lunes, 17 de noviembre de 2014

Esto no es, precisamente, ciencia de cohetes

Ayer, en un artículo tristemente hilarante firmado por un tal R. Correa, en el Telégrafo, el autor sostiene, acerca de la matanza del 15 de noviembre de 1922, que "Para nuestros trabajadores la lección histórica de esa matanza es reconocer a sus verdaderos adversarios". Por fin podemos estar de acuerdo en algo. Si una institución envía gente armada con el fin expreso de matar a cuantos se interpongan, creo que es razonable considerar a esa institución como tu "verdadero adversario". Y en el caso mentado, nadie lo duda, la institución en cuestión fue el Estado nacional, bajo la dirección de su Presidente, un tal Tamayo, cuyas propias palabras lo acusan. Así que, si nos basamos en el episodio en cuestión, el enemigo primordial de toda persona en todo lugar que tenga la pretensión de poder circular tranquilamente por las calles (porque en la matanza de 1922, no hacía falta nada más que eso para convertirse en carne de fusil)  es el Estado, y en especial, su máximo representante. La conclusión es obvia y la lógica irrefutable.

El modo en que este tal R. Correa consigue escaquearse de esta conclusión demasiado evidente es todo un himno al poder de los sofismas baratos.

Claro que se puede decir que éste es sólo un episodio de la historia. Es cierto. Pero lo curioso es que, mires por donde mires, en toda la historia de los últimos 200 años a nivel mundial, los más grandes masacres y holocaustos, los mayores y más sonados atropellos a los derechos humanos, siempre han sido a cargo de algún que otro Estado nacional. Las pestes y las plagas hacen de las suyas, las empresas transnacionales aportan a veces con su granito de arena, pero cuando de inhumanidad, matanzas, torturas y fosas comunes se trata, los estados se llevan la palma. Siempre y en todo lugar.

Y es obvio no puede ser de otra manera, ya que la misma definición del Estado moderno es "aquella organización que dentro de un determinado territorio ostenta el monopolio de la fuerza". Es por eso que las ansias de Correa por culpar a la oligarquía de aquel entonces, a los empresarios, a la banca, a "los de siempre" (supongo que querrá decir los caricaturistas del Universo) de la matanza del 15 de noviembre provocan vergüenza ajena. Claro que había gente poderosa interesada en romper esa huelga a como diera lugar, y a quienes no les importaba un baño de sangre, y esa gente probablemente tenía línea caliente a los despachos de los políticos y al jefe de policía. Podemos conceder todo esto, pero la cuestión es que para cometer ese crimen, necesitaban de la cooperación del Estado... y esa cooperación fue gentilmente prestada. Lo fue entonces y lo sería hoy mismo bajo las mismas circunstancias. Sería una ingenuidad suponer otra cosa.

Para Correa, el sindicalismo moderno "no puede caer en el anarcosindicalismo que considera al Estado su enemigo e intenta reemplazarlo". ¿Por qué no? ¿Tan fácilmente el Estado ecuatoriano se lava las manos de su historia criminal (en este caso nunca oficialmente reconocida)? Con un libro de historia contemporánea en la mano, sostener que el Estado, cualquier Estado, sea capaz de garantizar el respeto a los derechos humanos por encima de los intereses particulares que representa, y que se merece un mínimo de confianza, requiere un nivel de cojudez rayano en demencia. Claro que el Estado es nuestro enemigo por lo menos en potencia, es el enemigo de toda persona de bien, que valore la vida, la amistad y la paz. Ahora bien, entre los que van por la vida prefijados de "anarco" (anarcosindicalistas, anarcocapitalistas, anarcoemelecistas, anarcocaricaturistas, etc) y los pusilánimes que no llegamos a tanto, existe la posibilidad de una discusión inteligente. Se podría discutir si el historial de tantos Rottweilers salvajes que han agredido a tanto niño indefenso demuestra que no hay que tener un perro como mascota, o si sólo demuestra que no hay que tener un Rottweiler, o incluso si sólo demuestra que el que sea amo de un Rottweiler debería de tenerlo bien amaestrado. Son tantas interpretaciones u opiniones posibles delante de los hechos y teniendo en cuenta todos los atractivos (para mí decisivos) de disponer de un buen perro guardián. Pero quedará fuera de la discusión, evidentemente, quien sostenga que el Rottweiler no solamente es el mejor perro, sino que habría que afilarle los dientes todo lo que se puede, darle el máximo de libertad y privilegios, elevarlo en amo y jefe supremo de la familia, hacerle reverencias cada vez que pasa cerca, y darle exclusiva custodia de tiernos niños e indefensos ancianos, pues él los sabe cuidar mejor que nadie. Eso ya no es una opinión: es una pendejada.

