hay.

La verdad, no estoy muy seguro sobre ese punto. Mi experiencia religiosa se limita a una educación católica en la niñez y más tarde una corta “fase religiosa” de ésas que son típicas en la adolescencia de los que somos, además de introvertidos, algo limitados intelectualmente. Lo interesante es que tal fase probablemente hubiera durado más si no fuera por la apremiante necesidad que tenía en aquel entonces de masturbarme (tenía catorce ó quince años); digo interesante porque parece indicar que el cristianismo, por lo menos en su variante católico, a pesar de todo no es fácilmente compatible, al menos para algunos, con cualquier estilo de vida. Tenía que escoger entre el Camino de la Cruz y azotarle al mono 6 ó 7 veces al día. Intentar una combinación creativa de ambas cosas hubiera sido ridículo, según la humilde opinión de aquel catorceañero que fui. Tuve que escoger entre un tipejo de barba y pelo largo ensangrentado por un lado, y por otro la rubia con tripa grapada que salía (en pose algo similar a ese último) en las páginas centrales de Mayfair. Me gustaría poder decir que la elección haya sido extremadamente difícil.

En todo caso, aparte de eso, y de los más recientes desvaríos budistas de mi hermana mayor, no he tenido mucho trato con la religión. Está aquella historia con los Children of God, pero merece otro post aparte. Tuve un amigo evangélico durante un corto período en el colegio: como todos los evangélicos ingleses, llevaba lentes, tenía el pelo graso y una sonrisa boba permanente (si quieren, lo pueden ver cantando “Stand By Your Man” en la película Cuatro Bodas y Un Funeral). Y por supuesto tocaba “acordes” en la guitarra. Creo que es la característica más infalible del evangélico, eso de tocar “acordes” en la guitarra. Normalmente, evitan los séptimos mayores y los disminuidos, por ser aquéllos peligrosamente panteístas, y éstos, vagamente satánicos. Pero hasta en Ecuador tocan “acordes”. Los tengo en frente de mi casa. Son despiadados.

Por todo esto, por mi poca familiaridad con esa variante de esa religión, no estoy seguro de si el cristianismo evangélico ecuatoriano permite o incluso impone la estafa y la mentira. Pero no me extrañaría en absoluto de que así sea. El argumento de que la Biblia prohíbe mentir me parece ingenuo: la Biblia, si uno se pone a buscar, prohíbe casi todo y a la vez permite casi todo. Por eso hay predicadores, para “interpretarla”. Según vemos en este país, un buen intérprete hasta puede conseguir que la Biblia prohíba tomar alcohol, a pesar de que San Pablo lo recomienda expresamente. (Ah, pero lo que se traduce como “vino” realmente era la forma de referirse en esos tiempos a la Pepsi Cola.) La cuestión para mí central es que si uno es cristiano evangélico, su fe le obliga a dividir a la humanidad en dos grupos, los salvados y los condenados al infierno. Se entiende que cualquier condenado al infierno puede dejar de serlo mediante la simple estratagema de aceptar a Jesús como Señor y Salvador; se supone, asimismo, que si las cosas le van muy mal, tendrá más ganas de hacer eso que si la vida en todo momento le sonríe. Por tanto, que el cristiano piadoso se pase la vida intentando joder a sus semejantes, induciéndolos a arruinarse para que luego se arrepientan y consagren su vida a Dios, y de paso le proporcione a él pingües ganancias, me parece perfectamente coherente. Aunque, y esto también es un punto importante, no hay que buscar necesariamente motivos altruistas. La cuestión de fondo es ésa, que para el cristiano siempre hay la excusa de que tal o cual persona no merece un trato especialmente divino pues no es más que un infiel, un no creyente, un seguidor de Satanás. Alguien así se merece todo lo que le pueda pasar. Si se queja de que la música no le deja dormir, pongámosle más fuerte. Esa gentuza impía no merece dormir.