Esto no es, precisamente, ciencia de cohetes.

Aj, me canso de esto. Abre el periódico. En México, el Estado entrega a 43 estudiantes a una banda de rufianes para que les hagan desaparecer. En Venezuela, país rico en petróleo, el Estado a lo largo de todos estos años ha  conseguido vaciar las estanterías de los supermercados y transformar las calles de Caracas en algo parecido al Chicago de le época del Volstead. Los tan sonados "grupos barriales" que iban a enseñarnos al mundo cómo es la "verdadera democracia", van por ahí con cadenas de oro y actitud de chulos, cobrando "protección" a los tenderos, con el beneplácito del mismo Estado que les dio vida. En Inglaterra, el Estado mágicamente hace desaparecer más de un centenar de archivos que supuestamente revelan cómo, allá en los años del Thatcherismo, ciertos políticos se dedicaban a la pedofilia: la cosa queda en la impunidad como siempre. Allí, allá y en todo lugar es lo mismo. Me canso de esto. Quien no quiere ver, que se tome la pastilla azul y buenos días.

"¡Pero tenemos una nueva Constitución! ¡El Estado nuestro ya no es el mismo de antes!"

Ya, ¿Usted miró últimamente esta Constitución? Si lo hace, puede que se sorprenda al encontrar que las palabras en la página parecen vivas, bailotean y se tuercen como gusanos sobre el papel, corretean de un lado a otro de la página. Este movimiento continuo tengo entendido que se llama "enmiendas necesarias", y su efecto es que la tal Constitución parece un libro mágico sacado de un cuento de Borges o de JK Rowling, pues cada vez que lo abres, ves distintas palabras, siempre según las necesidades electorales del caudillo, con cuya mente la palabra escrita parece sostener una correspondencia inefable y sobrenatural. No sé qué valor se le puede atribuir a tal Libro de Arena; lo que sí sé es que hasta sus más acérrimos defensores dicen de él que es "garantista", lo cual en esa curiosa jerga no significa garantizar ciertos derechos frente a un Estado dispuesto a sacrificarlos, sino que garantiza que cuando el Estado quiere sacrificarlos, no quedará nadie más con poder para impedirlo.

Y lo más hilarante de todo es que, para el articulista en cuestión, tal situación de postración frente al Estado omnipotente se resume en la palabra "dignidad": Si para el humilde ciudadano de a pie, dignidad significa no depender de nadie, sino solamente de los esfuerzos propios, para el político de hoy, estudiante aventajado de Orwell. significa todo lo contrario: depender del Estado para todo, haciendo gala de una actitud servil de eterno agradecimiento a los grandes Líderes de la Revolución que nos salvaron de la Larga y Triste Noche Neoliberal y nos dieron todo lo que hoy tenemos. Sí, eso es Dignidad, y yo también soy Marie Antoinette.

Se ven pendejadas.

domingo, 16 de noviembre de 2014

Post sin razón de ser

Últimamente me estoy debatiendo sobre la conveniencia de seguir con este blog. Tal vez lo deje como monumento a la capacidad humana de perder el tiempo en empresas infructuosas; tal vez, en un arranque de obsesión higiénica, lo envío a la papelera, para entonces poder disfrutar de la sensación de estar "limpia y segura toda el día" como dicen en los anuncios de toallas sanitarias. De hecho, ahora que lo pienso, tener un blog puede que sea lo más parecido a la menstruación que un hombre puede experimentar. Cada 28 días, más o menos (aunque mi calendario hormonal no es demasiado confiable, como ven) uno despierta con ese dolor íntimo que anuncia la formación de un nuevo post. En el trabajo ese día estás malhumorado y un poco ausente. Cuando el post ya bajó, te sientes como manchado, y esperas que nadie lo haya visto. Lo único diferente es que todavía no han inventado los blogs con alas.