Lo mismo vemos en esa religión del socialismo, por lo menos en sus sectas más evangélicas (nota para Anon: metáfora) como la del actual gobierno. Para comprender en su praxis lo que a primera vista puede parecer hipocresía y falta de coherencia, es importante entender que para el socialista, hay dos tipos de persona: el “merecedor” y el “no merecedor”. Para el socialista tradicional, merecedores son todas aquellas personas pertenecientes al proletariado. Para ellos, el reino de los cielos. (Y si resultaban ser gente realmente antisocial, se les etiquetaba como lumpen y listos.) No merecedores: los burgueses y afines, que no ameritan la más mínima consideración. (Todo burgués es egoísta, explotador, desalmado.) Para el nuevo socialista del S.XI, en cambio, la cosa se complica. Según el nuevo catequismo, merecedor es tod@ aquel(la) que puede afianzar de alguna manera su condición de víctima. “Estamos con las y los históricamente oprimidas y os”. Eso obliga, antes de insultar a alguien o intentar robarle, a revisar una especie de checklist mental, que ya no vierte simplemente sobre la condición económica de la persona sino que asigna puntos según las diversas maneras en que la persona puede reivindicar membresía de una categoría especial de víctima. Esos malabarismos mentales llegan a tal grado de refinamiento y rapidez que un Correa, por ejemplo, puede calcular casi instantáneamente que una persona, a pesar de ser mujer (víctima del patriarcado, marquémosle 5 a favor) pierde tantos puntos por su apellido pelucón que representa un blanco legítimo para el sarcasmo presidencial. Esta forma de dividir a las personas descansa sobre una base chismológica, pues muchas veces el status de víctima no es evidente a primera vista. En cualquier momento una persona puede pasar de ser no merecedor a merecedor simplemente mediante la revelación de que pertenece a “la comunidad GLBT”. Así que el don de juzgar por las apariencias y mantenerse al día con el qu'en dira-t-on se vuelve altamente preciado.

Claro que aquí hay un pequeño problema: como suele pasar en todas las revoluciones, las personas que terminan estando arriba, dirigiendo, no son las favorecidas según su propia ideología, no son aquellas “históricas víctimas”. El presidente, por ejemplo, no tiene ningún punto sociológico a su favor, aparte del hecho de no haber nacido extremadamente rico. Para solventar esta aparente incoherencia, está la doctrina de la Bellísima Persona (una puesta al día del vanguardismo de los 60, para estudiosos). Una Bellísima Persona es aquélla que, a pesar de no ser ni del proletariado, ni pobre, ni mujer, ni indígena, ni siquiera cejijunto (la comunidad cejijunta ha sido históricamente objeto de una discriminación atroz: doy fe de ello) sin embargo se preocupa por los demás. Si te preocupas por los demás sin siquiera ser parte de ellos, eres realmente una linda persona. Y yo diría que si quieres ser una linda persona, el socialismo ofrece una manera inmejorable de serlo, pues a diferencia de otras disciplinas, religiosas algunas pero no todas, que exigen que traduzcas tal preocupación en sacrificios personales, el socialismo acepta como evidencia una simple subscripción ideológica, y premia tu tendencia con una cornucopia de ventajas políticas y sociales. Declararse socialista ya de por si implica ser altruista, de la misma manera que ser liberal o conservador implica ser egoísta. (No es concebible que alguien se haya decantado por el liberalismo precisamente por motivos altruistas o en todo caso bonachones. Tener que aceptar tal posibilidad conllevaría demasiadas migrañas.)

Escoger entre ser una bellísima persona, que como digo no cuesta nada, y requiere simplemente la repetición formulaica de las palabras “acepto a Fidel Castro como Señor y Salvador personal”, para a continuación vivir en un mundo de sonrisas, palmaditas en la espalda e interesantes discusiones sobre la urgente necesidad de una alianza entre el movimiento afro y la comunidad gay, por un lado, y por otro ser un corrupto capitalista pagado por la oligarquía, paria e inmerecedor universal, sin padre y sin gloria y sin ti, debe de ser también una elección fácil: ¿qué es lo que aun te hace dudar?