Este post, sin embargo, no pertenece al ciclo. Digamos que es un simple aborto.

Si decido dinamitar este blog, probablemente dentro de unas semanas abriré otro en otro lugar, en otro idioma y con una nueva identidad. Y es que el sueño de terminar diciendo algo coherente, así sea por equivocación, no me abandona. Quizás no es eso. Quizás la cuestión de fondo es que me canso de no tener con quién hablar.

Estos días pienso mucho en mi madre qepd. Soy muy parecido a ella en el sentido que ninguno de los dos parece que tuviéramos nada que contribuir a La Sociedad. Éramos raros de un modo inofensivo, por lo tanto desapercibido. Ella con sus piedras, sus gaviotas, sus series de detectives, sus navidades, yo con mis canciones, mis "programas", mis alicaídas novias, mis inconfesables obsesiones y escrúpulos. Pertenecíamos a la oscura tribu de los seres humanos no exitosos, los que no contribuyen al Bien Común, y no podrían aunque quisieran, los que por no tener Siete Hábitos no tienen ninguno. Cuando ella murió, el mundo se despertó el día siguiente sin notar que le faltara nada. A mí me faltó ella y me sigue faltando.

Uno escribe, tal vez, con el deseo inconsciente de reivindicar tu universo, que no es el de los demás, y nunca, nunca podrá ser de "La Sociedad". Para que, por lo menos, conste en alguna parte.

Cada día despierto con menos dientes, menos energía, menos tiempo, menos capacidad de organizarme o de distinguir dónde están esas grietas en el tiempo que permiten, durante algunos instantes y a escondidas, ser tú mismo. Una especie de anquilosamiento enorme con leve olor a nostalgia me aplasta. Queda una vida perfecta, responsable, puntual, repetitiva y sin sentido, hasta que sobrevenga el inevitable infarto.

La naturaleza es tan cruel, que ni ganas de emborracharte te quedan a esta edad. (A menos que sea con Chinchón, a unos 50 dólares la botella: olvídate).

jueves, 13 de noviembre de 2014

Productos que no merecen compradores

La información es esencial para el correcto funcionamiento de un libre mercado. De modo que es mi deber informarles a todos mis 3 lectores sobre algunos productos que, para evitar molestias, ellos no deberían comprar.

1. Windows 8. A mí me vino preinstalado en este laptop. Un consejo: cuando compren un laptop, la preinstalación de otra versión anterior de Windows (si es que quieren seguir con este sistema y desoír los cantos de sirena de Apple, de Linux, etc), debe ser el dealbreaker: si no me instalas otra versión que no sea el 8, no te lo compro. En serio. Lo peor que tiene Windows 8.0, entre sus muchísimos defectos, es que tarde o temprano, sin tu permiso, se alistará para instalarte el temido Windows 8.1, que es sencillamente el peor virus informático que se ha creado en toda la historia de la computación. Date una vuelta por Google y verás: miles, tal vez millones de personas han perdido todo, sus programas, sus ficheros de datos, la utilidad de su máquina, todo, por dejar que el 8.1. se instale. En mi caso, estuve hasta altas horas de la noche interrumpiendo el proceso de instalación, apagando la máquina a cada rato, peleando, hasta que por fin desistió la instalación y me permitió quedarme con el 8.0. Eso sí, a condición de tener deshabilitada la Actualización Automática de Windows. Una pena que Microsoft se ha introducido en este camino de instalar cosas a la fuerza. Mi próximo laptop va a ser un Macintosh, no hay otra.

2. Logitech. Mi ratón anterior me duró un año entero antes de desarrollar ese problema, tan típico de los ratones Logitech, y que no se encuentra con ninguna otra marca, de confundir un simple clic con un doble clic. Aparentemente, tiene que ver con una pieza metálica que, si no fuera demasiado pequeña para mis enormes y artríticas manos (o si yo tuviera "pinzas para cejas"¿¿??) , tuviera fácil arreglo. En fin. Mi actual ratón no tiene ni dos meses y ya tengo el mismo problema: todo clic es un doble clic. No compren esta marca si pueden evitarlo.

3. Rafael Correa. Yo no lo compré, sino que me vino preinstalado en el país que adopté como residencia. De nuevo, un consejo: no vayan a vivir a ningún país que tenga un Rafael Correa. No voy a detallar todas mis quejas respecto a este producto, sino simplemente advertir que si tienen instalado un Rafael Correa, tarde o temprano les va a salir este mensaje: "Se procederá a la instalación de Constitución 20.1. No desconecten la Asamblea ni organicen consultas populares hasta que la instalación haya completado". Y tocará esperar hasta que se actualice la constitución y se vuelve a instalar el mismo Rafael Correa, pero al igual que el Windows 8.1, en versión todavía más HP. Y nada podrás hacer para impedirlo. Solamente les aviso.

martes, 11 de noviembre de 2014

La verdadera libertad

No creo que quede mucho rato en YT, pero aprovechemos esta ocasión para enseñar a cualquier lector no ecuatoriano lo que el sufrido espectador ecuatoriano tiene que aguantar por parte de los propagandistas del gobierno.





Una joya, ¿verdad? además de toda una confesión elocuente de cinismo respecto a los alcances intelectuales del espectador medio, a quien se le supone tan bruto como para que "funcione" el antiquísimo truco de la doncella en apuros que apela al instinto ciego de defensa y de protección. En este caso la pobrecita ultrajada resulta que es "la (verdadera) Libertad", aunque no nos extrañemos si la doncella nos vuelve con otros nombres en lo sucesivo: esta gente tiene de todo menos imaginación. Pero veamos en qué consiste esta "verdadera Libertad" para la SECOM:

  • Libertad para perder poder adquisitivo debido a una errada política monetaria del Estado, sin que los bancos nada puedan hacer para corregirla (0:36)
  • Libertad para recibir sólo aquella "información" que el gobierno considere conveniente que se sepa (1:28)
  • Libertad para languidecer en el desempleo o el subempleo por culpa de absurdas restricciones laborales impuestas por el gobierno (1:57)
  • Libertad para costearse obligatoriamente un "seguro" de salud malísimo, costosísimo y de nula efectividad, existiendo mejores alternativas (2:01)

En fin. La perorata final deja las cosas en su lugar: cualquier libertad de que un individuo pueda razonablemente gozar, hasta la de expresarse, es una libertad egoísta, "mezquina", frente a aquellas libertades nobles de que gozan en exclusivo nuestros gobernantes, en representación del pueblo, esa vaca sagrada cuya simple mención todo lo justifica.

O sea, lo mismo que hubiera dicho Goebbels. O si no, que alguien me indique qué parte de esta emisión hubiera estado fuera de lugar en la Alemania Nazi, o en la Italia de Mussolini, a cuyos métodos esto remite inevitablemente. De veras, no hay nada nuevo bajo el sol.


Cita del día (cortesía de Cats)

Un paraíso socialista sería un lugar donde todo el mundo tuviera un empleo garantizado, un servicio sanitario completo gratis, educación gratis, comida gratis, alojamiento gratis, ropa gratis, agua y calefacción gratis, y las únicas armas las tendrían las Fuerzas de la Ley.
 
Y créanlo o no, sí existe tal lugar. Se llama la cárcel.