miércoles 28 de octubre de 2009

Reinos de Taifas





Como perdedor nato, siempre me han interesado los idiomas de los perdedores. Muchas veces, conocer su idioma te da la sensación de conocer al perdedor en persona. Cuando vivía en Gales, por ejemplo, me puse a estudiar galés, por lo menos lo suficiente para saber que una mutación nasal no era solamente algo que le pasaba a Pinocho; allí fue que me enteré de que el celta de cepa no tenía un verbo equivalente a tener, pues la posesión en esos idiomas se ve forzada a insinuarse mediante una circunlocución tipo “hay una casa conmigo” (mae ty gen i, o mae gen i dy), lo cual deja poca cabida para precisiones tipo “conmigo, pero no mía”, frase que resume por otra parte una sensación muchas veces experimentada por mí en esa época: digamos que no pude, hasta mucho más tarde, hacer el salto intercultural y empezar a sentir en galés. Algo parecido me pasó con el árabe, que me irritaba constantemente por su determinación de prescindir del verbo ser; y qué decir del catalán, idioma que conocí más o menos por la misma época en que algunas de las que estaban conmigo empezaron, a contrapelo tal vez, a ser mías: con toda la buena voluntad del mundo, no podía con ese t’estimo con que el catalán se revela a su amada: ¿te estimo? Lo único que se me ocurría a modo de analogía era ese I rate ya de andar por casa, muy británico (aproximadamente: “te taso”, o “te avalúo”), elemento del trainspotterese de mis conciudadanos norteños tirados a románticos en pleno auge thatcheriano: hay que decirlo con lentes de National Health, flequillo de masturbador y cara de pasmado, si no, no vale. Por ello, por mis experiencias catalanas y mi vergonzosa tendencia por decantar hacia lo xarnego registrable en esa época, me interesó la columna de Leonardo Valencia en El Universo de ayer, a pesar de la vergüenza que sentí al no reconocer siquiera algunos de los nombres de escritores catalanes que él tiene por familiares. Como todos saben, Cataluña es “el único país” (lo dudo, pero se precia de serlo y lo predica a los cuatro vientos, Tramontana incluida) que celebra como día nacional “una derrota”. Es decir, se me asemeja en eso de aferrarse a la pérdida como raíz y señal de identidad; donde yo siempre discrepaba con mis conocidos catalanistas, sin embargo, era en esa mentalidad retaguardista, esa atrincherada defensa a ultranza del atribulado fet diferencial. Y veo que Valencia está conmigo en eso:

“…se está abriendo espacio – gracias a los inmigrantes de todos los países y a nuevas generaciones de catalanes – una posibilidad de vida mucho más creativa, independiente, que hace contrapeso a la institucionalización corrupta y poco innovadora y a las aberraciones en la convivencia social.”

En Cataluña se comprueba lo muchas veces observado por Marx, constatable también en la actualidad ecuatoriana, que el nacionalismo (léase en registro local: patriotismo) es vicio predilecto de la pequeñoburguesía: una especie de sensación de angustiosa vulnerabilidad frente a los grandes y feroces competidores de ultramar (o de ultramontaña), el cual busca refugio en el misticismo soñador de la patria chica y el Small Is Beautiful schumacheriano en lugar de asumir el reto de la competencia o del combate cara a cara. Es el temor a perder por parte de perdedores empedernidos que rehúyen del implacable espejo.