Sheriff Joe Arpaio
Maricopa County, Arizona

domingo, 9 de noviembre de 2014

El hombre encebollado

Ojear la página de Opinión de El Universo a veces es darse cuenta de lo que te falta aprender como escritor. Envidiable esto:

...y sinecuras para algunos iluminados que presumen de felicidad

"presumen de felicidad": tres palabras donde otros necesitarían 300. Impresionante. Pero como no soy Iván Sandoval Carrión, aquí van mis 300, sobre el mismo tema, que puede que al final expresen lo mismo, o tal vez no. Veremos.

Presumir de felicidad es, por supuesto, presumir de imbecilidad, o si prefieres, de simpleza. Tanto si nace de una fortuita trisomía del cromosoma 21, como si parte de la creencia irracional en un mítico Hombre Barbudo que practica sencillas e indoloras intervenciones dentales While U Sleep, como si irrumpe en tu vida con el éxito de tu segundo sencillo, éxito que te permite (¡por fin!) pasar un domingo tarde en un yate con cinco chicas, provistas de sendas gafas Ray-Ban, onzas de cocaína, videocámaras Sony y reproductores de "música", la felicidad siempre luce la misma sonrisa fija, obstinada, el mismo mentón cuadrado, el mismo guiño de campesino cretino, el mismo discreto chorro de baba. Los felices, mayormente, les sirven a los guionistas de Hollywood para ser destripados y devorados al principio de la película, lo cual proporciona al espectador risa sana y honda alegría. Es su destino natural.

Mientras, el resto de seres difícilmente podemos ser felices mientras los campos magnéticos de la infelicidad planetaria actúan sobre nuestra psique. Es decir, ser feliz es más que nada ser insensible, ser un trozo de leña, una brújula rota. Por eso, en un mundo tan necesitado de empatía, la gente feliz, no es que sobre, pero su función es puramente barroca, de appoggiatura. Si yo fuera pintor, poblaría mis paisajes de personajes felices, ocupados en esas cosas que hacen los felices: darse golpes en la cabeza, babear, comer insectos, caerse por las alcantarillas, regentar ministerios, etcétera. Son personajes pintorescos, pero difícilmente más que eso. El meollo del cuadro tendría que ser otro, como en El gran Bosco. La totalidad de los seres felices en el mundo es reductible a un circo de pulgas, y su encanto reside en que actúan sin percatarse de que los estamos observando, riéndonos de sus ocurrencias.

O bien, con Flaubert:

Ser tonto, egoísta y tener buena salud son tres requisitos para ser feliz... aunque faltando la estupidez, todo está perdido.

Creo que es por eso que "ministerio del Buen Vivir" suena tanto como "institucionalización del sonriente cretinismo de pelo graso y Biblia anotada". Los seres humanos no estamos hechos para ser felices. Mis nulos conocimientos en zoología me impiden pronunciarme sobre la cuestión de si realmente existen "seres hechos para ser felices". Tal vez los koalas son felices. Aunque hasta en ese caso, se echa de menos la fuerte emoción que pudiera proporcionarles la visión de una buena película con escenario pos-eucaliptico. Una vida agarrada al árbol-teta y desprovista de frissons, No es para nosotros, creo. Será constitucional, pero yo no lo reelijo.

Y si indagamos en el por qué, tarde o temprano nos chocamos con la realidad de lo que somos: seres encebollados, es decir, seres de múltiples capas, como cebollas. Esto puede sorprender viniendo de un confeso individualista. Sin embargo, de la misma manera que el átomo (a-tomos, imposible de cortar) se ha demostrado divisible, y tanto (date una vuelta por Hiroshima), el individuo resulta ser todo menos un ente imposible de dividir. Y tal hecho sirve por sí solo para explicar el fracaso inevitable, en cualquier individuo moderadamente desarrollado, de esa absurda pretensión de realizar simultánea y exhaustivamente todos sus anhelos (definición filosófica tradicional de "felicidad"), pues si cada capa de la cebolla viene con sus propias ambiciones y deseos, ¿qué milagro de la estadística nos va a permitir la sincronización perfecta de tal cacofonía de aguerridas y diversas lujurias? Y es precisamente por eso, que las religiones, para poder prometer la felicidad con algo de credibilidad, siempre han asumido como necesidad preliminar la simplificación del ser humano: las capas que sobran se desechan, con el argumento de que tal o cual pasión es "baja", "egoísta", "indigna" y por tanto, de trop. Se siguen desechando capas hasta llegar a un ser tan obtuso, tan cretino, tan simple, tan lobotomizado, que por fin se divisa como posible residente satisfecho de un paraíso hecho de nubes, arpas, plumas de edredón y "Jaws 1, 2 and 3". Tanto Julian Barnes (en sus 10 capítulos y medio) como los Python (El Sentido de la Vida) llegaron a la misma conclusión: el Cielo es el lugar más tonto, y a la vez más deprimente, que se pueda concebir. Pobre de quien guarde allí el tesoro de sus esperanzas. Nos merecemos algo más que eso.