Mi último día en ese país lo pasé felizmente junto a Santa Jacinta (nhrn), amiga colombiana tortillera oriunda de Barrancabermeja que, en los meses previos, me había hecho partícipe de esa “posibilidad de vida mucho más creativa”, en persona de su amiga fotógrafa profesional de platos de comida, otra amiga payasa (también profesional) y modelo para pintores, otra escultora especializada en reproducciones de aparatos genitales humanos, y un corto etcétera de imposibles personalidades, casi todas ellas emigrantes de distintos países sudamericanos , simpapeles y con sede precaria en la metrópolis. Recuerdo como si fuera ayer esa velada en la plaza de la Chimenea (Terrassa, mi ciudad de residencia, está llena de antiguas chimeneas de fábricas demolidas: las chimeneas se conservan como vacas sagradas, y la que tenía cerca de casa estaba permanentemente adornada de luces, amén de una escalera de caracol, que entre sí conseguían dar el efecto de un falo gigantesco debidamente recubierto de látex en colores festivos y placenteramente estriado) donde, tras una visita al supermercado colindante, nos pusimos a escuchar jazz y blues al fresco y en directo, mientras consumíamos con avidez algún licor empalagoso de reciente hallazgo. Cerquita, en los árboles, estaban esos bulliciosos pericos provenientes de Argentina que recién habían empezado a corromper la pureza de la avifauna barcelonense; más lejos, a unos diez minutos caminando, en una misma arteria estaban las residencias de una y otra ex, las dos con desafiante apellido ibérico y objeto de diferente especie de nostalgia; todas esas calles circundantes, por tanto, impregnadas de esa mezcla de frustración, deseo y oscuro miedo que resume todo ese veranillo de San Martín de cuarentón que había vivido allí.

Yo, como el idioma catalán, como la sardana, era (soy) destinado, por inservible, a desaparecer pronto: hecho que, según algún autor de venerable recuerdo, “concentra maravillosamente la mente”. Lo mismo se puede decir de todos nosotros, de toda nuestra especie y nuestro efímero folklore planetario: pero hay quien prefiere mirar por el otro lado, imaginarse un futuro e instalar allí toda su mueblería. Hay quien también pierde preciosos segundos maldiciendo o poniendo en entredicho a la causa de su muerte. Esos sudacas que conocía en aquella época, no. Esos pericos, tampoco. Y precisamente por no mirar más allá de ese día que terminaba, por silbarle en la cara a ese monstruoso y devorador enemigo que responde por El Tiempo pero acepta gentilmente todo tipo de sobrenombres, quedaron hasta el final concentrados, con la extraña pureza y robustez que viene de la mezcolanza creativa que los americanos de otra generación decían (con cara de limón) miscegenation. La creatividad, según Koestler, estriba en la yuxtaposición de lo nunca yuxtapuesto: coloca juntos a un inglés, una colombiana, una uruguaya, un argentino y un catalán, y ya la tienes – suponiendo que todos ellos quieren jugar. Lo criticable, y criticado por Valencia, tal como le entiendo, es ese yo no juego con que el catalán independentista propone conservar lo suyo libre de toda impureza y de todo peligro.

Hace años yo decía: el cristianismo es liposoluble, el islam hidrosoluble. El cristiano puede seguir siéndolo hasta encontrarse con un pozo de petróleo, en cuyo momento ya de sopetón deja de importarle lo que haría Jesús y sólo importa lo que hará él con los beneficios. De igual manera, al musulmán histórico una fuente de agua pura le hipnotiza tanto como para que se le olvide por dónde cae la Meca. Es una de tantas lecciones que nos deja la historia de la Reconquista ibérica, pues al igual que en el día de hoy, lo que quieren todos esos revolucionarios soñadores de nuevas sociedades no es solamente el poder sino la uniformidad: el enemigo del Cid no era tanto el moro devoto, el infiel por convicción, sino el moro tolerante, el que permitía que floreciese en sus Reinos de Taifas una sociedad insultantemente promiscua y liberal, con comunidades judías, cristianas e islámicas que vivían en relativa armonía, y que alcanzaban prodigiosas hazañas artísticas y poéticas fruto de la convivencia fértil y catalizadora. Tanto era así que antes del fin del fin, de la caída de Granada, nada menos que dos oleadas de ortodoxos evangelizadores provenientes del Magreb habían sucumbido cómicamente ante los encantos de las cristalinas fuentes de Al-Andalus: los almorávides y los almohades, estos segundos permisiblemente retratables en lujuriosa reclinación sobre sus almohadas (de insondables ojos negros), meditando la carta de dimisión que tarde o temprano tendrían que enviar a H.Q. en respuesta a la sempiterna petición de resultados medibles. Sus reinos de Taifas, desprovistos de la sobriedad y de la disciplina provenientes de aquella Verdad Única de borroso recuerdo, presa fácil (aunque no siempre) para las hordas de la cruz y de la intolerancia. Como unos fuegos artificiales, condenados a quemarse, pero no por eso menos brillantes y menos impetuosos.