Como sucesora de las religiones, la sicoanálisis nos promete algo que suena más interesante: en lugar de extirpar o de desestimar esas pasiones sobrantes, se pretende descubrirlas para, a continuación, armonizarlas: ordenar sus múltiples tensiones para crear un robusto mándala, una personalidad integrada para quien la felicidad se entiende no como fin, sino como proceso dinámico que se descubre, como una buena novela, sobre la marcha. Suena bien. Lástima que la falibilidad humana ha conseguido crear de tan noble empeño otras tantas religiones, donde los santos patrones, en lugar de ser campesinos medievales con crónica carencia de iodo, resultan ser vieneses decimonónicos con extrañas fijaciones sexuales y olor a miriñaque. Sigo diciendo: nos merecemos algo más que eso.

¿Qué es lo que nos hace falta, entonces? preguntan los ansiosos diseñadores de nuevos Ministerios del Estado.

Si alguna vez, durante cinco minutos siquiera, te propusiste seriamente como meta en la vida, no el "ser feliz", sino el simple "ser tú mismo", la respuesta se te vuelve obvia. Si no, sigue intentando adivinarla, hombre de pocas capas y muchas espadas.


lunes, 3 de noviembre de 2014

Primeval

Creo que la afición por los dinosaurios es cosa de familia, aunque en mi propia niñez yo rápidamente me desilusioné con los diplodocus (demasiado extintos para mi gusto personal) decantándome al final por sus sucesores, los pájaros. Tengo un sobrino que fue dinosauriano en su lejana juventud, y ahora le ha tocado el gen a mi propio hijo, que no sabe sumar todavía sin dedos, pero maneja YouTube como un as de la informática, y descubrió rápidamente cómo acceder a esos videos donde un chancho mal dibujado hace carrera de sprint contra un pterodáctilo, o donde a los rugidos de un gorgonopsio les acompaña una canción un poquito Death Metal sobre ese sentimiento que uno a veces tiene, de ser, pues eso, un monstruo. Yo ejerzo de Filtro Parental algo benévolo, pero al final me harté tanto de ver tantas veces la misma escena de un niño que dice a la profesora "no abras esa puerta", que decidí investigar su procedencia. Resulta que no era de Jurassic Park, sino de una serie británica de los lejanos y añorados años 2007 (creo), llamado Primeval. Y como resulta que en YouTube puedes ver por lo menos algunos episodios en francés, y yo necesito urgentemente algo de práctica, me bajé las tres primeras series en inglés con la intención de facilitarme la audición en aquel otro idioma apoyándome en la memoria. Ésta es mi excusa, y en ella me mantengo y me sostengo y me retengo.