Y ya en esta época de la vejez, cada uno llevamos nuestro propio reino de Taifas dentro, en forma de recuerdos. (Mi cama las duras peñas, mi dormir siempre es velar, mis vestidos son pesares que no se pueden rasgar.)

martes 27 de octubre de 2009

El ingenioso Plan, usw



“I have a cunning plan”
(Blackadder, passim)

Ecuador es un país pobre, pero rico en valores. Por lo menos es lo que trasciende cuando uno se pone a buscar colegio para algún retoño o retoñastro: cada colegio privado invariablemente promete una completísima “educación en valores”, y algunos hasta especifican cuáles son aquellos valores que a ellos más les interesan (amén de los derivados de las pensiones, claro). De tal manera que los papás pueden escoger con inteligencia y criterio y diseñar su descendencia a medida:

Papá: Mira, aquí en los Ornitorrincos Del Saber forman al niño en valores cívicos. ¿Qué te parece, te gustaría tener un hijo cívico?

Mamá: bueno, pero acá en los Piojitos de Cristo ofrecen valores cristianos. ¿No te parece mejor eso?

Papá: no sé, un niño curuchupa no me parece tan buena idea. ¿Qué tal si quedamos en un 30% de valores cristianos y un 70% de valores cívicos? Mira, acá en La Unidad Educativa EcoColón ofrecen valores como aseo, disciplina, iniciativa y conciencia ecológica.

Mamá: Iniciativa, eso ya no está de moda. Mejor le formamos en solidaridad. ¿No te gustaría que tu hijo sea solidario?

Papá: bueno, pues pongámosle un 18% de cristiano, un 60% de civismo y el resto lo llenamos con solidaridad. ¿Qué tal la Escuela Naval Cristiana Ecológica Bilingüe Charlas Dagüin?

Mamá: Y que sepa tocar el violoncelo.

Lastimosamente, por razones difíciles de aclarar, la mayoría de los graduados de esos centros de programación humana conductista en lugar de salir como ingeniosos híbridos de Albert Schweitzer, Mahatma Gandhi, Bill Gates, Johnny Appleseed y Teresa de Calcutta, salen copiones, relajosos, alegres, falderos, chismosos y vagos, es decir, salen más o menos como sus papás, o en el mejor y más alentador de los casos, como proyectos en construcción de ellos mismos. Por lo cual, queda demostrado que hasta en el aventajado caso de disponer de un ser humano “en edad formativa” durante nada menos que diez años, por siete horas diarias, dedicándole las atenciones de una batería de expertos en “formación”, y bombardeándolo constantemente de valores ionizados, los resultados muy poco tienen que ver con los eslóganes publicitarios.

De lo que se podría concluir que igual que en otros ámbitos, las atribuciones publicitarias de los colegios se tendrían que interpretar como un código susceptible de traducción:

“ Valores Cristianos” = “Creemos que la incidencia de embarazos en quinto y sexto se podrá reducir haciendo que las niñas lleven un uniforme todavía más ridículo que el del año pasado.”

“Entre nuestros valores destaca el aseo y la pulcritud” = “Tenemos un baño por 300 alumnos. Por favor, lávenle al angelito antes de traerlo aquí.”

Otra conclusión sería simplemente que los seres humanos somos un caso perdido. No somos tan maleables como parecemos. En especial, cuando se trata de cambiarnos para mejor. Si alguna vez hubo una sociedad modelo, con ciudadanos tolerantes, solidarios, igualitarios, rebosantes de no violencia y de no discriminación y de no libertad, rebosantes de valores, en fin, ésa fue la Yugoslavia de Tito: ¿qué pasó después? ¿Se acuerdan? Crear sociedades modelo no significa cambiar a las personas, sino simplemente tapar sus válvulas de escape y esperar la explosión. Siempre lo he dicho, y pace BF Skinner: si intentas cambiar el mundo mediante acondicionamiento operativo, lo que tendrás al final no es una gloriosa sociedad nueva, sino un montón de ratas apoyándose en barras.