Bueno. Primero decir que la serie está bien hecha. Se ha gastado en ella una impresionante cantidad de plata. Se nota sobre todo en la calidad de los monstruos. En la pequeña pantalla, hace seria competencia con Jurassic Park. Si quieres ver un mamut haciendo relajo en una autopista, o un Tiranosaurio intentando repeler a un molestoso helicóptero, o un perro tamaño rinoceronte con dientes enormes persiguiendo a un tipo por los pasillos de un colegio, o un pterodáctilo sobrevolando un bloque de oficinas en Londres, o un mosasaurio en una piscina en Crystal Palace, o un Smilodon en una estación de tren, ésta es tu serie. Y sólo hace falta dar un paseo por YouTube para constatar que sí, mucha gente quiere ver precisamente eso. Sobre todo en EEUU, donde prima esa secular afición por todo lo grande y grandioso, y por las dentaduras perfectas. Lo que salva esa serie de ser un simple spinoff de Jurassic Park es el planteamiento. Olvídense del ADN extraído de los insectos atrapados en ámbar, pues ya se demostró la inviabilidad científica de tal procedimiento (no antes de que Crichton moviera todos sus ganancias a las Islas Caimán, por si las moscas o los reclamos). Esta vez, los dinosaurios aparecen no por arte de científicos de bata blanca, sino por obra y gracia de las Anomalías, que son una especie de aurora borealis en miniatura que tiene la singular virtud de permitir el paso entre distintas épocas y lugares de la historia del planeta, y que además tienen la cortesía de anunciar su presencia y su ubicación mediante señales de radio de onda corta (siempre me preguntaba qué era lo que interrumpía a veces la señal de A Troche y Noche). Lo más gracioso de dichas Anomalías es que permiten también el libre tránsito entre versiones alternativos del guión: p.ej., si el personaje de la Claudia Brown empieza a lucir un poco demasiado cursi y saboría, en lugar de seguir el acostumbrado procedimiento de hacerla desaparecer entre los dientes de un Velociraptor, se le cambia el nombre, el historial y el maquillaje, creando otro personaje con la misma actriz, y cuando uno de los demás personajes se da cuenta del trueque y protesta, se le dice: ah, pero no ves, ha sido una Anomalía lo que ha hecho esto. De modo que se le puede ahorrar el salario a todas las Continuity Girls, pues si tal o cual personaje cambia de color de corbata cada cinco segundos (puede ser, aunque yo en estas cosas no soy muy observador), siempre queda el recurso de decir: ¡malditas Anomalías, otra vez haciendo de las suyas! y todos contentos. Este tipo de ingenio, valga decirlo, es muy corriente en la televisión británica, que ora por cuestiones sindicales (el temido Equity), ora por pluriempleo de sus principales actores, o por la razón que sea, siempre se ha distinguido en esto del juego de identidades, hasta el punto que el personaje de Doctor Who (vide infra) ha sido encarnado ya por 12 actores diferentes, así haciéndole el juego a un Alec Guinness capaz de desempeñar 8 papeles distintos en la misma película.

En fin. Después de devorarme toda la serie (soy fácilmente esclavo de los argumentos con auténticos villanos) se me queda un après-gout de infancia, de haber visto algo escrito y concebido para niños. Yo, de niño hubiera adorado esta serie, como adoraba toda serie que me permitía enamorarme de algún personaje femenino. La escena que a mí me habría aniquilado, a los 9 años, que me habría enviado a la cama llorando secretamente de deseo, es la escena donde a una Lucy Brown algo desprevenida se le pide que se deshaga de su blusa, de color magenta, naturalmente para atraerle la atención a un pterodáctilo, antes de que a uno de esos "caballeros" que sólo hay en las películas se le ocurre que no hace falta, pues él tiene por debajo de la camisa una camiseta del mismo color. Yo era indefenso ante este tipo de cosas. El hecho de que no se consuma el striptease sirve solamente para que lo No Revelado adquiera dimensiones míticas, místicas, para que uno piense que La Maldita Blusa, y no la Anomalía, es lo único que separa a nuestro mundo de ese otro mundo terrible, primitivo, lleno de temibles monstruos quizás, pero también de (en palabras de la villana) "such wonders... that you could not possibly imagine." El truco es tan fácil y tan resultón que se me hace imposible que el guionista no lo haya hecho a propósito, para avasallar tiernas imaginaciones infantiles. Repito: todo en esta serie es estudiado, es terriblemente eficaz, es despiadado, mientras no salgas de ese mundo tan especial de la imaginación y de los gustos infantiles, que los guionistas conocen a la perfección.