Y hablando de periodistas…

Ya se sabe que El Telégrafo, siendo órgano del Estado no tiene por qué esmerarse en cuestiones de redacción, de sintaxis, de puntuación, ni de claridad. Cualquier cosa sirve, total, los lectores apenas suman unos cuantos miles de resignados que esperan su turno en las instalaciones de la SRI. Pero lo último de Von Schoettler está en una categoría aparte, y hace pensar. Veamos:

Título: “Un gobierno de izquierda y el pueblo”

Así, entrecomillado, pues esta frase la ha cogido de un artículo, como él se apresura en decirnos, de un tal Eric Toussaint (perdón, soy columnista intelectual, yo sí leo cosas): la sorprendente banalidad de la cita no parece preocuparle en lo más mínimo. Y así arranca:

Esa es la relación que plantea, Eric Toussaint, en un reciente artículo.

La coma después de “plantea” sólo se puede justificar si se trata de un vocativo, es decir, si lo que dice Von Schoettler va dirigido al propio Eric. Uno tiene la sensación de estar sapeando una conversación privada. Sigamos.

¿Cuál es la relación entre un gobierno, que se autodefine de izquierda, el ejercicio de la administración pública y sus relaciones/vínculos con el pueblo? La fricción entre esos dos momentos es clara cuando “los movimientos de izquierda pueden llegar al gobierno, sin embargo, no consiguen el poder”, afirma Toussaint. Esa problemática se manifiesta en los gobiernos de Correa, Chávez, Evo, Lula, etc.

Otra coma que sobra, y punto y coma que se echa de menos en la cita, pero no seamos exquisitos. Lo magnífico aquí es eso de “los gobiernos de Correa, Chávez, Evo, Lula, etc”. ¿Cómo que etc? Si hay más gobiernos en que “esa problemática se manifiesta”, ¿no valdría la pena incluirlos en la lista en aras de una buena análisis? Nada: a Von Schoettler se le ocurre que cuanto más especifica y delimita, más se expone a fundadas acusaciones de simplismo: la vaguedad es una herramienta poderosa en el discurso de izquierda (me remito a Dave Spart). En cuanto al hecho de que a cada jefe de Estado se le nombra por su apellido, menos a ese “Evo”, me imagino que el autor y Morales serán panas del alma, o tal vez simplemente se le olvidó cómo se llamaba ese tipo boliviano. Estamos leyendo El Telégrafo: no seamos tiquismiquis.

No porque los movimientos sociales lleguen a gobernar ya ejercen el poder.

Así que gobernar no implica ejercer el poder. ¿Dónde he escuchado eso antes?

Ah, sí. La canción de cuna electoral de toda la vida:

Todo lo bueno que ha pasado en los últimos 4 años ha sido por nosotros, por nuestra gestión.
Todo lo malo ha sido por ellos, por lo que heredamos, por lo que hubo antes.
Todo lo que se ha solucionado ha sido gracias al poder que ustedes nos concedió.
Todo lo que no se ha solucionado ha sido porque no tenemos todavía suficiente poder.
Duérmete, niño, vótame, ya. Que viene el cuco…

Es realmente interesante escuchar de boca de nuestros gobernantes, o de sus voceros autorizados, la explicación de por qué todavía no tienen suficiente poder, de por qué necesitan todavía más. Atentos:

El problema de fondo radica en que una cosa es la administración de lo estatal y otra el ejercicio del poder político. Para un ejercicio de este poder es requerimiento tener poder económico.

¿Ven qué tierno y qué simpático? Esos congresillistas y ministros ya están percibiendo sueldos exorbitantes, pero no les alcanza la plata: NECESITAN MÁS DINERO (nuestro). Si no, tienen la sensación de no ejercer suficiente “poder”.