Fuera de ese mundo... ejem. Uno empieza perdonando mucho despropósito, pero cuando avanza la serie y queda evidente que las Anomalías, o bien se restringen al sur de Inglaterra, o bien consiguen pasar desapercibidos en el resto del mundo; cuando los personajes se pasean alegremente entre el presente y el Cretáceo, sin que a nadie se le ocurra ponerlos en cuarentena hasta descubrir qué tipo de microbios mortíferos estaban de moda en aquel lejano entonces; cuando queda por fin demostradísimo que en los animales prehistóricos, el instinto del rugido era todavía más fuerte que el de la supervivencia, pues ellos interrumpen todo, hasta la cena, para rugir, al igual que el inglés promedio interrumpe todo, hasta las guerras, para tomar el té... en fin, tienes que acercarte con mucha buena voluntad, con mucha noblesse oblige de adulto, para no ponerte nervioso. Pero donde todo tambalea peligrosamente, hasta para el niño medianamente inteligente si no me equivoco, es cuando se revela al final que la villana, que hasta ahora no lo ha sido tanto (de hecho, para enamorarse a lo infantil también sirve, sobre todo si te chiflan los overbites como a mí) es tan, tan villana, y a la vez tan tonta, como para pensar que eliminando la especie humana se eliminarían "las guerras, los depredadores" y en general todo lo desagradable, y se dejaría al planeta en perfectas condiciones, como una especie de Edén supersustentable y lleno para siempre jamás de dulces y bonachones reptiles. Y este discurso supuestamente climáctico no dolería tanto si no hubiera sido precedido por otros pronunciamientos mucho más inteligentes por parte del mismo personaje, como cuando le dice a un ex amante a quien ha conseguido sorprender: "en cualquier otra época de la Historia, ya estarías muerto". Y si la serie hace pensar (con este tipo de producciones el mensaje filosófico siempre viene un poco como de yapa) es en este sentido: que no deja de sorprender cómo ha conseguido sobrevivir hasta ahora un mamífero tan cómicamente mal adaptado para la guerra de la supervivencia, comparado con todo lo demás que ha compartido este planeta con nosotros, con la única salvedad del Dodo, a quien nos parecemos tal vez más de lo que creemos.

¿Mensaje político? A pesar de la saña con que los guionistas despachan a los funcionarios del gobierno en algún episodio, no creo: repito, es una serie para niños, y para quienes, siendo adultos, quisiéramos volver a la niñez, aunque sabemos que no podemos, que ya es demasiado tarde, que allá en esas partes íntimas donde antes se produjeron sinceros enamoramientos ahora sólo hay hielo, un desierto de hielo, y el grito desolado de alguna criatura prehistórica perdida, y nada más que eso, se supone que hasta la muerte. Si podemos apreciar todavía algo así sin ponernos amargos y sarcásticos creo que ya es mucho. Espero que mi hijo llegue a disfrutar de estas cosas con toda la inocencia y la entereza que se exige. Yo ya estoy para otras cosas, sobre todo, para dormir.

El engaño honesto


Me reí como un desagüe cuando vi esto en la web de la IESS. "Con Honestidad somos parte de un Gran Equipo", por encima de una imagen donde el encargado de Photoshopear las cabezas encima de los hombros de los supuestos miembros del "equipo" sorprende por su altísimo grado de incompetencia. Y es verdad: hay engaños tan burdos que la mentira pasa a ser una especie de honestidad sucedánea. Sin duda a los de la IESS les falta algo de práctica, todavía, en ese arte con que los soviéticos hacían desaparecer de las fotos a los Trotsky, a los Zinoviev, etcétera, mucho antes del desarrollo de las técnicas digitales de ahora, o con el que un Correa quiere desaparecer a los betuneros de la historia guayaquileña. Al pobre de la silla de ruedas parece que tiene la pierna izquierda ocupada entre las fauces de un gorgonopsio... lo que me recuerda, tenía que ofrecerles una crítica de la primera, segunda y tercera serie de Primeval. Todo llegará a su debido tiempo. Mientras, la risa es sana.