Y en ese punto las bases sociales de los movimientos se enfrentan a una debilidad estructural, pues el poder económico “está en manos de la clase capitalista”. Y esta clase, si no toda, su mayoría mira con malos ojos cualquier proyecto de corte progresista […]. Esta clase es reactiva cuando una izquierda radical o “populista”, como la denominan otros, pretende disputarle/abrir/romper el monopolio-oligopolio del control y beneficios del poder económico.

Hasta el mismísimo Don Perogrullo se queda callado frente a un mago de las palabras como este Schoettler. Si capital=dinero capaz de destinarse a fines productivos (o sea, y traduciendo para mentes enfermizas, que confiere “poder económico”), entonces no es de sorprender que el poder económico esté en manos de la clase capitalista, o sea, de aquellas personas que tengan capital, o sea, poder económico. Y tal vez tampoco es de extrañar que cuando alguien tiene algo, y otro viene a “disputarle/abrir/romper el monopolio-oligopolio” de ese algo, o sea, robárselo, ese alguien se ponga reactivo, o sea, reacciona de alguna manera, tal vez diciendo “lo siento, pero prefiero que no me roben”, por ejemplo (fíjense, sin embargo, en el recurso de la enumeración de pretendidos sinónimos separados por barras o guiones: esto, junto al “etc”, se vuelve compulsivo en Schoettler: la extrema vaguedad de su pensamiento se queda retratada en este artículo). Nótese también que los capitalistas son una “clase”, mientras que los que vienen a “disputarles” el “poder económico” son “movimientos sociales”. Ya lo dijo Correa en una entrevista reciente: para el nuevo socialista, la “lucha de clases” marxista se le ha vuelto embarazosa, y es fácil ver el porqué: si esos nuevos gobernantes logran su pretendido objetivo de hacerse con el “poder económico”, entonces ellos se transforman ineluctablemente en la nueva “clase capitalista”: el dinero según esta narrativa no ha hecho más que cambiar de manos. Lo que sucede es que las otras manos eran sucias, y éstas nuevas son limpias: esto se desprende de la denominación de “movimientos sociales”. Que en este país cualquier agrupación, por pequeña que sea, que logre combinar envidia y ambición se autoconfiera la denominación de “movimiento”, sin ruborizarse, es uno de los muchos atractivos cómicos para el visitante.

La gama económica de esta clase se sitúa en los sectores estratégicos de las finanzas, el comercio, la industria, la banca, los medios, etc.

Vaya con el etc. El tipo nos pudiera haber ahorrado esa horrísona “gama económica” tan vacía de significado: lo único que se desprende de esta frase es que Von S. cree que entre los sectores mencionados, y algún otro que de momento no se le ocurre, debe de haber hartísima plata.

Además, le es vital el control, sea como clase, casta o estamento, de las funciones del Estado: Función Judicial, Función Legislativa.

Se le olvidó la Función Ejecutiva: al parecer, ya que está en manos de un tal Correa, no está demostrado que para la clase capitalista sea tan vital. Lo simpático aquí es este “sea como clase, casta o estamento”. Es decir, ante la crítica de que en Ecuador es bastante conspicuo el que los sectores de etc. no tienen el control de las funciones judicial y legislativa, el autor se defiende: “bueno, puede que no lo tengan como clase… pero como casta sí. Y si no, como estamento. Claro que no estamos hablando del Antiguo Estamento, sino del Nuevo Estamento.” O si no…

O instituciones como el Banco Central, ministerios, etc.

Es decir, en los países gobernados por gente como, por ejemplo, etc., los sectores como, por ejemplo, etc tienen el control de instituciones como, por ejemplo, etc.

De tal manera que cuando un gobierno de izquierda, entiéndase movimientos sociales de base, toma el mando del gobierno, entra a disputar, y debe y deberá hacerlo, constitucionalmente los órganos del Estado.

Así que cuando alguien dice “gobierno de izquierda” o “gobierno de etc”, se debe entender “movimientos sociales de base”. Para “entenderse” esto, es conveniente olvidar que cuando Correa se postuló para Presidente por primera vez, no tenía siquiera un partido político para respaldarlo, sino que tal partido/Alianza/movimiento social/etc. tuvo que improvisarse posteriormente de forma atropellada. Lo dicho: en Ecuador, un “movimiento social de base” se puede conseguir prácticamente de la nada, mediante esa extraordinaria alquimia en que las malas lenguas dicen que entran como catalizador los narcofondos y las Patiespeculaciones.

De ahí lo vital de una nueva Constitución, para romper con la lógica del neoliberalismo. Sin embargo, toma tiempo el disputar, en términos reales, los medios de producción. “Venezuela, que es el país donde los cambios están más avanzados, sigue siendo claramente un país capitalista”, dice Toussaint. Queda claro que las revoluciones nunca se las hace por decreto, ni con funcionarios camaleónicos que usufructúan, no siempre económicamente, sin importar el gobierno que sea, del poder.

Otro blog lo dice más claramente: si en Venezuela, después de tanto tiempo, no hay un paraíso socialista, la culpa no es del gobierno, sino de “la gente” (los mismos venezolanos lo dicen en una encuesta reciente): es decir, todo es porque “you suck”.

Los movimientos deben, progresivamente, incrementar su poder político, desde el gobierno y fuera de él, de tal manera que se emprendan las transformaciones estructurales de la sociedad. Ya la democratización de los medios de la producción que consagra la Constitución es la vía legítima y legal, sin excluir otras, para la inflexión social por parte del pueblo. “Este debe reforzar su nivel de autoorganización y construir desde la base estructuras de poder popular”. No es la idea centrar el poder en el Estado o en un nuevo Estado. Así no existe transformación. Paulatinamente, los movimientos y los gobiernos de izquierdas deben transferir las formas del poder estatal al poder popular o como se llame.

¿Han entendido? El problema al que nos enfrentamos es que los “movimientos sociales” no tienen suficiente poder económico. La solución: que “disputen” ese poder a la clase capitalista actual (y si no la encuentran, pregunten por la casta o el estamento) y cuando consigan hacerse con toda esa plata, no se olviden de buscar un nuevo nombre que legitime esas ganancias mal habidas. Pueden llamarse “poder popular”, pero seguro que hay otro nombre mejor. Piénsenlo un poco: puede ser importante.

En serio, ese “o como se llame” me sorprendió, pues es la confesión más candorosa, después de todos esos etcéteras, de que al autor le importa un rábano el producto final de ese proceso descrito: es “vital” que los “movimientos sociales” le quiten el poder a la clase capitalista, pero cuando lo hayan hecho poco importa lo que sucede después, puede que haya “poder popular”, puede que se llame de otra manera (en tal caso, presumiblemente por ser otra cosa, tal vez anarquía delincuencial o dictadura “benévola”).

Y volvemos a esos colegios tan fecundos en “valores”. Ellos “forman” al alumno: si ése sale vago, autoritario, mentiroso, hipócrita, no es culpa de ellos, a pesar de que plausiblemente dichos “valores” son los que ha podido absorber e imitar de su entorno, de parte de las autoridades del plantel. Ellos han cumplido con el guión y han predicado lo correcto, las consignas de moda y hasta los Siete Hábitos de Covey. La culpa es de esa natureza humana con la que nosotros, los gobernantes, nada tenemos que ver. Pero lo pagado no es retornable. Somos condescendientes, pero no tanto.

Entonces, es vital y urgente una alianza ideológica entre el movimiento indígena-afro y los verdes ciudadanos.

Que a los indígenas y a los "afro" se les permita sólo un "movimiento" llama la atención: evidentemente, para el nada racista Von S., todos ellos son tan igualitos que la posibilidad de que puedan militar en diversos "movimientos" no se concibe. Bochornoso, la verdad.

En cuanto a los ciudadanos, desde el fondo de su freudiana alma nos pinta de verdes. Verde (11) (según la RAE): Dicho de una persona: Inexperta y poco preparada.

Ahí está. Usted, querido lector, ha sido el primo de los veinte duros sueltos. Tenga un buen día.

Y no, lo bailado no es retornable.